«Esta novela es la guerra»: literatura, memoria y conflicto

  • «Pequeña guerra perfecta» convierte la guerra de Kosovo en una experiencia íntima desde un piso asediado, con un estilo seco y apoyado en testimonios reales.
  • Clásicos como «La guerra de los mundos» y la obra crítica y poética de Juan Ramón Jiménez muestran cómo la guerra se filtra en la ciencia ficción y en la ética estética del exilio.
  • «La península de las casas vacías» reimagina la Guerra Civil española desde un realismo mágico irregular pero muy vivo, mezclando figuras históricas, humor y documentación rigurosa.
  • Todas estas obras evidencian que decir «esta novela es la guerra» implica una inmersión profunda en la violencia, la memoria y la vida cotidiana bajo el conflicto.

novela sobre la guerra

Hay historias que no se limitan a hablar de la guerra, sino que la encarnan. Son novelas que, más que describir batallas o movimientos de tropas, se meten hasta la cocina del miedo, la violencia y la supervivencia cotidiana. En ese cruce entre ficción y memoria del horror bélico se sitúan obras tan distintas como la mirada íntima de Kosovo que ofrece Elvira Dones, las invasiones marcianas de H. G. Wells, el exilio de Juan Ramón Jiménez o la ambición desbordante de La península de las casas vacías. Todas ellas, a su manera, permiten entender por qué tantos lectores dicen: «esta novela es la guerra».

Este artículo recorre, con calma pero sin paños calientes, ese territorio incómodo donde la literatura se mezcla con la historia y con las cicatrices colectivas. Veremos cómo una autora albanesa reconstruye la guerra de Kosovo desde un piso asediado en Pristina, cómo un clásico de ciencia ficción sigue funcionando pese a un final envejecido, cómo un Nobel español convierte la Guerra Civil y el exilio en una ética estética, y cómo una novela reciente se atreve a reescribir la contienda española desde un realismo mágico muy nuestro. Todo ello con un tono cercano y coloquial, pero sin perder ni un solo detalle importante del contenido original.

«Pequeña guerra perfecta»: cuando la novela es la guerra

En marzo de 1999, sin aval del Consejo de Seguridad de la ONU, la OTAN inició una campaña de bombardeos sobre Belgrado con el objetivo declarado de frenar las brutalidades del régimen de Slobodan Milosević en la guerra de Kosovo. Aquel conflicto no se entiende sin recordar que fue, en cierto modo, la continuación de la sangrienta guerra de Bosnia: un nuevo capítulo, un «apéndice» trágico, en la desintegración de la antigua Yugoslavia. En ese contexto histórico se enmarca la novela Pequeña guerra perfecta, de la escritora albanesa Elvira Dones, que se adentra de lleno en el trauma kosovar.

El escritor y periodista Roberto Saviano sostiene que Pequeña guerra perfecta no es una novela sobre la guerra, sino la guerra en sí misma. La matización no es un simple juego de palabras: la obra no se queda en describir frentes de combate o decisiones de altos mandos, sino que se coloca dentro del miedo y de la vida suspendida de tres mujeres, Rea, Nita y Hana, encerradas en un apartamento de Pristina, la capital de Kosovo, mientras las bombas caen sobre Belgrado entre marzo y junio. Durante aquellos meses murieron miles de civiles serbios (las cifras oscilan, pero se habla de varios miles de víctimas) como consecuencia directa de los ataques aéreos.

La novela se centra en esos días en los que las milicias y fuerzas paramilitares serbias dominan las calles de Pristina mediante redadas, saqueos y secuestros nocturnos. La ciudad se convierte en un lugar donde, al caer la noche, hombres armados irrumpen en las casas y se llevan a la gente hacia un destino casi siempre fatal. Las escaramuzas entre el UÇK (Ejército de Liberación de Kosovo) y las fuerzas serbias aparecen apenas como un rumor de fondo, una especie de eco distante, mientras el foco narrativo se pega al microinfierno del piso en el que las protagonistas intentan resistir.

