En los últimos meses, las redes se han llenado de vídeos de adolescentes con máscaras, colas y movimientos animales que se presentan como “therian”. Lejos de ser solo una broma o un disfraz puntual, describen esta vivencia como una identidad interna en la que sienten que una parte de sí mismos es, en realidad, un animal no humano.
Este fenómeno, que a primera vista puede parecer una moda pasajera más de internet, tiene raíces más antiguas de lo que muchos imaginan y está despertando curiosidad, desconcierto y también preocupación en familias y educadores. Mientras algunos lo ven como una forma más de explorar quiénes son, otros se preguntan dónde están los límites entre juego, identidad y salud mental.
Qué significa ser therian y de dónde viene el término
Aunque en biología la palabra “therian” se usa para referirse a un grupo de mamíferos (los terios, que incluyen a los marsupiales y sus ancestros), el uso que le están dando ahora los jóvenes poco tiene que ver con la zoología. En el contexto actual, los therians son personas que dicen identificarse psicológica, espiritual o simbólicamente con un animal no humano, sin creer que su cuerpo físico deje de ser humano.
El término procede de “therianthropy”, formado a partir del griego antiguo “therion” (bestia o animal salvaje) y “anthropos” (humano). Tradicionalmente aludía a la capacidad de transformarse en animal, sobre todo en relatos míticos de hombres lobo u otras criaturas híbridas. En la comunidad moderna, esa “transformación” se entiende más como una vivencia interior de identidad que como un cambio físico real.
Muchos therians explican que, aunque saben perfectamente que su cuerpo es humano, sienten que su “alma”, esencia o software interno pertenece a un animal concreto. Es lo que llaman su “theriotype”: el animal con el que se sienten profundamente conectados, ya sea un lobo, un gato, un zorro, un perro u otras especies, normalmente mamíferos.
Según guías en línea de la propia comunidad, esta identidad suele comenzar a notarse entre los 10 y los 16 años. Para algunos adolescentes, se queda en una etapa de exploración que termina desapareciendo; para otros, se convierte en algo estable que consideran parte central de quiénes son.

Un fenómeno nacido en internet que hoy salta a las plazas
Aunque el foco mediático ha llegado ahora, el movimiento therian no surgió en TikTok. Sus orígenes se remontan a los años 90 en foros y grupos de noticias de Usenet, como el célebre alt.horror.werewolves. Aquel espacio, pensado al principio para fans de historias de hombres lobo, terminó convirtiéndose en un punto de encuentro para personas que afirmaban sentirse lobos en un plano espiritual o psicológico, no de ficción.
Con el paso del tiempo, la comunidad fue evolucionando. Dejaron de aparecer solo “hombres lobo” simbólicos para incluir gatos, felinos grandes, perros, zorros, osos, aves o incluso reptiles. Así se fue fijando el término “therian” y se consolidó una identidad compartida en foros, blogs y páginas especializadas, que funcionaban como espacios anónimos de intercambio de experiencias.
El salto de lo subcultural a lo masivo llega con redes como TikTok, Instagram o YouTube. Los algoritmos tienden a impulsar contenidos visualmente llamativos, y pocas cosas generan tantas reacciones como ver a un grupo de chavales corriendo a cuatro patas, con colas de peluche y máscaras de animales en medio de un parque. Lo que antes quedaba encerrado en foros ahora se emite a millones de pantallas.
En América Latina —especialmente en Argentina, México, Uruguay, Chile o Perú— el fenómeno lleva tiempo moviéndose por redes. En Europa, y en particular en España, la presencia era más discreta e introspectiva, pero en los últimos meses se han multiplicado las quedadas públicas en plazas, jardines y parques.
Ciudades como Girona, Barcelona, Bilbao, Madrid, Valencia o A Coruña ya han sido escenario de encuentros organizados a través de TikTok y otras plataformas. En A Coruña, por ejemplo, se convocó a jóvenes “therian” en los jardines de Méndez Núñez para “jugar” y “saltar”, a pesar —según los organizadores— del odio y las críticas recibidas en redes. En Vigo se ha anunciado otro encuentro, mientras que en Lugo se canceló una quedada por supuestas amenazas.
Cómo se vive ser therian: máscaras, quadrobics y “shifts”
Para quienes forman parte del movimiento, ser therian se experimenta en el día a día como una mezcla de identidad interna y expresión corporal. No se trata de ir disfrazados todo el tiempo: muchos llevan una vida externa completamente “normal”, van a clase o al trabajo y se relacionan como cualquier otra persona.
Esa conexión animal se hace más visible en ciertos momentos, a los que en la comunidad llaman “shifts” (cambios). Durante esos episodios, dicen notar un ajuste de sus sentidos, impulsos o forma de pensar hacia la de su animal: más alerta, más tímidos, más juguetones o más territoriales, según el caso. No implica perder contacto con la realidad, sino un cambio de enfoque interno.
