El cierre del Aquarium de Mar del Plata no solo supuso el final de uno de los clásicos centros de ocio de la costa argentina, sino también el inicio de un complejo rompecabezas: decidir qué hacer con los animales que habían pasado allí toda su vida. La pieza más delicada de ese proceso fueron sus diez delfines nariz de botella, nacidos y criados bajo manejo humano, que ahora han sido trasladados a un oceanario en Hurghada, a orillas del Mar Rojo, en Egipto.
El operativo, organizado con un hermetismo casi absoluto, combinó traslado por carretera hasta el aeropuerto de Ezeiza y un vuelo directo en una aeronave de Qatar Airways. La maniobra, calificada por los propios responsables como una operación de alta complejidad técnica, ha desencadenado además un intenso debate sobre el modelo de cautiverio de fauna marina y el papel de las grandes empresas del sector.
Del faro de Punta Mogotes al Mar Rojo: el destino de los diez delfines
Con el cierre definitivo del Aquarium Mar del Plata a finales de marzo, la empresa propietaria, The Dolphin Company, tuvo que buscar un nuevo destino para Zaiko, Lara, Olivia, Isis, Aramis, Callie, Moro, Ares, Juno y Mako. Tres de ellos habían llegado hace años desde el Acuario Nacional de Cuba, mientras que los siete restantes nacieron en las propias instalaciones marplatenses.
Durante meses se especuló con que la compañía optaría por derivarlos a alguno de sus parques y delfinarios en América o Europa, dado que gestiona 30 centros de este tipo repartidos por varios países. Sin embargo, la decisión final fue enviarlos a Hurghada, un destino turístico del Mar Rojo con unos 40 kilómetros de costa, conocido por sus aguas claras, sus arrecifes para buceo y un gran acuario inaugurado en 2015 que alberga alrededor de 1.200 animales de casi un centenar de especies.
Según biólogos y técnicos que participaron en la operación, el objetivo era que los delfines llegasen a un entorno controlado con condiciones ambientales similares a las que tenían en Mar del Plata: agua templada, rutina de alimentación programada y supervisión veterinaria diaria. Para reducir el impacto del cambio, parte del equipo de cuidadores argentinos viajó con ellos y permanecerá al menos tres meses en Egipto para acompañar su adaptación.
En paralelo, el cierre del oceanario dejó en el aire el futuro de otras especies, en su mayoría pingüinos y aves marinas, que también requieren reubicación en otros centros. La antigua fundación dedicada a la rehabilitación y liberación de fauna marina, que funcionaba vinculada al Aquarium, aspira a mantener parte de su actividad en la zona con apoyo de operadores privados.
Un operativo de transporte inédito: cajas de tres metros, vaselina y paradas cada 20 minutos
El traslado fue coordinado por Servicios Logísticos Asociados (SLA) SRL, una empresa argentina especializada en logística que, según su director de Operaciones, Ignacio Nieto, se enfrentaba por primera vez al reto de mover animales acuáticos de estas características. En sus palabras, fue un operativo «anecdótico» por lo singular y exigente del dispositivo.
Cada delfín fue colocado en una caja de unos tres metros de largo, con agua hasta la mitad, diseñada para permitir que el animal se mantuviera estable y protegido. En el interior de cada contenedor se instalaron dos tubos paralelos y una lona a modo de camilla, donde los mamíferos podían recostarse evitando que el peso de su cuerpo les generara presión excesiva en zonas sensibles.
Para prevenir rozaduras y lesiones en la piel, el equipo aplicó vaselina y crema humectante sobre los delfines antes de introducirlos en las cajas. Además, se añadieron protecciones de goma espuma en la cabeza y en las aletas para amortiguar cualquier golpe durante las maniobras de carga y descarga. El procedimiento para acomodar a cada ejemplar llevaba en torno a 30 minutos, siempre con veterinarios y cuidadores controlando signos de estrés.
La fase terrestre comenzó en Mar del Plata, donde entre la 1:00 y las 6:30 de la madrugada se fueron cargando los contenedores en camiones y semirremolques con destino al aeropuerto internacional de Ezeiza, en la provincia de Buenos Aires. La caravana avanzó con paradas cada 20 minutos para comprobar el estado de los animales, ajustar los elementos de sujeción y verificar parámetros básicos de bienestar.
Una vez en Ezeiza, el personal de SLA y del propio aquarium procedió a la descarga de las cajas y su traslado a un avión de carga de Qatar Airways, fletado y acondicionado especialmente para este operativo. La aeronave contaba con espacio suficiente para que los profesionales se movieran entre los contenedores y pudieran seguir de cerca a los delfines durante las casi 13 horas de vuelo directo, en una travesía de aproximadamente 12.000 kilómetros hasta Egipto.
