Leiko Ikemura: cuerpos, paisajes y espíritus en metamorfosis

  • Leiko Ikemura fusiona tradición japonesa, experiencia europea y espiritualidad animista en paisajes y figuras híbridas en constante transformación.
  • Sus obras abordan maternidad ampliada, identidad, trauma y cambio mediante niñas en devenir, seres animales-humanos y horizontes que conectan cuerpo y naturaleza.
  • Esculturas emblemáticas como Usagi Greeting y Usagi Kannon articulan duelo, compasión y conciencia ecológica en intervenciones públicas internacionales.
  • Exposiciones en museos como Albertina, Kunstmuseum Basel, MOMAT o Heredium consolidan su posición en el arte contemporáneo global.

Obra de Leiko Ikemura integrada en el paisaje

La obra de Leiko Ikemura parece surgir de un lugar intermedio entre el sueño, el recuerdo y el paisaje. Sus figuras y sus horizontes no se limitan a representar lo que vemos, sino que activan una especie de vibración interna, una sensación de cambio constante, como si todo estuviera en proceso de transformarse. En sus cuadros, dibujos y esculturas, el cuerpo humano se disuelve en montes, mares y cielos, y el mundo vegetal y animal se funde en criaturas híbridas que desdibujan cualquier frontera rígida entre naturaleza y humanidad.

Esta artista japonesa, afincada desde hace décadas en Europa, ha construido un lenguaje visual propio donde se mezclan la tradición oriental, la sensibilidad moderna occidental y una profunda conciencia ecológica y espiritual. Sus paisajes animistas, sus niñas en metamorfosis y sus esculturas de conejas protectoras nos hablan de maternidad, duelo, cuidado, vulnerabilidad, pero también de esperanza y de futuros posibles. No es raro que, a día de hoy, Ikemura sea una de las voces más singulares del arte contemporáneo internacional.

Biografía de Leiko Ikemura: de Tsu a Berlín pasando por Sevilla y Suiza

Paisaje y figura en la obra de Leiko Ikemura

Nacida en 1951 en Tsu, en la prefectura de Mie (Japón), Leiko Ikemura creció cerca de la costa, algo que marcaría para siempre su relación con el horizonte, el mar y la naturaleza. Antes de dedicarse por completo a la creación artística, se formó en literatura española en la Universidad de Estudios Extranjeros de Osaka, entre 1970 y 1972, lo que ya anticipa su vínculo temprano con la cultura hispánica.

A principios de los años setenta, Ikemura se trasladó a España, donde estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría en Sevilla entre 1973 y 1978. Ese periodo sevillano fue clave para afianzar su formación pictórica y para confrontar su bagaje japonés con el arte europeo. Poco después, a fines de los setenta, se marchó a Suiza, donde inició su carrera artística en un contexto muy distinto al japonés y al español.

Desde la década de 1980 reside principalmente en Alemania. En Berlín, Ikemura ha desarrollado una parte fundamental de su trayectoria docente y creativa: entre 1991 y 2011 fue profesora de pintura en la Universität der Künste (UdK), una de las instituciones artísticas más importantes del país. Más tarde, ampliaría su experiencia académica como profesora visitante en la Universidad de Arte y Diseño Joshibi, en Japón, enlazando de nuevo sus dos mundos.

A lo largo de su carrera, Ikemura ha recibido un reconocimiento sostenido. En 2001 obtuvo el Premio Alemán de la Crítica de Artes Visuales, concedido por la Asociación de Críticos Alemanes, y en 2008 fue galardonada con el Premio August Macke en Hochsauerlandkreis, Alemania. Sus obras han sido presentadas en instituciones de primer nivel como la Neue Nationalgalerie de Berlín, el Kunstmuseum Basel, el National Art Center de Tokio o el MOMAT de la capital japonesa.