Para traducir esa vivencia al plano físico, muchos utilizan máscaras artesanales, orejas, colas, arneses o ropa con estética animal. Otros dan un paso más y practican quadrobics, una rutina de saltos y desplazamientos a cuatro patas que combina ejercicio físico, coordinación y cierto componente performativo. En las quedadas, es frecuente verles agachados, corriendo, reptando, saltando obstáculos o interactuando entre ellos con gestos y sonidos asociados a sus animales.
Pese a la imagen colorida y llamativa, parte de la comunidad insiste en que no todo se reduce al espectáculo. Hay therians que apenas usan accesorios y viven esta identidad de forma íntima, sin grabar vídeos. Otros se organizan en “manadas” para relacionarse en grupo, compartir experiencias y encontrar un entorno donde se sienten menos juzgados.
Fuera del espacio físico, internet sigue siendo fundamental. Foros, blogs, páginas informativas y wikis especializadas —a veces vinculadas o cercanas al fandom furry, como WikiFur— sirven de base de conocimiento y apoyo mutuo. Allí se explican conceptos, se comparten dudas y se intentan poner palabras a una experiencia que muchos viven desde la infancia o la preadolescencia.

Therians, otherkin y diferencias con los ‘furries’
Dentro de este universo, los therians forman parte de un conjunto más amplio conocido como “otherkin”. Según la psicóloga catalana Cristina Agud, el término engloba a personas cuyo sentido de identidad no es estrictamente humano y que se identifican, de manera parcial o total, con otra especie o incluso con seres fantásticos. El therianismo sería, así, un subgrupo centrado en animales reales.
La propia Agud señala que la comunidad otherkin es más numerosa de lo que parece, pero el miedo al rechazo hace que muchos mantengan esta faceta en silencio. De ahí que internet se haya convertido en el canal principal para comunicarse y crear redes de apoyo, sin jerarquías claras ni estructura formal, sino a través de pequeños foros y páginas dispersas.
Una confusión habitual es la que mezcla a los therians con los “furries”. Aunque en redes a menudo se usan como sinónimos, los expertos y las propias comunidades subrayan que no son lo mismo. El furry fandom es una subcultura basada en la afición por personajes animales antropomórficos, muchas veces vinculados a cómics, dibujos animados, videojuegos o ilustración.
En el mundo furry, los participantes suelen crear avatares o personajes (fursonas) con los que se identifican dentro del ocio y el arte, y pueden disfrazarse con trajes completos. Pero esto, explican, es una afición, un hobby o una forma de expresión artística; no implica que crean ser literalmente ese animal. De forma similar a un cosplayer, se asume un papel que se puede “quitar” al final del día.
En cambio, los therians describen su vivencia como una identidad profunda y persistente, no reducible a una estética. Pueden usar máscaras o colas, pero consideran que lo esencial es la experiencia interna: la sensación de que su yo se alinea con las características de su animal, incluso cuando van vestidos de calle y nadie lo sabe.
¿Es un trastorno mental o una forma de explorar la identidad?
Buena parte del debate público gira en torno a si el therianismo debe verse como un problema psicológico o como una más de las muchas formas de explorar la identidad en la adolescencia. Aquí, la mayoría de especialistas consultados en distintos medios son prudentes: no hay un diagnóstico clínico específico para el “ser therian”, ni aparece como trastorno en los manuales psiquiátricos.
Mientras esta vivencia no cause sufrimiento significativo, no deteriore la vida cotidiana ni vaya acompañada de síntomas psicóticos, los psicólogos tienden a entenderla como una forma de construcción identitaria y de expresión simbólica. Diferencian, eso sí, entre el fenómeno social del therianismo y la llamada “teriantropía clínica”, un cuadro psiquiátrico muy poco frecuente en el que la persona cree literalmente haberse transformado en un animal, con pérdida de contacto con la realidad.
Algunos estudios académicos, como los citados por investigadoras como Helen Clegg, Roz Collings o Elizabeth C. Roxburgh, apuntan a que en las comunidades therian es relativamente frecuente encontrar personas neurodivergentes, por ejemplo dentro del espectro autista o con TDAH. En esos casos, la identidad animal podría funcionar como una forma de interpretar y gestionar un mundo social que se vive como abrumador.
Otros trabajos, como “Speaking of Elves, Dragons, and Werewolves: Narrative Hermeneutics and Other-than-Human Identities”, subrayan que no tiene por qué tratarse de una patología. Plantean que muchos jóvenes utilizan estas identidades alternativas para crear sus propias narrativas vitales, distanciándose parcialmente de una sociedad en la que se sienten poco integrados.
