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Crítica de El farmacéutico. Netflix lanza un documental sobre un padre que busca en las farmacéuticas (y no en el asesino) la venganza por la muerte de su hijo.
Fotograma de El farmacéutico, documental de Netflix

Fotograma de El farmacéutico, documental de Netflix

El farmacéutico hoy en día se ha ganado para muchas personas cierto estátus divino. Sobre todo en yankilandia. En el 2020 es bien sencillo escuchar en casi cualquier canción de rap estadounidense constantes alusiones a los caramelitos de moda: xanax, oxicodona, percozet, codeína… Drogas tan peligrosas como la heroína pero que, al contar con receta, cuentan con una barrera de entrada mucho más flexible. Esto no es un juego. El rapero Juice Wrld, sin ir más lejos, falleció en diciembre por una sobredosis de oxicodona. El timing del nuevo documental de Netflix no podría ser mejor. Estamos a principios de siglo, a un farmacéutico se le muere el hijo (no de sobredosis, sino de disparos de bala en el barrio camellero de Nueva Orleans), y el hombre decide hacer algo al respecto.

Crítica de El farmacéutico: un hombre contra toda una industria.

Dan Schneider, el hombre grabadora que quiso vengar a su hijo

Uno de los aspectos más llamativos (y fundamentales) de El farmacéutico es que está protagonizado por el hombre grabadoraComenta Dan Scheneider, padre coraje del chaval asesinado a los 22 años mientras compraba crack, que tenía la costumbre de grabarlo todo. Más que por su posterior lucha contra los laboratorios farmacéuticos y el alto contenido de opiáceos en sus fórmulas, El farmacéutico destaca por esta ingente cantidad de material documental al servicio de la historia. Y no sólo en conversaciones:

“A veces no tenía con quien hablar. Y mejor que hablar sólo era hablarle a la grabadora”

Estamos habituados a este despliegue cuando se trata de conversaciones telefónicas de la policía para darle color a un documental sobre crimen. Pero, ¿un civil que tiene registradas todas y cada una de sus llamadas y que hasta tiene micrófonos en el coche? Esto es nuevo.

Documental serielizado al más puro estilo Making a murderer

A pesar del resumen informativo de los primeros minutos de documental, El farmacéutico sigue la senda y esencia de series documentales tipo Don’t fuck with cats o El palmar de Troya. La información es suministrada poco a poco y obedeciendo las premisas de la ficción:

  • Progresiva alternancia de buenas y malas noticias para el protagonista y su objetivo fundamental
  • Creciente apertura de foco de la premisa inicial de la historia e incluso callejones sin salida que terminan delviendo giros de guión magistrales.
  • Aparición de nuevas tramas; personajes que parecían secundarios adquieren protagonismo central.

La sorpresa final del primer episodio deja bien patente el mimo y ambición con el que se ha armado la estructura de la trama del El farmacéutico. También las trampas (o lo que muchos podrían considerar trampas).

La información en El farmacéutico es convenientemente seleccionada y, si interesa, omitida para revelarla más adelante y así multiplicar el estupor en el público. Aunque la historia sea verdadera, hay muchísimos modos de desenvolverla, y en Netflix han optado por uno arriesgado. Espera, desasosiego, tensión y sorpresas. No es un documental ortodoxo.

Guerra contra las drogas y los laboratorios farmacéuticos

La premisa con la que se ha publicitado El farmacéutico (un hombre en lucha contra toda una industria) arranca de verdad en el segundo episodio y con un protagonismo total de la oxicodona. Concretamente el foco recae sobre un medicamento que el protagonista del documental vende a muchos jóvenes en los que, dice, empieza a ver el rostro de su hijo fallecido cuando les atiende. La droga en cuestión es un calmante para los dolores en el que “una sola pildora contiene el equivalente a 16 percozets”, según comenta en el segundo episodio de El farmacéutico una de las fuentes especializadas.

Danny, el farmacéutico, empieza a sentirse mal con tanto niño comprándole drogas legales en la farmacia. Danny comienza a ejercer de guía y consejero médico. De modo extra oficial y desde el mostrador de su farmacia sin que se entere el jefe. Algo no le encaja, pero no es hasta la muerte de su hijo que se le encendió la bombilla.

En ese mismo segundo capítulo, una joven describe el medicamento como “heroína en pastilla“. Aunque la idea inicial del tratamiento es que una sola dosis actúe en el organismo a lo largo de doce horas, pronto empiezan a circular artimañas para conseguir un “subidón instantáneo”. Danny descubre que algunos de sus clientes mascaban la pastilla, le quitaban la película protectora o incluso la calentaban para disolverla y luego inyectársela.

Peón de la industria farmacéutica, empieza a darse cuenta de que, de forma indirecta, puede que haya matado a tanta gente desde su farmacia como lo ha hecho la heroína desde las calles. Las mismas calles que se llevaron por delante a su hijo. Es ahí cuando, además, el padre coraje empieza a detectar comportamientos anómalos. Gente de movimientos inusitados y respuestas interesantes. Resbaladizas.

Es ahí cuando entonces comienza El farmacéutico.

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