Con doble nacionalidad japonesa y suiza, la artista vive y trabaja actualmente entre Berlín y Colonia, manteniendo un pie en el ámbito germánico y otro en un escenario internacional que la ha llevado a exponer en Europa, Asia, Oriente Medio y Estados Unidos. Ese itinerario vital, cruzado por migraciones, cambios de idioma y choques culturales, atraviesa toda su obra como un hilo de fondo.

De la tradición pictórica japonesa al giro místico de Engadín

La pintura de Leiko Ikemura se reconoce de inmediato por su paleta de tonos suaves, matizados y a menudo vaporosos. Hay en ella una clara resonancia de la pintura tradicional japonesa de maestros como Sesshū, Itō Jakuchū o Hokusai. Ikemura se declara deudora de esa herencia, sobre todo en lo que respecta a la capacidad de síntesis de las formas, la sensualidad de las superficies y la importancia de los vacíos y las sombras.

Una de las ideas que toma de la estética japonesa es la fascinación por la noche, la penumbra y lo oscuro, que, según ella, se relega con frecuencia en el canon occidental, más volcado en la luz clara y la visibilidad absoluta. En sus lienzos, las zonas sombrías no son un mero fondo, sino espacios cargados de energía, lugares donde las figuras parecen emerger o disolverse lentamente.

En los años ochenta, parte de su producción se enmarcaba aún en un contexto neoexpresionista, con gestos más agresivos y densidades cromáticas intensas. Sin embargo, a comienzos de la década de 1990, Ikemura vivió casi un año en las montañas de Engadín, en Suiza, y ese retiro marcó un antes y un después en su forma de entender la pintura. El contacto íntimo y prolongado con el paisaje alpino la llevó a abandonar progresivamente los códigos neoexpresionistas y a buscar una conexión más mística y espiritual con el entorno natural.

Desde ese momento, en lugar de centrarse en demostrar destrezas técnicas o en subrayar contenidos plásticos evidentes, comenzó a explorar la relación entre el mundo interior y las imágenes que aparecen en el lienzo. Un ejemplo muy claro de esta etapa son sus obras de la serie Paisajes con el Monte Fuji, donde la montaña icónica se convierte en un eje simbólico que sostiene un terreno fluido, a medio camino entre el recuerdo y la visión.

Ese giro hacia una pintura más silenciosa pero cargada de intensidad anímica es también el germen de su comprensión del paisaje como algo más que una representación del exterior: se trata de un espacio donde memoria, cuerpo, naturaleza y mito se entrelazan en una superficie cambiante.

Motherscape en la Albertina de Viena: maternidad, identidad y cambio

Una de las exposiciones más ambiciosas dedicadas a Ikemura hasta la fecha es “Motherscape” en la Albertina de Viena, abierta al público hasta el 6 de abril de 2026. Esta muestra reúne un amplio conjunto de pinturas luminosas, dibujos de gran economía de medios y esculturas realizados en diversos materiales, como terracota vidriada, vidrio y bronce, para abordar temas de alcance universal: la feminidad, el cambio, la identidad o la relación entre humanidad y naturaleza.

El título “Motherscape” juega con la idea de un “paisaje de la maternidad”, un ámbito mental y emocional en el que la fuerza maternal no se limita a la maternidad biológica, sino que se entiende como una energía creativa, nutriente y transformadora presente en todos los seres vivos. Desde esta perspectiva, la maternidad deja de ser un rol encasillado en un género y se convierte en una metáfora de la imaginación artística y de la capacidad de cuidar, gestar y alumbrar nuevas formas de vida y de pensamiento.

La exposición se organiza en varias secciones que permiten seguir los motivos recurrentes de Ikemura. Entre ellos destacan los seres híbridos que fusionan cuerpos humanos con elementos del paisaje, evocando una conexión estrecha entre las personas, los animales, las plantas y el entorno. En estas figuras, la frontera entre piel y tierra, entre cabello y follaje o entre extremidades y olas se vuelve porosa.

