Cuando hablamos del Cura Valera, no nos referimos simplemente a un clérigo más que pasó por las tierras almerienses, sino a una figura que se ha convertido en el alma misma de su pueblo. Salvador Valera Parra fue un hombre que supo conjugar la humildad más profunda con una capacidad de entrega que dejaba a todos boquiabiertos, convirtiéndose en un referente de bondad para quien tuviera la suerte de cruzar su camino.
Su historia es la de alguien que, lejos de buscar los focos o los honores, prefirió vivir la fe en el día a día, metiendo las manos en el barro y acompañando a los enfermos en los momentos más crudos. Desde su nacimiento en un hogar sencillo hasta su elevación a los altares, su trayectoria es un viaje de sacrificio y amor al prójimo que sigue resonando en la memoria colectiva de Huércal-Overa.
Los primeros pasos y la formación de un pastor
Salvador nació el 27 de febrero de 1816 en Huércal-Overa, Almería, hijo de una familia de labradores muy arraigada a las tradiciones religiosas. Desde chavalo se notaba que tenía una vocación clara, por lo que comenzó sus estudios de latín en el pueblo antes de dar el salto a Murcia. Allí, en el Seminario de San Fulgencio, se formó como futuro sacerdote, contando con el apoyo fundamental de su tía María Josefa, abadesa de las Clarisas Capuchinas, quien le proporcionó alojamiento y refugio durante sus años de estudio.
A los veinticuatro años, concretamente el 4 de abril de 1840, fue ordenado presbítero. Se cree que la ceremonia tuvo lugar en Alicante, ya que el obispo de la zona se encontraba entonces en Tudela. Un detalle muy bonito es que su primera misa la celebró unos días después en el convento de las Monjas Capuchinas, como una forma de dar las gracias a quienes lo habían acogido y cuidado durante su etapa de estudiante.
Un camino de servicio entre Murcia y Cartagena
Su trayectoria profesional no fue lineal, sino que estuvo marcada por los llamados de la Iglesia y la necesidad de los fieles. Tras un tiempo en su tierra, se trasladó a Alhama de Murcia para hacerse cargo de la Parroquia de San Lázaro. Allí llevó una vida extremadamente austera, llegando casi a la pobreza total, ya que utilizaba unos graneros junto a la iglesia como vivienda. No le importaba el lujo; lo suyo era enseñar el evangelio y servir a la gente.
Más tarde, tras ganar unas oposiciones, regresó a Huércal-Overa como párroco de Nuestra Señora de la Asunción. Sin embargo, su fama de buen pastor llegó a oídos del obispo Francisco Landeira Sevilla, quien le pidió insistentemente que asumiera el reto de regir la parroquia de Cartagena, que en aquel entonces era la más importante de toda la diócesis. A pesar de sus reservas, Salvador aceptó por obediencia eclesiástica.
Durante su estancia en Cartagena, vivió uno de los episodios más intensos de su vida: la epidemia de cólera de 1865. El Cura Valera no se escondió ni tuvo miedo; se lanzó de lleno a asistir a los moribundos y consolar a las familias destrozadas. Su entrega fue tan abrumadora que el Ayuntamiento de Cartagena quiso agradecerle su labor regalándole un cáliz y dejando constancia de su valentía en los libros de actas municipales.
El regreso definitivo y los hechos extraordinarios
En 1868, el General Prim quedó maravillado al conocer las virtudes de don Salvador y quiso llevarlo a la corte. Pero el Cura Valera, que pasaba de los honores mundanos, solo pidió una cosa: volver a su querido pueblo. A finales de ese mismo año, regresó a Huércal-Overa en una humilde carreta, siendo recibido entre vítores y campanas que repicaban de alegría. Ya tenía 52 años y caminaba con un bastón debido a una cojera en la pierna derecha, pero su espíritu estaba más fuerte que nunca.
En esta última etapa de su vida, se multiplicaron los relatos sobre sucesos prodigiosos. Se dice que tenía una conexión especial con la Lámpara del Santísimo, sabiendo desde su cuarto cuándo se apagaba. También se narran historias sobre predicciones acertadas y la intervención divina durante un incendio del templo, donde el fuego se detuvo súbitamente tras invocar la protección de la Virgen María y la Virgen del Río.
- Reconocimientos reales: Fue nombrado Caballero de la Real Orden de Isabel la Católica y posteriormente de la Orden de Carlos III.
- Legado educativo: Su nombre bautiza hoy un instituto de educación secundaria, una plaza y una calle en su localidad natal.
- Devoción popular: Sus restos descansan en el altar mayor de la iglesia de la Asunción por deseo del pueblo.
El camino hacia la beatificación y el milagro de Rhode Island
El proceso para reconocer su santidad fue largo y paciente. En marzo de 2021, el Papa Francisco lo declaró Venerable, reconociendo que había vivido las virtudes cristianas de forma heroica. Sin embargo, para alcanzar la beatificación hacía falta un milagro comprobado. Este llegó desde un lugar inesperado: el Memorial Hospital de Rhode Island, en Estados Unidos.
El 14 de enero de 2007, nació Tyquan Hall en estado crítico, sin pulso y sin respiración. El médico attending, el Dr. Juan Sánchez-Esteban, natural de Huércal-Overa, en un acto de desesperación, rezó una oración sencilla: «Cura Valera, he hecho todo lo que ha sido posible; ahora te toca a ti». Para sorpresa de todos, el bebé comenzó a respirar y a latir su corazón minutos después, recuperándose totalmente sin ninguna secuela neurológica ni motriz.
Este hecho fue analizado meticulosamente por el Dicasterio para las Causas de los Santos en Roma, superando todas las pruebas médicas y teológicas. Finalmente, el Papa León XIV aprobó el milagro el 20 de junio de 2025. La ceremonia de beatificación tuvo lugar el 7 de febrero de 2026 en Huércal-Overa, presidida por el cardenal Marcello Semeraro, quien describió al beato como un «Evangelio viviente».
Salvador Valera Parra dejó una huella imborrable como un hombre que miró al mundo con los ojos de Jesús y amó a los marginados sin reservas. Su vida, marcada por la sencillez y la fidelidad, culminó con su reconocimiento oficial como beato, consolidando su figura como un modelo de caridad pastoral y un faro de esperanza para todos los que buscan una espiritualidad basada en la humildad y el servicio desinteresado al prójimo.