Romanticismo, Goya y el fin del Antiguo Régimen

  • El Romanticismo surge como reacción al racionalismo ilustrado y a las estructuras del Antiguo Régimen.
  • Nacionalismo y liberalismo impulsan oleadas revolucionarias y remodelan el mapa político europeo del siglo XIX.
  • En el arte, Goya, la pintura romántica y la Escuela de Barbizón marcan la transición hacia el Realismo e Impresionismo.
  • En España, Romanticismo y liberalismo se entrelazan en literatura, política y crítica social, abriendo paso a la modernidad.

Romanticismo y ruptura con el Antiguo Régimen

El Romanticismo fue mucho más que una moda artística: supuso un auténtico cambio de mentalidad que cuestionó las bases políticas, sociales y culturales del Antiguo Régimen. Frente a la confianza casi ciega en la razón de la Ilustración y el orden jerárquico de las monarquías absolutas, los románticos pusieron en primer plano el sentimiento, la libertad individual, el nacionalismo y una nueva forma de mirar la historia y la naturaleza.

Este giro afectó a todo: desde la filosofía y la política hasta la literatura, la pintura y la escultura. A lo largo del siglo XIX, las revoluciones liberales, el auge de la burguesía, la industrialización y el nacimiento de nuevas ideologías (como el marxismo y el anarquismo) fueron configurando un mundo radicalmente distinto, en el que el Antiguo Régimen dejó de ser el referente intocable para convertirse en un pasado que muchos querían superar de raíz.

Siglo XIX, nacionalismo y derrumbe del Antiguo Régimen

Nacionalismo romántico y cambio político

En el siglo XIX, el nacionalismo emerge como una fuerza imparable que sacude Europa entera. Alimentado por las ideas de libertad y soberanía popular de la Revolución francesa, y por la sensibilidad romántica, el concepto de nación deja de ser una simple etiqueta geográfica para convertirse en un sujeto político con voluntad propia.

Las naciones sometidas al dominio de otros estados comienzan a reclamar su independencia frente a los viejos imperios, mientras que aquellas divididas en múltiples estados —como Italia o Alemania— luchan por su unificación nacional. Al mismo tiempo, países ya consolidados (Francia, Reino Unido…) se sirven del nacionalismo como justificación ideológica para expandirse y levantar grandes imperios coloniales.

En este contexto, liberalismo y nacionalismo se convierten en las dos grandes ideologías vertebradoras de la transformación europea. Desde el final del Antiguo Régimen y el asentamiento de regímenes parlamentarios en Europa occidental y América del Norte, hasta la consolidación del capitalismo y la industrialización, ambos movimientos marcan la agenda del siglo.

Las oleadas revolucionarias de 1820, 1830 y 1848, generalmente impulsadas por la burguesía, aceleran la caída de las estructuras tradicionales. En la primera mitad del siglo, liberalismo y nacionalismo tienen un claro tono revolucionario; pero, una vez consolidado su triunfo y con la burguesía instalada en el poder político, económico y cultural, estas ideologías tienden a volverse más conservadoras, dejando espacio a nuevos discursos críticos como el marxismo y el anarquismo.

Mientras tanto, el liberalismo político y el nacionalismo chocan frontalmente con la Restauración absolutista salida del Congreso de Viena. La burguesía, en expansión, se niega a ceder el poder recién ganado, y muchos pueblos europeos rechazan las fronteras artificiales impuestas por las potencias vencedoras de Napoleón. De ahí que la Europa de la Restauración se vea pronto envuelta en una etapa revolucionaria continua, en la que se cuestiona el equilibrio anterior y se afirma el derecho de los pueblos a decidir su propio destino.

Romanticismo: rasgos, sensibilidades y ruptura cultural

Características del movimiento romántico

El Romanticismo nace en el corazón del siglo XVIII, en plena crisis del racionalismo y de la Ilustración. No aparece de la nada; es, al mismo tiempo, consecuencia y culminación de ese siglo de luces. A la confianza ilustrada en la razón se le empiezan a ver las costuras, y muchos autores reclaman un lugar para lo irracional, lo subjetivo, lo onírico y lo misterioso.

