Pandemia mundial: del COVID-19 a la historia de las grandes crisis sanitarias

  • La pandemia de COVID-19 ha sido una de las crisis sanitarias más letales de la historia y hoy se considera en fase endémica.
  • El SARS-CoV-2 se transmite por aire y contacto cercano, causa COVID-19 y ha provocado millones de muertes con fuerte desigualdad por edad, sexo y nivel socioeconómico.
  • Las vacunas cambiaron el curso de la pandemia, aunque su acceso fue muy desigual entre países ricos y pobres.
  • La crisis ha amplificado desigualdades de género, violencia doméstica y brechas sociales, y ha dejado una profunda huella económica y psicológica.

pandemia mundial

La idea de pandemia mundial se nos ha quedado grabada a fuego tras la COVID-19. Lo que antes sonaba a algo lejano o de libro de historia se convirtió, de golpe, en nuestra vida diaria: mascarillas, UCIs saturadas, clases online, calles vacías y titulares con cifras de contagios y fallecidos.

Más allá del impacto emocional, la COVID-19 ha sido una crisis sanitaria y social de dimensiones colosales: cientos de millones de casos confirmados, millones de muertes, una carrera científica sin precedentes para desarrollar vacunas y tratamientos, debates sobre patentes, desigualdades de género disparadas y una economía mundial en shock. Y, al mismo tiempo, no ha sido la primera gran pandemia de la historia… ni será la última.

Pandemia de COVID-19: qué fue, cuándo empezó y en qué punto estamos

La llamada pandemia de COVID-19 (o pandemia de coronavirus) fue originada por el virus SARS-CoV-2. Los primeros casos conocidos aparecieron en diciembre de 2019 en Wuhan, en la provincia china de Hubei, donde se notificó un grupo de pacientes con neumonía de origen desconocido, muchos de ellos relacionados con el mercado mayorista de mariscos de Huanan.

El 30 de enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la situación como emergencia de salud pública de importancia internacional. El 11 de marzo de 2020, al haberse detectado ya miles de casos en más de un centenar de países, la OMS calificó oficialmente la situación como pandemia. Esa emergencia se mantuvo hasta el 5 de mayo de 2023, cuando se dio por terminado el estado de alerta internacional, aunque el virus siguió circulando.

Para agosto de 2023 se habían registrado más de 692 millones de casos confirmados y más de 7 millones de muertes oficialmente atribuidas a la COVID-19, con circulación del virus en unos 260 países y territorios. Contando el subregistro, se estima que al menos un 10 % de la población mundial se infectó ya en los primeros años, lo que supone cifras cercanas a los 780 millones de personas contagiadas solo en esa fase inicial.

Con el tiempo, la circulación del virus se ha estabilizado y hoy muchos expertos y gobiernos hablan de fase endémica: el SARS‑CoV‑2 sigue presente, pero sin los picos explosivos y globales de los primeros años, y con gran parte de la población vacunada o previamente infectada. Aun así, a 27 de octubre de 2024, la COVID‑19 acumulaba más de 7,07 millones de muertes confirmadas y se considera ya la quinta pandemia o epidemia más mortífera documentada.

Del SARS-CoV-2 a la COVID-19: virus, enfermedad y nombres

El agente responsable de la pandemia es el SARS‑CoV‑2, un coronavirus de ARN monocatenario positivo perteneciente al subgrupo Orthocoronavirinae. Es un virus zoonótico: probablemente saltó de murciélagos a humanos, directa o mediante un hospedador intermedio. Su genoma codifica varias proteínas estructurales, entre ellas la proteína S (spike), encargada de unirse al receptor celular ACE2 e iniciar la entrada en la célula.

