Las enfermedades que dañan gravemente la córnea suponen uno de los retos más complejos de la oftalmología moderna. Este tejido transparente, situado en la parte anterior del ojo, carece de vasos sanguíneos y dispone de una capacidad de reparación muy limitada, de modo que, cuando se ve afectado, la recuperación espontánea es escasa y la pérdida de visión puede ser severa.
En España y en el resto de Europa, la solución de referencia para muchos pacientes sigue siendo el trasplante de córnea procedente de un donante fallecido. Aunque esta intervención ofrece buenos resultados, depende de la disponibilidad de tejidos, implica listas de espera y obliga a recurrir de forma continua a la generosidad de la ciudadanía. En este contexto, un equipo de Granada ha puesto sobre la mesa una alternativa que, a primera vista, suena casi increíble: utilizar escamas de peces para regenerar la córnea humana.
Un biotejido pionero desarrollado en la Universidad de Granada

Investigadores del Grupo de Ingeniería Tisular del Departamento de Histología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada y del Instituto de Investigación Biosanitaria ibs.GRANADA han desarrollado un nuevo biotejido que podría cambiar el abordaje de muchas patologías corneales. Se trata de implantes fabricados a partir de escamas de peces de especies muy habituales en el mercado, como las carpas o la gallineta del Mediterráneo, convertidas en una especie de “andamiaje” para regenerar la córnea.
Estos implantes experimentales se describen como altamente biocompatibles, resistentes y transparentes, tres requisitos clave para poder plantearse su uso en el ojo humano. El equipo ha logrado crear una suerte de córnea artificial basada en un recurso totalmente inesperado, que hasta ahora se consideraba poco más que un residuo de la industria pesquera.
El proyecto está liderado por los catedráticos de Histología Miguel Alaminos e Ingrid Garzón, que acumulan experiencia previa en otros ensayos de córnea artificial. Este nuevo trabajo se apoya en esa trayectoria, pero introduce una novedad llamativa: el uso sistemático de escamas de peces del litoral mediterráneo como base para el diseño de los implantes.
Según han explicado los responsables, las primeras pruebas se han llevado a cabo en laboratorio y en modelos animales y los resultados son, de momento, positivos. El material no solo ha permitido la reparación y regeneración parcial de la córnea dañada, sino que ha mostrado un comportamiento estable y funcional en las condiciones estudiadas.
Por qué la córnea es tan difícil de tratar

La córnea es la membrana transparente situada en la parte frontal del ojo, a través de la cual se observa el iris. Su función va mucho más allá de ser “la ventana” del ojo: permite el paso de la luz hacia el interior y contribuye de forma decisiva al enfoque de las imágenes sobre la retina. Cualquier alteración grave de este tejido puede desembocar en visión borrosa intensa o incluso ceguera.
El problema es que, a diferencia de otros órganos, la córnea no dispone de vasos sanguíneos. Esto limita la llegada de nutrientes, células defensivas y mecanismos de reparación que en otros tejidos ayudan a recuperar la estructura dañada. Cuando la córnea se ve afectada por infecciones, traumatismos, quemaduras, enfermedades degenerativas o trastornos genéticos, el margen de auto-reparación es muy reducido.
Por esta razón, miles de pacientes con patologías corneales graves necesitan trasplantes cada año. En España, alrededor de 3.500 personas recuperan la visión anualmente gracias a esta intervención, según datos difundidos por el Ministerio de Sanidad y la Organización Nacional de Trasplantes. Aun así, pese al liderazgo internacional del país en donación de órganos, las listas de espera siguen siendo una realidad para muchos afectados.
En este escenario, la comunidad científica lleva años buscando alternativas que no dependan por completo de la disponibilidad de donantes humanos. De ahí que la propuesta de utilizar escamas de peces, que a priori podría parecer exótica, gane interés cuando se observan sus propiedades desde el punto de vista biológico y estructural.
De residuo pesquero a recurso sanitario
La idea de fijarse en las escamas partió de la catedrática Ingrid Garzón, que vio en este material una combinación poco habitual de disponibilidad, bajo coste y características físicas adecuadas. Según detalla el equipo, las escamas de peces representan alrededor del 70 % de los desechos de la industria pesquera, generando problemas de gestión de residuos y contaminación de suelos y aguas.
Frente a esa realidad, el grupo de Ingeniería Tisular planteó un enfoque de economía circular: transformar un subproducto sin apenas valor comercial en un biomaterial con potencial clínico. Desde el punto de vista económico, las escamas son muy accesibles, fáciles de obtener y de procesar, especialmente en regiones con una fuerte actividad pesquera, como la provincia de Granada y otras zonas del Mediterráneo.
