El olor a metal viejo y productos de limpieza se mezclaba con el aroma a césped recién cortado en un tranquilo barrio de Michigan. Las calles de aquel suburbio parecían dormidas: apenas pasaba alguna bici, quizá una camioneta que se detenía frente a un garaje, nada que hiciera sospechar que, al fondo de una de esas casas, un adolescente estaba jugueteando con materiales radiactivos como si fuera lo más normal del mundo.
En un pequeño cuarto destinado a herramientas de jardinería y trastos en desuso, David Hahn, un chico de 17 años, convirtió el cobertizo familiar en un improvisado laboratorio nuclear. Sin bata de laboratorio, sin instrumental profesional y protegido solo con unas gafas de natación recicladas y una camisa vieja de su padre, se lanzó a perseguir una idea tan descomunal como peligrosa: levantar, pieza a pieza, un reactor nuclear en el patio trasero.
¿Quién fue David Hahn, el «chico radiactivo»?
David Charles Hahn nació en 1976 en Michigan y desde muy pequeño demostró una capacidad inusual para entender conceptos científicos complicados. Mientras otros niños coleccionaban cromos o jugaban a la consola, él devoraba libros de química y soñaba con tener una muestra de cada elemento de la tabla periódica, incluidos los más peligrosos.
El detonante de su obsesión científica fue un regalo de su abuelo: el libro The Golden Book of Chemistry Experiments, una especie de biblia para jóvenes químicos curiosos. A partir de entonces, se dedicó a reproducir los experimentos que aparecían en sus páginas, y también a improvisar otros por su cuenta, muchas veces sin valorar las consecuencias.
A los 14 años ya había logrado algo que ningún padre quiere oír: fabricó nitroglicerina en su propia habitación. El experimento estuvo a punto de provocar una explosión seria en la casa familiar. Hubo bronca, gritos y amenazas de castigo, y durante un tiempo pareció que David aparcaba sus experimentos. Pero la realidad es que solo cambió de escenario y de ambición.
Su padre recordaría años después que David «siempre quería comprender cómo funcionaban las cosas». Esa curiosidad, que sonaba a talento prometedor, se convirtió en una fuente constante de problemas domésticos: manchas de quemaduras en alfombras y paredes, pequeños incendios en el sótano y sustos que la familia logró controlar sin llegar a llamar a los bomberos.
La presión de su madre, cansada de ver el sótano convertido en zona de riesgo, hizo que David trasladara sus proyectos al cobertizo del jardín, un cuarto diminuto que pasó a ser su laboratorio secreto. Lo que debería haber sido un simple almacén de herramientas acabó convertido en un espacio con niveles de radiación tan altos que, con el tiempo, fue declarado zona contaminada.
De los Boy Scouts a la energía atómica

Para intentar canalizar su energía, su entorno le animó a unirse a los Boy Scouts. Allí, lejos de relajarse, encontró el marco perfecto para tomarse aún más en serio la energía atómica. En 1991 obtuvo la insignia de mérito en «energía atómica», un logro poco habitual para un adolescente y que reflejaba lo en serio que se estaba tomando el tema.
Como parte de esa insignia, elaboró un esquema donde explicaba el proceso de fisión nuclear: cómo los núcleos atómicos pesados se fragmentan liberando energía. Lo que en teoría era un ejercicio educativo, en su cabeza se convirtió en un desafío real: si sabía cómo funcionaba un reactor, ¿por qué no construir uno?
Su objetivo terminó de tomar forma cuando descubrió el concepto de reactor reproductor (breeder reactor), un tipo de reactor capaz de producir más combustible fisible del que consume. Él mismo lo explicaría con una comparación sencilla: un coche que inicia un viaje con medio depósito y vuelve a casa con el tanque lleno. Esa idea le fascinó.
En plena crisis del petróleo de los años 90, con debates sobre la energía y la dependencia del crudo, David empezó a convencerse de que podía aportar una solución «desde su habitación». Su razonamiento simplista pero ambicioso era que, si lograba demostrar la viabilidad de un reactor reproductor casero, estaría un paso por delante de muchos adultos.
Pero había un pequeño detalle: no tenía dinero, ni laboratorio, ni acceso legal a materiales radiactivos. Lejos de rendirse, decidió hacerlo «a lo McGyver»: aprovechar todo lo que tuviera a su alcance en casa, tiendas de segunda mano y productos cotidianos que, bien desarmados, escondían isótopos útiles para su proyecto.
