Las últimas memorias de Ozzy Osbourne se han convertido en un acontecimiento editorial y musical de primer nivel. Bajo el título original Last Rites, publicado en España como Últimos ritos, el mítico vocalista de Black Sabbath deja por escrito su adiós definitivo, mezclando confesiones demoledoras, humor negrísimo y una sinceridad que desarma.
En estas páginas, el llamado Príncipe de las Tinieblas repasa sus últimos años de vida marcados por la enfermedad, recuerda los momentos clave de su carrera en solitario y con Black Sabbath, y rinde tributo a amigos caídos como Lemmy Kilmister, Bon Scott o John Bonham. El resultado es un testimonio brutalmente honesto que muestra al Ozzy más humano, frágil y, al mismo tiempo, tozudamente vital.
Qué son las últimas memorias de Ozzy Osbourne: Últimos ritos
El libro Last Rites es el proyecto autobiográfico final de Ozzy Osbourne, completado poco antes de su fallecimiento. En España llega a las librerías con el título Últimos ritos y se presenta como el cierre definitivo de la historia personal y artística del legendario cantante, figura clave en la creación y consolidación del heavy metal.
La edición española de Últimos ritos se publica el 8 de enero, con gran expectación entre los seguidores del rock y, en general, entre cualquier lector interesado en una vida que parece sacada de una película extrema. El texto fue terminado apenas unas semanas antes de la muerte del músico, lo que le otorga ese carácter de testamento vital que sobrevuela cada capítulo.
En estas memorias, Ozzy repasa con total crudeza los problemas de salud que le golpearon con fuerza durante sus últimos años: operaciones sucesivas, la convivencia diaria con la enfermedad de Parkinson, lesiones que derivaron en una parálisis casi completa y la obligación de abandonar por completo la vida en la carretera y los conciertos.
Junto a la parte física, el libro se mete de lleno en la esfera emocional: el papel de su familia, el peso del matrimonio con Sharon Osbourne, la culpa por errores pasados, el miedo a la muerte y, sobre todo, una idea que se repite como un mantra: aunque pudiera, no cambiaría nada de lo vivido, por muy autodestructivo que haya sido su camino.
La obra está escrita en colaboración con el periodista Chris Ayres, con quien ya había trabajado anteriormente. El estilo mantiene el sello clásico de Ozzy: grosero cuando toca, directo, con un humor oscuro que aligera incluso los pasajes más tensos. Crítica y público han destacado precisamente esa ausencia de edulcorantes: no hay autocompasión, pero tampoco postureo heroico.
Una vida al límite: enfermedad, caída y resistencia
A los sesenta y nueve años, Ozzy vivía un momento profesional que podría haber sido el broche dorado de su carrera. Estaba inmerso en una gira de despedida apoteósica, llenando estadios en medio mundo y recibiendo críticas entusiastas por su estado de forma y su entrega sobre el escenario.
Sin embargo, en apenas unas semanas todo saltó por los aires. Lo que comenzó como una infección en un dedo acabó desembocando en una cadena de complicaciones médicas que lo llevaron al hospital, a la cancelación de la gira y, finalmente, a una parálisis casi total del cuello hacia abajo. En Últimos ritos, Ozzy narra ese descenso con un tono mordaz, sin ahorrar detalles ni dramatismo.
La narración de este periodo mezcla escenas de dolor físico extremo con observaciones sarcásticas sobre médicos, hospitales, rehabilitaciones interminables y la frustración de alguien que siempre se había definido por su energía en directo. El contraste entre el tipo que se tiraba al público en los años 70 y el hombre que necesita ayuda para levantarse de la cama es uno de los ejes emocionales del libro.
A lo largo de estas páginas, Ozzy también reflexiona sobre el impacto de la enfermedad de Parkinson en su vida diaria: temblores, pérdida de autonomía, miedo a convertirse en una carga y la sensación de que, por primera vez, no puede salir del agujero solo con actitud gamberra y rock and roll. Pese a todo, insiste en que sigue agradecido por seguir vivo tanto tiempo después de todas las locuras cometidas.
Hay un punto especialmente duro cuando explica cómo esas dolencias le obligan a renunciar por completo a los escenarios. Para alguien que se ha pasado décadas girando por el mundo, esa renuncia no es solo profesional, es casi una amputación de su identidad. No obstante, Ozzy lo cuenta sin victimismo, como si aceptara que, de algún modo, llevaba toda la vida desafiando a la muerte y esta, finalmente, viene a ajustar cuentas.