La muestra incluye alrededor de cuarenta trabajos entre pinturas, esculturas y assemblages, y evidencia el interés de Ikemura por una expresividad que se sostiene tanto en la delicadeza de los matices cromáticos como en la contundencia silenciosa de sus formas escultóricas. La maternidad aparece una y otra vez, pero reinterpretada como potencia vital que atraviesa cuerpos y paisajes, no como imagen convencional de madre e hijo en clave doméstica.

Paisajes como ritmos corporales y espacios en transformación

Dentro de “Motherscape” y en el conjunto de su obra, los paisajes de Ikemura no responden a una concepción clásica del género. Ella misma los describe como “ritmos corporales y movimientos ondulantes que crean espacios”. La naturaleza no se representa como algo fijo frente a una mirada externa, sino como una extensión del propio cuerpo y de sus latidos, respiraciones y cambios de estado.

En sus pinturas abundan las capas translúcidas de color superpuestas, que generan una sensación de niebla viva. Las transiciones suaves entre luces y sombras logran que la figura y el fondo casi se confundan, de manera que ya no es evidente dónde termina el cuerpo y comienza el paisaje. Este desdibujamiento refuerza la idea de fusión entre interior y exterior.

La luminosidad y las gamas cromáticas son fundamentales a la hora de construir esos espacios pictóricos. El uso de gradientes, veladuras y zonas de color muy sutiles permite que la abstracción y la figuración queden enlazadas en una misma superficie. No encontramos contornos tajantes, sino formas que se intuyen, emergen, se repliegan o se deshacen, generando un dinamismo contenido pero constante.

En muchas de estas escenas, el horizonte aparece apenas sugerido, o bien se multiplica en líneas ondulantes que recuerdan costas, montañas o mares en calma. La mirada del espectador oscila entre reconocer rasgos humanos, perfiles de niñas o animales y, al mismo tiempo, percibir todo ese conjunto como un paisaje continuo, casi orgánico.

Esta manera de entender el paisaje, profundamente ligada al cuerpo y al cambio, está también en sintonía con una visión animista del mundo, donde cualquier elemento natural posee una interioridad y una energía propias. La pintura se convierte, así, en un campo de fuerzas más que en una ventana hacia una escena estable.

Figuras femeninas y sección Girls: vulnerabilidad, deseo de cambio y conciencia en evolución

Uno de los conjuntos más llamativos del trabajo de Ikemura es el de sus figuras femeninas en proceso de transformación, muchas de ellas agrupadas bajo el epígrafe Girls. Estas niñas y jóvenes no son retratos de personas concretas ni representaciones naturalistas; funcionan más bien como encarnaciones del devenir, de la incertidumbre, del deseo de cambio y de un estado mental en plena ebullición.

Las figuras no siguen una fisonomía cerrada: a menudo, sus cuerpos parecen medio disueltos, abiertos, incompletos o en tránsito. Esa falta de definición no implica fragilidad en un sentido negativo, sino una apertura física y anímica que deja ver su vulnerabilidad, su esperanza y sus expectativas. No son personajes acabados, sino seres en obra, atravesados por emociones fluctuantes.

Dentro de este grupo se despliegan varios arquetipos que Ikemura reinterpreta a su manera. Está la niña primigenia, que nunca se asienta del todo en una forma fija y permanece en un estado de gestación constante. Hay también figuras de niña o mujer que encarnan la potencialidad maternal más allá de los roles culturales, y otras que adoptan un punto de vista elevado, casi espiritual, observando el mundo desde arriba.

Estas últimas, que contemplan la realidad desde una cierta distancia, parecen funcionar como testigos silenciosos de lo que ocurre abajo: guerras, crisis ecológicas, cambios sociales y, al mismo tiempo, pequeños gestos de cuidado y resistencia. En todas estas variantes, las chicas de Ikemura se enfrentan sin rodeos al entorno que las rodea, aun cuando su forma sea inestable.