No estamos ante un simple movimiento literario, sino ante un nuevo modo de sentir al ser humano, la vida y la naturaleza. El Romanticismo no es homogéneo: el de Alemania no coincide con el francés, el inglés o el español, y dentro de cada país hay tendencias diversas. Aun así, pueden apreciarse dos grandes corrientes: una cristiana y tradicionalista, nostálgica del pasado medieval, y otra revolucionaria y liberal, que quiere dinamitar dogmas estéticos, morales y políticos.

El llamado Romanticismo revolucionario se caracteriza por el culto al yo, el deseo de libertad sin límites, la angustia existencial y una fuerte carga idealista que choca de frente con la realidad social. Esa tensión se refleja en la obsesión por la introspección, el desdoblamiento del yo y la exploración de los rincones más oscuros de la conciencia, algo que anticipa el interés moderno por el inconsciente.

En cuanto a los temas, los románticos se inclinan por la exhibición de la intimidad (especialmente en la lírica), los paisajes cargados de resonancias emocionales, lo exótico y lejano, las leyendas medievales, los mitos, las historias de caballeros, los asuntos nacionales y los problemas filosóficos y políticos. Todo ello se expresa con un estilo personalísimo, enérgico y a menudo violento, pensado para conmover a un público más amplio que la minoría culta del siglo XVIII.

Este movimiento también altera de raíz la relación entre amor y muerte. Autores como Goethe o Leopardi ven en el amor un camino que puede desembocar en la autodestrucción, y el suicidio se contempla como el último acto de libertad. La insatisfacción ante una realidad que nunca está a la altura del ideal lleva a muchos personajes románticos a la desesperación, al exilio interior o al refugio en mundos imaginarios.

Romanticismo europeo: Alemania, Inglaterra, Francia e Italia

En Alemania, el Romanticismo tiene uno de sus grandes pilares en Goethe, figura-puente entre el clasicismo racionalista y la nueva sensibilidad. Obras como Werther, con su protagonista atenazado por un amor imposible que desemboca en el suicidio, o Fausto, donde un sabio vende su alma a Mefistófeles a cambio de juventud y experiencia total, son hitos fundacionales. En torno a Goethe surgen autores como los hermanos Schlegel, que reivindican lo misterioso, lo nocturno y lo onírico, y poetas como Novalis, que hacen de la noche y la muerte puertas a una realidad superior.

En Inglaterra, el Romanticismo se desarrolla en un contexto político más estable, ya que el país se había adelantado en las revoluciones política e industrial. Poetas como Shelley, Keats y Byron encarnan un romanticismo juvenil, inconformista y abiertamente crítico con la moral burguesa, la explotación del hombre y la hipocresía social. Shelley llega a considerar la poesía como una forma de divinidad, mientras que Byron simboliza la llamada “enfermedad del siglo”: ese malestar difuso, mezcla de inquietud, rebeldía y desencanto.

En Francia, los primeros románticos se alinean con posiciones legitimistas y clericales, pero pronto giran hacia el liberalismo. Chateaubriand, con obras como René, da voz a la desilusión y el pesimismo, y al mismo tiempo defiende un arte con vocación progresista. Más adelante, Victor Hugo proclama en el prólogo de Cromwell que el romanticismo es el “liberalismo en literatura”, y su círculo, la Jeune France, se convierte en punto de encuentro de escritores, pintores y músicos que odian la vida burguesa y reivindican la creatividad juvenil sin corsés.

En Italia, el Romanticismo se mezcla de lleno con el patriotismo y el deseo de unificación nacional. El llamado Risorgimento no es solo un proceso político, sino también un movimiento cultural. Aquí destaca Leopardi, con su visión profundamente pesimista de la existencia, y Manzoni, autor de Los novios, novela histórica que combina pasión romántica, reflexión moral y reivindicación patriótica.

Romanticismo en España: liberalismo, polémicas y desengaño

En España, el Romanticismo se abre paso de forma más lenta y conflictiva, muy ligado a las luchas políticas entre absolutistas y liberales. A comienzos del siglo XIX estalla la famosa polémica entre Nicolás Böhl de Faber y José Joaquín de Mora. Böhl, tradicionalista, traduce y adapta conferencias de A. W. Schlegel en defensa del teatro del Siglo de Oro —sobre todo de Calderón— y ve en él la esencia del carácter español y del viejo orden católico y monárquico.

Mora y otros liberales, por el contrario, defienden el clasicismo y el espíritu ilustrado de las Cortes de Cádiz, enfrentándose a la visión reaccionaria del Romanticismo como simple nostalgia medieval. Durante la llamada Década Ominosa de Fernando VII, muchos liberales se exilian a Londres, donde entran en contacto directo con el Romanticismo inglés e introducen en España a autores como Byron o Scott.

