Tom Cruise vuelve a ponerse en la piel de un personaje alejado de sus papeles de acción en Digger, la nueva película dirigida por Alejandro González Iñárritu. El filme llega a las salas como una propuesta difícil de encasillar, con una mezcla de sátira, comedia negra y relato apocalíptico que ya ha generado opiniones muy enfrentadas. No es una cinta pensada para contentar a todo el mundo, sino un experimento de autor con una estrella de vocación comercial en el centro.
La historia sitúa a Cruise como Digger Rockwell, un magnate del petróleo tejano, calvo, canoso y con barriga, cuyo negocio provoca una catástrofe medioambiental de escala global. Cuando una perforación en el Ártico parte un glaciar, un iceberg gigantesco comienza a avanzar hacia el norte de Europa y amenaza con inundar varias ciudades. A partir de ahí, la película se convierte en una crítica exagerada, pero inquietantemente verosímil, sobre el poder, el dinero y la incapacidad de reaccionar a tiempo.
Un papel radicalmente distinto para Tom Cruise

El primer gran cambio respecto a los trabajos recientes del actor es que su personaje no responde al héroe atlético y carismático que suele asociarse a su imagen. Aquí interpreta a un empresario sin escrúpulos, obsesionado con su gato y con su fortuna, al que apenas le importa el desastre que ha ayudado a desencadenar. La transformación física es evidente: prótesis, maquillaje y una caracterización que busca romper por completo la silueta habitual de Cruise.
La película supone también un reencuentro con el cine de autor para una estrella que lleva décadas ligada a franquicias y superproducciones. Iñárritu, ganador del Óscar por Birdman y El renacido, firma una obra que algunos han descrito como la más extraña de la carrera de Cruise y una de las más insólitas de su propio director. El realizador mexicano vuelve a rodearse de un equipo técnico de primer nivel y de un reparto en el que aparecen nombres como Sandra Hüller, Riz Ahmed, John Goodman, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg, Sophie Wilde y Emma D’Arcy.
La puesta en escena es uno de los puntos que más se repiten en las críticas, tanto para bien como para mal. Hay consenso en que Iñárritu construye imágenes ambiciosas y muy reconocibles, con una dirección visual que no pasa desapercibida. Sin embargo, también se señala que ese despliegue puede resultar abrumador y que el guion, en ocasiones, queda por debajo de la fuerza de las imágenes.
Una catástrofe climática con trampa narrativa

El conflicto principal arranca cuando un subordinado informa a Rockwell de que las perforaciones de su empresa en Alaska han dañado un glaciar. El magnate resta importancia al asunto, se ríe del problema y evita asumir responsabilidades. Pero la situación se descontrola: un bloque de hielo de proporciones descomunales se desprende y se desplaza hacia Europa, lo que pone en alerta a varios gobiernos.
Ante la amenaza, el presidente de Estados Unidos, interpretado por John Goodman, convoca una reunión de emergencia en la mansión del protagonista. Allí se reúnen políticos, militares y asesores para decidir cómo desviar el iceberg, mientras un científico interpretado por Riz Ahmed intenta explicar la gravedad del asunto. La película retrata a esos personajes como una élite incompetente y egoísta, más preocupada por salvar su imagen que por evitar la tragedia.
La sátira no se queda solo en el cambio climático. También apunta a la manipulación del relato público, a la complicidad entre poder económico y político y a la facilidad con la que se busca un chivo expiatorio. Ese retrato, que en otro momento podría haber parecido una exageración caricaturesca, resulta especialmente incómodo porque conecta con debates reales sobre medioambiente, negacionismo y responsabilidad empresarial.
Además, Digger esconde una estructura más compleja de lo que sugieren sus avances. En determinado momento se revela que lo que parecía la historia principal forma parte de una obra de teatro dentro de la película. Los personajes de Cruise y compañía son, en realidad, actores que representan a figuras de un futuro distópico, marcado por las consecuencias de aquella catástrofe. Esa capa adicional permite a Iñárritu hablar del papel de los narradores, de la ficción y de cómo se construye la memoria de un desastre.
Recepción dividida y debate sobre los premios

Las opiniones sobre Digger están siendo muy dispares. Hay críticos que subrayan su ambición formal, el trabajo de Cruise y la valentía de plantear una película original y adulta con un presupuesto elevado. También se elogia el papel de Riz Ahmed y algunos momentos de gran fuerza visual, especialmente en las escenas que combinan teatro y cine.
En el otro lado, abundan las voces que consideran que la película se pierde en excesos, que su guion es confuso y que sus discursos resultan repetitivos. Algunas reseñas hablan de una sátira aparatosa, de personajes caricaturescos y de una duración que se hace larga. John Goodman, por ejemplo, aparece en varias críticas como un caso de interpretación exagerada, aunque otros valoran que encaje con el tono grotesco del conjunto.
El filme también ha reavivado la conversación sobre la posible candidatura al Óscar de Tom Cruise. El actor recibió un galardón honorífico, pero nunca ha ganado un premio competitivo de la Academia. Algunos comentaristas creen que este papel podría darle una oportunidad, mientras que otros defienden que su elección demuestra que no busca premios, sino riesgos interpretativos poco habituales en su filmografía.
La película se sostiene, en cualquier caso, como una propuesta que no deja indiferente: una superproducción de autor que mezcla catástrofe, humor negro, crítica política y juego metateatral. Su resultado puede gustar o irritar, pero confirma que Iñárritu y Cruise han apostado por algo alejado de lo convencional. Quien busque una aventura al estilo Misión: Imposible no la encontrará aquí; quien acepte entrar en su laberinto encontrará una obra extraña, discutible y difícil de olvidar.