Lúcido hasta prácticamente el último momento, Cristino de Vera falleció en Madrid, la ciudad en la que residía desde hacía décadas y donde desarrolló buena parte de su carrera. Con su muerte, a los 94 años, desaparece uno de los artistas más singulares y silenciosos del arte español contemporáneo, un creador que convirtió la luz y el recogimiento en materia pictórica.
Nacido en Santa Cruz de Tenerife en 1931, el pintor tinerfeño fue construyendo, con paciencia casi monástica, un universo plástico propio, profundamente espiritual, en el que convergen el dolor, la soledad, el paso del tiempo y la muerte, siempre filtrados por una luz contenida. Su desaparición deja a la pintura canaria sin uno de sus referentes más sólidos y reconocibles, pero al mismo tiempo refuerza la vigencia de una obra que muchos consideran ya un clásico.
Infancia marcada por la posguerra y primeros pasos en la pintura
La niñez de Cristino de Vera estuvo fuertemente condicionada por la posguerra en Canarias, un periodo duro que moldeó su carácter retraído y su inclinación hacia la introspección. En ese contexto encontró en la pintura una vía para canalizar su mundo interior, una especie de refugio íntimo desde el que dar forma a sus inquietudes más profundas.
En 1946 ingresó en la Escuela de Artes y Oficios de Santa Cruz de Tenerife, donde fue alumno de Mariano de Cossío, un castellano afincado en la isla y cercano al realismo mágico. Aquel maestro, que había elegido Tenerife para alejarse de los fantasmas de la preguerra, fue determinante para orientar la vocación del joven Cristino, que por entonces incluso se planteaba ser marino mercante.
El propio De Vera recordaba en ocasiones cómo la maqueta de un barco presidía la entrada del piso madrileño donde vivió tantos años junto a Aurora, su compañera de vida, como una especie de guiño a aquel destino alternativo que nunca llegó a cumplirse porque la pintura terminó imponiéndose.
Fue el propio Cossío quien, en 1951, lo animó a dar el salto a Madrid y lo recomendó a Daniel Vázquez Díaz, uno de los grandes nombres de la pintura española del siglo XX. Esa decisión cambió definitivamente el rumbo de su biografía y consolidó el camino de quien estaba llamado a convertirse en el «pintor del silencio».
Formación en Madrid y descubrimiento de los grandes maestros
Instalado en la capital con apenas 19 años, Cristino de Vera se formó en el taller de Vázquez Díaz y asistió a clases en la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Aquellos años fueron esenciales para pulir su lenguaje plástico y para entrar en contacto directo con la gran tradición pictórica europea.
Sus frecuentes visitas al Museo del Prado lo marcaron de por vida. Allí, el impacto de la pintura de Zurbarán fue especialmente decisivo. El propio artista llegó a confesar en alguna ocasión: “Me siento discípulo de Cézanne, pero fue muy fuerte la impresión que me produjo la pintura de Zurbarán cuando la vi en el Prado”. Esa combinación de racionalidad estructural y misticismo contenido explica buena parte de la atmósfera de sus cuadros.
En esos años de formación también se produjo su acercamiento a otros creadores que, como él, encontrarían en Vázquez Díaz un punto de partida: Caneja, Caballero, Ibarrola o Canogar forman parte de ese entorno generacional en el que empezó a reconocerse el talento del joven tinerfeño.
Su debut expositivo en Madrid no tardó en llegar. En 1952 participó en una colectiva en la Galería Xagra, y tan solo dos años después presentó su primera individual en la Galería Estilo. A partir de entonces la crítica especializada empezó a seguir de cerca una trayectoria que se movía al margen de las modas pero que, precisamente por eso, llamaba la atención.
Desde muy pronto, poetas y escritores se fijaron en aquella pintura sobria y meditativa. Adriano del Valle y Manuel Sánchez Camargo figuran entre los primeros en elogiar su trabajo, preludio de una larga lista de voces literarias que, con el tiempo, se acercarían a su universo.
Viajes por Europa, crisis creativa y admiración por la abstracción
En 1962, una beca de la Fundación Juan March le permitió recorrer Italia, Francia, Bélgica y Países Bajos. El viaje fue crucial: en Italia se entusiasmó con los primitivos y, en la Bienal de Venecia, descubrió el universo alargado y casi espectral de Giacometti. A la vez, el contacto con la pintura europea del siglo XX le abrió nuevas vías de investigación plástica.
Aquella etapa estuvo acompañada, sin embargo, de una profunda crisis creativa que lo llevó a acercarse peligrosamente a la abstracción. De Vera llegó incluso a destruir parte de esos trabajos, disconforme con el rumbo que estaban tomando, aunque nunca renunció al respeto que sentía por artistas como Rothko, Clyfford Still, Tàpies o Gonzalo Chillida, cuyas conquistas formales supo asimilar sin perder su propio idioma visual.
