Por mucho que la cultura popular los haya rodeado de leyendas, los murciélagos destacan por un conjunto de habilidades biológicas únicas que combinan vuelo activo, sentidos finísimos y una mente sorprendentemente sofisticada. Lejos de ser criaturas siniestras, son piezas clave de los ecosistemas y un laboratorio viviente de adaptaciones evolutivas.
Además de ser los únicos mamíferos capaces de volar, su modo de orientarse mediante sonido, su rápido metabolismo y su flexibilidad para encontrar alimento en entornos cambiantes los colocan entre los animales más versátiles del planeta. Y no, no están ciegos: muchas especies ven razonablemente bien y, en algunos casos, poseen ojos grandes con buena visión diurna, aunque por la noche su mejor aliada es la ecolocalización.
Murciélagos: vuelo real, visión suficiente y anatomía a medida
Que un mamífero vuele batido y no solo planee es, en sí mismo, una rareza: las alas del murciélago son manos transformadas en un ala con dedos muy alargados y unidos por una membrana (el patagio). Como en nosotros, aparecen huesos equivalentes al húmero, radio, cúbito, carpos, metacarpos y falanges, pero estilizados para soportar las tensiones del vuelo y ofrecer maniobrabilidad extrema.
No es cierto que “no vean”: su visión está adaptada a luz escasa y, junto con el oído, les permite gestionar contextos complejos. En especies de bosques y cuevas, la ecolocalización manda, pero varias megafaunas frugívoras de regiones tropicales exhiben ojos desarrollados y buena agudeza en condiciones crepusculares.
Otra pieza del puzle es su ritmo fisiológico: muchos murciélagos digieren rápido, lo que encaja con un vuelo que exige mucha energía. Este metabolismo acelerado les permite aprovechar tandas de alimento nocturnas y volver al aire con la “batería” cargada en pocas horas.
Su historia evolutiva se remonta, al menos, a decenas de millones de años: los fósiles más antiguos del grupo datan de hace unos 55 millones de años y ya muestran un aspecto sorprendentemente similar al de las especies actuales, señal de que el “diseño” básico del murciélago se perfeccionó muy pronto.
Ecolocalización: ver con los oídos, desde la ciencia básica al “cóctel acústico”

La ecolocalización funciona así: el animal emite pulsos acústicos y extrae información del eco. De esa señal reconstruye distancias, tamaños, texturas y movimientos. Esa “visión sonora” es tan precisa que algunos individuos esquivan hilos finísimos en total oscuridad durante horas sin rozarlos. En la oreja, un pequeño pliegue llamado trago ayuda a modular y “filtrar” el eco, afinando aún más la percepción.
Para estudiar sus voces, los expertos emplean detectores de ultrasonidos y generan sonogramas con la huella acústica de cada especie. Aunque la mayoría emite fuera de nuestro rango de audición, las de mayor tamaño pueden producir llamadas cercanas al límite humano y, en ocasiones, audibles. Eso explica observaciones curiosas de campo donde se les oye “chillar” en noches tranquilas.
Una anécdota clásica ilumina cómo sus presas han coevolucionado con ellos: al reproducir sonidos agudos parecidos a ultrasonidos, ciertas polillas dejan de volar y caen al suelo. No es que mueran: detectan el “grito de caza” de un murciélago y ejecutan una maniobra de escape que, con suerte, las saca del radar del depredador durante un instante.
En paralelo, los murciélagos son maestros separando su propia “voz” del ruido de fondo. En colonias, cada individuo distingue el eco de sus llamados y puede reconocer a compañeros por el timbre, mantener trayectorias sin colisionar y, si hace falta, cambiar de objetivo en milésimas para robar una presa a un congénere más débil. La coordinación social mientras vuelan en grupos densos es uno de sus grandes “milagros”.
Precisamente esa capacidad fue abordada por un equipo internacional que describió el llamado “pesadilla del cóctel”: al salir en masa de las cuevas, el 94% de los pulsos puede quedar enmascarado por otros. El trabajo, publicado en 2025, mostró que resuelven el desafío con estrategias sensoriomotoras: se dispersan muy deprisa para reducir el ruido de grupo y ajustan sus llamadas (frecuencia más alta, duración más corta) para centrarse en el murciélago que tienen justo delante. Con micrófonos diminutos montados en individuos, se comprobó cómo adaptan en tiempo real sus emisiones y maniobras para evitar choques sin necesidad de “bloquear” activamente la interferencia.
Memoria episódica, calendario mental y planes a futuro