Además del impacto sanitario, este cambio de perspectiva podría revalorizar el trabajo del sector pesquero, actualmente sometido a numerosas restricciones y condicionantes. Al generar una nueva demanda ligada al ámbito biomédico, el proyecto abre la puerta a que un residuo se convierta en una fuente adicional de ingresos y en un ejemplo práctico de sostenibilidad aplicada.
Como subraya Garzón, el producto resultante es de bajo coste y se apoya en un recurso natural infrautilizado. No se trata solo de encontrar un sustituto a las córneas donadas, sino también de hacerlo con un enfoque que reduzca el impacto ambiental y encaje con las metas europeas en materia de economía verde.
Propiedades del nuevo biomaterial corneal
Para que un material pueda emplearse en la córnea, no basta con que sea transparente. Debe ser compatible con las células humanas, no provocar reacciones de rechazo significativas y mantener una rigidez y flexibilidad acordes con las exigencias de la superficie ocular.
El biotejido creado en Granada ha demostrado características histológicas muy similares a las de la córnea humana. Los análisis realizados indican la presencia de numerosas proteínas comparables a las del tejido ocular, además de una estructura organizada que facilita la adhesión y proliferación de las células corneales.
En las pruebas, el material ha mostrado la cualidad física de la transparencia, esencial para no interferir con el paso de la luz. Al mismo tiempo, presenta una combinación de rigidez y cierta flexibilidad que facilita la manipulación quirúrgica y la integración en el ojo. Esta dualidad, explican los investigadores, es clave para que el implante pueda mantenerse estable y funcional una vez colocado.
Uno de los puntos que más se ha recalcado es que el modelo ha resultado ser seguro y no tóxico en las fases experimentales. Los ensayos con animales de laboratorio han permitido comprobar que el implante no provoca alteraciones significativas a nivel local y que su comportamiento óptico es compatible con la recuperación parcial de la visión.
Aunque los resultados preliminares son alentadores, el propio equipo reconoce que aún queda un recorrido largo antes de poder hablar de uso rutinario en pacientes. La prudencia forma parte del proceso científico y, en este caso, los investigadores insisten en que hay que superar varias etapas regladas antes de llegar a la práctica clínica.
Un proceso complejo: de la escama al implante corneal
Detrás de este biotejido no hay un simple aprovechamiento directo de la escama, sino un proceso de transformación altamente especializado. El punto de partida es la selección de escamas de peces adecuados, que se someterán a una serie de pasos químicos y físicos para eliminar los componentes que podrían generar rechazo.
Entre las fases esenciales se encuentran la desmineralización y la descelularización. La primera consiste en retirar los minerales, especialmente el calcio, que otorgan dureza a la escama pero que resultarían inadecuados para un implante ocular. La segunda persigue eliminar las células originales del pez, reduciendo así al mínimo el riesgo de respuesta inmunitaria adversa en humanos.
Una vez completadas estas etapas, se procede a acondicionar la superficie del biomaterial para que las células de la córnea humana puedan adherirse y multiplicarse sobre él. Este paso es fundamental: el objetivo final no es simplemente implantar una “pieza inerte”, sino ofrecer una base sobre la que el tejido del propio paciente pueda regenerarse.
Los investigadores señalan que el proceso completo es complejo y exige condiciones de trabajo muy controladas, pero destacan que es reproducible y escalable. Esto abre la posibilidad, a medio plazo, de producir lotes de implantes con unas características homogéneas, algo imprescindible si se piensa en una futura comercialización como medicamento o producto sanitario.
A día de hoy, el proyecto se encuentra todavía inmerso en fases de investigación que incluyen ensayos in vitro, estudios adicionales en animales y preparación para la producción en salas blancas. Cada uno de estos pasos debe cumplir con las exigentes normativas europeas en materia de seguridad y calidad antes de plantearse un ensayo clínico en humanos.
Reducir la dependencia del trasplante de donante
Uno de los mensajes que más recalcan los responsables del estudio es la necesidad de buscar métodos de regeneración corneal que no dependan exclusivamente de la donación de órganos. Tal y como subraya el catedrático Miguel Alaminos, el trasplante convencional suele ofrecer muy buenos resultados, pero está sujeto a la disponibilidad de tejidos y a las inevitables listas de espera.
En un país como España, que destaca por su alto índice de donación y trasplantes, puede resultar llamativo que sigan existiendo demoras. Sin embargo, la demanda es elevada y las patologías de la córnea continúan siendo frecuentes. Por ello, disponer de implantes alternativos, fabricados a partir de biomateriales, podría contribuir a aliviar la presión sobre el sistema de trasplantes.