En los años siguientes se consolidó la presencia de Cristino en el panorama artístico español. En 1971, la revista ‘Fablas’ le dedicó un volumen colectivo en el que escribieron, entre otros, Ángel Crespo, Gerardo Diego, Carlos Edmundo de Ory, Lázaro Santana o Manuel Padorno. Esa cercanía reiterada al mundo de la poesía no fue casual: su obra era leída como una suerte de meditación visual, casi un poema hecho de velas, cráneos y camposantos.
La afinidad con escritores y poetas continuaría a lo largo de las décadas, hasta el punto de que muchos de ellos consideraban que la pintura de De Vera estaba atravesada por una sensibilidad literaria poco frecuente en el arte contemporáneo español.
En paralelo, se fueron sucediendo las exposiciones en Madrid y otras ciudades españolas, donde se confirmaba la singularidad de un autor que parecía avanzar al margen de las corrientes dominantes sin dejar de dialogar con la historia del arte.
Un imaginario de luz, muerte y silencio
La nómina de temas que pueblan la obra de Cristino de Vera es relativamente breve, pero de una insistencia casi obsesiva: monjes, cristos crucificados, el papa Juan XXIII en su lecho de muerte, plañideras que portan luz, velas, vanitas, cementerios castellanos que parecieran salidos de un poema de Francis Jammes, ciudades como Ávila o Toledo, el sur de Tenerife en la noche o cestas con rosas.
Todos esos motivos se repiten con variaciones sutiles, practicando, como señaló el crítico Juan Manuel Bonet, un auténtico arte de la repetición y del asedio: se trata de volver una y otra vez sobre las mismas imágenes para extraer de ellas matices nuevos. En este sentido, Bonet definió a De Vera como “pintor de la luz y del silencio”, subrayando así el carácter cristalino y espiritual de su producción.
En el centro de ese imaginario destaca la vela, un motivo que el poeta y crítico Andrés Sánchez Robayna identificó como el más propio del artista. La llama, frágil pero persistente, encarna al mismo tiempo la luz, la vida y la conciencia de su finitud, tres elementos nucleares de la obra de Cristino.
Su pincelada es austera y poco insistida, cercana al trazo de su dibujo a tinta china, donde aparecen tramas y mallas que recuerdan, en ocasiones, a la obra de Morandi. Esa sobriedad formal, unida a una paleta reducida de grises, ocres y tonos apagados, refuerza la sensación de quietud y recogimiento que desprenden sus cuadros.
Como se recoge en el sitio web de la Fundación Cristino de Vera, el pintor fue un auténtico eremita de la pintura, con un universo simbólico íntimamente ligado a “los sentimientos más profundos del ser humano: el dolor, la angustia, el sufrimiento, el tiempo, la soledad y la muerte”. En sus lienzos, la muerte rara vez aparece de forma estridente; se insinúa, se filtra y termina impregnándolo todo con una serenidad inquietante.
Reconocimientos y lugar en el arte español
A lo largo de su extensa trayectoria, Cristino de Vera recibió algunos de los máximos reconocimientos que se conceden en el ámbito artístico español y canario. En 1996 fue distinguido con la Medalla de Oro de Canarias, un premio que subrayaba su aportación a la cultura del Archipiélago.
En 1998 llegó uno de los hitos más relevantes: el Premio Nacional de Artes Plásticas, concedido por el Ministerio de Cultura, que lo situó definitivamente en la primera línea del arte español contemporáneo. A este galardón se sumaron la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes en 2002 y el Premio Canarias de Bellas Artes en 2005, consolidando una trayectoria reconocida tanto dentro como fuera de las islas.
Ese mismo año 2005 ingresó como académico de honor en la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel, reforzando todavía más su condición de figura de referencia en la historia del arte canario del siglo XX y comienzos del XXI.
En 2019, la Fundación DIARIO DE AVISOS le otorgó el Premio Taburiente. En una entrevista concedida entonces, el propio pintor admitía su sorpresa ante tanto reconocimiento: aseguraba no haberse acostumbrado nunca a recibir premios y confesaba que jamás trabajó pensando en hacerse famoso, sino movido por la necesidad interior de pintar.
Ya en la recta final de su vida, en 2024, el Cabildo de Tenerife le concedió la Gran Distinción de Nivaria, el máximo galardón de la institución insular, convirtiéndolo en la primera persona en recibirlo. La distinción fue aprobada por unanimidad y se destacó su capacidad para llevar el nombre de Tenerife “a las más altas cotas del arte contemporáneo”.
