Teruel despide a sus Amantes en unas Bodas de Isabel históricas

  • Teruel se transforma en una villa medieval para revivir la leyenda de los Amantes de Teruel durante las Bodas de Isabel.
  • La fiesta cumple tres décadas y estrena el reconocimiento de Fiesta de Interés Turístico Internacional.
  • Más de 200 actos, mercado medieval y recreaciones teatrales narran la historia de Diego de Marcilla e Isabel de Segura.
  • El emotivo funeral y el beso final sellan un fin de semana que convierte a Teruel en capital del amor eterno.

Fiesta Amantes de Teruel

Tras un año entero de espera, Teruel ha vuelto a sumergirse de lleno en el siglo XIII para revivir, una vez más, la trágica y célebre historia de sus Amantes. Durante cuatro días, la ciudad ha cambiado de piel para acoger una nueva edición de las Bodas de Isabel de Segura, un evento que combina recreación histórica, teatro popular, mercado medieval y participación ciudadana a partes iguales.

En esta ocasión, la celebración tenía un aliciente especial: la fiesta cumple treinta años de historia y estrena el título de Fiesta de Interés Turístico Internacional, un reconocimiento que refuerza su proyección fuera de Aragón y de España. Con miles de visitantes llegados de numerosas comunidades autónomas e incluso del extranjero, Teruel ha despedido a sus Amantes con una intensidad que ha dejado, un año más, las emociones a flor de piel.

Una ciudad que cruza el umbral del tiempo

Desde primera hora del jueves, las calles y plazas de Teruel se transformaron en una auténtica villa medieval. El arranque oficial llegó con la apertura del mercado y de los campamentos de recreación, según el programa de la fiesta, que llenaron el casco histórico de toldos, estandartes, música y olor a especias y comida tradicional. Las haimas y los puestos de artesanía se extendieron por la plaza de la Catedral, la Glorieta, el Paseo del Óvalo, la Escalinata y el Parque de los Fueros.

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El llamado Gran Mercado Medieval, con más de un centenar de tenderetes en esta edición, reunió a comerciantes y artesanos llegados de múltiples puntos de España, que ofrecieron desde productos gastronómicos tradicionales hasta vestimentas, pieles, joyería y demostraciones de antiguos oficios. El ambiente, con juglares, músicos y recreadores, contribuyó a esa sensación de viaje en el tiempo que caracteriza estas jornadas.

La programación escénica comenzó pronto a desgranar la conocida leyenda. A las 21.00 horas del jueves, la representación «Las mujeres deshabitadas» abrió el hilo narrativo de la historia, situando al público en la tensión previa al desenlace amoroso de Diego e Isabel. Media hora después, la solemne Procesión de las Ánimas cruzó la plaza de la Catedral y el casco antiguo, con antorchas y figuras encapuchadas que envolvieron la ciudad en una atmósfera cargada de simbolismo, recogimiento y cierto misterio.

Durante todo el día fueron llegando más participantes al mercado y a los distintos campamentos, mientras los turolenses se vestían con ropajes de época para integrarse en la recreación. Calles y plazas se llenaron de exhibiciones de combate, talleres participativos, degustaciones, animación callejera y conciertos, con un flujo constante de visitantes que apenas decayó durante el fin de semana.

En paralelo, la historia de los Amantes siguió su curso también fuera de Teruel. En ediciones pasadas, la recreación ha viajado, por ejemplo, hasta València, donde la Cabalgata del Patrimonio llevó la escena del funeral de Diego e Isabel con motivo de la declaración de las Fallas como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Aquella experiencia demostró el tirón de la leyenda, capaz de emocionar también lejos de su lugar de origen.

Recreación Amantes de Teruel

Tres décadas de Bodas de Isabel y salto internacional

Esta trigésima edición de las Bodas de Isabel de Segura ha supuesto, para sus organizadores, un auténtico punto de inflexión en la evolución del evento. La Fundación Bodas de Isabel de Segura ha apostado por reforzar la proyección exterior de la fiesta y por trabajar en su dimensión internacional, aprovechando el nuevo reconocimiento turístico.

Para ello, se ha impulsado un lenguaje más visual y conceptual, con mayor coherencia dramática y una estética unificada en decorados, vestuario y puesta en escena. Estos cambios se han notado en muchas de las representaciones, pero de forma muy especial en la gran escena central del sábado, que se ha reorganizado para ganar fuerza narrativa y profundidad emocional.

