Muere Celso Bugallo, secundario de oro del cine español

  • Celso Bugallo fallece en Pontevedra a los 78 años y será incinerado en la intimidad familiar.
  • Actor gallego con larga trayectoria en teatro, cine y televisión, y debut tardío en la gran pantalla a los 52 años.
  • Ganó el Goya al mejor actor de reparto por "Mar adentro" y fue de nuevo nominado por "El buen patrón".
  • Figura clave del teatro independiente y formador de actores a través del JUBY y el Aula de Formación de Actores de Pontevedra.

Muere Celso Bugallo

El cine y el teatro españoles despiden a Celso Bugallo, uno de esos intérpretes que, sin buscar grandes focos, se ganó un lugar indiscutible entre los mejores secundarios del país. El actor gallego ha muerto en Pontevedra a los 78 años, en la ciudad donde residía desde hace décadas, dejando atrás una trayectoria tan sólida como discreta.

La familia ha decidido que la incineración se lleve a cabo en la más estricta intimidad, en línea con el carácter reservado del propio Bugallo. Su cuerpo permanece en un tanatorio de Pontevedra, donde allegados y amigos más cercanos le dan el último adiós a quien, para muchos compañeros de profesión, fue un ejemplo de honestidad artística y coherencia personal.

Un adiós en Pontevedra a un referente interpretativo

Las primeras informaciones sobre su fallecimiento apuntan a que Bugallo murió en el Hospital Provincial de Pontevedra, donde había sido ingresado en los últimos días. Varios medios locales y fuentes próximas a la familia han confirmado que la ceremonia de despedida será sencilla y reservada, tal y como él mismo solía vivir su vida, lejos de grandes alardes mediáticos.

Nacido el 1 de enero de 1947 en la parroquia de Vilalonga (Sanxenxo, Pontevedra), el actor siempre mantuvo un fuerte vínculo con Galicia pese a sus largos años de emigración familiar. En entrevistas recientes reconocía que se sentía profundamente marcado por el paisaje y la manera de ser gallega, algo que se reflejaba en su voz, su físico y la sobriedad con la que afrontaba sus personajes.

Aunque durante su juventud soñó con una carrera sobre el césped —quiso ser futbolista antes que actor—, la vida le llevó por caminos bien distintos. Su padre, mecánico ajustador, fue encarcelado durante el franquismo y, tras salir de prisión, la familia se vio obligada a emigrar primero al País Vasco y después a Logroño, en busca de mejores condiciones de vida y un clima más adecuado para la salud de su madre.

Fue en ese ir y venir de lugares donde se fue gestando el Celso Bugallo intérprete. En Bilbao, un día cualquiera, compró una entrada para ver Rebelde sin causa y quedó fascinado por James Dean. Años después contaría que, al salir del cine, supo que lo suyo tenía que ser la interpretación y no el balón. Aquella proyección marcaría su futuro de forma decisiva.

Los orígenes: teatro independiente y compromiso con las tablas

Ya instalado en Logroño, Bugallo se fue acercando a los escenarios a través de grupos de teatro independiente. Sus primeras interpretaciones datan de los años setenta y le llevaron a integrarse en formaciones como Adefesio Teatro Estudio y Lope de Rueda, donde comenzó a forjar una manera de trabajar muy ligada a la verdad del personaje y al rigor en el proceso.

En aquellos años se implicó también en el tejido social del barrio y, con un puñado de jóvenes, fundó y dirigió el JUBY (Juventud Unida del Barrio de Yagüe), un grupo que acabaría dándole su primer gran reconocimiento nacional. Con ellos montó la obra El retablo del flautista, de Jordi Teixidor Martínez, con la que en 1976 obtuvieron el Premio Nacional de Comedias de Teatro, un espaldarazo que confirmó que aquel actor de apariencia tímida y porte esbelto tenía mucho que decir sobre las tablas.

A finales de la década de los setenta, y tras casarse con una mujer de Portonovo, Bugallo decidió regresar definitivamente a Galicia. En 1978 se instaló de nuevo en su tierra y, fiel a su espíritu de compañía, fue uno de los impulsores de Olimpo, un grupo de teatro gallego con el que siguió investigando en la escena y apostando por montajes en lengua propia.

El teatro fue durante años su casa natural. En la década de los noventa dio un paso más en su faceta de formador con la creación del Aula de Formación de Actores de Pontevedra (AFAP), un espacio en el que trabajó con generaciones de intérpretes sobre la base de las teorías de Stanislavski y otros referentes de la interpretación contemporánea. Desde allí dirigió numerosos montajes, la mayoría en gallego, entre ellos títulos como Preludio al teatro, El daño que hace el tabaco o El despertar.

Su implicación en el tejido teatral gallego convertía a Bugallo no solo en un actor reconocido, sino también en un maestro de actores y en un defensor de la escena como herramienta cultural y social. Durante años compaginó la dirección, la pedagogía y la interpretación, manteniendo siempre un vínculo muy fuerte con el teatro alternativo y la creación colectiva.

