Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez y publicado por Seix Barral
Los libros repentinos, de Pablo Gutiérrez y publicado por Seix Barral

Tres años antes de la popular Cabezas cortadas, Pablo Gutiérrez nos sorprendió con Los libros repentinos, un libro que ha pasado desapercibido de un modo un tanto injusto.

Y eso no nos parece bien.

Si en Postposmo fuésemos unos yonkis de las mesas de novedades, ojeadores hambrientos del Cultura/s de los jueves, devotos del Cultural los viernes, enfermos recortadores de Babelias los sábados, de esos que dejan bien subrayada toda cursiva parida por Manuel Rodríguez Rivero, de esas cucarachas esperando a que den las diez para su buen Página 2 dominical en directo, ni podcast ni niño que te parió, comentándolo en Twitter, paseando de buen lunes por librerías donde el librero nos habla del Página 2 de ayer, nos habla del último hit editorial a nosotros, apestosos cofrades en procesión perpetua rumbo a La casa encendida, a la de América, al CCCB, roedores de blogs, de revistas y de presentaciones donde nadie pregunta nada, solo nosotros, las impertinentes liendres a las que nada satisface ya, memorizadores de top de libros de ficción, de no ficción, de poesía, memorizadores del libro infantil más vendido esta semana, incapaces de esperar a que traduzcan de una vez lo nuevo de Houellebecq, sabedores desde hace meses de que el nuevo de Jonathan Franzen que está a punto de desembarcar en la península tampoco es para tanto (o eso dicen), si en el blog, en fin, fuésemos unos yonkis de la literatura (que lo somos, casi todo lo que hemos dicho, pero yonkis moderados), podríamos envolver con algo más enjundia y algo menos de pocavergüenza esto que estamos a punto de vomitar así, de gratis: Los libros repentinos (2015), de Pablo Gutiérrez, es uno de los mejores libros publicados en los últimos años. ¡PUM!

¡Leer es guay! ¡La lectura mola!, parece decirnos Los libros repentinos si nos limitamos a resumir su sinopsis, que más bien pareciera sacada del cajón de ideas descartadas de becarios del Departamento de Fomento a la lectura del ministro de Cultura de turno. A saber: una vieja desgraciada se encuentra con una caja repleta de joyas clásicas de las letras españolas (de ahí el título) cuya lectura logra reformular (o más bien acuñar) en la mente de la abuelita conceptos como el de justicia social, pensamiento crítico o la naturaleza misma de la vida. Remedios a.k.a Reme despierta y se da cuenta de que la vida, lejos de ser la cochambre rácana que le ha estado apaleando en los riñones a lo largo de 70 años, en realidad es (era) un paseo recién pintado, el escaparate de una tienda que resultó no estar cerrada.

Revolución Reme

La cosa estalla cuando, recién devorados Clarín, Pérez de Ayala, Ortega y compañía, a la vieja no le sale de ahí acatar la nueva ordenanza municipal que prohíbe tender la ropa en las ventanas. La rebelión de las casas.

¿Habría sido menos perra la vida de la vieja de haber descubierto antes la lectura? Posible pero improbable.

¿Habría sido la vieja menos perra con la vida de haber descubierto la lectura? A eso vamos.

Si para el Jep Gambardella de La gran belleza los retazos de belleza de la vida eran un mar azulado en el techo de su habitación, una jauría de flamencos de buena mañana o una niña que pasea y ríe al abrigo de las monjas y los naranjos, para Reme, bendita septuagenaria recién nacida, vivir se ha vuelto sinónimo de poder plantar su ropa en el tendedero porque así lo ha dictaminado su santa raja.

Por encima de todo lo bueno que tiene la novela de Pablo Gutiérrez, hay que alumbrar el graciejo del escritor onuvense para elegir palabras y ordenarlas (lo que viene siendo el estilo, la voz del escritor). Voz, Pablo Gutiérrez tiene para rato, aunque habría estado mejor si la cosa hubiese durado más: 264 páginas que parecen escasas dado que la novela se nos muere justo cuando podría haber estado a punto de arrancar: la vieja es el eje en torno al cual se suceden una serie de personajes que vamos conociendo casi a razón de uno por capítulo: la hija drogas e irresponsable, el chaval sacado de reality estilo Hermano mayor y adicto a World of Warcraft, el activista jipilongo, el concejal ambicioso.

Digresiones a un lado, la acción en tiempo presente (la de los tendederos a rebosar de ropa (vecinos adoctrinados por una Reme pseudo Ché Guevara local involuntaria mediante) y las manifestaciones, los antidisturbios y los titulares) apenas transcurre en unos pocos días que son alargados gracias al inteligente uso de los tiempos que nos brinda el autor: cada incorporación nueva de un personaje sirve para echar la vista atrás, explicar de dónde viene, a dónde va y poner en contraste sus principios y valores con los de la sencilla, entrañable y vieja reconvertida en “soviet-Reme”.

No es novela sobre la crisis económica, pero sí una fotografía precisa de un tiempo y una sociedad que, superados los apuros económicos, se nos empieza a presentar algo lejana. Sobre todo, es el retrato de un alma sencilla, un alma sin ambiciones extraordinarias que solo quiso ser feliz, contentarse con lo poco que le ofrecía la vida, y que se dio de bruces con lo peor que la ignorancia, la crueldad y el choque entre clases tuvo para ofrecerle. Podemos enfrentar la personalidad de los personajes que van desfilando, puramente contemporáneos y en sintonía con su tiempo, con la enclaustración interna y externa de Reme para obtener la certeza de que (casi) todos nos hemos vuelto locos.