Fundación Cristino de Vera y proyección internacional
Un capítulo fundamental en la preservación de su legado es la Fundación Cristino de Vera – Espacio Cultural CajaCanarias, inaugurada en 2009 en La Laguna. El centro ocupa un palacio del siglo XVIII situado en una de las calles más emblemáticas de la ciudad, con una museografía limpia y sobria diseñada por Rodríguez Frade, en sintonía con el espíritu de la obra del artista.
Desde su apertura, la fundación se ha dedicado no solo a conservar y exhibir los trabajos de De Vera, sino también a difundir su universo artístico a través de exposiciones, publicaciones, conferencias y proyectos educativos. A lo largo de los años ha presentado muestras de otros creadores afines, favoreciendo el diálogo entre generaciones y sensibilidades diversas.
En este espacio se custodia, entre otras piezas, buena parte de la Colección de Arte del Gobierno de Canarias vinculada al pintor, compuesta por óleos y dibujos que el propio artista donó y que actualmente se encuentran en depósito en la fundación. También se integran obras pertenecientes a la Colección de Arte de la Fundación CajaCanarias.
La proyección internacional de Cristino de Vera se ha reforzado de manera especial en los últimos años. En 2024, el Instituto Cervantes organizó dos exposiciones monográficas de gran alcance: Cristino de Vera, el eremita de la pintura, en su sede de Roma, y Cristino de Vera. El pintor del silencio, en la sede parisina de la institución. Ambas muestras estuvieron comisariadas por Juan Manuel Bonet y contaron con el apoyo de la Fundación Cristino de Vera y de CajaCanarias.
Durante la presentación de la exhibición en París, Bonet subrayó que De Vera practicaba “el arte de la repetición, del asedio, de la variación sobre unos pocos motivos” y destacó que su obra, aparentemente sencilla, poseía un sustrato espiritual intenso que la hacía perdurable y universal.
Un carácter introvertido y una vida dedicada a la belleza
Más allá de los premios y de la recepción crítica, la figura de Cristino de Vera ha sido descrita por quienes lo conocieron como la de un hombre reservado, de vida sobria, que prefería el recogimiento a la exposición pública. Su personalidad refleja en buena medida el clima de sus lienzos: silenciosa, reflexiva, sin grandes gestos.
El propio artista definió en una ocasión su isla natal como “un lugar donde la naturaleza, las cosas, la vida misma era una ecuación de luz y sombras, de vida y muerte, de paz y de terror, de alegría y melancolía”. Esa mirada ambivalente, que mezcla fascinación y desasosiego, se reconoce en la atmósfera de muchas de sus obras.
De Vera se consideraba ante todo alguien que había trabajado con aquello que más quería: las artes. Llegó a afirmar que su labor consistía en aportar un poco de belleza a un mundo necesitado de ella, del mismo modo que la música de Bach, Händel, Shostakóvich o Béla Bartók había aliviado el espíritu de millones de personas. Para él, la pintura era también una forma de consuelo colectivo.
Quienes lo trataron hablan de un gran lector y melómano, capaz de dialogar con poetas contemporáneos y, al mismo tiempo, de comprender las búsquedas de la música moderna. Esa combinación de silencio exterior y vida interior intensa terminó cristalizando en una obra que muchos consideran de una pureza excepcional.
El miedo a la muerte, tan presente en su iconografía, convivía con un humor discreto, una sonrisa suave y una dulzura que desarmaba a quienes pensaban encontrar en él a un artista distante. En realidad, esa tensión entre angustia y ternura, entre temor y serenidad, alimenta también el trasfondo emocional de su pintura.
La muerte como certeza y tema central
Para Cristino de Vera, la muerte fue siempre una certeza inevitable, una presencia constante que acompañaba su trabajo sin caer nunca en el estruendo. Sus cuadros no celebran la tragedia, pero tampoco la eluden: la enfrentan con una mezcla de lucidez y recogimiento, como si se tratara de una conversación íntima y permanente.
Este viernes, esa certeza se consumó con su fallecimiento en Madrid a los 94 años, tras varios días de delicado estado de salud. La noticia provocó una inmediata oleada de mensajes de condolencia desde el ámbito cultural y político, especialmente en Canarias, donde su figura está profundamente arraigada.
El presidente del Gobierno de Canarias, Fernando Clavijo, destacó que el Archipiélago pierde a “uno de los grandes referentes de nuestra pintura contemporánea” y subrayó que su obra enseñó a mirar “la vida, el silencio y la muerte”. A su juicio, el legado de De Vera es imprescindible para la cultura canaria y trasciende fronteras.
