Del placaje al altar: rugby, fe y vocación en tres vidas que cambiaron de cancha

  • Tres rugbiers hallan en la fe un propósito mayor y abrazan el sacerdocio.
  • La vocación, entendida como don y tarea, requiere perseverancia y comunidad.
  • El rugby aporta disciplina, entrega y juego en equipo al servicio pastoral.
  • Iniciativas como el Congreso de Vocaciones impulsan una cultura del sentido.

historia de fe y rugby

Del placaje al altar, del vestuario a la sacristía. Tres protagonistas con el balón ovalado como escuela de vida decidieron orientar su camino hacia el sacerdocio, movidos por una búsqueda profunda de sentido. El rugby, la fe y la vocación se entrelazan en sus relatos, mostrando cómo un deporte de contacto puede forjar corazones disponibles para el servicio y la entrega.

Estas historias no van de renuncias a secas, sino de elecciones meditadas. Una lesión, un vacío que no llenaba el éxito deportivo, una inquietud que no se apaga hasta poner la vida al servicio de un bien mayor. Alfonso Alonso‑Lasheras, Juan Andrés María Verde e Ignacio Palma comparten un hilo común: el descubrimiento de que la felicidad madura cuando la brújula interior apunta a un propósito que trasciende el marcador del domingo.

Del césped al discernimiento: cuando el deporte abre la puerta a la vocación

En el caso de Alfonso Alonso‑Lasheras, jesuita, el punto de inflexión llegó con una lesión. El parón forzoso le regaló silencio, perspectiva y preguntas de calado. Su vida giraba en torno al rugby de máximo nivel, con presencia en la División de Honor y pasos por los combinados nacionales, pero aquel alto en el camino le invitó a reordenar prioridades y a escuchar con hondura qué dirección iba tomando su historia.

Alfonso no solo vivía el rugby con pasión, también se sumó a grupos de fe y experiencias de voluntariado. En ese contexto brotó un deseo que fue ganando consistencia: que su biografía sirviera a muchos, especialmente a los más vulnerables, al estilo de Jesús de Nazaret. Ese deseo no quedó en un anhelo vago, sino que se tradujo en decisiones concretas que cambiaron el partido de su vida.

Por su parte, el sacerdote uruguayo Juan Andrés María Verde, conocido cariñosamente como Gordo, reconocía que lo tenía todo para ser feliz: familia, estudio, deporte, viajes, amigos y planes nocturnos. Y sin embargo, por dentro algo no encajaba. Se hizo una pregunta incómoda que le removió: si la vida iba a ser solo eso. Esa sinceridad consigo mismo le puso en ruta hacia un horizonte distinto.

En Argentina, Ignacio Palma, del Opus Dei, también vivió el rugby como parte esencial de su crecimiento. Desde los ocho años, con el Club Newman como referencia, el juego en equipo le enseñó a ocupar su posición y a confiar en el compañero. Con el tiempo, la llamada a servir como sacerdote fue tomando forma, en diálogo constante con su formación, con la fe y con aquella intuición de la infancia que, entre bromas, ya apuntaba a la posibilidad del sacerdocio.

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vocación y deporte

Alfonso Alonso‑Lasheras: del Salvador de Valladolid a la Compañía de Jesús

Vallisoletano y jugador del histórico Salvador, Alfonso levantó títulos desde categorías de base hasta la élite. Fue campeón de España en cadete, juvenil y júnior, y ya en División de Honor sumó dos Ligas y una Copa del Rey, con debut en la máxima categoría a los 18 años. A los 23, rozaba el estreno con la selección española absoluta.

Justo entonces, en el momento de mayor proyección, irrumpió la pregunta decisiva. Una lesión le sacó del césped lo suficiente como para tomar aire y mirar dentro. El silencio del banquillo le ayudó a escuchar una voz más honda que la de los aplausos, y optó por ingresar en la Compañía de Jesús. No se trató de huir del mundo del deporte, sino de encauzar lo aprendido hacia un servicio más amplio.

Como jesuita, Alfonso ha estado implicado en iniciativas de animación vocacional y en proyectos sociales. Durante la pandemia colaboró con personas refugiadas en México, poniendo manos y corazón donde hacían falta. Antes había sido jugador y entrenador en Brasil y en varios países del continente africano, convencido de que el deporte es un lenguaje universal que construye comunidad.

Interpelado por Antena 3 Deportes, Alfonso condensó una convicción clara: el rugby le regaló hábitos de entrega y de servicio que hoy son vitales en su vida consagrada. Para él, el deporte bien vivido impulsa al compromiso. La crisis sanitaria, además, le confirmó que la fragilidad humana nos empuja a formular preguntas de sentido que no pueden aplazarse.

