
La idea de una ciudad secreta bajo las pirámides de Egipto vuelve una y otra vez como si fuera un eco del pasado. Cada cierto tiempo, un nuevo estudio, una entrevista en un podcast o un vídeo viral reaviva el sueño de pasadizos infinitos, cámaras ocultas y bibliotecas perdidas bajo la meseta de Guiza. En los últimos años, un grupo de investigadores italianos ha colocado esta hipótesis en el centro del debate, asegurando que la tecnología de radar ha revelado un complejo subterráneo gigantesco a gran profundidad bajo las pirámides.
Sin embargo, cuando uno se aleja del ruido mediático y se fija en los datos técnicos, las críticas de especialistas y la arqueología consolidada, el panorama cambia bastante. Lo que para algunos se ha vendido como prueba casi definitiva de una ciudad bajo la arena, para la mayoría de expertos no pasa de ser una interpretación muy discutible de imágenes de radar, amplificada por ilustraciones espectaculares y redes sociales ávidas de titulares impactantes.
El origen de la polémica: italianos, radares y una ciudad bajo Guiza
El núcleo de toda esta historia parte del trabajo del químico italiano Corrado Malanga, profesor jubilado de la Universidad de Pisa, y del ingeniero y especialista en teledetección Filippo Biondi. Según sus declaraciones, un nuevo método de procesamiento de datos de radar de apertura sintética (SAR) les habría permitido “ver” muy por debajo de la meseta de Guiza, especialmente bajo la pirámide de Kefrén (también llamada Jafra o Khafre).
Estos investigadores afirman que las imágenes obtenidas muestran profundos pozos verticales, pasajes en espiral y grandes estructuras cilíndricas y cúbicas enterradas a cientos de metros, conformando lo que describen como un complejo subterráneo colosal. En sus propias palabras, amplificando los datos en el futuro, bajo las pirámides aparecería algo que “solo podría describirse como una auténtica ciudad subterránea”.
En uno de los relatos que han circulado, se habla de ocho cilindros huecos rodeados por formaciones helicoidales, interpretadas como escaleras de caracol, que llevarían a una enorme cámara de unos 500 metros cúbicos situada a casi 700 metros de profundidad bajo la pirámide de Kefrén. También afirman haber detectado estructuras similares bajo la pirámide de Micerino y un gran cilindro bajo la Esfinge, todos conectados mediante esa red de elementos en espiral.
En entrevistas y apariciones públicas, especialmente en el podcast estadounidense American Alchemy, Biondi ha sostenido que otras cuatro empresas habrían validado sus resultados al obtener patrones topográficos coincidentes. Según su discurso, las pirámides serían solo “la punta del iceberg”, una especie de coronación monumental de un gigantesco entramado que permanece completamente enterrado bajo la roca y la arena.
La extrapolación a todo el conjunto de Guiza y una cronología alternativa
El equipo no se queda solo en Kefrén. En declaraciones a medios internacionales, Filippo Biondi ha asegurado que los patrones identificados bajo Kefrén se repiten también bajo la pirámide de Micerino, lo que sugeriría que las tres pirámides principales de Guiza estarían alineadas sobre un mismo sistema subterráneo. Según sus cálculos, este complejo se situaría aproximadamente a unos 600-700 metros de profundidad, llegando en algunos textos a mencionarse incluso la cifra de unos 2.000 pies bajo el desierto.
Además, otro miembro del grupo, Armando Mei, ha querido encajar estas supuestas estructuras en una narrativa mucho más amplia. Partiendo de elementos como las incrustaciones de sal y las marcas de erosión hídrica en bloques cercanos a la Gran Pirámide, propone que Guiza habría sufrido una inundación catastrófica en la Antigüedad, vinculada a un impacto de cometa hace unos 12.800 años a. C.
Según esta línea argumental, el complejo de Guiza, lejos de datar de hace unos 4.500 años como acepta la egiptología, tendría en realidad decenas de miles de años de antigüedad, hablándose incluso de unos 38.000 años para la civilización responsable de las supuestas galerías subterráneas. Esta cultura habría sido destruida por aquel cataclismo, quedando las pirámides como herencia o “sombrero” de un sistema mucho más antiguo oculto bajo tierra.