En un primer momento, la enfermedad se denominó de forma informal «neumonía de Wuhan». La OMS usó provisionalmente expresiones como enfermedad respiratoria aguda por 2019‑nCoV. El 11 de febrero de 2020 fijó el nombre oficial COVID‑19, acrónimo de coronavirus disease 2019. En español, tanto la RAE como la Fundéu recomiendan el femenino (la COVID‑19, porque el núcleo es “enfermedad”), aunque en el uso cotidiano se ha impuesto también el masculino “el covid”.

Desde el punto de vista médico, la COVID‑19 es una infección por SARS‑CoV‑2 que puede ir desde cuadros asintomáticos hasta neumonía grave, síndrome de dificultad respiratoria aguda, sepsis y fallo multiorgánico. La tasa de letalidad estimada por la OMS en 2020 se situaba alrededor del 0,5-1 %, pero con enormes diferencias por edades, comorbilidades, acceso al sistema sanitario y momento de la pandemia.

Cómo se transmite el SARS-CoV-2 y cuáles son sus síntomas

El SARS‑CoV‑2 se transmite principalmente de persona a persona a través del aire, en forma de gotículas respiratorias y aerosoles que emitimos al hablar, respirar, toser, estornudar, gritar o cantar. Estas microgotas pueden inhalarse directamente a corta distancia o quedarse en el aire en espacios cerrados poco ventilados.

También existe contagio por contacto indirecto: las gotículas caen sobre superficies, la persona toca esa superficie y luego se lleva las manos a ojos, nariz o boca. Sin embargo, con el tiempo se vio que los fómites (superficies contaminadas) tenían un papel menor en la transmisión comparado con el aire. Aun así, el virus puede permanecer horas o días en materiales como plástico, acero, cartón, billetes o cristal, en función de la temperatura y la humedad.

El periodo de incubación suele rondar los 5 días, con un rango de 2 a 14 días. Hay evidencia de transmisión uno o dos días antes del inicio de síntomas, coincidiendo con el pico de carga viral. Esto complicó mucho el control en la primera fase, porque personas aparentemente sanas podían contagiar activamente.

Los síntomas más habituales incluyen fiebre, tos seca, fatiga y dificultad respiratoria. En una gran cohorte china de unos 56 000 casos confirmados, un 87,9 % presentaba fiebre, un 67,7 % tos seca, un 38,1 % fatiga, y cerca de un 19 % disnea. También se describieron mialgias, dolor de cabeza, dolor de garganta, diarrea, congestión nasal y, muy llamativo al principio, pérdida brusca del olfato y del gusto en buena parte de los pacientes.

En casos graves pueden aparecer neumonía bilateral, síndrome de dificultad respiratoria aguda, shock (a menudo séptico), eventos tromboembólicos (trombosis venosa profunda, embolia pulmonar, ictus), así como complicaciones renales y cardiacas. En unidades de cuidados intensivos se describió con frecuencia linfopenia, elevación de marcadores inflamatorios y fenómenos de tormenta de citoquinas, es decir, una respuesta inflamatoria descontrolada que daña los propios tejidos.

Casos, fallecidos y diferencias entre países y grupos de población

Las cifras globales marean: a noviembre de 2023 se hablaba de casi 700 millones de casos confirmados y cerca de 7 millones de muertes notificadas. Pero desde el principio hubo un problema serio: la capacidad diagnóstica, la definición de caso y los criterios para computar fallecimientos variaban muchísimo entre países.

En los primeros meses, países como Corea del Sur realizaron cribados masivos, llegando a 10 000 PCR diarias a principios de marzo de 2020, lo que permitió detectar muchos casos leves y estimar tasas de letalidad más realistas y bajas. En el extremo opuesto, Japón, Reino Unido o Estados Unidos hacían pocas pruebas al inicio, y España o Italia se vieron también limitadas por falta de reactivos y laboratorios preparados.

Esto hizo que el número real de infectados fuera muy superior al registrado oficialmente. En España, a finales de marzo de 2020 se calculaba que podía haber entre 300 000 y 900 000 casos reales frente a los 39 000 detectados. En China, los casos asintomáticos que daban positivo en la prueba no se notificaban inicialmente como confirmados, lo que también infravaloraba la magnitud real del brote.