En paralelo, muchas de las esculturas que se sitúan en el ámbito de lo femenino presentan cuerpos reclinados o recogidos, en una especie de intervalo entre trauma y calma. No son tanto escenas de reposo idílico como imágenes de ese momento de quietud que llega cuando la ola del dolor retrocede un poco, algo especialmente resonante en la era posterior a la pandemia y a los desastres medioambientales recientes.

El devenir constante: obra abierta, azar y materiales que “hablan”

Para Leiko Ikemura, una obra no se da por cerrada de manera tajante. Según su propia concepción, cada cuadro, cada escultura y cada dibujo forman parte de un proceso continuo. El devenir no es solo un tema representado, sino un principio de trabajo. Su método es intenso, físico e intuitivo, atento a las reacciones de los materiales y abierto a la intervención del azar.

En sus esculturas, la arcilla, el bronce o el vidrio no se utilizan como soportes neutros que obedecen dócilmente a la voluntad de la artista. Ikemura insiste en que quiere que sea el material el que tome la iniciativa, que “hable” y la guíe. La rugosidad del barro, la transparencia del vidrio o la pátina del bronce determinan de forma decisiva la forma última, la superficie y la expresión de las figuras.

Así, las gradaciones de color, las refracciones de la luz sobre el vidrio, las zonas opacas y los brillos, junto con las texturas irregulares, confieren a las obras una presencia vibrante, casi palpitante. En paralelo, las grietas, roturas y huellas dactilares quedan visibles, registrando el proceso de creación como parte inseparable de la pieza final. No hay borrado de las cicatrices del trabajo, sino una reivindicación de ellas.

En sus dibujos, pasteles y trabajos sobre papel, ese devenir se manifiesta en el fluir de las líneas, en motivos que emergen, se deshacen y reaparecen transformados. Las formas nunca están completamente cerradas; se dan como hipótesis, como estados provisionales de algo que podría seguir cambiando.

En síntesis, para Ikemura la transformación paulatina es también una experiencia física y corporal. El cuerpo de la artista, su gesto, su respiración, intervienen en la configuración de cada trazo, cada huella en el barro o cada capa de pigmento. La obra queda, así, como un corte en un proceso mayor que, en teoría, podría continuar.

Esencia: conexiones entre humanos, animales y árboles

Otra sección clave de la exposición en la Albertina, titulada Esencia, reúne estructuras humanas, animales y vegetales entrelazadas, que apuntan a un mundo en el que todo está interconectado. Ikemura concibe los animales como “seres espirituales con su propia energía emocional” y considera a los árboles como organismos que a menudo sobreviven a muchas generaciones humanas, guardando una memoria del tiempo.

En esta línea, sus esculturas adoptan con frecuencia formas permeables, con huecos que dejan pasar la luz y el aire. Muchos cuerpos no son macizos, sino que presentan cavidades o pasajes que incorporan el espacio circundante como parte de la obra. Esta permeabilidad material sugiere una coexistencia abierta entre figura, luz y entorno, en lugar de un objeto aislado y cerrado sobre sí mismo.

Las siluetas redondeadas y suaves de muchas de estas piezas recuerdan a frutos, colinas, semillas o animales agazapados. No se trata tanto de esculpir un ser identificable al detalle, sino de aludir a configuraciones naturales que parecen poder evolucionar hacia diferentes direcciones. De nuevo, el motivo del devenir late bajo la superficie.

En este ámbito, la influencia de una visión holística del mundo es evidente: el ser humano no aparece como centro absoluto, sino como un nodo más en una red compleja de relaciones con la fauna, la flora y los elementos. La espiritualidad aquí no es abstracta; se manifiesta en la forma concreta de los cuerpos y en su modo de integrarse con el espacio.