Tras la muerte de Fernando VII, la amnistía política permite el retorno de los exiliados y el Romanticismo estalla en los escenarios. Se estrenan obras como La conjuración de Venecia de Martínez de la Rosa, Macías de Larra o Don Álvaro o la fuerza del sino del duque de Rivas, gran hito del drama romántico español. Algo después, Zorrilla consolidará el género con piezas como Don Juan Tenorio o Traidor, inconfeso y mártir.

No obstante, pronto llega el desencanto liberal y romántico. Intelectuales como Alcalá Galiano o el propio Larra perciben que ni la libertad política ni la revolucionaria libertad artística han logrado la regeneración profunda que esperaban. Frente a los excesos de los clásicos y de los románticos, algunos proponen una vía intermedia, la llamada escuela ecléctica, que busca el “justo medio” entre frialdad racionalista y desbordamiento pasional.

En el fondo, el Romanticismo español refleja la tensión de una sociedad que pasa del Antiguo Régimen a la modernidad liberal. Se combinan el gusto por lo medieval, el culto a la nación, el malestar social, el ansia de libertad y, al mismo tiempo, el desencanto ante una realidad política que no termina de estar a la altura de las expectativas.

De la imaginación romántica al Realismo y al positivismo

A mediados de siglo, el terremoto de 1848 marca un antes y un después. Esa revolución no solo derriba regímenes, también quiebra un modo de pensar: empieza a imponerse el positivismo, con Augusto Comte como figura clave, que exalta la observación de los hechos y la confianza en el progreso científico y técnico.

El Romanticismo había estado volcado hacia el pasado —real o imaginario— y hacia los sueños; el Realismo, en cambio, centra la mirada en el presente, en la vida cotidiana, interpretada como anticipo del futuro. La realidad deja de ser un espacio del que huir para convertirse en el terreno a conquistar y transformar. La industria, el tren, el telégrafo, el teléfono, el correo, las grandes rutas marítimas… todo ello dibuja un mundo nuevo que alimenta la idea de que la humanidad avanza hacia un porvenir mejor.

En este contexto, el positivismo arremete contra el subjetivismo romántico: rechaza interpretaciones libres, pasiones idealistas y visionarismos. Solo acepta lo dado, lo verificable, ya sean fenómenos naturales o sociales. El Realismo literario y artístico recoge ese espíritu, fijándose en la vida corriente de las clases medias y trabajadoras, en las ciudades en expansión, en las tensiones sociales de la nueva era industrial.

Entre 1830 y 1850, el paisaje actúa como puente entre Romanticismo y Realismo. Por un lado, satisface el anhelo íntimo del romántico; por otro, sirve al realista para observar y registrar la naturaleza de forma directa. Es aquí donde cobra sentido la labor de la Escuela de Barbizón en Francia, que anticipa tanto el Realismo como el Impresionismo a través de una nueva mirada a los paisajes y la luz.

En el plano social, el interés por los problemas de las clases populares —desigualdades, conflictos laborales, pobreza urbana— empuja a muchos artistas y escritores a abandonar los héroes históricos y los decorados exóticos, para centrarse en campesinos, obreros y pequeños burgueses, lo que supone una ruptura clara con el imaginario romántico tradicional.

Las artes plásticas románticas: pintura, escultura y paisaje

En las artes visuales, el Romanticismo introduce un cambio de sensibilidad radical. La escultura romántica se enfrenta al clasicismo neoclásico, aunque con ciertas limitaciones. Algunos teóricos, como Gautier, llegan a afirmar en su teoría del arte que la escultura es el arte menos apto para expresar la idea romántica, porque su dependencia de la forma sólida y el ideal clásico la ata al pasado.

Aun así, hay escultores que intentan renovar el lenguaje plástico incorporando dinamismo, dramatismo y temas nacionales. En Francia destacan figuras como Auguste Préault y François Rude. Rude, por ejemplo, alcanza fama con el relieve del Arco del Triunfo conocido como La partida de voluntarios o La Marsellesa, donde las masas en movimiento y la intensidad gestual rompen con la serenidad neoclásica. Carpeaux, discípulo de Rude, refuerza el realismo en los rostros y cuerpos, anunciando ya el tránsito hacia el Realismo decimonónico.