En el otro extremo, cuando se amplió enormemente la capacidad de PCR, se planteó que podía haber sobreestimación de casos activos, porque las pruebas detectaban fragmentos de ARN viral no viable semanas después de haber superado la infección. Algo parecido ocurrió con las cifras de fallecidos: Italia, por ejemplo, contaba como muertos por COVID‑19 solo a quienes habían dado positivo, dejando fuera a muchos ancianos fallecidos en residencias sin prueba. Bélgica, en cambio, incluía en las estadísticas de mortalidad probable a fallecidos en residencias con síntomas compatibles aunque no se hubieran testado.

En España se comprobó que la sobremortalidad (muertes totales por encima de lo esperado) durante las olas epidémicas era entre un 50 % y un 70 % mayor que las defunciones oficialmente atribuidas a COVID‑19 por PCR, lo que da idea del impacto real. Y si miramos por grupos, la edad es el factor clave: la mediana de edad de los fallecidos en Italia rondaba los 79 años, y casi todos tenían enfermedades previas (hipertensión, diabetes, cardiopatías, EPOC, cáncer…).

Desigualdades por sexo, género y colectivos vulnerables

Aunque el virus infecta a cualquier persona, los datos mostraron desde pronto grandes desigualdades por sexo y género. En muchos países, la mortalidad fue mayor en hombres que en mujeres (por ejemplo, 4,7 % frente a 2,8 % en China). Se apuntan causas biológicas (diferencias hormonales, respuesta inmune, mayor prevalencia de tabaquismo y patologías crónicas en varones) y conductuales.

Sin embargo, cuando se mira más allá del riesgo de muerte, las mujeres han sufrido un impacto mucho más pesado en otros frentes. En el mercado laboral, las tareas de cuidados, el teletrabajo con menores en casa, la economía sumergida y la violencia machista, la pandemia ha aumentado las desigualdades extremas ya existentes. Las mujeres realizan de media muchas más horas de trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, y en sectores como el sanitario representan la mayoría del personal de enfermería y auxiliares, por lo que su exposición al virus fue mayor.

En España, por ejemplo, cerca del 75 % del personal sanitario contagiado eran mujeres. A eso se suman las trabajadoras del hogar y de cuidados, muchas en economía informal, que perdieron su empleo durante los confinamientos y, al no cotizar, quedaron fuera de las ayudas estatales. En América Latina y el Caribe, alrededor de la mitad de quienes trabajan sin contrato son mujeres, con un peso muy alto en el sector de cuidados no remunerados.

La llamada “pandemia en la sombra” se refiere al repunte dramático de la violencia de género durante los confinamientos. El cierre de escuelas, la pérdida de empleo y el encierro con el agresor dispararon las llamadas a líneas de ayuda, los casos de violencia doméstica y la demanda de refugios, hasta el punto de saturar estos servicios. Menos del 40 % de las víctimas pide ayuda formal y solo un 10 % denuncia ante la policía, lo que agrava la invisibilidad.

También el colectivo LGTBI se vio especialmente golpeado: pérdida de ingresos en sectores ya precarios, cierre de espacios seguros de socialización, incremento de la violencia intrafamiliar para personas que tuvieron que volver a hogares no aceptantes, y uso de la pandemia como coartada política en algunos países para demonizar a minorías sexuales o retrasar avances legales en derechos.

Otros efectos sanitarios: más allá del virus

La atención masiva a la COVID‑19 tuvo también efectos colaterales graves sobre otras enfermedades. Muchos programas de prevención, cribado y tratamiento se interrumpieron o redujeron, y se retrasaron diagnósticos de cáncer, cardiopatías, infecciones crónicas… La OMS estima, por ejemplo, que en 2020 murieron unas 500 000 personas adicionales por tuberculosis debido a las interrupciones en la detección y tratamiento.

