
Las universidades de América dedicadas a la investigación se han convertido en actores clave de la ciencia mundial. En América Latina y el Caribe, en particular, las instituciones de educación superior sostienen casi en solitario la producción de conocimiento científico, a pesar de presupuestos ajustados, escasa financiación privada y entornos institucionales muchas veces inestables. Lejos de ser un detalle menor, esta realidad condiciona tanto la calidad de la investigación como su impacto en la innovación, la transferencia tecnológica y el desarrollo económico.
Si miramos de cerca los principales rankings regionales y mundiales, junto con los análisis de organismos internacionales, aparece un mapa complejo: por un lado, universidades punteras como la Universidade de São Paulo, la UNAM o la Pontificia Universidad Católica de Chile, muy bien situadas en índices globales; por otro, un ecosistema amplio de instituciones con producción científica relevante pero con dificultades para ganar visibilidad y convertir esa ciencia en patentes, innovación o políticas públicas efectivas. En este artículo vamos a desgranar con calma ese panorama, combinando los datos comparativos, los proyectos de investigación concretos y el papel que juegan estas universidades dentro de los sistemas nacionales de investigación.
Ranking de las mejores universidades de América Latina por investigación
Cuando se habla de excelencia investigadora en América Latina, el primer referente suele ser el QS Latin America University Rankings, que evalúa calidad académica, empleabilidad, producción científica, citaciones y apertura internacional. En la edición reciente de este ranking específico para la región, Chile, Brasil, México, Argentina y Colombia concentran el grueso de las posiciones de cabeza, reflejando dónde se acumulan hoy las mayores capacidades científicas.
En la cúspide regional aparece la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC), en Santiago, con la puntuación máxima y un liderazgo destacado en investigación, citaciones y reputación académica. La UC se complementa con la Universidad de Chile, que alcanza también un lugar de privilegio al situarse entre las tres primeras de América Latina y consolidarse como uno de los polos científicos más influyentes del Cono Sur.
Brasil aporta varias instituciones de referencia absoluta: la Universidade de São Paulo (USP), la Universidade Estadual de Campinas (UNICAMP) y la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ) se posicionan entre las diez primeras de la región. Estas universidades destacan por su volumen de publicaciones, su producción en áreas STEM, la existencia de programas de posgrado consolidados y una fuerte integración en redes internacionales de investigación, especialmente en ciencias naturales, ingeniería y medicina.
México también tiene un peso esencial en este mapa: la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (Tecnológico de Monterrey) figuran en los primeros puestos regionales. La UNAM, en particular, combina tradición, masa crítica de investigadores, un amplio sistema de institutos y centros, y una función central en los sistemas nacionales de ciencia y tecnología del país.
Colombia entra en este grupo puntero con universidades como la Universidad de los Andes (Bogotá) y la Universidad Nacional de Colombia, que se cuentan entre las diez mejor valoradas de América Latina. Junto con ellas, la Universidad de Buenos Aires (UBA) sobresale como la institución argentina mejor posicionada en el ranking latinoamericano, siendo la única de ese país en el top regional más exclusivo.
Las universidades latinoamericanas en los rankings mundiales
Más allá del ámbito regional, conviene mirar cómo se ubican las universidades latinoamericanas en rankings globales, como el QS World University Rankings. Aquí el listón de competitividad sube, ya que entran en juego gigantes como Estados Unidos, Reino Unido, Alemania, Francia, España y otras potencias científicas con sistemas de I+D fuertemente financiados y muy internacionalizados.
En esta escala global, la mejor posicionada de la región es la Universidade de São Paulo (USP), que se sitúa en el entorno del puesto 85 mundial. Le siguen de cerca la UNAM en torno al 93 y la Universidad de Buenos Aires (UBA) cercana al puesto 95. Todas ellas se encuentran dentro de las primeras cien universidades del planeta, un logro notable considerando las diferencias de inversión en I+D si se comparan con países como Estados Unidos o Reino Unido.