En ese momento clave, Diego de Marcilla permanece en el escenario hasta el final de la acción, lo que crea una imagen coral en la que confluyen distintos personajes y elementos simbólicos. Esa sensación de tiempo suspendido, con el público completamente atento al desenlace, ha sido una de las apuestas artísticas más comentadas.

La alcaldesa de Teruel, Emma Buj, definió la edición como “absolutamente de éxito”, destacando que el buen tiempo y la llegada de miles de visitantes de toda España y de otros países han consolidado aún más el papel de la ciudad como destino de turismo cultural y emocional. La primera edil puso en valor el trabajo de la Fundación y de los voluntarios, subrayando que sin su implicación sería imposible levantar cada año una recreación de estas dimensiones.

Por su parte, la directora de la Fundación, Lorena Muñoz, reconoció que esta edición resultaba especialmente compleja por cuestiones técnicas y por la renovación de parte de la escenografía, en especial la de la escena central del sábado. Aun así, señaló que todo se desarrolló según lo previsto y que el público respondió masivamente a las novedades, con una valoración muy positiva del elenco encabezado por Sara Serena y Javier Ibáñez.

La boda de Isabel de Segura y Pedro de Azagra

El viernes, con la ciudad ya plenamente inmersa en la atmósfera medieval, llegó uno de los momentos más esperados: la boda de Isabel de Segura con Pedro de Azagra, señor de Albarracín. La ceremonia, representada en la plaza de la Catedral, abrió la programación de la jornada y marcó el punto de no retorno en la trama, al cumplirse la promesa de Isabel a su padre.

Una comitiva nupcial, acompañada por tambores y gaitas, anunció la llegada de los novios, que aparecieron a caballo abriéndose paso entre el público. La plaza estaba abarrotada de vecinos y visitantes, muchos de ellos ataviados como nobles, campesinos o mercaderes, dispuestos a ver de cerca el enlace que cambiará para siempre el destino de los Amantes.

Isabel de Segura, encarnada por la actriz Sara Serena, lucía una capa en tonos gris perla y un vestido a juego combinado con azul intenso, un atuendo rico en bordados y detalles, rematado con un tocado cilíndrico inspirado en la moda del siglo XIII. Su expresión, sin embargo, contrastaba con la solemnidad de la boda: gesto triste y visible resistencia a aceptar unos esponsales impuestos.

En plena ceremonia, la joven manifestó abiertamente su falta de afecto hacia su futuro marido. “No os quiero ni nunca os voy a querer”, le espetó a Pedro de Azagra, dejando claro que su corazón seguía perteneciendo al ausente Diego de Marcilla. Aun así, la unión se consumó ante la atenta mirada del público y de los personajes que rodeaban el altar.

Entre los invitados figuraban el hermano del novio y su esposa, el padre de Isabel, Pedro de Segura, el nuncio papal Jacinto Boboni y el obispo de Albarracín, Domingo Ruiz de Azagra, junto al párroco de Santa María, que ofició la unión. En medio del rito, el hermano de Diego irrumpió para recordar que el joven podría seguir con vida, pese a los rumores de su muerte en combate, dejando sembrada la duda en la plaza.

La ceremonia continuó pese a todo, con el intercambio de consentimientos y el beso que selló el matrimonio, seguido de la entrega de regalos por parte del hermano del novio —varias yugadas de tierra— y del nuncio papal. No faltaron el brindis colectivo y las oraciones, que fueron secundadas por los espectadores convertidos en un pueblo entero celebrando la boda.

Antes del enlace, como novedad de este año, un grupo de siete niños protagonizó una pequeña representación en la que buscaban desesperadamente las alianzas de los novios, extraviadas justo antes de la ceremonia. El sacerdote que iba a oficiar la boda acabó encontrando los anillos en el suelo del altar, arrancando sonrisas y aplausos y rebajando por unos minutos la tensión dramática de la historia.

¿Quiénes fueron realmente los Amantes de Teruel?

La recreación que Teruel despide cada año se sustenta en una leyenda arraigada en la tradición local, la historia de Diego de Marcilla e Isabel de Segura. Diego pertenecía a una familia considerada de buen linaje, pero sin los recursos económicos suficientes como para ser aceptado como esposo de Isabel.

El padre de la joven, reacio al enlace por cuestiones de posición y fortuna, le concedió a Diego un plazo de cinco años para hacer riqueza y volver entonces a pedir la mano de su hija. El muchacho partió en 1217 para buscar su suerte en la guerra y en distintas campañas militares, prometiendo regresar en el plazo marcado.