Cómo reunió material radiactivo en casa
Sin recursos económicos importantes, David Tiró de ingenio. Con sus ahorros, algún préstamo familiar y un buen número de engaños por carta, reunió poco a poco un arsenal de sustancias radiactivas que jamás habrían debido estar al alcance de un adolescente.
Entre los productos que desmanteló se encontraban:
- Detectores de humo, de los que extrajo americio-241.
- Camisas de linternas de camping, que contenían torio.
- Relojes antiguos, de cuyos marcadores luminosos obtuvo radio.
- Miras de armas con tritio, que podían actuar como moderadores de neutrones.
En total, fue recuperando americio, torio, radio, litio y tritio. Muchos de esos materiales provenían de aparatos comprados, otros los «consiguió» de manera mucho menos clara, incluida la sustracción de detectores de humo de edificios y residencias.
Su laboratorio casero no tenía nada de glamuroso: utilizaba frascos de pepinillos vacíos, filtros de café, tubos de plástico baratos y un quemador tipo Bunsen improvisado. Para proteger parcialmente los materiales, se hizo con bloques de plomo y construyó una especie de «bunker» casero para apantallar parte de la radiación.
La parte más peligrosa fue la purificación de esos elementos. Con litio extraído de pilas por valor de unos mil dólares, llegó a procesar cenizas de torio hasta conseguir concentraciones 170 veces superiores a los límites regulados por la Comisión Reguladora Nuclear (NRC). Transformó torio-232 en uranio-233 fisible en condiciones absolutamente inadecuadas.
En paralelo, quería un dispositivo capaz de generar neutrones, así que diseñó lo que llamó un «cañón de neutrones». Usó americio-241 encapsulado en un bloque de plomo perforado: a medida que el americio emitía partículas alfa, combinaba este flujo con elementos como aluminio para intentar liberar y canalizar neutrones que luego emplearía en sus experimentos de irradiación.
Engañar a expertos: cartas, títulos falsos y la NRC
Para avanzar en su proyecto, no le bastaba con desmontar objetos de casa. Necesitaba información técnica específica: datos sobre isótopos, métodos de extracción, normativa de manipulación. Y decidió conseguirlos yendo directamente a la fuente.
David comenzó a escribir a organismos oficiales e instituciones científicas de Estados Unidos, entre ellos la Comisión Reguladora Nuclear (NRC) y empresas vinculadas al sector nuclear. En esas cartas, se presentaba falsamente como «el profesor Hahn», supuestamente vinculado a una universidad, interesado en proyectos de investigación.
Aunque sus cartas tenían faltas de ortografía y algún error evidente, usaba un lenguaje técnico aprendido en libros y manuales que lograba dar cierta credibilidad a sus consultas. Así obtuvo información sobre niveles de seguridad, formas de adquirir materiales de baja actividad e incluso detalles sobre el comportamiento de determinados isótopos.
Con estos datos y el material que iba extrayendo de productos cotidianos, su plan a largo plazo era muy claro: crear un reactor reproductor casero, capaz de convertir torio y uranio de baja calidad en isótopos fisibles que, en teoría, podrían alimentar un reactor experimental.
El nivel de engaño fue tal que algunos profesionales respondieron a sus consultas sin sospechar que no estaban tratando con un científico formado, sino con un adolescente encerrado en un cobertizo lleno de radiación.
El reactor del jardín: un mini Chernóbil doméstico
Con el tiempo, David consiguió reunir suficiente material para montar su versión de un reactor reproductor. No era un reactor completo como los industriales, ni alcanzó nunca masa crítica, pero sí llegó a emitir radiación a niveles francamente peligrosos.
Su «reactor» consistía básicamente en un gran bloque de plomo perforado y cargado con fuentes radiactivas, rodeado de diversos compuestos químicos y moderadores con los que trataba de multiplicar la producción de neutrones y favorecer la transmutación del torio y del uranio.
La única herramienta seria de medición que tenía era un contador Geiger, que también compró por correo, y que montó a partir de un kit. Ese aparato se convirtió en su juguete favorito: medía todo lo que pasaba por sus manos y se emocionaba cada vez que la aguja se disparaba.