Debut tardío en el cine: de Ámsterdam a «La lengua de las mariposas»

A pesar de su larga experiencia sobre las tablas, el salto al cine no llegó hasta que tenía 52 años, una edad en la que muchos intérpretes ya suman varias décadas de filmografía. Bugallo, sin embargo, se convirtió en un raro ejemplo de actor que aterriza tarde en la gran pantalla y se consolida en tiempo récord.

El punto de inflexión llegó en 1998, cuando José Luis Cuerda comenzó a buscarle para un proyecto muy concreto. Celso se encontraba en Ámsterdam y fue su madre quien recibió la llamada del director. “Recuerdo que estaba en Ámsterdam y José Luis Cuerda me estaba buscando. Llamaron a mi madre y ella fue la que me dio la noticia, y me vine corriendo para Galicia”, relataba el propio actor años después en una entrevista. Aquel encuentro se selló en una conferencia en Allariz en la que Cuerda, con su habitual ironía, le dijo que tenía que cortarse el pelo.

Fruto de ese contacto fue su debut en la gran pantalla con la película La lengua de las mariposas (1999), dirigida por Cuerda. Con esa primera aparición cinematográfica, cuando ya acumulaba medio siglo de vida, Bugallo sorprendió por la naturalidad con la que trasladó a la cámara la intensidad y la precisión gestual que había desarrollado en el teatro.

A partir de entonces, el camino se abrió de golpe. En 2002 participó en Los lunes al sol, de Fernando León de Aranoa, donde dio vida a Amador, un extrabajador del naval hundido por el desempleo y el alcohol. Aquella interpretación le valió el Premio Revelación Mestre Mateo y el Premio Chano Piñeiro al mejor actor de reparto, y contribuyó al éxito de una película que acabaría ganando cinco premios Goya y la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián.

En los años siguientes enlazó trabajos en títulos clave del cine español: El lápiz del carpintero (2003), de Antón Reixa; La vida que te espera (2004), de Manuel Gutiérrez Aragón, o Salvador (Puig Antich) (2006), en los que fue consolidando una imagen de actor sólido, de mirada profunda y una presencia capaz de sostener escenas enteras sin necesidad de grandes discursos.

«Mar adentro» y el Goya que le consagró

Su gran consagración llegó en 2004 con Mar adentro, de Alejandro Amenábar, la película que reconstruye la vida y la decisión de Ramón Sampedro, tetrapléjico gallego que se convirtió en símbolo de la lucha por la eutanasia en España. En el filme, Bugallo interpretó a José Sampedro, el hermano del protagonista, un hombre que no logra entender la voluntad de Ramón de poner fin a su vida.

Con un rostro permanentemente surcado por la preocupación y el ceño fruncido, el actor logró transmitir la angustia, las dudas y el desconcierto de un familiar que ama profundamente a su hermano pero choca frontalmente con su decisión. Ese trabajo, que combinaba contención y una enorme carga emocional, le valió el Goya al mejor actor de reparto en la edición de 2005.

Mar adentro tuvo un recorrido internacional excepcional: se alzó con el Oscar a la mejor película de habla no inglesa (actual mejor película internacional) y consolidó a Bugallo como uno de los secundarios de oro del cine español. Desde entonces, su nombre quedó inevitablemente ligado a la historia de Sampedro y al debate social en torno al derecho a morir dignamente.

El propio actor defendía que la película, pese a su desenlace, no era un relato sombrío. En declaraciones a medios gallegos, llegó a decir que Mar adentro transmitía una cierta idea de esperanza y estaba recorrida por el humor y la humanidad de sus personajes, más allá del dramatismo del final.

Ese papel y el reconocimiento de la Academia española no cambiaron su forma de estar en el oficio. Continou asumiendo personajes de corte humilde, padres, trabajadores o figuras rurales, aportando siempre una mezcla de dignidad y fragilidad que se convirtió en su sello personal.

Filmografía destacada: un «robaescenas» en más de medio centenar de títulos

Al margen de Mar adentro y Los lunes al sol, la carrera de Celso Bugallo en el cine se extendió por más de medio centenar de películas, muchas de ellas firmadas por algunos de los directores más reconocidos del panorama español. Su nombre aparece ligado a una larga lista de títulos que han dejado huella en las últimas décadas.

Entre sus trabajos más celebrados se encuentra La noche de los girasoles (2006), de Jorge Sánchez-Cabezudo, donde encarnó a un cabo de la Guardia Civil en una aldea de Castilla y León. Su interpretación le llevó a conseguir el premio al mejor actor secundario del Círculo de Escritores Cinematográficos, confirmando su capacidad para apropiarse de cada escena sin necesidad de ser el protagonista absoluto.

También participó en La isla interior (2009), de Dunia Ayaso y Félix Sabroso, y en producciones de gran repercusión popular como Palmeras en la nieve (2015), dirigida por Fernando González Molina, o La playa de los ahogados (2015), adaptación de la novela de Domingo Villar ambientada en la costa gallega.