El matrimonio con Sharon y el refugio de la familia
Una parte fundamental de Últimos ritos está dedicada a la relación de Ozzy con Sharon Osbourne. Lejos de limitarse a una historia de amor idealizada, el libro muestra un matrimonio turbulento, lleno de altibajos, traiciones, peleas monumentales y reconciliaciones a prueba de todo, pero que termina erigiéndose en el pilar que mantiene a Ozzy en pie.
Ozzy no escatima detalles a la hora de explicar cómo Sharon le salvó la vida en los momentos más bajos. Desde la época en la que él se hundía en alcohol y drogas tras ser expulsado de Black Sabbath, hasta sus últimas batallas contra la enfermedad, ella aparece como la persona que tira de él cuando está dispuesto a dejarse ir, quien toma decisiones duras y quien soporta las consecuencias de su caos.
En el libro se rescata aquella primera visita de Sharon a Ozzy en un apartamento de West Hollywood, en plena decadencia tras su salida de Sabbath. Él apenas se mantenía en pie, rodeado de latas de cerveza, completamente perdido y sin planes de futuro. Sharon, que entonces trabajaba para su padre, el temido mánager Don Arden, le propone representarle si es capaz de poner un mínimo de orden en su vida.
Ese momento se presenta como un giro decisivo: de estar al borde de quedar arrinconado para siempre, Ozzy pasa a tener a alguien dispuesto a arriesgar con él. A lo largo de las memorias, se repite la idea de que sin Sharon estaría muerto. No es una frase lanzada al azar: el propio Ozzy la argumenta con episodios concretos, desde sobredosis hasta decisiones de negocio clave, en los que ella fue su ancla.
La familia, en general, ocupa un espacio notable en estas últimas memorias. Ozzy habla del papel de sus hijos, del sentimiento de culpa por haber sido un padre ausente durante muchas etapas y del deseo, en sus últimos años, de reparar daños emocionales y pasar más tiempo cerca de los suyos. Esa voluntad de volver a las raíces también se refleja en su alegría por regresar a Aston, en Birmingham, el lugar donde empezó todo.
Black Sabbath, el origen del heavy metal y el mito del Príncipe de las Tinieblas
Otro bloque importante del libro mira hacia atrás, a los tiempos de Black Sabbath y al nacimiento del heavy metal tal y como lo conocemos. Ozzy cuenta cómo el grupo buscaba sonar más oscuro, más pesado y más inquietante que cualquiera de sus contemporáneos, tanto en música como en letras, tratando temas como Satanás, demonios o la muerte cuando casi nadie se atrevía a hacerlo.
En las memorias, el cantante reconoce que, para él, la primera canción realmente pesada fue You Really Got Me, de The Kinks, cuyo riff le explotó la cabeza cuando aún era un chaval y marcó el inicio de su obsesión con la música. Se pasó tanto tiempo escuchando el single que tuvo que comprarlo varias veces porque lo desgastaba literalmente, para desesperación de su padre.
El primer disco de Sabbath, publicado en 1970 y titulado Black Sabbath, fue concebido deliberadamente para ser más brutal que nada de lo que habían hecho antes. El sonido sombrío, las letras sobre figuras siniestras y la atmósfera casi de película de terror hicieron que parte del público se asustara de verdad. Mucha gente iba a misa y creía firmemente en el diablo, así que los temas de Sabbath se interpretaban como algo más que simple ficción.
Ese impacto llevó a que se les colgara la etiqueta de inventores del heavy metal y, al propio Ozzy, el apodo de «Príncipe de las Tinieblas». Él asegura que la imagen de banda satánica se les fue de las manos: para muchos, Sabbath solo hacía música macabra, pasando por alto la ironía y el componente teatral. Incluso se llegó a decir que el apodo de Ozzy estaba inspirado en un verso de El paraíso perdido de John Milton, aunque él admite sin tapujos que no tenía ni idea de quién era Milton.
En Últimos ritos se percibe que Ozzy contempla esa construcción del mito con una mezcla de orgullo y distancia. Es consciente de que la estética oscura y las polémicas le ayudaron a hacerse un nombre, pero también de que durante años se le redujo a un personaje casi caricaturesco, obviando la música y el esfuerzo que había detrás de cada disco y cada gira.
Del abismo tras Sabbath al renacer con Blizzard of Ozz
Después de ser expulsado de Black Sabbath en 1979, Ozzy describe un periodo en el que su vida parecía haber tocado fondo. Los antiguos compañeros consideraban que estaba «acabado», atrapado en sus propios excesos. El cantante se refugia en un apartamento pequeño en un bloque llamado Le Parc, en West Hollywood, donde pasa sus días bebiendo sin parar y encerrado en la oscuridad.