Paradójicamente, se registró una caída histórica de otras infecciones respiratorias como la gripe estacional y el virus respiratorio sincitial, especialmente en el invierno austral de 2020. Es probable que la menor movilidad internacional, el uso de mascarillas, el cierre de escuelas y el distanciamiento social cortaran la transmisión de estos virus de forma muy eficaz.

Para el personal sanitario, la pandemia supuso un estrés sin precedentes. En países como España, los servicios de Medicina Intensiva llegaron a triplicar su capacidad de camas críticas, improvisando UCIs en quirófanos, reanimaciones y otras áreas. Se reutilizaron respiradores antiguos, equipos de anestesia y hasta se idearon soluciones de emergencia ante la escasez mundial de ventiladores y material de protección.

Además del desgaste físico, muchos profesionales sufrieron distrés moral al tener que priorizar recursos escasos (camas de UCI, respiradores, fármacos de sedación) y trabajar con equipos de protección insuficientes en algunos momentos. No es casual que una proporción muy alta del personal sanitario llegara a infectarse: en España se hablaba de cifras cercanas al 14 % del total de casos en ciertos momentos.

Pruebas diagnósticas, serologías y casos asintomáticos

Para confirmar la infección activa, la herramienta de referencia han sido las pruebas PCR, que detectan fragmentos de ARN viral. Estas pruebas son muy sensibles, pero eso tiene dos implicaciones importantes: permiten detectar el virus incluso con cargas muy bajas, y pueden seguir dando positivo cuando la persona ya no es contagiosa porque solo quedan restos de ARN no viable.

Paralelamente, muchos países realizaron estudios serológicos con test de anticuerpos para estimar qué porcentaje de la población se había infectado en los meses previos, aunque ya no tuviera virus detectable. Algunos resultados ilustrativos: en la provincia italiana de Bérgamo se alcanzaron seroprevalencias del 57 %, en Ginebra rondaron el 11 %, en España cerca del 10 % en diciembre de 2020, y en la ciudad de Nueva York se superó el 22 % tras la primera ola.

Estos datos confirmaron que la infección real era muy superior a la reflejada por los casos notificados, debido al gran número de cuadros leves y asintomáticos y a las limitaciones de testeo iniciales. A su vez, mostraron grandes diferencias geográficas según la intensidad de las oleadas y las medidas tomadas.

Medidas de prevención: desde el lavado de manos hasta el confinamiento

Las recomendaciones básicas para frenar la transmisión han girado en torno a tres ejes: higiene, mascarillas y distancia. Lavarse las manos con agua y jabón al menos 20 segundos, usar gel hidroalcohólico si no es posible, evitar tocarse la cara con las manos sucias, cubrirse al toser o estornudar (idealmente con la parte interna del codo) y ventilar los espacios se convirtieron en gestos cotidianos.

El uso de mascarillas ha sido uno de los debates más visibles. La OMS, al inicio, fue reservada para la población general, pero con la evidencia del contagio presintomático y por aerosoles, muchos países pasaron a recomendarlas u obligarlas en interiores y situaciones de riesgo. Las mascarillas quirúrgicas y de tela reducen la emisión de gotas al entorno, mientras que los respiradores tipo N95/FFP2 ofrecen también protección al portador.

Un detalle poco comentado es que muchas mascarillas y respiradores están diseñados según patrones faciales masculinos, lo que hace que ajusten peor en mujeres y aumente el riesgo de fugas. Además, los modelos con válvula de exhalación no son adecuados para controlar la pandemia: facilitan la respiración del usuario, pero expulsan el aire sin filtrar y, si este está infectado, puede diseminar virus.

Además de las medidas individuales, los gobiernos aplicaron estrategias de proactividad en la gestión de los riesgos y distanciamiento social y reducción de movilidad: cierres de fronteras, restricciones de viajes, limitación de aforos, suspensión de eventos masivos, cierre de escuelas y universidades, teletrabajo y, en muchos casos, confinamientos domiciliarios estrictos.