Es en la pintura donde el Romanticismo alcanza su plena expresión. La pintura se convierte en el terreno ideal para un arte íntimo y subjetivo, que renuncia a la fidelidad fría a lo exterior para sumergirse en el mundo interior del artista. El lienzo se transforma en un espacio ficticio, liberado de la subordinación estricta a la realidad, donde caben todo tipo de fantasías e invenciones cromáticas.

En Francia, entre 1820 y 1840, se vive una auténtica batalla entre neoclásicos y románticos. En 1819, Géricault presenta en el Salón La balsa de la Medusa, un gran lienzo que narra una tragedia contemporánea: el naufragio de la fragata Méduse y la agonía de los supervivientes en una balsa improvisada. Con su composición diagonal, su claroscuro dramático y su paleta dominada por ocres y negros, esta obra rompe con el equilibrio neoclásico y sitúa en primer plano la desolación y la desesperanza humanas.

La pincelada suelta y los contornos imprecisos de Géricault son rasgos típicamente románticos, y su influencia se nota en el gran patriarca del Romanticismo pictórico francés: Eugène Delacroix. Este artista se nutre de la pintura flamenca, italiana e inglesa, y toma temas de leyendas antiguas, literatura romántica y acontecimientos políticos de su tiempo, como La libertad guiando al pueblo, que se ha convertido en símbolo de las revoluciones del siglo XIX.

Delacroix también se ve fascinado por lo exótico y oriental tras su viaje al norte de África. Allí descubre nuevas posibilidades cromáticas y lumínicas que lleva al límite, recurriendo a barnices para lograr tonos vibrantes y luminosos. La influencia de maestros del paisaje como Constable y Turner le impulsa a experimentar con manchas de color y contrastes de luz, mientras que sus figuras, inspiradas en Miguel Ángel, combinan proporciones casi clásicas con expresiones cargadas de emoción: dolor, rabia, miedo, valentía.

En obras como La matanza de Quíos, Delacroix aborda episodios de la guerra de independencia griega contra el Imperio otomano, utilizando tonalidades cobrizas y composiciones piramidales para transmitir una atmósfera de sufrimiento colectivo. De este modo, el Romanticismo pictórico francés conjuga color, historia, política, pasión y tragedia como nunca antes.

El paisaje romántico, Barbizón y la transición al Realismo

Uno de los grandes logros del siglo XIX es la emancipación del paisaje como género independiente. Hasta entonces, era casi un simple telón de fondo. Con el Romanticismo se convierte en medio de expresión de estados anímicos: deja de ser un paisaje objetivo para convertirse en un paisaje interiorizado, lírico, cargado de tormentas, cielos brumosos, inundaciones y catástrofes naturales que reflejan el abatimiento del espíritu romántico.

En Alemania, Caspar David Friedrich encarna el paisaje romántico más espiritualizado. Sus cuadros, como Fraile junto al mar o El naufragio de la Esperanza, no muestran un espacio físico neutro, sino escenarios casi místicos en los que la naturaleza parece tener alma propia. En ellos, el hombre aparece pequeño frente a lo infinito, lo que comunica una mezcla de fascinación y desasosiego muy característica del siglo.

En Inglaterra, la pintura romántica del paisaje es pionera y abre el camino hacia el Impresionismo. John Constable busca captar tanto lo que impacta a la sensibilidad externa (visión realista) como lo que remueve la sensibilidad interna. El claroscuro natural —las nubes, la lluvia, la luz cambiante— se convierte en un recurso dramático, y su técnica basada en la mancha le permite sugerir volúmenes y atmósferas sin un dibujo rígido.

Constable sale al campo a pintar directamente del natural, algo que todavía no era habitual. Sus escenas de la campiña inglesa, con árboles, ríos, caminos y cielos cambiantes, alcanzan gran éxito en Francia e influyen poderosamente en los románticos franceses y en los pintores de la Escuela de Barbizón.

El otro gran paisajista inglés es William Turner, considerado el “pintor de la luz”. Aunque domina el óleo, utiliza muchas técnicas propias de la acuarela para conseguir transparencias, efectos atmosféricos y una luz casi abstracta. Sus paisajes marinos, escenas de tormentas, incendios, naufragios o fenómenos naturales extremos representan el poder sublime de la naturaleza sobre el ser humano. Cuadros como El Temerario remolcado a su último atraque o Lluvia, vapor y velocidad anticipan claramente la descomposición impresionista de la forma y el interés por capturar un instante fugaz.