Actualmente trabaja en el impulso de una cultura vocacional más ancha que los tópicos. Subraya que no hay crisis de cura o de monja, sino crisis de entender la vida como vocación, como don recibido y respuesta personal. Desde esa clave, participa en el equipo del Congreso Nacional de Vocaciones que se celebra en Madrid del 7 al 9 de febrero, con un papel doble: presentador junto a la periodista Ana Samboal y ponente en la apertura conjunta.

Una visión exigente y esperanzada de la vocación

La mirada de Alfonso no se reduce al ámbito eclesial. Sostiene que la cultura dominante promueve un bienestar inmediato que, si no se ordena, acaba dejando un poso de insatisfacción. Consumir más, viajar más y acumular no colman el deseo profundo. La felicidad madura cuando se alinea la vida con un propósito que trasciende el propio ombligo.

De ahí que insista en un cambio de paradigma. Entender la existencia como vocación sitúa a la persona en relación con un Otro que llama y con un mundo que espera. La vocación no es un destino fijo al que se llega y se acabó; es un horizonte al que se camina, paso a paso, con perseverancia, formación y cuidado de los vínculos. Un camino que requiere constancia e inversión afectiva e intelectual.

Esa convicción aterriza en propuestas concretas: promover que toda comunidad cristiana incorpore la dimensión vocacional en su vida ordinaria. Anunciar el Evangelio es propiciar un encuentro transformador con Cristo que suscite preguntas personales muy directas: Señor, qué puedo hacer por ti; qué quieres de mí. En ese diálogo se juega la dicha verdadera, repite Alfonso.

El Congreso Nacional de Vocaciones busca precisamente abrir espacios para esta escucha y este acompañamiento. Alfonso percibe una convergencia eclesial en torno a la urgencia del tema. Apuesta por poner el acento en el sentido, en la entrega y en la alegría honda de quien descubre para qué fue creado. Y lo hace con esperanza, sin ingenuidades y con mucho realismo.

Una última nota enlaza su trayectoria deportiva con la espiritual: la tenacidad. Así como no hay equipo sin entrenamiento, no hay vocación sin cuidado diario. La fidelidad, dice, se cultiva en lo pequeño y en lo concreto. Esta idea ha recorrido sus entrevistas y reflexiones, también en publicaciones del ámbito religioso como SomosCONFER, donde se han recogido algunas de sus ideas de fondo.

Juan Andrés María Verde: una misión que nació de un vacío elocuente

El testimonio del sacerdote uruguayo Juan Andrés María Verde impresiona por su transparencia. Amigo de la pelota ovalada, con novia, buen rendimiento académico y una mochila repleta de países visitados a los 20 años, admite que vivía de puertas para afuera como muchos jóvenes de su edad, sin una especial inclinación por ambientes eclesiales.

No obstante, la fe de la infancia permanecía, quizá como una brasa bajo la ceniza. Llegó un día en que el ruido de los logros no tapó la pregunta nuclear: de verdad esto es todo. Aquella sensación de vacío no era depresión, era llamada. Con honestidad, se dispuso a buscar y, como primer paso, dejó el rugby por un tiempo para entregarse a una experiencia de misión.

El destino fue el Paiva, una obra salesiana en medio del campo. Allí compartió vida con gurises hijos de peones rurales, con realidades duras y hermosas a la vez. La distancia de su familia y de sus amigos le hizo sentirse vulnerable; algunos pensaron que se había vuelto loco. En ese despojo descubrió que Dios le susurraba en su propio idioma, devolviéndole multiplicado todo lo que él ofrecía.

Aquello no fue una huida romántica, sino el comienzo de una pertenencia nueva. El encuentro con Jesucristo le dio un porqué y un para qué. Esa certeza desembocó, con el tiempo, en el sacerdocio. Desde entonces, su historia se entiende menos desde lo que dejó y más desde lo que encontró, y que ahora comparte como servidor de la Iglesia.

Su caso muestra una enseñanza clave: la misión no se improvisa; se encarna. El terreno donde se juega la vida es la realidad concreta, con sus grietas y sus promesas. Y el deporte, con sus códigos de esfuerzo y de equipo, prepara admirablemente para esa entrega donde la victoria es que otros ganen.

Ignacio Palma: del Club Newman a Roma, y un partido que se juega en equipo

Ignacio Palma nació en 1976, a pocas cuadras del Club Newman, y creció en una familia numerosa. Desde los ocho años el rugby fue su lengua materna deportiva, primero como aficionado y luego como jugador, con el puesto de fullback en sus años de adolescente. Cambió de colegio a Los Molinos y alternó torneos intercolegiales con su pertenencia al Bordó.

Con una familia cercana al Opus Dei, fue profundizando poco a poco en la fe. Terminada la secundaria, comenzó la carrera de Analista de Sistemas en la UTN. Mientras estudiaba, afloraron dudas y deseos. Se sentía atraído por el mensaje de san Josemaría Escrivá: buscar a Dios en la vida corriente, en el estudio y en el trabajo, sin esperar escenarios extraordinarios.