Isabel cumplió su promesa y esperó fielmente. Sin embargo, con el paso del tiempo, empezó a correr el rumor de que Diego había muerto en combate. Ante esa noticia, y presionada por su entorno, terminó aceptando la propuesta de matrimonio de don Pedro de Azagra, poderoso señor de Albarracín, bien visto por su padre.

El giro trágico llega cuando, ya acordada la boda con Pedro, Diego regresa a Teruel justo al término de los cinco años. Al descubrir que Isabel se ha comprometido con otro hombre, se derrumba. Aun así, decide acudir a verla para pedirle al menos un beso, el primero y el último que nunca llegaron a darse en vida de manera legítima, confiando en que ella aún le ame.

Isabel, ya casada y sujeta a los votos matrimoniales, se niega a concederle ese beso, incapaz de traicionar formalmente su nueva condición de esposa. El rechazo, en medio de la conmoción y el dolor acumulado, provoca que Diego caiga muerto al instante, víctima del desgarro emocional de ver truncado su amor.

El final de la historia llega en el funeral del joven. Isabel, rota por el remordimiento y la pena, se acerca al cuerpo sin vida de Diego para besarle por fin. Al hacerlo, se desploma sobre él y muere allí mismo, incapaz de soportar el peso de la pérdida y la contradicción entre deber y sentimiento.

Conmovidas por lo sucedido, las familias de ambos deciden darles sepultura juntos, permitiendo que reposen lado a lado. A partir de entonces, la leyenda fijó la imagen de los Amantes de Teruel como símbolo del amor eterno, incluso más allá de la muerte, una imagen que hoy se ha convertido en seña de identidad de la ciudad.

Una ciudad volcada y más de 200 actos

Más allá del hilo principal de la leyenda, las Bodas de Isabel son ya una gran fiesta ciudadana en la que participan asociaciones, peñas, grupos de recreación histórica y cientos de voluntarios. Los turolenses se echan a la calle desde primera hora, vestidos con trajes de campesinos, soldados, nobles, mercaderes o clérigos, llenando cada rincón de color y ambiente festivo.

El Mercado Medieval, que en esta edición ha alcanzado en torno a los 250 puestos, se reparte por los puntos neurálgicos de la ciudad y se completa con campamentos temáticos donde se recrea la vida cotidiana de la Edad Media: talleres de oficios tradicionales, exhibiciones de esgrima antigua, demostraciones de cetrería, degustaciones gastronómicas y propuestas infantiles.

La programación incluye más de 200 actos repartidos entre los cuatro días de celebración. En la plaza de la Catedral se suceden obras como «Revuelta en la Plaza», «Los Pícaros» o «Lucha de ingenio de frailes y monjas», pequeñas piezas teatrales que aportan humor, crítica social y guiños a la vida de la época, al tiempo que amenizan las esperas entre las grandes escenas de la leyenda.

Otro de los momentos señalados es la recepción al rey Jaime I de Aragón en el Parque de los Fueros, seguida de un desfile hasta la plaza del Torico, donde se celebra el tradicional agasajo y vasallaje de los habitantes de la villa. Este acto refuerza el contexto histórico en el que se sitúa la leyenda, recordando la importancia de la Corona de Aragón y de las tensiones políticas del momento.

La fiesta tiene también una dimensión musical muy marcada. El pregón de este año corrió a cargo de los joteros Beatriz Bernad y Nacho del Río, que celebran también tres décadas de trayectoria como pareja artística. En su discurso, recordaron cómo la historia de los Amantes ha inspirado a lo largo de los siglos a poetas, dramaturgos, pintores, músicos y bailarines.

Los pregoneros aludieron a la jota aragonesa, planteando la duda de si en el siglo XIII sonaría como hoy la conocemos. En cualquier caso, reivindicaron a juglares y trovadores como sembradores de la raíz de la música popular que ha llegado hasta nuestro tiempo. El acto concluyó con una jota final y un sonoro “¡Viva los Amantes de Teruel!”, coreado por todo el público congregado.

La llegada de Diego, el beso negado y el dolor del pueblo

El sábado concentra buena parte de la intensidad dramática del fin de semana. A media tarde, las tropas de Aragón se reúnen en el Portal de Daroca, punto desde el que se organiza la entrada en la ciudad. Entre ellas llega Diego de Marcilla, que vuelve tras años de ausencia dispuesto a reclamar su amor.