Ese apartamento funciona como una especie de búnker improvisado, donde el gran acontecimiento diario no es otro que seguir con vida un día más. Salir a por pan implica arriesgar la propia existencia; desplazarse hasta la casa de alguien que aún conserva línea telefónica para llamar a familiares o amigos es casi una misión suicida. La ciudad entera parece entregada a una macabra ruleta rusa que convierte el simple hecho de cruzar una calle en un desafío a la muerte.

Elvira Dones retrata con claridad quiénes ejercen de verdugos en este escenario: en su mayoría, personajes vinculados al lado serbio del conflicto, aunque la autora no cae en simplificaciones cómodas. Lo realmente interesante, en términos éticos, es el esfuerzo de equilibrio y distancia crítica respecto a los supuestos héroes albanokosovares del UÇK. La novela muestra cómo la violencia antiserbia, en forma de terrorismo, precedió también a la gran represalia de Belgrado, subrayando que el horror nunca es patrimonio exclusivo de un solo bando.

En el plano estilístico, Pequeña guerra perfecta está escrita con un ritmo rápido, una prosa seca e implacable, sin sentimentalismos baratos. Ese tono directo y nada complaciente permite que el lector no contemple la guerra como algo abstracto, sino como algo visceral, casi físico. Se exponen atrocidades y escenas de crueldad extrema, sí, pero la autora evita caer en un exhibicionismo del sufrimiento: se limita a contarlo, con frialdad quirúrgica, sin regodearse en la escatología del dolor.

La propia Dones ha explicado que llegó a Kosovo a los seis meses de que cesarán oficialmente las hostilidades, en 1999, y que sin los testimonios directos de quienes vivieron aquella pesadilla la novela jamás habría podido tomar la forma que tiene. Detrás de Rea, Nita y Hana hay mujeres reales, nombres y rostros concretos, además de muchas otras personas que compartieron sus historias. Pequeña guerra perfecta es, por tanto, una novela, pero apoyada firmemente en un trabajo de memoria oral que le da una densidad emocional muy poderosa.

Para completar esta aproximación literaria a la guerra de Kosovo, se recomienda con frecuencia el visionado del documental Death (o Depth) Two y su derivación en la película La carga, dirigida por el cineasta serbio Ognjen Glavonić. En esta cinta se aborda el transporte clandestino de cadáveres producto de la limpieza étnica, desde Kosovo hasta una ubicación cercana a Belgrado, en una especie de viaje fantasmagórico por la retaguardia criminal del conflicto. Junto con la novela de Dones, forman un díptico estremecedor.

Cuando una vieja invasión marciana sigue siendo «la guerra»

En otro registro completamente distinto, pero también relacionado con la idea de que «esta novela es la guerra», aparece una reflexión sobre un clásico de la ciencia ficción: La guerra de los mundos, de H. G. Wells. Se trata de una obra más que centenaria que, como admite una lectora en su comentario, ha envejecido en varios aspectos, sobre todo en su desenlace. El final en el que los invasores marcianos sucumben ante bacterias terrestres parece hoy demasiado ingenuo, sobre todo si pensamos que una civilización con una tecnología tan brutalmente avanzada habría tenido en cuenta la biología del planeta que pretendía conquistar.

Aun así, este lectorado reconoce que, pese a esos detalles desfasados, la historia conserva elementos potentísimos que todavía funcionan a día de hoy. De hecho, se sugiere que la idea de una invasión alienígena situada a finales del siglo XIX puede resultar incluso más sugerente ahora, precisamente porque nos permite mirar el pasado con la lente de lo fantástico y jugar con el contraste entre un mundo aún preindustrializado y una amenaza tecnológica descomunal.