Estas restricciones redujeron de forma drástica el número reproductivo básico (R0). En España, por ejemplo, se calcula que pasó de valores superiores a 2 antes del estado de alarma a cerca de 0,98 en abril de 2020, con una caída de la tasa de crecimiento de contagios del 40 % al 3 % aproximado. Eso sí, el precio económico y psicológico fue enorme: desplome de la actividad, aumento del desempleo y deterioro de la salud mental en buena parte de la población, con un impacto mayor en jóvenes, mujeres y colectivos vulnerables.

Vacunas, patentes y desigualdad global

El desarrollo de vacunas contra la COVID‑19 fue extraordinariamente rápido. En menos de un año desde la secuenciación del virus ya había varias vacunas autorizadas: de ARN mensajero (Pfizer‑BioNTech, Moderna), de vectores virales (AstraZeneca, Janssen, Sputnik V), de virus inactivados (Sinopharm, Sinovac) y de subunidades proteicas, entre otras.

Estas vacunas difieren en su tecnología y en la cadena de frío necesaria: las de ARN mensajero requieren congelación a -20 °C (Moderna) o incluso alrededor de -70 °C (Pfizer) para su almacenamiento a largo plazo, mientras que muchas vacunas de adenovirus o virus inactivados se conservan en refrigeración estándar. Este requisito logístico complicó su distribución en países con infraestructuras frágiles.

Hasta principios de 2022 se habían administrado más de 9 370 millones de dosis, lo que representaba alrededor del 59 % de la población mundial con al menos una dosis en ese momento. Para enero de 2023 la cifra acumulada de personas vacunadas con al menos una dosis rondaba los 5 294 millones, cerca de dos tercios de la población global.

Sin embargo, la distribución fue muy desigual. Los países de renta alta, que representan alrededor de un 14 % de la población mundial, llegaron a acaparar cerca de la mitad de las dosis precompradas (más de 10 000 millones reservadas por anticipado en diciembre de 2020). La India y Sudáfrica lideraron en la OMC una propuesta para suspender temporalmente las patentes de vacunas, medicamentos y tecnologías relacionadas con la COVID‑19 mientras durara la pandemia, con el apoyo de más de un centenar de países y numerosas ONG.

La mayoría de estados ricos —incluidos varios de la Unión Europea, Estados Unidos (al principio), Reino Unido o Brasil— se opusieron inicialmente, defendiendo el marco de propiedad intelectual. En mayo de 2021, Estados Unidos sorprendió al apoyar una exención limitada centrada en vacunas, pero las negociaciones se dilataron y el resultado fue más bien tímido.

Las vacunas no solo fueron una herramienta sanitaria, sino también un negocio gigantesco. La vacuna de Pfizer‑BioNTech batió récords de ventas, aportando cerca de 70 000 millones de euros entre 2021 y 2022, mientras que Moderna ingresó más de 34 000 millones en ese mismo periodo por sus vacunas. Al mismo tiempo, a partir de finales de 2022 se produjo un excedente de dosis y comenzaron las disputas por deshacerse de lotes próximos a caducar.

Inmunidad, reinfecciones y COVID persistente

Tras la infección, el organismo genera una respuesta inmunitaria combinando anticuerpos y células T y B de memoria. Diversos estudios mostraron que, en la mayoría de personas, haber pasado la COVID‑19 reduce de forma notable el riesgo de reinfectarse durante los siguientes meses y hace que, si ocurre, el cuadro sea más leve y con menor probabilidad de hospitalización.

Por ejemplo, análisis realizados en 2021 sugerían que quienes ya habían superado la infección tenían aproximadamente un 80 % menos de riesgo de volver a contagiarse durante al menos seis meses, y hasta un 94 % menos de probabilidad de desarrollar síntomas, con tasas de reinfección confirmada en torno al 0,6 %. Investigaciones posteriores apuntan a que la inmunidad natural, combinada o no con vacunas, puede ser duradera gracias a células B de memoria y células plasmáticas de larga vida en médula ósea.