La psicóloga Amaya Prado, experta en infancia y adolescencia, explicaba en una entrevista que no estamos ante “un trastorno propiamente dicho”, sino ante una forma simbólica de buscar identidad y pertenencia. Su trabajo clínico con estos adolescentes, apunta, se centraría en reforzar la autoestima, la regulación emocional y la construcción de una identidad integrada, más que en “curar” el hecho de que se sientan cercanos a un animal.
La generación alfa, la hiperdigitalización y la búsqueda de comunidad
Más allá de la etiqueta, el auge actual de los therians se enmarca en un contexto más amplio: la explosión de nuevas identidades en la era digital. En las últimas décadas se han multiplicado los debates sobre género, orientación sexual y formas de estar en el mundo. Según algunos especialistas, el therianismo sería una especie de “vuelta de tuerca” en esta misma línea de exploración identitaria.
Algunos expertos apuntan a que ciertos jóvenes, especialmente de la llamada generación alfa (nacidos a partir de 2010, aproximadamente), utilizan la identidad animal como una manera de protegerse de la hiperdigitalización. Frente a un entorno saturado de pantallas, presión social y exposición constante, refugiarse en la idea de una naturaleza instintiva y simple puede resultar, para ellos, reconfortante.
También se señala que el fenómeno responde a una necesidad básica: sentirse parte de una comunidad. Muchos de estos adolescentes se describen como inadaptados, tímidos o víctimas de burlas en su entorno habitual. En las “manadas” therian encuentran un sitio donde sus rarezas se convierten en norma, donde la pertenencia pesa más que el juicio ajeno. Eso no impide que, fuera del grupo, sigan recibiendo comentarios de odio o incomprensión.
Los estudios disponibles remarcan que, en la mayoría de casos, estos jóvenes son perfectamente capaces de comportarse como cualquier otra persona cuando lo desean. Por eso, los investigadores tienden a “despatologizar” el fenómeno y a verlo más como una elección cultural o identitaria, con sus riesgos y sus potenciales beneficios, que como una enfermedad.
Al mismo tiempo, esta realidad plantea preguntas incómodas sobre la sociedad actual: ¿qué está fallando para que algunos adolescentes se sientan más aceptados actuando como animales en grupo que en espacios educativos, familiares o comunitarios convencionales? Para varios autores, la pérdida de referentes clásicos de pertenencia —como la religión o ciertas estructuras familiares— ha dejado un vacío que ahora rellenan, en parte, las comunidades online.
Padres, escuelas y polémicas en redes sociales
El impacto mediático del fenómeno ha ido acompañado de una fuerte polarización en redes sociales. Por un lado, hay quienes se acercan con curiosidad o simpatía y lo interpretan como una forma creativa de autoexpresión. Por otro, abundan los memes, las burlas y los mensajes de odio dirigidos a los jóvenes que participan en estas quedadas.
Muchos padres y madres se sienten desorientados al ver a sus hijos ponerse máscaras, moverse a cuatro patas o presentarse como lobos y gatos en TikTok. Psicólogas como Amaya Prado recomiendan no reaccionar con pánico ni castigos desproporcionados, porque eso tiende a reforzar aún más la conducta y a romper los canales de comunicación.
Su consejo pasa por mantener la calma, escuchar y preguntar qué les aporta esa identidad, qué necesidades pueden estar cubriendo y si existe alguna dificultad en otras áreas de su vida —académica, social, familiar— que convenga abordar. Si la preocupación persiste, proponen acudir a un profesional que evalúe el caso de manera individual.
En el ámbito educativo, el fenómeno abre un debate sobre cómo gestionar estas expresiones en centros escolares. Algunos docentes muestran inquietud por la posibilidad de conflictos entre estudiantes o por el impacto en la convivencia, mientras otros defienden un enfoque de respeto combinado con límites claros sobre vestimenta, comportamiento y uso de espacios comunes.
En todo caso, los especialistas coinciden en que conviene diferenciar entre el contenido exagerado que se viraliza y lo que ocurre realmente en el día a día de estos adolescentes. No es lo mismo un vídeo pensado para generar visitas que la forma en la que un joven vive su identidad cuando no hay cámaras delante.
El fenómeno therian resume muchas de las tensiones de nuestro tiempo: la búsqueda de identidad en la adolescencia, la influencia de las redes, la importancia de las comunidades alternativas y el miedo social a lo que se percibe como extraño. Más que una invasión de chicos que se creen literalmente animales, lo que parecen mostrar las investigaciones es un grupo diverso de jóvenes que intenta encontrar un lugar propio en un mundo cambiante, usando el lenguaje —a veces desconcertante— de la cultura digital y de sus animales simbólicos.