Hasta hace poco, habilidades como recordar episodios personales o planificar con antelación se consideraban patrimonio humano. Investigadores de la Universidad de Tel Aviv las han puesto a prueba en murciélagos frugívoros egipcios en libertad y han aportado evidencias robustas de que también dominan estas competencias.
Su enfoque combinó rastreadores GPS de alta resolución durante meses y manipulaciones sencillas: impidieron la salida de algunos individuos entre uno y siete días para observar qué hacían al volver a volar. Tras 24 horas, muchos regresaban a los árboles visitados la noche previa; después de una semana, los adultos con experiencia evitaban árboles que habían dejado de fructificar, como si llevaran un “calendario” del paisaje. Los jóvenes, en cambio, aún no habían aprendido a discriminar esta caducidad de recursos.
El equipo analizó también la primera decisión de la noche, el “primer árbol”, y encontró señales claras de planificación: los murciélagos suelen salir directos hacia un punto conocido, incluso si está a 20 o 30 minutos de vuelo. Cuando el objetivo está lejos y tienen hambre, aumentan la velocidad, lo que encaja con un plan decidido antes de despegar y con la capacidad de posponer recompensas inmediatas si el destino elegido es mejor.
Otro hallazgo fino: los primeros en dejar la colonia se concentran en frutos más azucarados, mientras que quienes salen más tarde tienden a priorizar fuentes más ricas en proteína. Esa secuencia sugiere estrategias flexibles según la hora, la competencia y la necesidad nutricional del momento.
Genomas “exquisitos” y superpoderes biológicos

Un consorcio internacional, Bat1K, ha secuenciado con una precisión sin precedentes varios genomas de murciélagos, abriendo la puerta a explicar por qué aguantan bien ciertos virus, viven tanto para su tamaño o muestran resistencia relativa al envejecimiento y al cáncer. Estos genomas, diez veces más completos que trabajos previos, son auténticos “atlas” para localizar cambios funcionales ligados al vuelo y a la ecolocalización.
Los murciélagos almacenan en su ADN “fósiles” de antiguas infecciones: fragmentos virales endógenos que dejan rastro de millones de años de interacción con patógenos. El análisis revela una diversidad notable de retrovirus endógenos, con secuencias nunca vistas en otros mamíferos. Ese registro histórico ayuda a entender su tolerancia a infecciones y a identificar especies clave para la vigilancia de saltos zoonóticos.
Los datos genómicos comparados con otros 42 mamíferos apoyan ubicar a los murciélagos cerca de un gran clado llamado Ferreungulata (carnívoros, pangolines, cetáceos y ungulados). Más allá del árbol de la vida, estos resultados refuerzan la idea de que el vuelo, la ecolocalización y la gestión fina del sistema inmune dejaron huellas detectables en regiones genéticas específicas.
Para montar estos “rompecabezas” de ADN se utilizaron tecnologías punteras de centros como el DRESDEN-concept Genome Center y nuevos métodos de ensamblaje e identificación génica. La comunidad científica ya explora cómo traducir estas pistas en avances biomédicos: si entendemos cómo ralentizan el deterioro o evitan respuestas inflamatorias dañinas, quizá podamos inspirarnos en sus soluciones naturales.
Diversidad, dieta y hogares: del bosque a tu ciudad