Otro punto especialmente atractivo es la perspectiva narrativa escogida por Wells: en lugar de un héroe épico, la trama se cuenta a través de los ojos de un superviviente cualquiera, un ciudadano anónimo que simplemente intenta mantenerse con vida en medio del colapso. Esta elección anticipa muchas narrativas contemporáneas en las que lo decisivo no es el gran comandante, sino el individuo corriente atrapado entre fuerzas inmensas, algo que conecta también con la mirada desde abajo de muchas novelas bélicas modernas.

Y luego está la famosa escena del trípode enfrentándose al buque HMS Thunder Child, un pasaje que fascina por su potencia visual y su carga dramática. En la reseña se destaca que un combate así en pantalla sería sencillamente espectacular, una batalla entre una máquina de guerra alienígena y una pieza clave del poderío naval humano. Ese choque resume muy bien cómo la novela convierte el conflicto en un espectáculo de destrucción y resistencia, adelantándose a la imaginería bélica y cinematográfica de todo el siglo XX.

Juan Ramón Jiménez: guerra, exilio y ética de la creación

Si hablamos de literatura y guerra en el ámbito español, es imposible ignorar la figura de Juan Ramón Jiménez. Nacido en Moguer (Huelva) en 1881 y fallecido en San Juan de Puerto Rico en 1958, fue uno de los mayores poetas de su generación y recibió el Premio Nobel de Literatura. Sin embargo, su biografía no puede separarse del torbellino de la Guerra Civil española y del exilio que marcó la última parte de su vida y de su obra.

En 1936, cuando estalla el conflicto, Juan Ramón abandona España con un pasaporte diplomático, tras ser nombrado agregado cultural honorario de la República por Manuel Azaña. No se trató de un viaje temporal, sino del comienzo de un exilio definitivo que supuso una sacudida radical, tanto en su actitud vital como en su escritura. El que había sido conocido como «el príncipe de los poetas puros» se vio de pronto en la necesidad de asumir un papel público muy distinto, convertido en conferenciante y defensor tenaz del gobierno legítimo de la República.

Desde su nueva posición, Juan Ramón hizo de la palabra una especie de trinchera moral. Mientras ondeaba, simbólicamente, la bandera de la libertad de pensamiento y la independencia de cualquier servidumbre ideológica, su producción poética experimentaba un giro profundo. Libros como La estación total con las Canciones de la nueva luz, En el otro costado, Una colina meridiana, Dios deseado y deseante o De ríos que se van muestran una evolución hacia un panenteísmo redentor, una visión del mundo en la que lo divino y lo humano se entrelazan para darle sentido al sufrimiento.

En paralelo a esta poesía, sus prosas críticas reflexionan con intensidad sobre la función social del arte en tiempos de crisis y sobre la necesidad de humanizar el progreso tecnológico del siglo XX. Para el poeta, no bastaba con celebrar la modernidad o condenarla en bloque: se trataba de espiritualizarla, de encontrar un modo de hacer que la técnica no arrasara la dignidad humana. Esta preocupación político-moral quedó recogida en cientos de textos que no llegó a publicar en vida.

Entre esos materiales inéditos destacan especialmente los reunidos bajo los títulos Ideolojía, Política poética y Guerra en España. En ellos se concentra lo que puede considerarse el gran testamento ético y estético de Juan Ramón respecto a la violencia, la libertad, la responsabilidad intelectual y la relación entre arte y política. Son documentos que permiten entender cómo un poeta aparentemente ensimismado en la pureza lírica terminó implicado hasta el fondo en la defensa de un proyecto democrático asediado por la guerra.

La Guerra Civil española contada desde la trinchera de la imaginación: «La península de las casas vacías»

En el panorama actual, una de las novelas españolas más llamativas que se han atrevido a abordar la Guerra Civil de una forma poco convencional es La península de las casas vacías, de David Uclés. Publicada en 2024, se ha ganado la etiqueta de obra singular por varias razones: sus aproximadamente setecientas páginas, la relativa discreción previa de su autor (nacido en Úbeda en 1990) y, sobre todo, la decisión de narrar el conflicto en clave de «realismo mágico».