Esculturas híbridas y el cuerpo reclinado frente al trauma

Entre las esculturas más reconocibles de Ikemura se encuentran varias figuras con pátinas de color sutil, muchas de ellas en posición reclinada, como si estuvieran flotando o hundiéndose en la línea de un horizonte líquido. Cuatro de estas piezas —Figura Doble, Niña Gato Acostada, Niña Acostada y Niña Gato con Usagi— presentan apariencia de muchacha, pero al mismo tiempo recuerdan a flores abiertas, cuerpos vegetales o seres animales.

En estas obras se refuerza la idea de fusión de naturaleza, animales y plantas en criaturas híbridas que habitan un espacio común. No hay separación tajante entre reino humano y no humano; todo participa de un ciclo de vida compartido, en el que los cuerpos cambian de forma y de función.

En lugar de la postura habitual de tumbarse boca arriba, las figuras se muestran boca abajo o de lado, a veces con las manos entrelazadas frente al pecho. Cuando las manos no tapan los rostros —algo que, según explica la propia Ikemura, serviría para borrar la identidad individual—, aparecen unidas de forma firme, como en un gesto de recogimiento o de oración laica.

Conjunto, estas figuras reclinadas dan cuerpo a un instante numinoso de calma, un momento de quietud que se instala tras el retroceso de la “marea del trauma”. No se trata de un paraíso idílico, sino de ese periodo frágil y cargado de incertidumbre en el que el daño ha pasado su pico pero el futuro sigue siendo incierto, una condición que muchos reconocen tras la experiencia global de la pandemia.

En varias presentaciones públicas —por ejemplo, sobre las aguas del lago sur del Hemisfèric en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia— estas esculturas se colocan sobre pedestales ovalados que las hacen parecer figuras flotantes entre agua y arquitectura. Esa instalación, diseñada por el arquitecto Philipp von Matt, refuerza la sensación de suspensión y tránsito.

Usagi Greeting y la gran muestra al aire libre en Valencia

La Ciudad de las Artes y las Ciencias de València ha acogido una de las presentaciones más significativas de Ikemura en España. En esta ocasión se mostraron seis esculturas de la artista, entre ellas la enorme Usagi Greeting, instalada sobre el lago del Hemisfèric hasta marzo de 2022. La pieza representa a una liebre-bodhisattva, entendida como “madre de todas las existencias”, una figura protectora con un marcado componente espiritual.

“Usagi Greeting” es un ser híbrido y hueco en su interior, con una abertura en la parte delantera de la falda y largas orejas que actúan como antenas orientadas hacia el universo. Las connotaciones budistas se entrelazan con un imaginario contemporáneo que conecta la escultura con la idea de transmisión, escucha y cuidado hacia todas las formas de vida.

Junto a esta gran figura erguida se expusieron otras obras como Figure with Three Birds y las ya mencionadas cuatro figuras yacentes (Double Figure, Cat Girl Lying, Lying Girl y Catgirl with Usagi), todas ellas realizadas en bronce con ligeras pátinas de color. El montaje aparente sencillo, pero técnicamente complejo, hacía que las piezas descansaran sobre bases elípticas que las hacían parecer suspendidas sobre la superficie del agua.

Esta intervención se concibió dentro de una apuesta de la Ciudad de las Artes y las Ciencias por el arte público y el diálogo entre ciencia, naturaleza y creación. El acceso libre permitía que cualquier visitante se encontrase de improviso con las esculturas, sin necesidad de entrar en un museo, generando una experiencia de contemplación abierta y cotidiana.

Ese mismo conjunto de obras, bajo el título “AQUÍ ESTAMOS / HERE WE ARE”, ha viajado también a otros espacios públicos, como Puerto Banús, en Marbella, en 2022, reforzando la dimensión itinerante y expansiva de esta familia de esculturas híbridas.