En esta visión, las pirámides serían poco más que la parte visible de un enorme entramado subterráneo, quizá concebido como centro ceremonial, ciudad tecnológica o archivo de saberes arcaicos. No faltan quienes enlazan esta hipótesis con ideas de civilizaciones avanzadas perdidas, a veces vinculadas a leyendas como la Atlántida o a nociones esotéricas muy populares desde hace décadas.
Todo esto encaja además con un contexto más amplio de teorías alternativas que llevan años asociando Guiza con eventos cósmicos, inundaciones globales y culturas primigenias. Autores como el geólogo James Kennett han impulsado la llamada “hipótesis del cometa” señalando restos de impacto en lugares como Abu Hureyra, en la actual Siria, a unos mil kilómetros de Guiza, como posible evidencia de eventos climáticos extremos. Y divulgadores como Andrew Collins han recuperado inscripciones del Templo de Edfu que mencionan una inundación primordial que destruyó una enigmática población de los “Más Antiguos”, usándolas como apoyo indirecto para este tipo de narrativas, aunque los egiptólogos consideran esos textos principalmente simbólicos.
Viejas leyendas sobre pasadizos ocultos y salas de los registros
Que hoy se hable de una ciudad secreta bajo las pirámides no es casualidad: la idea encaja como un guante en un imaginario que viene de muy lejos. Ya en la Antigüedad clásica, textos atribuidos a Heródoto mencionaban pasadizos y estructuras subterráneas asociados a los monumentos egipcios, aunque su fiabilidad histórica es muy discutida. Durante la Edad Media y el Renacimiento, las referencias a galerías ocultas y cámaras misteriosas siguieron alimentando libros, crónicas y especulaciones filosóficas.
En el siglo XX, esta tradición dio un salto cuando el médium estadounidense Edgar Cayce popularizó la existencia de una supuesta “Sala de los Registros” oculta en Guiza, donde se conservarían conocimientos de una civilización anterior al Egipto faraónico, a menudo identificada con Atlántida. Desde entonces, cada vez que surge una nueva tecnología —radares, escáneres 3D, imágenes satelitales—, la expectativa de que por fin aparezca esa cámara mítica se dispara.
El reciente revuelo en torno a los datos de SAR no se entiende sin este contexto de mitos acumulados, literatura esotérica y cultura popular. Cuando las ilustraciones generadas por ordenador (y, en ocasiones, por herramientas de inteligencia artificial) muestran enormes columnas, túneles espirales y cámaras colosales bajo las pirámides, el impacto visual refuerza una narrativa que muchos llevan décadas esperando ver confirmada.
El problema es que esas imágenes no son fotografías del subsuelo, sino reconstrucciones más o menos especulativas, basadas en datos que, según numerosos especialistas, no permiten alcanzar ese nivel de detalle, ni mucho menos a las profundidades que se están proclamando en redes sociales y medios generalistas.
Qué es realmente el radar SAR y qué puede (y no puede) hacer
La tecnología de radar de apertura sintética (SAR) se utiliza desde hace años en observación de la Tierra, tanto desde satélites como desde aviones. Emite ondas de radar y, a partir de los ecos recibidos, genera imágenes de alta resolución de la superficie, permitiendo detectar cambios milimétricos en el terreno, analizar deformaciones del suelo, medir desplazamientos de glaciares o vigilar infraestructuras, entre muchas otras aplicaciones.
En el caso concreto que nos ocupa, los investigadores italianos sostienen que han aplicado un método novedoso de tratamiento de los datos SAR, procedentes del sistema de satélites italiano COSMO-SkyMed, consiguiendo así “profundizar” desde la interpretación de las vibraciones microscópicas naturales de la Tierra, hasta reconstruir supuestamente en 3D partes del subsuelo de Guiza. A partir de esa lectura, habrían inferido la existencia de los mencionados pozos, pilares y cámaras a alturas (o mejor dicho, profundidades) sin precedentes.
Sin embargo, fuentes técnicas de la Agencia Espacial Europea (ESA) consultadas por organismos de verificación han sido tajantes al explicar que la capacidad de penetración de este tipo de radar es muy limitada, del orden de milímetros o, como mucho, unos pocos centímetros. Es decir, sirve para analizar la superficie y, en condiciones concretas, pequeñas capas superiores, pero no para “ver” cientos de metros por debajo del suelo.