En este tramo de las memorias, la sensación de derrota es total. Ozzy cuenta cómo se limitaba a pedir alcohol a domicilio, con las persianas bajadas, el aire acondicionado a tope y la chimenea encendida a la vez, porque esa mezcla absurda de frío y calor le recordaba a su hogar en Inglaterra. Mientras tanto, su esposa de entonces se había quedado allí con los hijos, esperando a que él encontrara algún trabajo que evitara la ruina familiar.
La presión no era solo económica. Con 31 años, Ozzy se veía a sí mismo como un músico demasiado mayor para empezar de cero, temiendo que terminaría gastando los pocos ahorros que le quedaban y pediría un empleo en la construcción para poder sobrevivir. En su cabeza, era muy probable que su trayectoria artística hubiera llegado a su fin.
La intervención de Sharon supuso el cambio de guion. Ella, trabajando para Don Arden, se planta en su apartamento, le suelta que ponga un poco de orden en aquel caos y le ofrece representarle. Ozzy, borracho, en calzoncillos y rodeado de mierda por todas partes, apenas puede creer lo que oye. A partir de ahí comienza el camino hacia Blizzard of Ozz, el disco que redefiniría su carrera en solitario.
Las memorias dedican páginas muy vivas a la gestación y el lanzamiento de Blizzard of Ozz en Estados Unidos. El álbum ya había salido en Reino Unido y se jugaban mucho con la edición americana, bajo el sello Epic, parte de CBS Records. Ozzy, presionado y nervioso, recurre a lo único que conocía para apaciguar sus demonios: beber hasta el extremo antes de la gran reunión con el departamento de marketing de la discográfica.
Palomas, murciélagos y una reputación forjada a mordiscos
Uno de los episodios más célebres y escabrosos de la carrera de Ozzy ocupa un lugar destacado en estas últimas memorias: la historia de las palomas y el murciélago. Todo arranca con la idea de montar un golpe de efecto en la reunión con los ejecutivos de Epic. Alguien compra dos palomas blancas y la teoría es que Ozzy las suelte por la ventana mientras dice algo como «paz» o «rock and roll».
El propio Ozzy reconoce que el plan le parecía una chorrada, entre otras cosas porque las palomas no paraban de ensuciarle los bolsillos de la chaqueta. Pero Sharon insistía en que aquella era su oportunidad de destacar entre raperos, cantautores y otros artistas que se presentarían ese mismo día ante el equipo de marketing de la discográfica.
En la reunión, tras escuchar temas como Crazy Train, Ozzy se sienta en las rodillas de una ejecutiva y, tal como estaba previsto, saca una de las palomas y pronuncia la palabra de turno. La sala reacciona con un «oooh» generalizado. En ese momento, Ozzy, en plena juerga de 36 horas, decide ir un paso más allá: muerde la cabeza de la paloma y la arranca de cuajo, con sangre y plumas volando frente a cámaras y ejecutivos horrorizados.
El caos es absoluto: gritos, arcadas, llamadas a seguridad y a la Policía. Los guardias armados irrumpen en la sala y echan a Ozzy y Sharon del edificio, mientras la segunda paloma queda revoloteando por las oficinas. Aun así, paradójicamente, aquel escándalo se convierte en una herramienta de promoción brutal para Blizzard of Ozz. De la noche a la mañana, todo el mundo habla de ese lunático inglés que se come palomas vivas.
El propio Ozzy insiste en que, visto con perspectiva, lamenta profundamente lo que hizo. Hoy en día se declara incapaz de soportar la crueldad hacia los animales y asegura que la imagen de aquella paloma le acompaña siempre. Sin embargo, asume que forma parte de su historia y que, aunque le duela admitirlo, contribuyó a consolidar la leyenda alrededor de su figura.
A partir de ahí, la gira norteamericana se plantea casi como un circo de horrores controlado. En los conciertos, el equipo de Ozzy se dedicaba a lanzar cubos llenos de vísceras y restos de carnicería al público, jugando con la imagen de demente peligroso que se había creado. Lo que nadie esperaba es que los fans empezaran a devolver el juego, tirando todo tipo de cosas al escenario, algunas más peligrosas de lo que parecía.