Control veterinario permanente y adaptación en Hurghada
Durante todo el trayecto, tanto por carretera como en el aire, los animales estuvieron acompañados por veterinarios, biólogos marinos y sus entrenadores habituales. Entre el personal desplazado desde Argentina se encontraba el biólogo marino Alejandro Saubidet, ex director científico del Aquarium, que participó en el diseño y coordinación de la operación.
Saubidet y otros especialistas remarcaron que se trataba de una maniobra sin margen de error, donde cualquier imprevisto podía tener consecuencias graves sobre la salud de los delfines. Fuentes del equipo técnico indicaron que, a su llegada a Hurghada, los animales fueron evaluados de inmediato y mostraban un comportamiento activo, comían con normalidad y respondían bien a los estímulos de sus cuidadores.
Además de la fase aguda del viaje, el plan incluye una etapa de adaptación controlada de al menos tres meses en el nuevo oceanario, con la presencia in situ de tres cuidadores argentinos. Su papel será ajustar rutinas de alimentación, reforzar lazos de confianza y observar posibles cambios de conducta derivados del entorno distinto.
El recinto egipcio donde ahora residen los delfines es un gran complejo marino construido en 2015, que se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de Hurghada. Allí se han habilitado instalaciones con características similares a las que los animales tenían en Mar del Plata, tanto en calidad del agua como en temperatura y dimensiones de los estanques.
Responsables de SLA y del ex Aquarium subrayan que los diez delfines llegaron en excelente estado al Mar Rojo gracias al riguroso control médico-veterinario previo al cierre del parque argentino y durante el propio operativo. Al tratarse de ejemplares que han vivido siempre en cautiverio, el protocolo descarta por completo un retorno al medio marino abierto.
Delfines nacidos en cautiverio: por qué no pueden ser liberados
Uno de los ejes centrales de este caso es que todos los delfines implicados han pasado su vida bajo cuidado humano. En la práctica, eso significa que no han desarrollado habilidades básicas de supervivencia en libertad, como la búsqueda activa de alimento o la socialización en grupos salvajes más allá de los núcleos que se forman en cautiverio.
Los veterinarios y biólogos que trabajan con estos animales subrayan que una liberación al mar abierto no es una opción responsable en este contexto. La falta de experiencia en la caza, la interacción con depredadores naturales y la adaptación a cambios bruscos de entorno podría comprometer gravemente su supervivencia en cuestión de días.
Por ese motivo, con el cierre del Aquarium, las alternativas reales se reducían a otros oceanarios, acuarios o centros de fauna que pudieran ofrecer un entorno controlado y atención especializada. En este tipo de casos, el foco se sitúa en garantizar el bienestar físico y minimizar el estrés dentro de los márgenes que permite la vida en cautiverio, más que en una hipotética reinserción en el hábitat natural.
Esta situación no es exclusiva de Argentina: en Europa y otras regiones se repite el mismo dilema cada vez que cierra un delfinario o un parque marino. La comunidad científica y las organizaciones de protección animal coinciden en que se necesitan protocolos claros y marcos legales específicos para gestionar el destino de animales nacidos en instalaciones de ocio.
Aunque el modelo ideal para muchos colectivos sería derivar a estos ejemplares a santuarios marinos de gran escala, la realidad es que hoy existen muy pocos proyectos de este tipo en funcionamiento y no siempre pueden acoger grupos numerosos como el de Mar del Plata, lo que obliga a valorar caso por caso.
Inspecciones, denuncias y defensa del ex Aquarium
Antes de que el operativo de traslado se materializara, el estado de los delfines del ex Aquarium de Mar del Plata fue objeto de controversia pública. Imágenes difundidas en redes sociales donde se veía a varios ejemplares nadando en agua de color oscuro generaron alarma entre vecinos y organizaciones ambientalistas, que interpretaron la escena como posible signo de abandono o maltrato.
La repercusión llevó al intendente de Mar del Plata, Guillermo Montenegro, a solicitar una inspección oficial y la apertura de actuaciones judiciales para determinar si existían irregularidades. Poco después, equipos de la Dirección de Zoonosis y Bienestar Animal del municipio de General Pueyrredón y de la Dirección Provincial de Pesca visitaron el predio cerrado.
Los informes elaborados tras esas inspecciones concluyeron que no se observaron animales desnutridos ni ejemplares muertos. También indicaron que los delfines se mostraban activos, con estado corporal normal y sin signos evidentes de enfermedad, y que se mantenían rutinas de alimentación adecuadas, tanto para ellos como para los pingüinos y otras especies.
Desde el área de biología del ex parque marino se explicó que la oscuridad del agua en los estanques obedecía al cese del uso de productos destinados a mejorar la transparencia para el público, y no a un deterioro de la calidad. Según la versión del Aquarium, durante todo el período posterior al cierre siguieron aplicando protocolos de higiene y sanidad para mantener a los animales en condiciones aceptables hasta su reubicación.