Con cerca de 1.400 especies descritas, la diversidad de formas, tamaños y hábitos es abrumadora. En el Viejo Mundo, los zorros voladores dominan los cielos tropicales con envergaduras superiores al metro, mientras que en América hay especies insectívoras exquisitamente adaptadas y vampiros que se alimentan exclusivamente de sangre. En instalaciones zoológicas europeas es frecuente ver colonias de murciélagos frugívoros que ilustran su papel como dispersores de semillas.
En cuanto a dieta, hay cuatro grandes estrategias: los insectívoros comen enormes cantidades de plagas agrícolas; los frugívoros consumen frutos, polen e insectos; los nectarívoros son polinizadores nocturnos insustituibles; y los carnívoros/hematófagos capturan peces, ranas u otros pequeños vertebrados, con los vampiros como caso especial. Estos últimos detectan radiación infrarroja en la piel de sus presas; no incluyen humanos en su menú habitual.
Algunos cazadores son auténticos especialistas: en el suroeste de África, ciertas especies capturan escorpiones peligrosos y muerden el aguijón antes de comerlos; en Sudamérica, otras identifican ranas comestibles por el eco y evitan las venenosas; y hay pescadores que rozan la superficie del agua, localizan peces bajo la lámina y los alzan con un golpe de garra tan preciso como un metrónomo.
¿Dónde viven? Son maestros del escondite: ocupan cuevas, grietas, minas, huecos de árboles y edificios, a menudo en plena ciudad. Estos “dormideros” (roosts) ofrecen seguridad, oscuridad y la temperatura adecuada para descansar y criar. En grandes árboles tropicales, los zorros voladores forman colonias de decenas a miles de ejemplares posados durante el día.
Su vida es longeva para su tamaño: ciertas especies alcanzan en la naturaleza la treintena de años. Y los bebés… balbucean. Sí, los neonatos practican vocalizaciones como ensayo de sus llamadas, un paralelismo curioso con el balbuceo humano que ayuda a afinar el repertorio acústico adulto.
Lo que nos dan y cómo podemos ayudarles

Si te preguntas por qué son tan importantes, la respuesta corta es: hacen mucho por nosotros. Los insectívoros aportan control biológico de plagas nocturnas, reduciendo la necesidad de pesticidas. Los nectarívoros y frugívoros polinizan agaves, árboles tropicales y cultivos, y dispersan semillas que regeneran bosques. Y su guano es un fertilizante natural de enorme valor.
El reverso es menos amable: pérdida de hábitat, uso intensivo de plaguicidas, enfermedades como el síndrome de la nariz blanca y la persecución por mitos infundados los ponen contra las cuerdas. La UICN estima que alrededor del 20% de las especies de murciélagos presentan algún grado de amenaza, una cifra que obliga a tomar medidas serias.
Las dinámicas del sistema agroalimentario también les golpean: la expansión de monocultivos para alimentar ganadería industrial implica deforestaciones masivas y más químicos nocivos en el campo. En paralelo, el comercio de fauna silvestre mantiene activa la caza en algunos lugares, ya sea para consumo o como “decoración”, una práctica tan dañina como innecesaria.
¿Qué podemos hacer? Proteger refugios y bosques; limitar pesticidas; respetar colonias urbanas evitando obras en épocas de cría; no consumir productos de fauna silvestre; y denunciar la captura y el maltrato ante las autoridades. La educación es clave: desmontar el cliché del “vampiro peligroso” salva animales y ecosistemas.
Si algo define a los murciélagos es la suma de destrezas: vuelan como ningún otro mamífero, “ven” con sonido, recuerdan qué árbol merecerá la pena mañana y ajustan su conducta en enjambres ruidosos para no chocar. El espejo genético de sus “superpoderes” ya empieza a desvelarse, y su labor para el planeta es enorme; cuidarlos es cuidarnos en salud, alimentos y bosques vivos.