En Des Moines, Iowa, durante un concierto en el Veterans Memorial Auditorium, alguien lanza al escenario lo que Ozzy cree que es un murciélago de juguete. Sin pensárselo demasiado, lo coge y repite la escena: muerde el animal. Solo entonces se da cuenta de que no era de goma. Ese episodio se convierte en una de las anécdotas más difundidas y distorsionadas de su carrera, alimentando todavía más el mito del Príncipe de las Tinieblas que muerde cabezas de bichos sobre el escenario.
Amistades, despedidas y el último concierto
Más allá del espectáculo, Últimos ritos dedica muchas páginas a las relaciones de Ozzy con otras leyendas del rock. El libro está plagado de recuerdos de noches salvajes, giras conjuntas y conversaciones íntimas con figuras como Lemmy Kilmister (Motörhead), Slash, Keith Moon, Bon Scott o John Bonham, entre otros.
Las memorias se detienen especialmente en los últimos momentos compartidos con Lemmy, fallecido en 2015. Ozzy relata sus encuentros finales con él, marcados por el deterioro físico del líder de Motörhead, pero también por una camaradería inquebrantable. Más que anécdotas morbosas, lo que transmite es un profundo respeto por alguien a quien consideraba un hermano de armas en el rock y en la vida.
También se abordan sus lazos con músicos de generaciones posteriores, como Slash o Zakk Wylde, que simbolizan el puente entre el metal clásico y las nuevas hornadas. Ozzy se muestra orgulloso de haber influido en tantos artistas, pero sin atribuirse más mérito del necesario: mantiene la actitud de tipo que nunca se terminó de creer del todo su propia leyenda.
Uno de los capítulos más emotivos es el que narra el concierto Back To The Beginning, celebrado el 5 de julio en Birmingham, ciudad natal de Black Sabbath. Aquel show fue concebido como el gran espectáculo de despedida de los escenarios, con la formación original de Sabbath y la participación de bandas de primer nivel como Metallica, Guns N’ Roses, Alice In Chains o Mastodon.
Ozzy describe ese concierto como un punto y final intensamente simbólico: regresar a la ciudad donde empezó todo, rodeado de amigos y compañeros de profesión, para decir adiós de forma consciente y meditada. Tras esa noche, asume que no volverá a actuar en directo. Pocas semanas más tarde, el 22 de julio, fallece a causa de los problemas de salud que llevaba arrastrando durante años, cerrando así un círculo vital y artístico que el libro ayuda a comprender.
Un legado que trasciende el metal y una voz que no se arrepiente
A lo largo de Últimos ritos, hay una idea que se repite cada poco: la gente le pregunta a Ozzy si, pudiendo volver a empezar con lo que sabe ahora, cambiaría algo. La respuesta es tajante: no. Si hubiera sido una persona responsable, sobria y prudente, no habría sido Ozzy Osbourne. Para bien o para mal, el paquete completo de errores, excesos y aciertos es lo que lo define.
El músico hace un repaso sincero a sus momentos de gloria y a sus fracasos más duros, aceptando que su vida ha sido una montaña rusa brutal. Ha viajado por todo el mundo, ha conocido a personas increíbles, ha gozado de éxitos gigantescos y también se ha pegado golpes dolorosos. En estas memorias deja claro que, a pesar de todo lo perdido, todavía se sentía agradecido por seguir vivo y por poder estar con su familia hasta el final.
Críticos y lectores han señalado que el libro es valiente, agrio y sorprendentemente inspirador. La actitud de Ozzy, lejos de intentar pulir su imagen, consiste en ponerlo todo sobre la mesa: las drogas, el alcohol, los comportamientos incontrolables y la manera en que casi destruyó todo lo que quería. Al mismo tiempo, muestra cómo fue capaz de rehacerse una y otra vez, apoyado en Sharon y en su banda.
El texto también ayuda a entender por qué ha logrado trascender sus propios apodos de «Padrino del Metal» y «Príncipe de las Tinieblas». A través de sus memorias, se dibuja una figura que, más allá de la escenografía diabólica y las anécdotas escabrosas, se ha convertido en un icono popular, alguien cuya historia conecta tanto con metaleros como con gente que no ha escuchado un disco suyo en su vida.
Con Last Rites, Ozzy Osbourne cierra su relato en primera persona con una mezcla de honestidad brutal, humor retorcido y una humanidad inesperada. Desde la invención del heavy metal junto a Black Sabbath hasta las palomas, el murciélago, las giras salvajes, la ruina emocional, el rescate a manos de Sharon y el complejo camino de la enfermedad, el libro deja una sensación clara: ha sido un viaje salvaje, irrepetible y profundamente humano, contado por alguien que, incluso al borde del final, se niega a pedir perdón por haber vivido a su manera.