Otros centros destacados en el ranking mundial son la Pontificia Universidad Católica de Chile, la Universidad de Chile, el Tecnológico de Monterrey, la Universidad de los Andes (Colombia), la Universidade Estadual de Campinas (Unicamp), la Universidad Nacional de Colombia, la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Pontificia Universidad Javeriana y la Universidade Federal do Rio de Janeiro. Todas se sitúan en tramos competitivos del listado, lo que indica una presencia internacional creciente.
Esta proyección internacional no se limita a América. Si se observa qué países tienen más universidades reconocidas en los rankings, Estados Unidos lidera de manera apabullante con alrededor de 144 instituciones listadas, seguido del Reino Unido, España, Alemania y Francia. Frente a ese contexto, las universidades latinoamericanas se encuentran en clara desventaja en términos de volumen, aunque muestran núcleos de excelencia que compiten en igualdad de condiciones en áreas específicas de conocimiento.
En ese sentido, la visibilidad internacional va muy ligada a la capacidad de publicar en revistas de alto impacto, atraer talento internacional, establecer convenios estratégicos y participar en proyectos competitivos globales (como los programas europeos Horizon o las grandes colaboraciones en física, astronomía o ciencias de la salud). Es justo en esos entornos donde las universidades de América Latina se están moviendo con más determinación en los últimos años.
Un sistema universitario diverso: del liderazgo brasileño al papel de otros países
La lista extensísima de instituciones de la región, ordenadas por su posición en rankings globales de investigación, muestra la enorme diversidad del ecosistema universitario latinoamericano. Brasil, en particular, domina en número: aparecen decenas de universidades federales, estaduales y centros especializados, desde la Universidade de São Paulo hasta la Universidade Federal do Rio Grande do Sul, la Universidade Estadual Paulista «Júlio de Mesquita Filho», o la Universidade Federal de Minas Gerais, entre muchísimas otras.
Este predominio brasileño se explica por el tamaño del país, el desarrollo histórico de su educación superior y la existencia de sistemas relativamente consolidados de posgrado e investigación financiados con fondos públicos. Universidades federales como las de Paraná, São Paulo, Santa Catarina, Brasília, Bahia, Pernambuco o Minas Gerais cuentan con infraestructura científica relevante, programas de doctorado acreditados y vínculos con agencias nacionales como CNPq o CAPES.
Pero el mapa no se agota en Brasil. En México encontramos, además de la UNAM y el Tec de Monterrey, instituciones clave como el Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Autónoma Metropolitana, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, la Universidad de Guadalajara, la Universidad Autónoma de Nuevo León, múltiples universidades autónomas estatales y tecnológicos regionales. Todos ellos aportan masa crítica en áreas como la ingeniería, la salud o las ciencias sociales aplicadas.
En Chile, además de la UC y la Universidad de Chile, figuran universidades como la Universidad de Concepción, la Universidad Austral de Chile, la Universidad de Santiago de Chile, la Universidad Técnica Federico Santa María, la Universidad de Talca, la Universidad de Valparaíso, la Universidad Católica de Valparaíso, la Universidad Católica del Norte, la Universidad de La Serena, la Universidad del Desarrollo, así como varias instituciones privadas con actividad investigadora creciente.
El caso de Argentina también es singular: aunque la UBA es la que logra mejor posición en los rankings globales, el país cuenta con una red amplia de universidades nacionales con producción científica consolidada: Universidad Nacional de Córdoba, La Plata, Rosario, Cuyo, Tucumán, Mar del Plata, Comahue, Litoral, Salta, San Juan, entre otras, así como instituciones tecnológicas como la Universidad Tecnológica Nacional. Su fuerte vínculo con organismos como el CONICET explica la densidad de grupos de investigación en múltiples disciplinas.
En Colombia, a la Universidad Nacional y a la Universidad de los Andes se suman la Universidad del Valle, la Universidad de Antioquia, la Pontificia Universidad Javeriana, la Universidad del Rosario, la Universidad del Norte (Barranquilla), la Universidad Industrial de Santander, la Universidad de Caldas, la Universidad de la Costa, la Universidad de Cartagena o la Universidad de La Sabana, todas con aportes relevantes en ciencias naturales, ingeniería, salud, educación o ciencias sociales.