La propuesta granadina no pretende sustituir de la noche a la mañana a la córnea de donante humano, sino aportar una opción complementaria, especialmente en aquellos casos en los que el tejido donado sea insuficiente o no resulte viable por otras razones médicas.
Además, el uso de un material que se puede producir de forma más controlada y predecible abre la puerta a ajustar mejor la disponibilidad a la demanda real. En teoría, si el biotejido supera todas las fases de evaluación y recibe la aprobación regulatoria, podría fabricarse en cantidades suficientes para atender a un mayor número de pacientes.
De fondo, este enfoque encaja también con una tendencia más amplia de la medicina regenerativa, que busca estimular la autorreparación del organismo en lugar de limitarse a reemplazar estructuras dañadas por otras procedentes de donantes.
Impacto sanitario, económico y ambiental
El desarrollo de estos implantes no tiene solo una dimensión clínica. Según ha explicado el equipo investigador, el proyecto pone en valor un recurso natural ligado a una actividad económica clave en muchas zonas costeras. La pesca, especialmente en áreas del Mediterráneo, se enfrenta a restricciones, cambios normativos y variaciones en las capturas que afectan a la rentabilidad del sector.
Al convertir las escamas, tradicionalmente consideradas un residuo, en un insumo para la industria biomédica, se genera una cadena de valor añadida. Esto podría traducirse, a medio plazo, en acuerdos entre empresas pesqueras, plantas de procesado y centros de investigación o compañías farmacéuticas interesadas en este tipo de biomateriales.
En el plano ambiental, la iniciativa encaja con las políticas europeas orientadas a reducir residuos y fomentar la reutilización de subproductos industriales. La investigación granadina sirve como ejemplo de cómo la colaboración entre ciencia y sectores tradicionales puede desembocar en soluciones que abordan, al mismo tiempo, problemas sanitarios y de sostenibilidad.
Desde el punto de vista de la salud pública, el potencial de contar con un implante corneal sostenible, de bajo coste y producido en Europa resulta especialmente interesante para los sistemas sanitarios, que enfrentan el reto constante de conciliar innovación y contención del gasto.
Precisamente por todo ello, este trabajo ha despertado la atención de instituciones y medios, que ven en el biotejido no solo un avance técnico, sino también un posible caso de éxito en innovación biomédica con sello español.
Financiación y próximos pasos de la investigación
El desarrollo de estos implantes corneales se ha llevado a cabo en los laboratorios de Ingeniería Tisular del Departamento de Histología de la Universidad de Granada, con la colaboración estrecha del instituto ibs.GRANADA. El proyecto cuenta con financiación del Instituto de Salud Carlos III, organismo dependiente del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades, a través de iniciativas como el proyecto PI23/00335.
Esta financiación pública ha permitido sufragar tanto la parte experimental en laboratorio como los ensayos en modelos animales y el desarrollo de los complejos procesos de desmineralización y descelularización necesarios para transformar las escamas en un biomaterial apto para uso médico.
De cara al futuro, los investigadores señalan que el trabajo se orienta ahora hacia nuevas etapas de validación. Antes de llegar a los pacientes, el biotejido deberá superar una fase in vitro más exhaustiva, una segunda fase in vivo con criterios ampliados y, finalmente, una etapa de fabricación en salas blancas y ensayos clínicos controlados.
El objetivo último es que este modelo pueda reconocerse como un medicamento o producto sanitario sostenible, con todas las garantías necesarias para su implantación en hospitales españoles y, potencialmente, en otros países europeos. El camino regulatorio es exigente, pero el equipo confía en que los resultados obtenidos hasta ahora avalen la continuación del proyecto.
A juicio de los responsables, el avance logrado ya marca un hito en la ingeniería tisular aplicada a la córnea. Haber demostrado que las escamas de peces pueden convertirse en un soporte válido para la regeneración de este delicado tejido abre una línea de trabajo que podría ampliarse, en el futuro, a otros órganos y aplicaciones biomédicas.
Todo este esfuerzo apunta en una misma dirección: ofrecer a los pacientes con enfermedades corneales graves una alternativa real al trasplante clásico, reducir la dependencia de los donantes humanos y, al mismo tiempo, aprovechar de forma responsable un residuo de la pesca. Si las próximas fases confirman lo observado en laboratorio y en animales, este biotejido basado en escamas de peces podría terminar ocupando un lugar destacado en la oftalmología europea de las próximas décadas.