Usagi Kannon: duelo nuclear, compasión y ciclo de destrucción y creación

Entre las piezas icónicas de Ikemura destaca Usagi Kannon, una escultura monumental (en una de sus variantes, conocida como USAGI KANNON (340), 2012/24) que combina rasgos humanos y animales con referencias tanto budistas como cristianas. La obra nació a raíz de un artículo sobre un conejo nacido con malformaciones a causa de una fuga nuclear tras el Gran Terremoto del Este de Japón de marzo de 2011.

La figura, con orejas de conejo y rostro lloroso, funciona como símbolo de un duelo universal que no se limita a una tragedia nacional. Encierra preocupaciones sobre el futuro del planeta, sobre los riesgos del desarrollo tecnológico descontrolado y sobre la vulnerabilidad compartida de humanos y animales ante las catástrofes ambientales.

Al mismo tiempo, como bodhisattva-coneja protectora, Usagi Kannon encarna la idea de compasión activa y de protección de todas las criaturas. La escultura remite a la vez al sufrimiento y a la posibilidad de cuidado, subrayando el ciclo de destrucción y creación que atraviesa la historia de la Tierra y de las sociedades humanas.

Esta obra ha tenido una notable presencia en parques y espacios públicos de instituciones como el Sainsbury Centre Sculpture Park en Norwich, el Georg Kolbe Museum en Berlín o el Kunstmuseum Basel, reforzando su papel de icono contemporáneo de duelo, memoria y esperanza.

La luz en el horizonte: exposición en Heredium Museum, Corea del Sur

En el Heredium Museum de Daejeon, Corea del Sur, Ikemura protagoniza la exposición “Light on the Horizon”, su primera gran muestra en un museo coreano y la segunda exposición individual contemporánea que presenta esta institución tras dedicar una retrospectiva a Anselm Kiefer. Aquí se profundiza en el motivo del horizonte, central en la obra de la artista.

El mar, presente desde su infancia en Tsu, reaparece como escenario simbólico clave. En la exposición se menciona un episodio en el que, viajando en tren por la línea Tokai, Ikemura contempló de nuevo el horizonte marino con una intensidad especial, casi como si fuera la primera vez. Esa visión se convirtió en una marca imborrable y en un motor de imaginación sobre otros mundos posibles más allá de la línea que separa cielo y agua.

En Heredium se presentan grandes pinturas de la serie de Cosmic-scapes, como BEFORE THUNDER & AFTER DARK (2014/17) o SINUS SPRING (2018). Estas obras, realizadas principalmente en la década de 2010, expresan una cosmovisión animista de raíz oriental, con fondos de espacio aparentemente infinito y figuras que cruzan los límites entre lo humano y lo animal.

Las superficies están trabajadas con colores muy variados y materiales naturales como el cáñamo (urtiga) o la yute, potenciando la sensación de partículas de color que se expanden y vibran. Las formas sugieren interioridades que no se pueden capturar solo con la vista: hay una invitación a imaginar lo que no es visible pero se intuye al otro lado del horizonte.

El propio edificio de Heredium, una antigua sede de la Oriental Development Company de 1922 restaurada como complejo multicultural, se convierte en parte del discurso: ver la obra de Ikemura en un espacio cargado de memoria histórica y colonial acentúa la idea de cruce entre tiempos y contextos, y de expansión de los límites tradicionales del museo.

Esculturas de vidrio y nuevas formas de hibridación

Desde 2019, las esculturas de vidrio han ganado un peso notable dentro del lenguaje visual de Ikemura. Estas piezas exploran aún más el tema de la hibridez, poniendo en relación cuerpos humanos, animales y formas naturales a través de la transparencia y la refracción de la luz.

En estos trabajos, el vidrio encarna la idea de cruce: el material deja pasar la luz, la atrapa, la multiplica y la colorea, generando efectos que cambian según la posición del espectador y la iluminación. La artista ha explicado que, al observar cómo la luz queda capturada en el interior de estas esculturas, sintió una renovada sensación de esperanza, como si esas pequeñas cámaras de resplandor fueran reservas de energía anímica.