El mosaico se completa con universidades de Perú (como la Universidad Peruana Cayetano Heredia, la Pontificia Universidad Católica del Perú, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, la Universidad del Pacífico, la Universidad Nacional de San Agustín o la Universidad Nacional de Ingeniería), de Uruguay (Universidad de la República), de Costa Rica (Universidad de Costa Rica, Instituto Tecnológico de Costa Rica, Universidad Nacional de Costa Rica), de Cuba (Universidad de La Habana, Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, Universidad Central Marta Abreu de Las Villas), de Venezuela (Universidad Central de Venezuela, Universidad Simón Bolívar, Universidad de Los Andes, Universidad del Zulia), así como instituciones de Ecuador, Bolivia, Paraguay, Panamá, República Dominicana y el Caribe anglófono y francófono (por ejemplo, los distintos campus de la University of the West Indies o las universidades de las Antillas).
La universidad como pilar de los sistemas nacionales de investigación en ALC
Más allá del ranking, el punto clave es entender el papel real de las universidades en los sistemas nacionales de investigación (SNI) de América Latina y el Caribe. Los estudios regionales coinciden en que las instituciones de educación superior producen más del 80% de las publicaciones científicas de la región, lo que revela su condición de columna vertebral de la actividad de I+D.
Sin embargo, esa centralidad convive con importantes problemas estructurales: existe una financiación insuficiente y muchas veces inestable, con una inversión en I+D (sobre el PIB) muy por debajo de las grandes potencias científicas. La participación del sector privado es reducida, y buena parte de los fondos siguen dependiendo de ministerios de ciencia o educación, o de agencias públicas con presupuestos limitados y sometidos a vaivenes políticos.
Además, se observa un contraste entre la alta producción de artículos científicos y el bajo impacto en innovación y transferencia tecnológica. Pese a las muchas publicaciones, todavía son escasas las patentes, los desarrollos de alto valor agregado, los emprendimientos de base tecnológica o las soluciones escalables orientadas a problemas productivos, sociales o ambientales de la región.
El análisis señala que la contribución de las universidades a los SNI se articula a través de dos grandes modelos: por un lado, el apoyo a la gobernanza, que implica la participación de académicos y universidades en la definición de políticas de ciencia, tecnología e innovación, en consejos asesores, comisiones nacionales, evaluación de programas, etc.; por otro, el apoyo estratégico, donde las instituciones asumen un rol más activo en la ejecución de proyectos prioritarios, la creación de capacidades tecnológicas, el desarrollo de clústeres y la articulación con gobiernos y empresas.
Este doble papel refuerza la idea de que las universidades son verdaderos pilares de los ecosistemas de innovación, no solo como productoras de artículos científicos, sino también como generadoras de capital humano avanzado (sobre todo a través de maestrías y doctorados), como espacios de reflexión crítica y como plataformas de cooperación con otros actores, tanto públicos como privados.
Inversión en I+D, internacionalización y redes de cooperación
Los estudios regionales insisten en que la inversión en investigación y desarrollo, aunque imprescindible, no basta por sí sola para alcanzar estándares altos de excelencia científica. Es necesario acompañarla con políticas de internacionalización, programas de movilidad de investigadores, esquemas de transferencia tecnológica robustos y una colaboración mucho más intensa con el sector productivo.
En los últimos años se han observado avances significativos en algunos indicadores. Un ejemplo importante es el aumento de más del 50% en el número de estudiantes de doctorado en América Latina y el Caribe entre 2012 y 2021. Este crecimiento apunta a una consolidación progresiva de la formación de capital humano avanzado, aunque todavía con grandes diferencias entre países y entre instituciones.
Otro factor relevante es la participación en redes y proyectos internacionales. La implicación de universidades latinoamericanas en programas como Horizon 2020 o Horizon Europe, las acciones Marie Skłodowska-Curie o redes de cooperación birregional ha aumentado, permitiendo que grupos de investigación se articulen con socios europeos, norteamericanos o asiáticos y accedan a financiación competitiva, equipamiento, estancias y co-tutelas de tesis doctorales.