Al mismo tiempo, se ha descrito el llamado COVID persistente o “long COVID”: un conjunto de síntomas que se mantienen o aparecen semanas o meses después de la infección aguda (fatiga, disnea, niebla mental, dolor muscular, trastornos del sueño, alteraciones del gusto u olfato, etc.). Este síndrome es más frecuente en mujeres y en personas que tuvieron cuadros iniciales moderados o graves, pero también puede afectar a jóvenes previamente sanos.

Ni la infección previa ni la vacunación garantizan una protección absoluta frente a nuevas infecciones; lo que sí hacen es reducir la probabilidad de cuadros graves y muerte. Por eso, aunque muchas restricciones se han levantado, las autoridades recomiendan mantener especial prudencia en entornos de riesgo, proteger a personas vulnerables y actualizar dosis de refuerzo en grupos de alto riesgo (ancianos, inmunodeprimidos, personas con comorbilidades graves).

Tratamientos y terapias en desarrollo

Durante los primeros meses, el tratamiento de la COVID‑19 fue sobre todo de soporte: oxígeno, ventilación no invasiva o invasiva, control de la fiebre, manejo de complicaciones y profilaxis de trombosis. Se probaron numerosos fármacos (hidroxicloroquina, lopinavir/ritonavir, interferones, colchicina, ivermectina…) con resultados en muchos casos decepcionantes o incluso perjudiciales.

Con el tiempo han ido consolidándose algunas terapias útiles en contextos concretos: corticoides sistémicos (como dexametasona) en pacientes con afectación pulmonar y necesidad de oxígeno, ciertos antivirales como remdesivir en fases iniciales en personas de riesgo, combinaciones como nirmatrelvir/ritonavir (Paxlovid) por vía oral, y el uso de anticuerpos monoclonales frente a variantes concretas, aunque muchos perdieron eficacia a medida que el virus mutaba.

Otra línea ha sido el uso de plasma de convaleciente (plasma de personas ya recuperadas con altos títulos de anticuerpos) en fases muy tempranas, con algunos estudios que mostraron reducción de progresión a enfermedad grave si se administraba pronto en grupos concretos. A un nivel más experimental, se han explorado dianas como la IL‑6 (tocilizumab) en cuadros de tormenta de citoquinas, y en casos extremos se han realizado trasplantes de pulmón en pacientes con destrucción pulmonar irreversible tras COVID severo.

La investigación continúa: se siguen probando nuevos antivirales, moduladores inmunitarios y combinaciones de terapias, y se estudian más a fondo las secuelas a medio y largo plazo, tanto orgánicas como neuropsiquiátricas.

Dimensión socioeconómica y mediática de una pandemia mundial

Más allá de la medicina, la COVID‑19 ha sido una crisis socioeconómica y política a escala planetaria. Cierres de empresas, interrupción de cadenas de suministro, desplome del turismo, explosión del teletrabajo, educación online forzada y un largo etcétera han reconfigurado la vida cotidiana y acelerado tendencias que ya estaban en marcha, afectando las tendencias del comercio internacional.

Cerca de un tercio de la población mundial llegó a estar confinada en algún momento de 2020, con fuertes restricciones a la libertad de circulación. Esto redujo drásticamente la actividad económica y disparó el desempleo, aunque también provocó una caída temporal de las emisiones contaminantes y de la polución en muchas grandes ciudades.

En paralelo se desató una auténtica infodemia, una crisis de información: un aluvión de información, bulos y teorías conspirativas sobre el origen del virus, las vacunas, tratamientos milagro, etc. Redes sociales, medios estatales y actores geopolíticos utilizaron la pandemia para disputar narrativas, proyectar poder blando y, en algunos casos, ocultar errores de gestión. Hubo acusaciones cruzadas de manipulación de cifras, encubrimientos, propaganda y campañas coordinadas de desinformación.