Estas mismas fuentes de la ESA han recalcado que, dado que no existe aún una revisión científica sólida por pares que avale la técnica propuesta ni sus resultados, no pueden respaldar la validez del enfoque. Recomiendan, de hecho, extremar la cautela al utilizar o difundir conclusiones tan espectaculares basadas en un método que, hoy por hoy, no ha sido refrendado por la comunidad científica.
Expertos en radar como Lawrence Conyers, de la Universidad de Denver, quien lleva años trabajando con georradares y técnicas afines, ha criticado abiertamente estas afirmaciones. Según ha explicado en entrevistas y vídeos divulgativos, la idea de que ondas de radar —independientemente de su origen— puedan alcanzar las profundidades de cientos de metros que se están mencionando no se sostiene con los conocimientos actuales. Ha llegado a calificar todo el asunto como una “enorme exageración” cuyo grado de grandilocuencia crece cuanto más se propaga en medios y redes.
Arqueólogos e instituciones ponen el freno: permisos, revisión y rigor
Más allá de la cuestión técnica del radar, muchos arqueólogos han mostrado su escepticismo ante la falta de procedimientos formales en esta investigación. Uno de los críticos más visibles ha sido el egiptólogo Zahi Hawass, exministro de Antigüedades de Egipto y figura de enorme peso en la gestión y estudio de Guiza.
Hawass ha señalado públicamente que los investigadores italianos no disponían de autorización del Consejo Supremo de Antigüedades de Egipto para llevar a cabo trabajos de este tipo, ni dentro de la pirámide de Kefrén ni en la meseta. Según sus explicaciones, no se han empleado dispositivos de radar en el interior de la pirámide, y actualmente no hay misiones arqueológicas trabajando en ella que estén relacionadas con esos supuestos hallazgos.
En sus mensajes, Hawass ha llegado a calificar las referencias a columnas o pilares bajo la pirámide como invenciones difundidas por personas sin formación sólida en historia egipcia ni en la arqueología de las pirámides. Subraya, además, que cualquier proyecto serio en un monumento de esta relevancia requiere un proceso estricto de validación institucional, permisos claros y supervisión científica, nada de lo cual se ha documentado en este caso.
Otros arqueólogos y divulgadores han intervenido también. El especialista Flint Dibble, de la Universidad de Cardiff, ha recordado que el radar de apertura sintética no está diseñado para penetrar kilómetros de roca, y que en el mejor de los escenarios se podría aspirar a unos pocos metros de profundidad. El comunicador científico Milo Rossi ha insistido en que las reconstrucciones tridimensionales difundidas en redes exageran y embellecen enormemente los datos originales, generando la ilusión de un nivel de detalle que en realidad no existe.
A esto se suma que el estudio principal del equipo italiano se publicó en 2022 en una revista de la editorial MDPI (Multidisciplinary Digital Publishing Institute), un sello que ha recibido abundantes críticas académicas por la rapidez de sus procesos editoriales y las dudas sobre el rigor de su revisión por pares. Con una media de 39 días entre la recepción del artículo y su publicación, muy por debajo de los meses habituales en revistas más consolidadas, muchos investigadores consideran que algunos títulos de MDPI actúan como revistas “predatorias”, más centradas en el volumen de publicaciones que en la calidad.
Limitaciones geológicas: nivel freático y contexto hidrológico de Guiza
Otro aspecto que rara vez aparece en los titulares sobre megaestructuras bajo las pirámides es el comportamiento del agua subterránea en la meseta de Guiza. Estudios hidrogeológicos recientes, como el firmado por Sharafeldin y colaboradores en 2019, muestran que el nivel freático en la zona se sitúa a escasa distancia de la superficie, apenas unas decenas de metros, y que este agua está causando problemas de erosión en monumentos como la propia Esfinge.
Si el agua se encuentra a tan poca profundidad, la idea de cámaras colosales y túneles a cientos de metros bajo la roca se vuelve aún más problemática. En tales condiciones, unas supuestas estructuras a 600, 700 o 2.000 pies de profundidad quedarían sometidas a una presión hidrostática inmensa y, muy probablemente, se encontrarían inundadas de forma permanente. Ningún indicio arqueológico fiable apunta a que algo así exista o haya existido.