Su filmografía reciente incluye títulos como Trote (2018), El arte de volver (2020), La manzana de oro (2022) y Loli Tormenta (2023), la última película dirigida por Agustí Villaronga, en la que volvió a demostrar que seguía en plena forma interpretativa pese a su edad.

Uno de sus últimos grandes éxitos de público y crítica fue El buen patrón (2021), también de Fernando León de Aranoa, donde dio vida a un veterano trabajador de una fábrica de balanzas que pide ayuda a su jefe ante los problemas provocados por su hijo. Por este papel, Bugallo fue de nuevo nominado al Goya como mejor actor de reparto, casi dos décadas después de su primera estatuilla.

Presencia constante en televisión: de Galicia a todo el país

Aunque su llegada al cine fue tardía, la televisión también se rindió a su talento. Bugallo participó en numerosas series estatales y autonómicas, muchas de ellas muy populares entre el público gallego y español.

En Galicia se le vio en producciones de referencia como Mareas vivas y Rías Baixas, que marcaron una época en la ficción en gallego y le acercaron a los hogares de la comunidad. Estos trabajos ayudaron a consolidar esa imagen de hombre cercano, con acento propio y una naturalidad poco habitual en pantalla.

A nivel estatal, intervino en series como Periodistas, Los hombres de Paco, El incidente y Fariña, donde volvió a moverse cómodo entre personajes vinculados al entorno rural, fuerzas de seguridad o figuras paternas marcadas por la dureza de la vida. Su presencia, aunque a menudo limitada en metraje, conseguía dotar de verosimilitud las tramas en las que aparecía.

Resulta llamativo que, pese a haber trabajado tanto en la pequeña pantalla, el propio actor confesaba que no tenía televisión en casa. En una entrevista aseguraba que no le gustaba lo que emitían y que prefería proteger lo que llamaba su “limpieza mental”. A su juicio, quienes se dedican a la creación deben vigilar muy bien qué consumen, para no contaminar en exceso su mirada.

Esa distancia crítica no le impidió seguir aceptando proyectos televisivos cuando le parecían interesantes, pero siempre desde una cierta reserva, entendido su trabajo como una aportación más dentro de una maquinaria industrial de la que decía sentirse “un simple producto”.

Maestro, académico y una vida discreta en Pontevedra

Más allá de sus papeles, Celso Bugallo mantuvo siempre una relación muy estrecha con la formación de actores. Además del ya citado AFAP en Pontevedra, se implicó en talleres, charlas y montajes con jóvenes intérpretes, defendiendo la importancia del trabajo de mesa, el análisis de los estímulos del personaje y una visión humanista de la interpretación.

En una entrevista para una revista especializada en artes escénicas, reflexionaba sobre su oficio: decía que trataba de encontrar los impulsos que llevan a cada personaje a comportarse como lo hace, convencido de que cada ser humano contiene en sí mismo toda la gama de la condición humana. Para él, el actor debía ser capaz de pasar del mendigo al rey con la misma honestidad, ofreciendo una imagen fidedigna de la realidad que encarna.

Como miembro de la Academia de Cine, se tomaba muy en serio su papel como votante. En su casa de Pontevedra tenía un pequeño aparato únicamente para ver las películas que le enviaba la Academia, y contaba que procuraba ver un filme cada dos o tres días. Disfrutaba de ese ritual como una forma de seguir aprendiendo y estar en contacto con el trabajo de otros compañeros.

Lejos de la vida de glamour asociada a la profesión, Bugallo prefería la tranquilidad de su piso pontevedrés, donde dedicaba tiempo a la música, la lectura y los paseos. Tocaba la guitarra y el piano, y hablaba del amor con la franqueza de quien ha conocido etapas buenas y malas. Sentía un orgullo especial por su hija, residente en Alemania, y por su nieta, a la que esperaba con ganas en vacaciones y Navidades.

Preguntado por la jubilación, solía responder que “los actores de verdad no se retiran nunca”. Y en su caso no era una frase hecha: trabajó prácticamente hasta el final, enlazando rodajes de cine y televisión, y manteniendo un compromiso firme con un oficio que consideraba más un modo de vida que una simple profesión.

Con su muerte en Pontevedra a los 78 años, desaparece uno de los grandes secundarios del cine y la televisión españoles, un actor que demostró que se puede llegar tarde a la pantalla grande y, aun así, dejar una huella profunda. De los teatros independientes de Logroño y los grupos Adefesio, Lope de Rueda u Olimpo, al Goya por Mar adentro y la nominación por El buen patrón, pasando por títulos como Los lunes al sol, La noche de los girasoles, Palmeras en la nieve o Fariña, su trayectoria compone el retrato de un intérprete que supo conjugar humildad, rigor y talento. Su adiós, discreto y familiar, encaja con la vida que eligió: lejos del ruido, pero muy cerca del corazón de quienes aman el buen cine y el buen teatro.

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