Sin embargo, el nivel de cooperación en redes todavía se considera moderado: aunque existe un potencial enorme, la baja participación estable de muchas universidades limita el impacto de esas colaboraciones. Las redes suelen concentrarse en un pequeño conjunto de instituciones más consolidadas, dejando al margen a universidades medianas o emergentes que podrían beneficiarse mucho de ese impulso.
Por ello, las recomendaciones de los estudios apuntan a la necesidad de aumentar la inversión en I+D, mejorar los sistemas de formación doctoral, promover la cooperación regional entre universidades (no solo Norte-Sur, sino también Sur-Sur) y reforzar el rol de las instituciones en la gobernanza de los SNI. También se subraya la conveniencia de profundizar en investigaciones sobre la autonomía universitaria, la gobernanza interna y el efecto real de las políticas de financiamiento sobre la calidad y el impacto de la investigación.
Proyectos de investigación punteros con vínculos entre Europa y América
Un buen modo de entender cómo se articula la investigación universitaria en América y su conexión con otros continentes es analizar proyectos concretos de alcance internacional. Muchos de ellos están liderados o co-liderados por universidades europeas en colaboración con centros latinoamericanos, especialmente a través de programas como H2020 o Horizon Europe, o en el marco de redes académicas continentales.
Uno de los ejemplos más interesantes es el proyecto COREC-II (Corpus Oral de Referencia del Español en Contacto. Fase II: Lenguas Minoritarias), co-dirigido por la profesora Azucena Palacios. Su objetivo es informatizar, ampliar y analizar un corpus oral centrado en el español en contacto con lenguas minoritarias, muchas de ellas amerindias. El proyecto, financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, se enmarca en los grupos de investigación PSYCOTRIP y Cambio Lingüístico en Situaciones de Contacto.
COREC-II no solo tiene un componente técnico y académico, sino también una clara dimensión social: busca poner en valor la riqueza del bilingüismo, combatir los estigmas asociados a las variedades de español en contacto y fomentar el respeto por la diversidad lingüística y cultural en América Latina. En este mismo campo, Azucena Palacios coordina el proyecto “Lenguas en contacto: Español / Portugués / Lenguas Amerindias” dentro de la Asociación de Lingüística y Filología de América Latina (ALFAL), que organiza cada tres años un congreso especializado dedicado a estas temáticas.
En el ámbito de la literatura y la historia cultural, destaca un proyecto coordinado por la investigadora Selena Millares, centrado en la historia de las literaturas hispánicas. Frente a enfoques tradicionales que las han estudiado de manera fragmentaria (España, Hispanoamérica, Europa) y con fronteras nacionales rígidas, esta iniciativa propone una visión global e integradora del “territorio de La Mancha”, concepto acuñado por Carlos Fuentes.
El proyecto, desarrollado en varias fases (prosa de vanguardia, diálogo entre artes y huella de la vanguardia en el siglo XXI), reivindica el papel esencial de las vanguardias hispánicas dentro de la historia literaria y artística internacional, subrayando su influencia perdurable en la producción contemporánea. Al poner en diálogo autores y corrientes de ambos lados del Atlántico, ofrece una lectura transnacional de las relaciones entre Europa y América.
Preservar el patrimonio cultural: surrealismo, redes artísticas y Sur Global
El interés de las universidades americanas y europeas por el patrimonio cultural compartido se refleja en proyectos como el coordinado por el profesor Eduardo Becerra, catedrático de Literatura Hispanoamericana, dedicado a la digitalización y análisis de revistas clave del surrealismo hispánico como Qué, Ciclo, Mandrágora o Gaceta de Arte. Financiado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, este proyecto persigue preservar y estudiar un acervo cultural disperso, facilitando su acceso a investigadores de toda América y Europa.