Para muchos, esa combinación de Guerra Civil y elementos fantásticos puede sonar a provocación o a gesto arriesgado. No hay que olvidar que se trata de un tema todavía «supurante», cargado de memoria viva y de sensibilidades políticas enfrentadas. Sin embargo, el uso de una estética deformada para cuentos de guerra tiene antecedentes ilustres. Se mencionan, por ejemplo, El tambor de hojalata de Günter Grass, Trampa 22 de Joseph Heller, El pájaro pintado de Jerzy Kosinski o Matadero cinco de Kurt Vonnegut. También en España hubo pasos en esta dirección, desde la surrealista La novela del Indio Tupinamba de Eugenio F. Granell hasta la ucronía de La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco.

La novela de Uclés, sin embargo, no empieza con el mejor pie para todos los lectores. Su arranque se apoya en un pasaje en cursiva que describe el sueño de un miliciano andaluz, concluyendo con una afirmación literal de que «el miliciano andaluz está soñando». Esta aclaración tan obvia provoca cierto recelo: hace temer un exceso de explicaciones innecesarias a lo largo del texto. Se apunta incluso que la responsabilidad podría ser más de la edición que del autor, pero lo cierto es que este tipo de subrayados se perciben como un tropiezo inicial.

A lo largo de buena parte de la lectura, el lector puede sentirse tentado de coger el lápiz rojo: aparecen diálogos algo torpes, descripciones pobres y tramos narrativos descompensados. La península de las casas vacías es, en este sentido, una novela muy desajustada, no solo porque esté construida de manera fragmentaria, sino por una cierta irregularidad de estilo. Pero, y aquí está lo importante, una vez superado ese escollo y una vez que la prosa de Uclés gana ritmo y hondura, la obra despliega una energía narrativa poco común.

Frente a tantas novelas «perfectas», limpias, medidas al milímetro pero sin alma, se dice que esta obra reivindica el derecho a hacer literatura desde abajo, casi en clave de arte povera. La historia se siente viva, atravesada por una pulsión creativa que perdona muchos fallos de acabado. Uclés actúa como un orfebre al que le han entregado un legado familiar lleno de aristas, y a partir de él levanta un edificio literario sólido, sí, pero con juntas llenas de manchas, piezas mal encajadas y defectos visibles. Es precisamente esa imperfección la que, paradójicamente, la hace tan interesante.

Uno de los grandes aciertos del libro es el lugar desde el que se escribe: Jándula, un pueblo ficticio que remite claramente a Quesada, localidad jiennense de la que procede la familia del autor. Allí Uclés da carta de naturaleza a rimas, leyendas y hablas propias del lugar, transformando ese entorno en un espacio mítico y mágico. En Jándula suceden cosas como disolverse en un arroyo, hibernar en una cueva o quedar congelado por el roce de una flor. El lenguaje y las costumbres locales se convierten en la base de un mundo literario en el que uno casi querría quedarse a vivir.

Ese paraíso extraño, sin embargo, se ve sacudido de lleno por los acontecimientos de 1936. La Guerra Civil irrumpe primero como algo ajeno, como un conflicto que no ha sido provocado por la gente del pueblo y que, en principio, ni les va ni les viene. Pero poco a poco sus ramificaciones alcanzan a la familia protagonista, que se fractura en mil pedazos. Es desde ese terruño aislado, desde lo menudo y lo íntimo, desde donde la novela cuenta los prolegómenos y el desarrollo de la contienda, a ras de suelo, sin grandes discursos ideológicos explícitos.

La estructura de La península de las casas vacías responde a esta voluntad de reflejar un mundo roto: se construye a base de teselas que combinan presente y futuro, interior y exterior, anonimato y personajes célebres. El resultado es una especie de obra cubista que recuerda, simbólicamente, al Guernica de Picasso. En esta novela, ese cuadro icónico deja de ser solo una representación pictórica para adquirir un estatuto casi realista dentro de la trama, con un papel que el autor administra con astucia y que conviene descubrir leyendo.