La presidenta del Cabildo de Tenerife, Rosa Dávila, recordó que la corporación insular tuvo el honor de concederle la Gran Distinción de Nivaria y lo definió como un creador cuya obra situó a Tenerife en el panorama artístico internacional. Por su parte, el ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, lo calificó como un “pintor de extraordinaria trascendencia artística, espiritual y humana”, cuya obra permanecerá “como tesoro de la humanidad”.
Desde La Laguna, el alcalde Luis Yeray Gutiérrez lamentó la pérdida de un artista extraordinario, con una producción “personalísima” que llevó el nombre de Canarias por todo el mundo, y recordó la profunda vinculación del pintor con la ciudad donde se ubica la fundación que lleva su nombre.
Obra poética y simbología inconfundible
La obra de Cristino de Vera se ha descrito en numerosas ocasiones como una pintura poética, en la que la materia parece aligerarse para dejar paso a un clima casi metafísico. Sus composiciones, de apariencia sencilla, esconden una elaborada organización del espacio y un uso de la luz que dota a los objetos de una presencia inquietantemente serena.
En sus cuadros desfilan velas, cráneos, pañuelos, tazas, coronas de flores y objetos cotidianos que, bajo su pincel, adquieren un carácter ritual. Esa iconografía, reiterada durante décadas, confiere a su obra una coherencia poco frecuente: desde sus inicios hasta sus últimos trabajos se aprecia una continuidad férrea, sin bruscos giros estilísticos.
En un momento en que las vanguardias pictóricas marcaban el ritmo en Canarias y en el resto de España, De Vera se mantuvo fiel a su propio camino, ajeno a los vaivenes de las modas. Su pintura pudo dialogar con la abstracción e incluso incorporar algunas de sus conquistas, pero nunca renunció a su raíz figurativa ni a la dimensión espiritual que la vertebra.
El crítico Juan Manuel Bonet ha insistido en la “excepcional pureza” de su propuesta, mientras que el poeta José Hierro describió su trabajo como un intento de reconstruir las formas reales a partir de su imagen espiritual, comparándolo con Machado en su manera de recordar solo la emoción de las cosas.
Para varias generaciones de artistas, Cristino de Vera se convirtió en un referente silencioso: muchos no imitaron directamente su pincelada puntillista ni su gama cromática, pero sí intentaron asimilar su forma de encarar la pintura como un ejercicio de concentración extrema y respeto absoluto por el oficio.
Vínculo con Canarias y despedida en Madrid
Pese a haber vivido gran parte de su vida en Madrid, Cristino de Vera nunca rompió el hilo con Canarias. Sus frecuentes viajes al Archipiélago, su relación con instituciones culturales insulares y la creación de la fundación en La Laguna mantuvieron siempre vivo el diálogo con su tierra natal.
La directora de la Fundación Cristino de Vera, Clara Armas, ha subrayado en más de una ocasión que el artista jamás perdió su conexión con las Islas, algo que también reflejan sus escritos autobiográficos. En ellos evoca, por ejemplo, su infancia en Granadilla de Abona y la figura de su abuelo colombófilo, que le enseñó a distinguir las palomas y le ayudó a descubrir el cielo, una imagen que parece resonar en la luminosidad contenida de sus lienzos.
Tras su fallecimiento, está previsto que el velatorio se celebre en el Tanatorio de San Isidro de Madrid, y que una misa funeral tenga lugar en la capital española. Aunque la despedida física se produzca lejos del Archipiélago, buena parte de su legado artístico permanecerá en Tenerife gracias al trabajo continuado de la fundación y a las colecciones públicas y privadas que custodian sus obras.
Sus cuadros forman parte de importantes instituciones, como el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, el Museo de Bellas Artes de Bilbao, el Instituto Valenciano de Arte Moderno, la Fundación César Manrique, el Centro Atlántico de Arte Moderno o TEA Tenerife Espacio de las Artes, entre muchas otras. Esta presencia consolidada en colecciones de referencia garantiza que su obra siga siendo visible y estudiada en el futuro.
El eco de su muerte ha puesto de nuevo en primer plano la importancia de un creador que, sin grandes estridencias ni proclamas, consiguió articular una pintura profundamente espiritual y, al mismo tiempo, anclada en lo terrenal. En el equilibrio entre esos dos polos se sostiene una trayectoria que, vista en conjunto, dibuja uno de los capítulos más singulares del arte español de la segunda mitad del siglo XX.
La figura de Cristino de Vera queda ya asociada, de manera casi inseparable, a esa luz silenciosa que atraviesa sus cuadros, a la preocupación constante por el tiempo y la muerte y a una manera de entender la pintura como ejercicio de humildad y búsqueda interior. Su desaparición cierra una vida entera dedicada a la belleza y abre una etapa en la que serán sus obras, repartidas entre Canarias, España y Europa, las que sigan hablando por él, manteniendo vivo el diálogo entre la luz, el silencio y la memoria.