En un plano más contemporáneo, el profesor Fernando Camacho Padilla ha liderado la iniciativa “Redes Sur-Sur: Prácticas artísticas, contextos locales y experimentación crítica”. Este proyecto analiza las redes de colaboración artística y cultural establecidas entre países del Sur Global, con especial atención a América Latina, África y Asia. Su foco se sitúa en cómo las prácticas artísticas contemporáneas se articulan desde lo local y lo transnacional, generando espacios de intercambio crítico y resistencia simbólica.
El proyecto Redes Sur-Sur ha destacado la importancia de cuestionar las jerarquías tradicionales en la circulación del conocimiento y del arte, visibilizando vínculos culturales interregionales que muchas veces quedan fuera del radar de los grandes centros hegemónicos. De este modo, contribuye a una comprensión más compleja y dinámica de la producción cultural global, donde América Latina no figura solo como región receptora, sino también como generadora de propuestas estéticas y teóricas.
La suma de estos proyectos evidencia que la investigación universitaria en América no se limita a la ciencia dura o a la innovación tecnológica: abarca también la preservación del patrimonio, el análisis de movimientos estéticos, la reflexión sobre la memoria histórica y la construcción de identidades colectivas. Son campos donde las universidades latinoamericanas y europeas colaboran intensamente, tejiendo redes de largo aliento.
Economía, informalidad y gobernanza territorial entre Europa y América Latina
En el terreno de las ciencias sociales y la economía, las universidades de América participan en proyectos que conectan problemas locales con agendas globales. Un ejemplo significativo es la iniciativa liderada por el profesor Santos Ruesga, del departamento de Estructura Económica y Economía del Desarrollo, cuyo objetivo es crear una red internacional para el análisis comparativo de la informalidad y las políticas para su formalización en la Unión Europea y América Latina.
Este proyecto adopta un enfoque interdisciplinario e intersectorial, involucrando tanto entidades académicas como no académicas (administraciones públicas, agentes sociales, etc.). Busca entender cómo se configuran los mercados laborales informales en distintos contextos, qué políticas se han ensayado y cuáles pueden ser más eficaces para garantizar derechos laborales y protección social sin sofocar la iniciativa económica.
Otro ámbito de cooperación clave es el de los proyectos europeos del programa H2020 que abordan problemáticas de gobernanza territorial y relaciones urbano-rurales. El proyecto LoGo, por ejemplo, estudia cómo los gobiernos locales de Europa se enfrentan a la transformación de las relaciones entre zonas urbanas y rurales, analizando nuevas dinámicas territoriales y proponiendo estrategias para una gobernanza más eficaz e inclusiva. Aunque el foco principal es europeo, las metodologías y resultados son relevantes para las realidades latinoamericanas, donde los desequilibrios territoriales son igualmente acuciantes.
En una línea más crítica, el proyecto CONTESTED TERRITORY, financiado también por Horizonte 2020 y liderado por Héctor Grad, analiza las tensiones territoriales derivadas de los modelos de desarrollo en América Latina. El proyecto reúne investigadores europeos y latinoamericanos para estudiar las resistencias sociales y las propuestas alternativas impulsadas por comunidades locales frente a megaproyectos extractivos, infraestructuras y políticas que impactan en el territorio.
CONTESTED TERRITORY aspira a repensar las nociones de desarrollo y progreso desde una perspectiva crítica, sostenible y centrada en los derechos humanos y la justicia social. Al poner en primer plano la voz de comunidades indígenas, campesinas y urbanas organizadas, contribuye a una comprensión más compleja de las disputas territoriales, que no se reducen a conflictos económicos, sino que involucran identidades, memorias y visiones del mundo.
Ciencia de frontera: neutrinos, materia oscura y cosmología computacional
El peso de las universidades americanas en la escena científica internacional se ve también en áreas de ciencia de frontera como la física de partículas y la cosmología. Dos proyectos destacados del programa H2020 son Elusives (un Innovative Training Network, ITN) e InvisiblesPlus (una red Marie Sklodowska-Curie RISE), cuya IP es la física Belén Gavela. Ambos se centran en la fenomenología de los neutrinos y la materia oscura, y en su interconexión, con especial atención al papel de la asimetría materia-antimateria.