Uno de los juegos narrativos más arriesgados que plantea Uclés es la inclusión de figuras históricas reales dentro del relato de ficción. Por las páginas de la novela desfilan Francisco Franco, Manuel Azaña, José Antonio Primo de Rivera, Vicente Rojo, Queipo de Llano, Dionisio Ridruejo, José Bergamín, Agustín de Foxá, Victoria Kent, María Zambrano, George Orwell, Robert Capa, Gerda Taro, Maruja Mallo, Miguel Hernández, Federico García Lorca y otros muchos. Algunos dialogan con el narrador, otros interactúan con personajes inventados, y no siempre esas apariciones funcionan con la misma brillantez, en parte porque es muy delicado poner palabras en boca de figuras que forman parte del imaginario colectivo.

Formalmente, el libro muestra una clara vena posmoderna: páginas con citas, diálogos que rozan lo teatral, listas, tachaduras, partidas de ajedrez, páginas en blanco y capítulos desajustados. Hay además ecos de las «nívolas» de Unamuno, guiños al humor absurdo de Amanece, que no es poco y un uso constante de ese humor español que, por muy negro que sea el contexto, termina colándose en todas partes. Esta mezcla de registros contribuye a sostener el conjunto, dándole una personalidad muy marcada.

Ahora bien, que la realidad se desmande un poco —o bastante— no implica que los hechos históricos sean tratados de manera frívola. La novela se asienta sobre una documentación sólida de acontecimientos clave: conspiraciones militares, quema de iglesias, apoyo nazi a los sublevados, golpes de Estado, matanzas de prisioneros, acciones guerrilleras, checas, violaciones, saqueos, asesinatos en cunetas, ejecuciones ante paredones y exilios forzosos. Todo ese catálogo de horrores ampliamente conocidos se despliega con crudeza, pero sin renunciar a mostrar también gestos de solidaridad vecinal y actos silenciosos de humanidad.

La obra no da la sensación de perseguir un mensaje político de parte en sentido estricto. Uclés no tiene problema en narrar atrocidades cometidas por ambos bandos, siempre desde esa perspectiva de la gente corriente que sufre las consecuencias de decisiones ajenas. Esto no quiere decir que la novela caiga en la equidistancia fácil: más bien, subraya la idea de una guerra fratricida, de un conflicto entre hermanos, que atraviesa todo el relato. Es ahí donde pone algunos de sus esfuerzos literarios más conmovedores.

Al final, lo que asombra de La península de las casas vacías es su ambición honesta: el atrevimiento de enfrentarse sin miedo a zonas casi intocables de la memoria histórica, manteniendo un enorme respeto por las debilidades humanas y, a la vez, disfrutando de inventar desviaciones, anacronismos y encuentros imposibles. Estas injerencias, por un lado, desmitifican figuras y episodios, y por otro facilitan un acercamiento menos solemne y más libre a nuestra historia reciente. No estamos, como se dice al cierre de la reseña, ante «otra maldita novela sobre la Guerra Civil», sino ante una de las grandes novelas españolas contemporáneas sobre ese conflicto, probablemente la más libre y certera en su planteamiento.

Vistas en conjunto, estas obras y autores demuestran que cuando decimos que «esta novela es la guerra» puede significar muchas cosas: desde el encierro asfixiante de tres mujeres en Pristina, pasando por marcianos abatidos por microbios en un Londres decimonónico, hasta un poeta andaluz exiliado que convierte su trauma en ética, o un joven novelista jiennense que arma un colosal rompecabezas mágico sobre la Guerra Civil. Lo que comparten todas ellas es la voluntad de mirar de frente el conflicto, de explorar cómo la violencia colectiva se filtra en la vida cotidiana, en la memoria y en la imaginación, recordándonos que la literatura sigue siendo uno de los mejores lugares para entender las guerras que fueron, las que son y las que quizá estén por venir.

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