Buscó consejo y recibió una orientación sensata: terminar los estudios y luego discernir seriamente la entrada en el seminario. Con el título en la mano decidió dar el salto. A los 26 años se inscribió en un seminario internacional en Roma, donde siguió el itinerario clásico de formación: dos años de Filosofía, tres o cuatro de Teología, y un doctorado posterior.

Optó por el doctorado en Filosofía y centró su tesis en santo Tomás de Aquino. Tras los años de estudio, llegó el momento de salir a la cancha: ordenarse sacerdote y estrenar una vida de servicio real. En 2008 recibió la ordenación, con los nervios templados de quien sabe que a partir de entonces la gente te confía dolores, dudas y decisiones importantes.

Después de un año de ministerio en parroquias romanas, regresó a Argentina en 2010. Sirvió en Salta y más tarde en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, donde vivió cuatro años intensos y enriquecedores. Hoy es sacerdote en Córdoba, capellán escolar y acompañante cercano de alumnos y familias.

Ignacio nunca asumió el rugby como un capítulo cerrado, sino como un pozo de metáforas y hábitos. El fútbol puede tener un héroe que gana solo; el rugby enseña que la victoria llega cuando cada uno cumple su rol. Esa convicción atraviesa su predicación y su manera de estar con la gente: Dios no te llama por ser figura, te convoca porque hay un equipo que te necesita.

Su biografía incluye otras cumbres, literales y simbólicas. Por influencia de su padre se aficionó a la montaña y con 11 años alcanzó la cumbre del Lanín. Años después, una señal corporal cambió el guion: el brazo derecho dejó de balancearse al caminar. Le siguieron la pierna y cierta asimetría en la expresión facial, hasta que llegó el diagnóstico de Parkinson, poco antes de los 40, una edad en la que solo una minoría lo padece.

La noticia golpea, pero no define. Ignacio eligió aceptar y adaptarse. Lo encaró como quien remonta un partido tras tres tries en contra: si te quedas enganchado en el golpe, se te pasa el encuentro; hay que reaccionar con cabeza y con apoyo. El Parkinson le hizo valorar lo cotidiano: poder trabajar, caminar, compartir tiempo con los suyos. Le volvió más empático y, como él dice con ironía sana, fue una especie de doctorado vital.

Al reducir las posibilidades deportivas, exploró una vieja curiosidad: la astronomía. Familiares y amigos le regalaron un telescopio y montó un pequeño estudio. Ahora, en los ratos libres, vuelve al asombro ante el cielo, quizás porque mirar las estrellas siempre ayuda a poner en proporción los problemas de aquí abajo.

Hay una enseñanza que repite, aprendida de un entrenador de la infancia: busca apoyo. No te obsesiones con el try si te vas a quedar solo. En la vida, como en el rugby, avanzar juntos es la única forma sostenible de superar las dificultades. Para Ignacio, el partido de la vida se juega en equipo o no se juega.

Rugby y camino espiritual: valores que se potencian

El hilo que cose estas tres historias tiene nombre: virtudes del juego. Entrega, disciplina, resistencia al golpe, humildad para aprender y liderazgo compartido. El rugby exige cabeza fría, corazón ardiente y músculo dispuesto, cualidades que, trasladadas a la vida espiritual, se transforman en hábitos de servicio, escucha atenta y perseverancia.

Alfonso, Verde e Ignacio aprendieron pronto que un partido solo no se gana. La pertenencia importa más que la brillantez individual. La vocación, entendida como un horizonte, se hace carne en comunidad: con compañeros de equipo, con familias que sostienen, con parroquias y colegios donde el bien común orienta las decisiones.

También comparten una pedagogía del fracaso y de la fragilidad. Una lesión, el sentimiento de vacío o un diagnóstico difícil ponen en su sitio las pretensiones. La finitud, lejos de ser enemiga, puede ser maestra. Saber perder enseña a ganar mejor; saber detenerse enseña a empezar de nuevo.

La misión concreta aparece diversa: acompañar vocaciones en España, trabajar con refugiados en México, educar y consolar en aulas y parroquias de América Latina, o vivir un año en el campo con jóvenes de familias humildes. Pero el núcleo es el mismo: poner los dones al servicio para que otros encuentren sentido y alegría duradera.

Del placaje al altar: rugby, fe y vocación en tres vidas que cambiaron de cancha

La vocación como don y tarea: ideas que aterrizan

Hay formulaciones que ayudan a no perderse. La primera: la vocación es un regalo que, a la vez, pide cultivo. No basta con decir sí una vez; hay que cuidarlo siempre. Perseverancia y formación no son palabras altisonantes, sino prácticas cotidianas que consolidan lo que un día se eligió.