Estos proyectos reúnen una red internacional de centros de investigación de excelencia, proporcionando formación avanzada a jóvenes investigadores y promoviendo intercambios entre Europa y América Latina. Las universidades latinoamericanas participantes se integran así en una comunidad científica global que trabaja en los enigmas fundamentales del universo, desde la naturaleza de la materia oscura hasta el origen de la masa de los neutrinos.
En la frontera entre astronomía y cosmología computacional encontramos otro proyecto de gran calado: LACEGAL (Latin American-European Galaxy Formation Network), una red internacional de formación e investigación, también financiada por H2020 como ITN. Su objetivo es formar a una nueva generación de astrónomos expertos en la evolución de galaxias y estructuras cósmicas mediante simulaciones numéricas de última generación.
Coordinado por el Instituto de Física Teórica (IFT-UAM/CSIC), LACEGAL promueve la colaboración entre instituciones europeas y latinoamericanas, fomentando la movilidad de estudiantes de doctorado y posdoctorado, el intercambio de conocimientos y el desarrollo científico en cosmología computacional. A través de estas redes, investigadores de América Latina acceden a infraestructuras de supercomputación y se integran en colaboraciones de gran escala.
Esta presencia en la ciencia de frontera muestra que las universidades latinoamericanas no solo reproducen conocimiento, sino que participan activamente en su creación al más alto nivel, aunque todavía con desafíos significativos en términos de masa crítica, financiación y estabilidad institucional.
Matemáticas aplicadas, análisis armónico y proyectos interdisciplinarios
Otro ámbito donde se evidencian las conexiones entre Europa y América es el de las matemáticas aplicadas y el análisis armónico y geométrico. El proyecto GHAIA (Geometric and Harmonic Analysis with Interdisciplinary Applications), financiado por H2020 como acción Marie Skłodowska-Curie RISE y coordinado por Davide Barbieri, tiene precisamente como objetivo impulsar la investigación y la colaboración internacional en estas áreas.
GHAIA reúne investigadores de distintas instituciones para aplicar herramientas sofisticadas de análisis armónico y geométrico a problemas interdisciplinarios como el procesamiento de señales, la visión por computador o la modelización de fenómenos físicos complejos. La movilidad científica y la transferencia de conocimiento entre Europa y América Latina son ejes clave del proyecto, permitiendo que matemáticos y científicos de datos de ambos lados del Atlántico trabajen sobre desafíos comunes.
En paralelo, diversos proyectos vinculados a la historia, la educación y las humanidades digitales muestran otra cara de la internacionalización. PortADA, por ejemplo, es un proyecto europeo que aplica métodos digitales al estudio histórico de la navegación marítima del siglo XIX. Su objetivo es desarrollar herramientas automáticas para recopilar y analizar datos de llegadas a puertos a gran escala, facilitando estudios comparativos sobre comercio y movilidad marítima.
PortADA combina historia, ciencia de datos y humanidades digitales, y cuenta con la participación activa de universidades que actúan como puente entre Europa y América, dado que buena parte del tráfico marítimo de la época conectaba ambos continentes. La digitalización y análisis masivo de fuentes históricas permite revisar la historia de la globalización temprana con nuevas preguntas y métodos.
Por otro lado, el proyecto MAKINGHISTORIES, liderado por Mario Carretero y financiado por Horizon Europe, busca integrar teorías y prácticas innovadoras en la enseñanza y la cultura histórica. A través de la colaboración entre instituciones educativas, museos y centros de investigación, desarrolla recursos y metodologías para repensar cómo se construye y transmite la historia en las sociedades contemporáneas. Incluye la reflexión sobre memorias conflictivas, diversidad cultural y narrativas transnacionales en las que América Latina ocupa un lugar destacado.
Justicia ecológica, derechos de la naturaleza y sostenibilidad
Las universidades americanas también participan en proyectos que se mueven en la intersección entre medio ambiente, derecho y filosofía política. Un ejemplo significativo es Speak for Nature, un proyecto europeo que promueve un enfoque innovador y multidisciplinar para abordar la justicia ecológica.