Estas aclaraciones no evitaron que el caso siguiera alimentando debates sobre la supervisión de centros de fauna en proceso de cierre, algo que también preocupa en Europa, donde se están revisando normativas sobre acuarios y zoológicos con especies marinas y exóticas.
Críticas de organizaciones animalistas y debate ético
El traslado de los delfines a Egipto despertó una fuerte reacción por parte del movimiento por la liberación animal, especialmente desde la organización Voicot, que expresó su repudio en comunicados y publicaciones en redes sociales. Desde este colectivo sostienen que los animales han sido enviados “de una situación de encierro, explotación y cautiverio, a otra”, sin un cambio sustancial en su realidad.
Voicot dirige sus críticas al Aquarium de Mar del Plata y a Eduardo Albor Villanueva, CEO de The Dolphin Company, a quien acusan de llevar adelante “otro de sus grandes negociados”. Señalan que la firma, que opera una red de 33 delfinarios, oceanarios y parques acuáticos a nivel internacional, basa su modelo de negocio en la explotación comercial de animales marinos.
Para esta organización, la operación muestra una doble vara en el tratamiento de los animales en cautiverio: cuando se plantea trasladarlos a santuarios o proyectos no lucrativos, argumentan, aparecen «las mil y una burocracias e impedimentos» que frenan o dilatan los procesos. En cambio, cuando se trata de movimientos vinculados a intereses empresariales, las gestiones se aprueban con mucha mayor rapidez y coordinación entre administraciones.
Las críticas de Voicot se suman a un debate global sobre la ética del cautiverio con fines de entretenimiento, en el que también participan organizaciones europeas y latinoamericanas. En países como España, Francia o Italia, los delfinarios y parques marinos afrontan una creciente presión social y regulatoria para reorientar su actividad hacia la conservación, la investigación y la educación, reduciendo o eliminando los espectáculos tradicionales.
Hasta el momento, los responsables del Aquarium y de The Dolphin Company no han emitido respuestas detalladas a estas acusaciones en el ámbito público, más allá de insistir en que el traslado garantiza la atención profesional de los delfines y cumple con la normativa vigente sobre bienestar animal.
Un caso que se suma a la revisión del modelo de acuarios en el mundo
Más allá del conflicto puntual en Mar del Plata, el traslado de estos delfines a Hurghada se enmarca en una tendencia internacional de revisión crítica de los acuarios y oceanarios tradicionales. En Europa y otras regiones se discute qué hacer con las instalaciones heredadas de décadas anteriores, levantadas con un enfoque centrado en el ocio y el espectáculo.
El cierre del Aquarium argentino ilustra algunos de los desafíos de esta transición: grandes recintos en ubicaciones privilegiadas, proyectos inmobiliarios en ciernes, animales nacidos en cautiverio que dependen completamente de la mano humana y fundaciones de rescate y rehabilitación cuya continuidad queda en el aire cuando se apaga la actividad comercial.
Al mismo tiempo, se acumulan ejemplos de iniciativas orientadas a reconvertir estos espacios en centros de conservación, rescate y educación ambiental, con menor protagonismo del entretenimiento masivo. En la práctica, esto implica inversiones importantes, cambios de normativa y, sobre todo, protocolos claros para la gestión de animales que no pueden ser devueltos al medio natural.
Cada operativo como el de Mar del Plata-Hurghada aporta experiencia sobre logística, bienestar y cooperación internacional en el traslado de fauna marina. También pone sobre la mesa los límites del actual sistema, especialmente cuando los destinos finales son otros centros de cautiverio y no santuarios de transición o reservas marinas abiertas.
En este contexto, el futuro de delfines como Zaiko, Lara u Olivia se vuelve un símbolo de la encrucijada entre el negocio, la protección animal y las expectativas sociales. Lo que se decida hoy respecto a este tipo de instalaciones condicionará durante décadas la vida de muchos otros animales marinos nacidos bajo cuidado humano.
La historia de los diez delfines del Aquarium de Mar del Plata, desde su salida silenciosa del predio junto al faro de Punta Mogotes hasta su llegada a un oceanario en el Mar Rojo, condensa buena parte de las tensiones que rodean a los parques marinos en el siglo XXI: un operativo técnico minucioso que cuidó cada detalle del viaje, el límite biológico que impide su liberación, los informes oficiales que avalaron su estado y la crítica frontal de colectivos animalistas que denuncian un modelo basado en el cautiverio. Mientras en distintos países se replantea el papel de estos centros, el caso argentino se suma a una conversación global sobre cómo compatibilizar bienestar animal, conservación y la progresiva transformación de los antiguos acuarios de ocio.