A las 19.45 horas tiene lugar el esperado reencuentro con sus padres en la plaza de la Catedral, una escena cargada de emoción, en la que la alegría por la vuelta se mezcla con el temor ante lo que Diego pueda encontrar. Minutos más tarde, en la plaza del Torico, se desarrolla el núcleo de la tragedia: la petición del beso, la negativa de Isabel y la muerte de Diego.

Esta escena central se ha visto reforzada este año con la incorporación de una proyección sobre la fachada de la Caja Rural, un recurso visual pensado para intensificar el dramatismo del momento final. La imagen, combinada con la interpretación de los actores y la reacción del público, crea un clímax que impacta a quienes abarrotan la plaza.

La directora de la Fundación explicó que esta proyección nació como elemento singular de la edición del 30 aniversario, aunque no se descarta que pueda evolucionar o integrarse de otras formas en futuras ediciones. La acogida del público, muy favorable, refuerza la idea de seguir explorando este tipo de recursos sin perder la esencia tradicional de la fiesta.

La noche del sábado deja así la imagen de un Diego sin vida, ante una Isabel destrozada por la culpa y el dolor, un punto de inflexión que prepara el desenlace del domingo. Con la ciudad ya entregada por completo a la historia, la tragedia de los Amantes se convierte en tema de conversación en cada rincón, desde las tabernas del mercado hasta los campamentos de recreación.

Teruel despide a sus Amantes: funeral, beso final y oda al amor eterno

La jornada del domingo está dedicada por completo a los actos fúnebres, que simbolizan el adiós colectivo de la ciudad a sus Amantes hasta la próxima edición. A media mañana comienza la comitiva de los funerales de Diego de Marcilla, que recorre diversas calles camino de la plaza de la Catedral.

El cortejo avanza acompañado por el sonido profundo de los tambores turolenses y los rezos de las beguinas, mientras los caballeros templarios transportan el cuerpo de Diego. Entre la multitud se pueden ver lágrimas y rostros serios; muchos visitantes siguen la procesión en silencio, dejándose arrastrar por la solemnidad del momento.

En la plaza de la Catedral, abarrotada desde el mediodía, se escenifican las exequias fúnebres. Los padres de Diego lamentan en voz alta no haber sabido ver a tiempo el amor que unía a su hijo con Isabel, imaginando una vida distinta si hubieran permitido su matrimonio. Sus palabras añaden una capa de arrepentimiento que refuerza el mensaje moral de la historia.

El clímax llega cuando aparece Isabel, completamente desolada, que se postra sobre el cuerpo sin vida de Diego para besarlo. Ese gesto, que nunca se atrevió a concederle en vida tras su boda con Pedro de Azagra, provoca su propia muerte. La escena, seguida en un silencio casi absoluto, remata la tragedia de los Amantes y arranca un prolongado aplauso entre sollozos.

Tras el funeral, la acción se traslada a la plaza del Seminario, donde tiene lugar la «Oda a los Amantes» y la invitación al beso en su honor. Allí, los presentes —turolenses y forasteros— rinden su particular homenaje a Diego e Isabel, pidiendo un último beso simbólico y cerrando la historia con un aplauso atronador que resuena como despedida hasta el año siguiente.

El programa concluye alrededor del mediodía con varios actos finales, entre ellos el Romance del Ciego y Los latidos de los Amantes, que ponen el broche a cuatro días de inmersión total en el siglo XIII. Con las últimas representaciones, la ciudad empieza poco a poco a desprenderse de sus ropajes medievales, aunque la emoción todavía se puede palpar en cada esquina.

A nivel institucional, se destaca cómo esta recreación consigue unir a toda una ciudad en torno a una misma historia y atraer cada año a miles de personas, ayudando a proyectar la imagen de Teruel como capital del amor eterno. La implicación de vecinos, asociaciones y visitantes convierte la despedida de los Amantes en un acto compartido que va más allá del mero espectáculo turístico.

Cuando cae el telón y Diego e Isabel vuelven simbólicamente a descansar juntos, queda la sensación de que Teruel ha vuelto a demostrar la fuerza de una leyenda que sigue viva gracias a la memoria colectiva, a la pasión de quienes la interpretan y al entusiasmo tranquilo de quienes, año tras año, llenan sus calles para despedir a sus Amantes hasta la próxima edición.