Adiós a las armas es la prueba de que Hemingway brilló mucho más en los cuentos que en las novelas
Adiós a las armas es la prueba de que Hemingway brilló mucho más en los cuentos que en las novelas

Adiós a las armas me sugiere un desafío. ¿Puede uno escribir una reseña sin dedicarle ni una sola línea a la trama del libro? Antes de encarar tan crucial duda, dos cuestiones de mayor envergadura y urgencia me avasallan el teclado.

Reseña de Adiós a las armas

Siempre me asaltan dos denuncias cuando oigo o leo sobre la película El lado bueno de las cosas: ¿de verdad Jennifer Lawrence Oscar a mejor actriz? y ¿de verdad hacía falta revelar el final de Adiós a las armas con tal de hacer una gracia? Es lo que pasa cuando una novela del que, dicen, es el autor más leído de su generación, se vuelve clásico de una generación, que todo el mundo sabe ya que la madre de Bambi muere de un escopetazo. Y el no spoiler bien vale para un chiste.

Ernest, hazme tuyo. ¿Cómo osas escribir sentado?
Ernest, hazme tuyo. ¿Cómo osas escribir sentado?

El final de Adiós a las armas

Como también sucede con Por quién doblan las campanas, parece que hablar de Adiós a las armas sin hablar de su final es como intentar obviar la muerte de Mufasa. Está por todos lados. Pero en Postposmo nos gustan los retos y por eso, para terminar este párrafo con algo más de chicha, dato curioso de la hemeroteca y a otra cosa: ¿queréis finales? pues hace tres años se reeditó Adiós a las armas con una edición que contiene 47 finales alternativos desechados por Ernest Hemingway. Cuarenta y siete.

Hemingway no es para tanto

Cuando ya has terminado de leer todo lo que merece la pena leer de Hemingway (los cuentos) es el momento de pasar a lo otro, a las novelas. Con el permiso de El viejo y el mar y París era una fiesta (novelitas que no dejan de ser cuentos largos escritos ya cumplidos los cincuenta, como si se tratase de un reconocimiento implícito de que, sí, efectivamente, el Hemingway, si es breve, dos veces bueno), con el permiso de la pareja, digo, nuestro héroe aparcó el periodismo para ponerse a viajar (y a pegar escopetazos) mientras escribía novelas que, a mi humilde entender, ni fu ni fa.

Finales potentes, sí, estilo bien curioso y rompedor (repetición de palabras constante, ausencia de sinónimos con el fin de imitar el léxico de la comunicación oral), diálogos muy logrados pero tramas que no terminan de volverme loco. Quizás a los de otra generación sí.

Del mismo modo que supone un reto hablar de Hemingway sin acordarse del genial personaje retratado por Woody Allen en Midnight in París, es difícil hablar de su estilo sin repetir aquello tan manoseado, y en mi opinión tan cierto, de que Hemingway consigue mantener en sus relatos un ambiente de tensión constante donde cada palabra puede ser decisiva, pero en las novelas la cosa cambia.

Aunque lo intenta, son demasiadas las veces en las que el globo se deshincha por pura imposibilidad de poder mantener durante 400 páginas ese estilo entrecortado y directo tan qué tenso es todo y aquí en cualquier momento se va a liar pardísima.

Adiós a las armas gana muchísimo en el último cuarto del libro. Hasta entonces, la cosa puede resumirse más o menos en relato sobre la Primera Guerra Mundial (Italia) donde hombre se enamora de enfermera y qué puta es la guerra y qué hombre es Hemingway.

Hemingway, el Action Man

¿Quién se acuerda de esos muñecos con el peinado-casco al uno a lo John Travolta post injertos, esas Barbies masculinas que fueron la respuesta del mercado para los millones de niños deseosos de su estándar plastificado en miniatura de la perfección masculina?

Ése es Hemingway en todas sus novelas y en casi todas sus historias (salvo en las que el protagonista es un puteado y, por lo tanto, están escritas en tercera persona): Action Man cazador, Action Man torero, Action Man pescador, Action Man soldado, Action Man ciudadano estadounidense exiliado cuyo proceder, visión del mundo y modo de hacer las cosas son El proceder, La visión del mundo y El modo de hacer las cosas. Y el resto, unos patanes perdedores miserables. Y que corra el vino, jefe, que aquí aún queda gente que no va borracha.

Cuando leemos literatura acatamos un contrato que incluye una serie de pactos que no serán discutidos por el lector salvo flagrante violación: aceptamos que en la vida real los diálogos están llenos de morralla y que en definitiva la existencia es un algo bastante más anodino que esa sucesión de acontecimientos reseñables con la que los escritores van levantando la trama de sus historias, librándonos de lo intrascendente para el desarrollo.

Hemingway y la vieja masculinidad

Con Hemingway, a esta serie de leyes establecidas tenemos que añadir un par más: el protagonista siempre es el puto amo. Es un ser varonil hasta la caricatura, irrisoriamente irreal, que se rodea de gentes que hablan mucho más que él, que hacen el tonto mucho más que él, y que no son mucho más que pilastras enclenques de las que el protagonista solo se sirve para edificar la inmutable deidad de su figura. Y para que le rellenen la petaca, le envíen cheques y le regalen un bote con remos para fugarse a Suiza.

Y las mujeres. Luego están las mujeres. Es insultante el papel de las mujeres en las historias de Hemingway, y Adiós a las armas es uno de los mejores ejemplos que se me ocurren, con esa servil y dócil enfermera inglesa a la que solo le falta arrodillarse en una reverencia cada vez que su hombre entra en escena.

Pero este ya es otro tema que me reservo para cuando comente Verdes colinas de África, otro libro que, años después, aún no sé si me ha gustado. Adiós a las armas es un ejemplo perfecto de todo lo que es Hemingway, un escritor que, con sus cosas buenas y sus cosas malas, es un Dios. Pero solo para un rato, y según qué rato.

Un escritor que me sigue cabreando pero que sigo leyendo.

Y así es como se escribe una reseña sin dedicarle ni una sola frase a la trama.

 

Ernest Hemingway, Adiós a las armas
Debolsillo, Barcelona 2013 (publicado originalmente en 1929)
374 páginas | 9 Euros

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