En paralelo, otras investigaciones, como la realizada por Sheisha et al. en 2022, han arrojado luz sobre cómo se construyeron realmente las pirámides desde un punto de vista logístico. Sus trabajos demuestran que, entre aproximadamente 2600 y 2500 a. C., durante el auge de la construcción piramidal, una rama navegable del Nilo llegaba más cerca de la meseta de Guiza, facilitando el transporte de enormes bloques de piedra mediante barcazas.
Estos datos respaldan una visión en la que procesos naturales, ingeniería humana y organización social compleja permiten comprender la construcción de las pirámides sin necesidad de recurrir a tecnologías imposibles, ciudades subterráneas ocultas o intervenciones extraterrestres. Durante más de dos siglos, arqueólogos, geólogos e hidrólogos han ido completando un cuadro bastante sólido de cómo se levantaron y cómo han interactuado con su entorno.
Desde este prisma, el consenso actual es claro: no hay pruebas consistentes de la existencia de un complejo urbano secreto bajo las pirámides de Egipto. Lo que sí existe es un paisaje arqueológico vasto, con tumbas, galerías y estructuras subterráneas a profundidades razonables, bien documentadas, como el renacer de los colosos en Luxor, pero muy distinto del mega-laberinto que se ofrece en algunos relatos virales.
El papel de los medios, las redes y las imágenes espectaculares
Un elemento clave en la expansión de esta historia ha sido la manera en que medios de comunicación y redes sociales amplifican contenidos llamativos. Publicaciones en Facebook, Instagram, YouTube y otros canales han difundido mensajes contundentes: “Científicos descubren con tecnología SAR una ciudad subterránea bajo las pirámides de Guiza”, acompañados de vídeos donde se ven arqueólogos descendiendo a cámaras repletas de esculturas o ilustraciones de enormes tubos que se hunden en la arena.
En muchos casos, esas imágenes no guardan relación directa con el estudio citado, sino que proceden de recreaciones generadas por ordenador, contenidos de otros contextos arqueológicos o incluso materiales creados por inteligencia artificial para acompañar noticias virales. Aun así, al mezclarse con referencias a “investigadores italianos”, “nuevos métodos SAR” y “confirmación de empresas independientes”, dan la impresión de que todo está demostrado y perfectamente documentado.
Organismos de verificación y agencias como EFE Verifica han rastreado estos mensajes, comprobando que muchos de ellos hacen referencia a un único artículo discutido y a entrevistas promocionales, sin documentación adicional robusta ni publicaciones posteriores que confirmen los resultados iniciales. Incluso la ESA, como se mencionaba antes, ha pedido prudencia y ha evitado respaldar el empleo de la técnica tal y como se describe en esos trabajos.
La combinación de lenguaje sensacionalista, falta de matices técnicos y reutilización de imágenes espectaculares crea el caldo de cultivo perfecto para que mucha gente crea estar ante un descubrimiento revolucionario, cuando en realidad se trata, por ahora, de una hipótesis aislada, fuertemente cuestionada y sostenida por un grupo muy reducido de autores.
En este contexto, conviene recordar una pregunta nada trivial: ¿hasta qué punto es legítimo construir narrativas impactantes cuando chocan frontalmente con décadas de investigación contrastada? La atracción por los misterios es humana y comprensible, pero cuando se difunden como si fueran hechos demostrados, se corre el riesgo de desinformar, minar la confianza en la ciencia y eclipsar hallazgos reales, quizá menos vistosos, pero mucho más sólidos.
Vistas en conjunto, las afirmaciones sobre una ciudad secreta a centenares de metros bajo las pirámides se apoyan en una interpretación muy discutible de datos de radar, un contexto editorial polémico y la ausencia de verificaciones arqueológicas in situ, mientras que frente a ellas se sitúan las limitaciones físicas conocidas del SAR, los estudios hidrológicos de la meseta de Guiza y un amplio consenso científico que, por ahora, no ve más que humo donde algunos quieren ver una metrópolis perdida. El encanto del mito sigue ahí, pero los datos disponibles apuntan a que, bajo las pirámides, lo que tenemos son los restos de una civilización fascinante y bien documentada, no una ciudad secreta que cambie por completo lo que sabemos de la historia de Egipto.