En Francia, la Escuela de Barbizón (Rousseau, Millet, Dupré, Corot…) juega un papel decisivo en la transición del paisaje romántico al realista e impresionista. Estos artistas salen a pintar al aire libre, rompiendo con los convencionalismos de taller y utilizando la naturaleza como fuente directa de inspiración, convencidos de que ella misma posee una vida espiritual. En el caso de Millet, sus escenas rurales —El Ángelus, Las espigadoras— incorporan figuras campesinas y un sentido casi religioso de la tierra, anticipando tanto el Realismo social como ciertas sensibilidades posteriores.

Realismo artístico: Courbet y la crítica a la sociedad burguesa

Mientras el Romanticismo se agota, el Realismo irrumpe con fuerza en la segunda mitad del siglo XIX. En arquitectura, los cambios son más técnicos que estéticos —introducción del hierro y el hormigón, persistencia del neoclasicismo y el neogótico—, pero en escultura y sobre todo en pintura, el giro es profundo: se apuesta por un mayor naturalismo y por temas cotidianos, a menudo con un trasfondo crítico.

La pintura oficial, dominada por el clasicismo académico, entra en conflicto con los nuevos realistas. En 1863, el Salón de los Rechazados en Francia reúne obras que la academia despreciaba, y nombres como Courbet y Manet se convierten en símbolos de la subversión artística. La burguesía, acostumbrada a una pintura edulcorada, percibe sus cuadros como ataques directos a los valores sociales y morales dominantes.

De todos ellos, Gustave Courbet es el más representativo del Realismo militante. Tras una breve etapa romántica, se vuelca en temas populares y escenas de la vida común. Obras como Los picapedreros o Un entierro en Ornans escandalizan por su tamaño —propio de la pintura histórica— aplicado a sujetos corrientes, sin idealización, retratados con una crudeza inédita. Para muchos críticos de la época, aquello no era arte, sino una degradación del gusto.

Expulsado de exposiciones oficiales y atacado por la prensa conservadora, Courbet organiza sus propias muestras, ejerciendo una influencia enorme sobre las generaciones siguientes, incluidos los futuros impresionistas. Su virtuosismo técnico, su rechazo a la mitología académica y su empeño en mostrar que cualquier tema real es digno de ser pintado abren definitivamente la puerta al arte contemporáneo.

Goya: precursor del Romanticismo y padre de la modernidad

Dentro de este amplio panorama, la figura de Francisco de Goya y Lucientes ocupa un lugar absolutamente central. Nacido en Fuendetodos (Zaragoza) en 1746 y fallecido en Burdeos en 1828, Goya atraviesa el final del Antiguo Régimen, la Ilustración, la Guerra de la Independencia y los inicios del liberalismo. Su obra, que abarca pintura de caballete y mural, grabado y dibujo, marca el arranque del Romanticismo y, al mismo tiempo, de la pintura contemporánea.

Tras un aprendizaje ligado al barroco tardío y a las estampas devotas, Goya viaja a Italia en 1770, donde conoce el naciente neoclasicismo. Al instalarse en Madrid, trabaja como pintor de cartones para tapices en la Real Fábrica de Santa Bárbara, en un estilo cercano al rococó costumbrista, bajo la influencia de Mengs y de su cuñado Francisco Bayeu, entonces pintor de cámara de máximo prestigio.

Una grave enfermedad en 1793, que le deja sordo, marca un punto de inflexión. Goya comienza a desarrollar una pintura mucho más personal, imaginativa y oscura, alejándose de las escenas amables de caza y fiestas campestres. Los pequeños cuadros sobre hojalata que él mismo llama “de capricho e invención” señalan el inicio de su etapa madura y la transición hacia una estética claramente romántica.

Su obra refleja con intensidad el convulso periodo histórico que le toca vivir, en especial la Guerra de la Independencia. La serie de grabados Los desastres de la guerra funciona casi como un reportaje moderno, sin heroísmo patriótico, centrado en las víctimas anónimas de todas las clases. Los célebres lienzos La carga de los mamelucos y Los fusilamientos del 3 de mayo sientan las bases del cuadro de historia moderno, con un enfoque directo, emocional y universal, muy alejado de las escenografías académicas.