China, por ejemplo, fue criticada por retrasos en compartir datos completos al inicio, dudas sobre el número real de casos y muertes, y por utilizar el envío de material sanitario y vacunas a otros países como herramienta de influencia. A su vez, altos cargos y medios occidentales fueron acusados de instrumentalizar la pandemia en clave geopolítica, ya fuera para señalar al gobierno chino o para disputar la narrativa sobre la eficacia de los sistemas autoritarios frente a las democracias liberales.

En este contexto, la OMS quedó en el centro del foco: se la acusó tanto de excesiva deferencia hacia China como de tardanza o ambigüedad en algunas recomendaciones, y se cuestionó la influencia de intereses políticos en sus decisiones. Al mismo tiempo, su papel coordinando información científica, recomendaciones técnicas y esfuerzos de vacunación ha sido clave pese a sus limitaciones.

Las pandemias en la historia: comparar para entender mejor

La COVID‑19 no es un fenómeno aislado: forma parte de una larga lista de pandemias históricas que han marcado a la humanidad. Entre las más conocidas destacan la peste de Justiniano (siglo VI) y la peste negra medieval, ambas causadas por Yersinia pestis, que se llevaron decenas de millones de vidas; las sucesivas pandemias de cólera en los siglos XIX y XX; la gripe de 1918 (mal llamada española), con unos 50 millones de fallecidos estimados; la pandemia de gripe A (H1N1) de 2009‑2010, mucho más benigna; o el VIH/sida, que sigue siendo una pandemia activa con decenas de millones de muertos acumulados.

Autoras y autores como Robin Marantz Henig (A Dancing Matrix), Laurie Garrett (The Coming Plague) o Richard Preston (The Hot Zone) llevaban décadas advirtiendo que la combinación de globalización, destrucción ambiental, urbanización y contacto intensivo con fauna salvaje haría cada vez más probable la aparición de nuevos agentes capaces de desencadenar pandemias devastadoras.

En 2015, la charla TED de Bill Gates sobre la falta de preparación global ante una gran pandemia se hizo viral años después como si fuera una profecía cumplida: explicaba con claridad que el mundo invertía enormes recursos en defensa militar, pero muy poco en sistemas de alerta, investigación y capacidad de respuesta frente a patógenos emergentes.

Si uno mira la sucesión de grandes crisis epidémicas, da la impresión de que hay “una pandemia cada cien años”. La literatura médica matiza esta percepción: las pandemias importantes son más frecuentes de lo que parece (SARS, MERS, gripe aviar, gripe porcina, ébola…), y el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la elevada densidad de población en megaciudades aumentan el riesgo de que aparezcan y se propaguen.

En este panorama, la COVID‑19 ha sido un ensayo general, terrible pero ilustrativo, de lo que supone gestionar una pandemia en un mundo hiperconectado: del papel crucial pero imperfecto de organismos como la OMS a la necesidad de reforzar la salud pública, la ciencia, la cooperación internacional y las redes de protección social. Lo vivido deja claro que la cuestión no es si habrá otra pandemia mundial, sino cuándo y con qué preparación nos pillará la próxima vez.

Todo lo que ha ocurrido con la COVID‑19 —desde el salto del SARS‑CoV‑2 en Wuhan hasta la fase endémica actual, pasando por las cifras brutales de contagios y muertes, la carrera por las vacunas, los colapsos sanitarios, el aumento de la violencia de género, la brecha entre países ricos y pobres o las campañas de desinformación— dibuja un retrato muy nítido de lo que significa una pandemia mundial en el siglo XXI: un fenómeno biológico con consecuencias políticas, económicas y sociales de enorme calado que nos obliga a repensar cómo vivimos, cómo nos cuidamos y qué lugar ocupa la salud colectiva en la agenda global, incluyendo los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

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