La ciudad y los perros fue la primera novela de Mario Vargas Llosa

Un tanto olvidada en la actualidad, la primera novela de Mario Vargas Llosa, La ciudad y los perros, causó una verdadera revolución en su día (1962). En postposmo queremos homenajearla con esta breve reseña, opinión, comentario. Cosa.

______________________

Cientos de muchachos de no más de dieciséis años se insultan, escupen y agreden día sí día también en el colegio militar Leoncio Prado de Lima, Perú. Los días transcurren lentos como la infancia, ya extinta. Infancia mutada en borroso y descosido recuerdo de tiempos adustos y no necesariamente mejores. El robo de un examen, el cristal de una ventana destrozada accidentalmente durante la huida, el castigo, la delación, los fusiles, la venganza, el drama. La gallina. Y el mensaje: hay que ver lo brutos que son (y que somos) los machitos. Nosotros, los casi hombres. Bestias averiadas todas. Entremedias, los perros se follan por turnos a una gallina y luego se comen su carne, toda “chamuscada y con pelos”, en una memorable y asquerosa escena que, por sí sola, amortiza la lectura de la novela. Es un decir.

Si hubiese que hacer un resumen de La ciudad y los perros de un párrafo. Hete aquí.

[Más reseñas de libros en nuestra sección de literatura]

A veces es difícil separar al Vargas Llosa literario del mediático. Separar al premio Nobel de la persona que tiempo atrás, a finales de los ochenta, intentó ser presidente de Perú. Separar al mito viviente del incansable opinador de ideología liberal, sonrisa permanentemente incrustada, tupé impoluto y cñiclica presencia en periódicos. Y ahora también en televisión desde lo de la Preysler. Hasta en Youtube. El vídeo más visto de Youtube relacionado con Vargas Llosa es un entrañable resumen sobre cómo es su nueva y maravillosa vida junto a Isabel Preysler. Y eso dice mucho.

Normalmente, esta separación de personalidades, esta ¿obligatoria? discriminación entre roles, sería una responsabilidad muy pertinente a la hora de describir un artefacto cultural: analizar y contextualizar la obra y nada más que la obra. Pero se comenta por ahí que la postposmodernidad va a llegar. Se comenta que eso de analizar una página sólo por lo que hay escrito en ella es como comerse una tortilla sin interesarle a uno si es de la abuela o del Mercadona. ¿Qué hacer cuando el sujeto en cuestión se declara profundo creyente del compromiso en la literatura y de sus posibles repercusiones en la historia? ¿Qué hacer cuando afirma que “el escritor puede ser un hombre útil en términos económicos, sociales y políticos? ¿Hasta qué punto una novela tiene capacidad para afectar a la sociedad? ¿La tenía hace 50 años?

Reseña de La ciudad y los perros

La ciudad y los perros se lanzó en 1962, en medio del boom. En medio de Gabriel García MárquezJulio CortázarCarlos Fuentes y colegas. Con sólo 26 años, Vargas Llosa supo buscar su hueco, encontrar su voz, marcándose estas 450 páginas de alta literatura que, tras vagar de editorial en editorial, vieron la luz en cuanto cayeron en las manos del ilustre editor Carlos Barral a.k.a. Seix.

Merece la pena señalar a modo de curiosidad que, ya en el mismísimo prólogo de La ciudad y los perros, puede leerse un sonrojante “Él [Carlos Barral] lo hizo premiar con el Biblioteca Breve”. Como si aquello de los premios literarios obedeciese al criterio privado de una sola persona, tal y como sugieren muchos opinadores de la cosa literaria. Hábrase visto semejante ordinariez. Mejor no comentar, quedémonos con la novela, quedémonos con el hueco, con la voz sin igual del peruano.

El compromiso (palabra peliaguda sea cual sea el contexto en el que se use) con el que Vargas Llosa lleva cimentando toda su carrera literaria ya está bien presente en esta, su primera novela. Un entrañable relato de juventudes raídas internas en una prisión con fachada de escuela, a caballo entre la ficción y los recuerdos (el propio Vargas Llosa fue alumno del Leoncio Prado), con el que el autor denunció el absurdo de la educación y las relaciones sociales basadas en el embrutecimiento y la exaltación de la virilidad.