Paralelamente, Goya se convierte en un retratistra implacable de la corte y la alta sociedad, pero sin renunciar nunca a una mirada crítica. Obras como La familia de Carlos IV muestran a los monarcas con una sinceridad casi brutal, muy distinta del idealismo cortesano anterior. Él mismo reconocía como grandes maestros a Velázquez, Rembrandt y la Naturaleza, y su diálogo con Velázquez es evidente en la estructura y el concepto de algunos retratos.

Su faceta más radical se plasma en las Pinturas Negras, realizadas entre 1819 y 1823 en las paredes de su casa, la Quinta del Sordo. Estas catorce escenas al óleo sobre yeso —posteriormente trasladadas a lienzo— incluyen imágenes tan célebres como Saturno devorando a un hijo, El Aquelarre, Duelo a garrotazos o El perro semihundido. Son composiciones descentradas, desequilibradas, con figuras desfiguradas, ojos desorbitados y bocas abiertas en gestos casi animales, que parecen anticipar el expresionismo y parte del surrealismo.

En estas obras la gama cromática se reduce a ocres, tierras, grises y negros, con toques de blanco y azules apagados. La luz se apaga, las escenas suelen ser nocturnas o crepusculares, y el espacio se vuelve irreal, inquietante. La belleza deja de ser el objetivo del arte; el centro pasa a ser el pathos, la angustia, la soledad, la vejez y la muerte. De ahí que se hable a menudo de estas pinturas como una “capilla sixtina laica” en la que ya no se exalta la salvación, sino la lucidez más amarga.

Temas, evolución y legado de Goya

Goya fue un artista extraordinariamente versátil. Cultivó la pintura religiosa, el retrato, las escenas costumbristas, las alegorías mitológicas, las sátiras políticas y sociales, los grabados fantásticos y los dibujos de investigación. En sus primeros trabajos de tapices y escenas cotidianas, se ajusta más al gusto oficial, pero poco a poco va colando una mirada irónica y crítica hacia las costumbres de su época.

Con las series de grabados —Los caprichos, Los desastres de la guerra, La tauromaquia, Los disparates— despliega una visión demoledora de la sociedad española: arremete contra la ignorancia nobiliaria, los vicios del clero, la brutalidad de la Inquisición, la superstición, la prostitución, la miseria, la violencia institucional y la estupidez colectiva. Lo hace con una mezcla de fantasía, humor negro y un realismo descarnado que lo sitúan como uno de los grandes humanistas de la Ilustración tardía, aunque ya con pie y medio en el Romanticismo.

En términos de evolución artística, suele distinguirse una primera etapa más luminosa y optimista, con colores vivos y pincelada más apretada, y una segunda etapa más sombría y desengañada, marcada por la enfermedad, la guerra y la represión política. En esta última, la presencia del negro aumenta, la pincelada se suelta hasta convertirse en mancha y los temas se tornan cada vez más dramáticos y fantasmagóricos.

La trascendencia de Goya va mucho más allá de su tiempo. Se le ha llamado “primer pintor moderno” porque, sin abandonar las lecciones de los maestros anteriores, abre caminos que anticipan el Romanticismo exaltado, el Impresionismo (especialmente en obras tardías como La lechera de Burdeos), el Expresionismo (en las Pinturas Negras) e incluso el Surrealismo (en sus visiones oníricas y monstruosas de los Caprichos).

Su influencia se deja sentir en innumerables artistas posteriores, pero, sobre todo, su figura simboliza el tránsito entre el mundo del Antiguo Régimen y el de la modernidad. En él conviven el artesano cortesano que sirve a reyes y aristócratas y el observador lúcido que denuncia con ferocidad las injusticias de su época. Esa dualidad, a caballo entre tradición e innovación radical, lo convierte en una pieza clave para entender cómo el Romanticismo y las vanguardias rompen definitivamente con las viejas estructuras del poder y del arte.

Mirando en conjunto el surgimiento del Romanticismo, las revoluciones liberales, el nacimiento del Realismo y la obra de Goya, se ve con bastante claridad cómo la ruptura con el Antiguo Régimen fue tanto política y social como cultural y estética: cambiaron los regímenes, se reordenaron las fronteras, se transformó la economía, pero también se modificó el modo de sentir, de representar la realidad y de concebir al individuo frente a la historia, dejando trazado el camino hacia el mundo contemporáneo.

Artículo relacionado:
Características del romanticismo y su significado