Speak for Nature reúne investigadores de áreas como las ciencias sociales, el derecho y las ciencias ambientales para explorar nuevas formas de representar los derechos de la naturaleza, integrando perspectivas humanas y no humanas. El objetivo es avanzar hacia marcos normativos y éticos más inclusivos y sostenibles frente a la crisis ecológica global, en los que ríos, bosques, ecosistemas o especies puedan ser reconocidos como sujetos de derechos.
Las universidades que participan en este tipo de proyectos aportan no solo conocimiento experto, sino también vínculos con movimientos sociales, comunidades locales y actores institucionales en América Latina, región clave en la discusión sobre bienes comunes, extractivismo, cambio climático y protección de la biodiversidad. Esta interacción entre investigación académica y activismo ecológico es uno de los rasgos distintivos del contexto latinoamericano.
En este campo, la experiencia acumulada en litigios ambientales, consultas previas a pueblos indígenas, reformas constitucionales que reconocen derechos de la naturaleza (como en algunos países andinos) y conflictos territoriales complejos aporta un laboratorio vivo de estudio para juristas, politólogos, sociólogos y ecólogos de todo el mundo.
Historia de la universidad en Iberoamérica: un largo recorrido compartido
Para entender la posición de las universidades de América en la investigación, conviene echar la vista atrás. La universidad, nacida en la Europa medieval, tiene su “bautismo” intercontinental precisamente en la América colonial, de la mano del modelo español de expansión imperial. Desde el siglo XVI, instituciones como la Universidad de Santo Tomás de Aquino en Santo Domingo, la Universidad de San Marcos en Lima o la Universidad de México marcaron el inicio de la educación superior en el continente.
Un conjunto de estudios sobre la historia de la universidad en Iberoamérica recorre esta trayectoria desde la época colonial hasta la actualidad. En ellos se muestra cómo la universidad fue un instrumento de consolidación de la conquista, de la religión, de la lengua y de un determinado modelo de organización política y social. A la vez, se convirtió en un espacio donde se adaptaron saberes europeos a las realidades americanas, generando formas propias de pensamiento y cultura.
Además de las aportaciones sobre la época moderna, estos trabajos abordan lo específico de la universidad española contemporánea, la peculiaridad del caso de Brasil (con una trayectoria distinta, marcada por la presencia portuguesa y la tardía creación de universidades), la arquitectura de la educación superior y la posición singular de instituciones como la Universidad de Salamanca en todo este proceso histórico de relaciones con Iberoamérica.
Las firmas de los especialistas que participan en estos estudios otorgan una gran solidez historiográfica, ofreciendo una mirada original a la historia de las universidades. Al entender este trasfondo, se explican mejor tanto las continuidades como las rupturas que caracterizan hoy los sistemas universitarios latinoamericanos, sus fortalezas y sus deudas pendientes en materia de investigación.
En conjunto, este largo recorrido histórico ayuda a comprender por qué las universidades han sido y siguen siendo actores centrales en la producción de conocimiento, la formación de élites políticas y técnicas y la articulación de proyectos nacionales en América Latina y el Caribe, incluso en contextos de fuerte desigualdad y cambios políticos abruptos.
Todo este entramado de rankings, proyectos, redes y trayectorias históricas dibuja un panorama en el que las universidades de América dedicadas a la investigación se sitúan como motor principal del avance científico en la región, aunque todavía lejos del potencial que podrían alcanzar con una financiación más robusta, una internacionalización más extendida y una mayor articulación con sus sistemas productivos y sociales. De la Pontificia Universidad Católica de Chile a la USP, de la UNAM a la UBA, de las universidades colombianas y peruanas a los campus caribeños, se observa un esfuerzo sostenido por producir ciencia de calidad, preservar y reimaginar el patrimonio cultural, abordar las desigualdades, pensar la justicia ecológica y formar a nuevas generaciones de investigadores capaces de dialogar de tú a tú con la comunidad científica global.