Más de cincuenta años después, cabe preguntarse si aquella denuncia sirvió de algo. Cabe preguntarse por qué ese empecinamiento en envolver las historias con el celofán del propósito ideológico. La excusa social del artefacto literario.

El estilo es el tema

Donde más brilla La ciudad y los perros es en la total extrañeza en la que sumerje al lector. Brilla en ese nuevo párrafo con sus buenos  segundos de incertidumbre en los que el lector no entiende absolutamente nada y que le obligan a avanzar con tal de rebuscar esa clave que, cuando llega, tan agradecidamente arroja un poco, pero solo un poco, de luz en el proceso de comprensión de lo que está pasando.

Esa extrañeza que brota cuando, a las pocas páginas de comenzar La ciudad y los perros con ese in media res en el que uno no entiende nada más allá del examen que se dispone a hurtar el cadete Porfirio Cava, la narración tradicional en tercera persona se quiebra para sumergirnos en la yuxtaposición de oraciones sin signos de puntuación, surgidas de la cabeza de alguien que evoca su infancia, y luego el presente y luego vuelta al pasado de otro alguien, a medida que se nos regalan las piezas para conformar un rompecabezas que sólo será completado tras, como mínimo, una relectura.

Se ha de estar atento, muchísimo, porque el juego de voces, el enredo, la confusión, es constante, hermoso y necesario. Intrincadamente coral, la narración no siempre avisa del interior de qué cabeza estamos indagando. Muy a lo William Faulkner, influencia que el propio escritor siempre ha reconocido. Si uno ha leído El ruido y la furia, ese entrelazado de pensamientos y el constante paso atrás y adelante en el tiempo de La ciudad y los perros resulta familiar. Taambién todos los pasajes dedicados a la explicación del recuerdo de una infancia.

Además del protagonista, el cadete Alberto, leemos sobre algunos de sus compañeros, cada uno con un rol en la historia y algo por lo que mantenerse preocupado en la vida. Se usa un lenguaje cargadísimo de viril agresividad y violencia.  Y a pesar de todo, la carcajada de Vargas Llosa al final del relato todavía es más que probable. 100% spoiler free.

La trama de la escopeta y el muerto se vuelve secundaria de un modo imprevisible, suave y acertado. Atención también al vocabulario, exótico y cuidado, pero también obtuso e intrincado. Léxico a veces descifrable con el contexto y otras, diccionario Google, amigo mío: jalar, garúa, chavetazo, poto, afeite…y el persistente anglicismo extraño del piyama al que uno nunca es capaz de habituarse. A pesar de Cortázar.

La excusa o mensaje de La ciudad y los perros está al alcance de todos. Los perros es el apodo por el que se conoce a los cadetes de primer año en el Leoncio Prado. La ciudad es el todo, es la sociedad, el mundo real de allá fuera. Un mundo sin toque de corneta, ni señor sí señor, ni fines de semana castigados sin salir. La novela en un primer momento iba a llamarse Las bestias y la humanidad, título alternativo.

En 1992 Vargas Llosa, superado ya el fracaso electoral, afirmó trabajar “por que se reduzca la violencia, la intolerancia y la injusticia” en pos de una mayor “tolerancia en la diversidad”. Unos años antes de que se estancase su breve carrera política, un comando liderado por un chiquillo de dieciséis años trató de asesinarle a tiros. Seguramente el chaval no se contaba entre los lectores de Vargas Llosa. Y si lo era, no había terminado de entender el mensaje de La ciudad de los perros. O de comprarlo.

La idea de que haya habido un tiempo en el que las novelas gozasen de influencia en la sociedad suena a ciencia ficción. Por lo demás, La ciudad y los perros es una novela cinco estrellas.

[Más reseñas de libros: ‘Pureza’, de Jonathan Franzen]

Reseña y opinión de La ciudad y los perros


La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa
Madrid, Punto de Lectura 2006 (Fecha de publicación: 1962)
448 páginas | 10 euros