Las figuras que emergen en el vidrio suelen ser híbridas: ni completamente humanas, ni del todo animales, ni simples abstracciones. Funcionan como símbolos de una coexistencia fundamental entre distintos tipos de vida, en la que ninguna forma se impone sobre las demás de manera absoluta.

Estas obras de vidrio dialogan también con la tradición de los objetos sagrados o rituales, sin reproducirla literalmente. El brillo, la fragilidad y la capacidad de proyectar color en el espacio circundante refuerzan la impresión de estar ante presencias que, sin ser figurativas de manera banal, resultan intensamente cargadas de significado.

En conjunto, las esculturas de vidrio amplían el repertorio formal de Ikemura y profundizan en su búsqueda de una poética de la interdependencia entre seres, elementos y planos de realidad visibles e invisibles.

Exposiciones y presencia internacional de Leiko Ikemura

Desde principios de los años ochenta, la obra de Ikemura se ha mostrado en exposiciones individuales y colectivas en todo el mundo. Además de las ya mencionadas en Viena, Basilea, Tokio, Daejeon o València, cabe destacar muestras en instituciones como el Nordiska Akvarellmuseet de Skärhamn, el Deutsches Keramikmuseum Hetjens en Düsseldorf, el Museo de Arte de Nevada en Reno, el Museo de Arte de Asia Oriental en Colonia o el Museo del Jardín de Esculturas Vangi en Mishima.

En España, además de la intervención en la Ciudad de las Artes y las Ciencias, el Centro de Arte Caja Burgos (CAB) presentó en 2021 la exposición “Aún más mañanas”, que profundizaba en la dimensión diurna y nocturna de sus paisajes, así como en sus figuras femeninas en metamorfosis. Ikemura también ha sido incluida en proyectos como la muestra “ABSTRACCIÓN / SIMULACIÓN”, donde se ponía en diálogo su trabajo con otras prácticas contemporáneas.

Sus catálogos y entrevistas —producidos por galerías y museos como la Galerie Michael Haas en Berlín, la Galerie Samuel Lallouz o el Kunstmuseum Basel, entre otros— han contribuido a perfilar una reflexión teórica sustancial en torno a su práctica, abordando cuestiones de género, identidad cultural, migración, espiritualidad y ecología.

Las obras de Ikemura forman parte de colecciones de una larga lista de instituciones de referencia: además del MOMAT de Tokio y del Museo Nacional de Arte de Osaka, se encuentran en el Mumok (Museum Moderner Kunst Stiftung Ludwig) de Viena, en el Museo zu Allerheiligen de Schaffhausen, en el Kupferstichkabinett de los Staatliche Museen zu Berlin, en el Museo de Arte de la Ciudad de Takamatsu, en el Centre Pompidou de París y en muchas otras colecciones públicas y privadas.

Esta sólida presencia internacional refuerza su posición como artista capaz de articular discursos profundamente locales y, al mismo tiempo, universales, hablando desde su experiencia biográfica concreta hacia problemas que atraviesan nuestra época: la crisis ecológica, las migraciones, la fragilidad del cuerpo, la necesidad de cuidado y la búsqueda de nuevas formas de comunidad.

Mirar la obra de Leiko Ikemura significa adentrarse en un territorio donde los cuerpos humanos se mezclan con montañas, mares, flores y animales, donde la maternidad se amplía hasta convertirse en una fuerza creativa que sostiene la vida, y donde cada forma está siempre a punto de cambiar. Entre paisajes ondulantes, niñas en tránsito, liebres protectoras y esculturas de vidrio atravesadas por la luz, su trabajo propone una forma de estar en el mundo más atenta, más permeable y más compasiva, en la que la frontera entre naturaleza y humanidad se disuelve a favor de una red de vínculos en constante movimiento.