Segunda: la crisis de vocaciones no se arregla contando cabezas. El desafío es redescubrir la vida como respuesta a una llamada que da sentido. Esto exige procesos, tiempo, testigos y comunidades que acompañen. Y también que el anuncio del Evangelio incluya la pregunta personal por el sentido, sin miedo a que remueva estructuras internas.

Tercera: el lenguaje del deporte es un aliado. Habla de esfuerzo y de juego limpio, de equipo y de metas compartidas. Un sacerdote entrenador o un entrenador sacerdote no son figuras extrañas, sino puentes naturales que ayudan a traducir la fe al idioma de la vida real.

Cuarta: la felicidad honda no se compra. Nace cuando uno se entrega a algo más grande que uno mismo. No es evasión ni éxito de escaparate; es paz laboriosa, con días luminosos y días grises, donde la brújula no deja de apuntar al Norte.

Datos, lugares y rostros propios de cada relato

Los nombres propios anclan los relatos a la realidad. Alfonso Alonso‑Lasheras, con su etapa gloriosa en el Salvador de Valladolid, sus títulos estatales en categorías de formación y su palmarés en la División de Honor, pudo haber debutado con la selección absoluta en plena juventud. Eligió, en cambio, descubrir nuevas canchas en Brasil y en África, y tender la mano a quienes huyeron de sus países y llegaron a México buscando refugio.

En clave de Iglesia en España, su compromiso se concreta en el Congreso Nacional de Vocaciones en Madrid, del 7 al 9 de febrero, donde hará de maestro de ceremonias junto a Ana Samboal y de ponente en el arranque colectivo. Su convicción: sin dimensión vocacional, la evangelización pierde pulso. El encuentro con Cristo no es idea bonita; es experiencia que transforma.

El itinerario de Juan Andrés María Verde sitúa la escena en Uruguay y el entorno salesiano del Paiva. Allí, en el corazón del campo, la fuerza de lo pequeño le reorientó por completo. Su paso por el sacerdocio es hoy expresión de una gratitud concreta: Dios le habló en su idioma y él respondió con la vida entera.

Ignacio Palma suma a su biografía el color del Opus Dei, Roma como escuela, un doctorado en Filosofía con santo Tomás de Aquino como compañero de estudio, y una sensibilidad especial por Juan Pablo II, cuyo fallecimiento presenció en 2005 entre la multitud. De vuelta a Argentina, Salta, Santa Cruz de la Sierra y Córdoba pusieron nombres y apellidos al servicio cotidiano.

Ni siquiera la enfermedad le robó el humor ni el temple. Ante el Parkinson, Ignacio eligió seguir en pie y en equipo. Y cuando el deporte se volvió cuesta arriba, el cielo nocturno abrió otra puerta, con un telescopio regalado por los suyos y un estudio casero desde el que volver al asombro. Un lujo modesto que encaja con su forma de agradecer.

Qué pueden aprender los que hoy dudan entre dos caminos

Quien hoy se plantea un cambio radical o está peleando con una decisión difícil puede encontrar aquí varias pistas. La primera: no tengas miedo a parar cuando la vida lo pida. Una lesión, un cansancio profundo o una duda persistente pueden ser ocasión para preguntar con honestidad qué quieres de verdad y a quién quieres servir.

Segunda pista: busca compañía. Nadie discierne solo. Rodearte de gente sensata, con experiencia y con fe, ahorra golpes. En estas historias aparecen sacerdotes, amigos, comunidades y familias que aconsejan sin imponer, que dejan margen para que la libertad madure sin prisas.

Tercera: mira el bien posible, no solo lo que dejas atrás. La renuncia es fecunda cuando se abre a un sí más grande. Cambiar de rumbo no es desertar; es ajustar el timón para no encallar en puertos pequeños. Las trayectorias de Alfonso, Verde e Ignacio muestran que el servicio multiplica la alegría, aunque exija pelear cada día.

Cuarta: ejercita el músculo de la constancia. Sin perseverancia no hay partido que se remonte ni vocación que aguante. Formación, hábito y cuidado de la vida interior son el gimnasio donde la libertad aprende a sostener los síes importantes.

Quinta: integra la fragilidad. La debilidad no invalida; humaniza. Puede convertirse en puente hacia los que sufren y en fuente de sabiduría práctica. Así lo expresan estos protagonistas, cada cual con su biografía y su acento, con sus golpes y sus conquistas.

Estas historias de fe y conversión nacidas en el rugby no son reliquias inspiracionales, sino caminos abiertos. Hablan de decisiones tomadas a corazón entero, con la serenidad del que sabe que la vida se entiende como don. Cuando el deporte educa para el nosotros, la vocación encuentra terreno fértil: la misión se vuelve equipo, y la felicidad, tarea compartida.


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