Huracán Reme

La Reme pre-libros repentinos no puede ser más simplona, nada quiso, nada pidió. Cada uno tiene o ha tenido su particular piedra de Sísifo en la vida, siendo la de Reme un ardiente deseo sexual juvenil que fue hirientemente apagado con las llamas de los pocos paletos que pudieron toquetearla y, acto seguido, anunciarlo en la plaza del pueblo al grito de puta. Su sencillez, que podría ser confundida con felicidad y conformismo, reside en la frustración de ver una vida que ha pasado de largo sin nada reseñable que contar.

Como diría Javier Marías, Reme se da cuenta con sus libros repentinos de que la lectura ejerce una función de reconocimiento, haciendo de las páginas un juego de espejos en los que vernos y asimilar y comparar lo que nos sucede. No estamos solos. El problema de la vieja es que, cual Emma Bovary, se casó pronto y mal, el marido se le murió y el resto solo fue pena, hijos drogadictos que volaron pronto (en los dos sentidos) y una felicidad que llegó tarde.

El caballo lo mató

Gracias a  Pío Baroja, por ejemplo, Reme descubre que «siempre había sido así desde el principio. Entonces bastaban el vino de bota y el aguardiente de Rute, la cocaína ni siquiera era la anestesia de los dentistas, la heroína era Medea o era Electra, pero en la madrugada de aquellos cafés de 1902 ocurrían las mismas cosas, las mismas golferías, las mismas mujeres perdidas en el corazón oscuro de los hombres que no duermen en casa.” Y sigue:

“No es la porción, no es el producto sintetizado en ningún laboratorio honlandés; son las ganas y es el sitio donde vives, la conejera, el barrio de los conejos ajusticiados, la pringue de las losas, el deseo de volar por los aires con una explosión o con alas angélicas, nadie puede evitarlo, ninguna profilaxis, ninguna campaña de prevención, observatorio integral de.”

 

Gutiérrez igual nos habla de lo feo que era drogarse en los ochenta, con tanta goma, jeringuilla y párpados a medio echar, como del giro de tuerca higiénico, estético y energético que trajeron las pastillas en los noventa. Nos habla tanto del intringulis de un espectáculo de show por webcam como de la imantada naturaleza captadora que adquiere la religión cuando la fe es instrumentalizada como único asidero, coartada gratuita, de un pueblo con hambre, frío y penuria. Cada personaje hace de excusa para retratar aquello que al autor más parece llamarle la atención de una amplia porción de la sociedad (o aquella que ha elegido contarnos, vaya): el concejal y sus juegos sexuales con su esposa, la hipocresía del activista bloguero comeflores (y su novia, igual de pretenciosa y repugnante) preocupado únicamente por acaparar protagonismo en la rebelión, los tejemanejes de la administración local o la política de viviendas sociales de la conejera, entrañable Macondo donde tiene lugar esta historia.

La conejera

Ay, la conejera. En el pueblo ficticio de Alcotán, donde la posguerra ha sido sinónimo de oportunidad de negocio inmobiliario, casi nos llega el olor a cemento y polvo, y casi podemos ver la llegada del gitano que viene a descubrirles el hielo a estos miserables pobres diablos. Como en las favelas de Ciudad de Dios, las chozas mutan en bloques de ladrillo, los caminos de tierra mutan en carreteras, los carros de heno en tubos de escape, la clase baja en clase baja puteada.

En el desgarrador primer capítulo se explica la historia de Reme recién casada (“se mudaron con dos camisas y dos vestidos. La cama, los muebles, incluso los platos y los vasos: todo provino de una almoneda parroquial”) para después contarnos con cinismo y crudeza la visión empresarial del espinoso y provechoso asunto de levantar, en medio de un descampado colindante al pueblo, un asentamiento masivo de genuinos muertos de hambre:

“Hay que abrir las cárceles, se decían, y casar a todos esos presos con todas esas mujeres dolorosas, darles un trabajo, un hogar donde puedan amar a sus hijos y olvidar el rencor (…) es gente ruin, analfabetos e hijos de analfabetos, y nietos y bisnietos de lo mismo, gente de campo recién llegada a la ciudad pero no jornaleros con la costumbre de esforzarse, sino ladrones, rebuscadores y gitanos vagos (…) serán los primeros de su estirpe en vivir en una casa de ladrillo, con agua para beber y techos que no se caen, nos repele su contacto porque se alejaron de la condición humana pero es nuestro deber devolverlos a la especie”.

 

No decimos Macondo porque sí. Decimos Macondo porque a todos los seres de esta historia les acontece la fatalidad; vidas parasitarias en las que un nuevo día hace tiempo que dejó de ser una nueva ilusión; vidas a las que solo les queda el paraguas de la resignación, ya sea compartiendo quejidos en el patio de vecinas, metiéndose droga (inyectada, esnifada o jugada en la consola), follando, bebiendo…la vieja melodía de siempre. La vida, vista con los ojos de Pablo Gutiérrez en Los libros repentinos, es desoladora y da miedo. ¿Qué habría sido de la Lola de La familia de Pascual Duarte si hubiese sobrevivido a la locura asesina de su marido? Aquí un ejemplo.

Los libros repentinos, por Pablo Gutiérrez y publicado por Seix Barral

Pablo Gutiérrez, Los libros repentinos
Seix Barral, Barcelona 2015
264 páginas | 18 Euros