En cuestión de semanas, los niveles de radiación cerca del cobertizo subieron de forma brutal. Llegó a detectar radiación a varias casas de distancia, algo totalmente incompatible con un entorno residencial. Aun así, David siguió trabajando, aunque cada vez más inquieto por lo que estaba ocurriendo.
Su «laboratorio» presentaba una imagen tan surrealista como inquietante: un cartel en la puerta, mal escrito, que decía «Caushon» (en vez de «Caution»), una máscara de gas colgada por ahí, trastos de jardinería mezclados con tubos, recipientes con restos de compuestos radiactivos y el contador Geiger chisporroteando a cada paso.
El descubrimiento: una parada rutinaria que lo cambia todo
A mediados de 1994, David empezó a sospechar que la cosa se le había ido de las manos. Tras comprobar con el Geiger que la radiación se detectaba hasta cinco casas más allá, decidió desmantelar el dispositivo por su cuenta. Recogió parte del material y lo guardó en una caja de herramientas con candado que colocó en el maletero de su coche, un Pontiac 6000.
Fue entonces cuando la historia dio un giro. Una noche de verano, un vecino avisó a la policía porque vio a un joven merodeando cerca de unos coches y pensó que estaba robando neumáticos. La patrulla se presentó y se encontró con David, que alegó que solo estaba trasteando con el coche.
Los agentes, ante la situación dudosa, decidieron registrar el vehículo. Al abrir el maletero descubrieron la caja de herramientas cerrada. Le pidieron que la abriera y, al hacerlo, encontraron una serie de frascos, placas, piezas de plomo y restos de sustancias sospechosas.
Cuando le preguntaron qué era aquello, David soltó la verdad: «Son materiales radiactivos». Imagina la cara de los policías. De repente, lo que parecía un posible robo de neumáticos se convertía en una situación de riesgo nuclear. Alarmados, llamaron a los expertos en explosivos y a las autoridades sanitarias para evaluar qué habían encontrado exactamente.
A partir de ahí, el caso escaló rápidamente. Intervino la Policía Estatal de Michigan, el Departamento de Salud Pública, el FBI y la Comisión Reguladora Nuclear. Las mediciones iniciales detectaron altos niveles de torio y otras sustancias en el coche y en los objetos confiscados, lo que hizo saltar todas las alarmas.

La limpieza del cobertizo: un Superfund en mitad del vecindario
Las autoridades no tardaron en desplazarse a la casa de la familia Hahn para inspeccionar el cobertizo del jardín. Al entrar, se encontraron un caos de objetos radiactivos, herramientas improvisadas y niveles de radiación cientos o incluso mil veces superiores al fondo natural, según diferentes fuentes.
La Agencia de Protección Ambiental (EPA) concluyó que la propiedad suponía un «peligro inminente y sustancial» para la salud pública y el medio ambiente. El cobertizo quedó acordonado y todo el entorno fue tratado como un pequeño escenario de emergencia radiológica.
El 26 de junio de 1995, once técnicos equipados con monos protectores completos, mascarillas y guantes —descritos por el periodista Ken Silverstein como «trajes lunares»— iniciaron una operación de tres días para desmontar y retirar todo el contenido del cobertizo y parte del terreno.
La intervención, valorada en unos 60.000 dólares, consistió en desmontar el cobertizo, empaquetar sus restos y enviarlos como residuos radiactivos de bajo nivel a un almacén especializado en el desierto de la Gran Cuenca de Sal, en Utah. La casa quedó rodeada con cintas de advertencia amarillas, y solo el personal protegido podía entrar en la zona.
Para el vecindario, fue un shock. De la noche a la mañana, sus vecinos descubrían que habían convivido durante años a pocos metros de un laboratorio radiactivo clandestino. Muchos tardaron años en recuperar la confianza en la calidad del agua del grifo o en perder el miedo a la lluvia, en un contexto en el que la idea de la lluvia ácida ya circulaba en los medios.
Impacto en la salud y vigilancia posterior
Desde el momento en que se destapó el caso, el FBI y otros organismos federales mantuvieron a David bajo vigilancia. Expertos de la EPA sospechaban que podía haber recibido una dosis significativa de radiación, sobre todo por su exposición continuada al torio y a otros isótopos durante varios años.
Se le ofreció someterse a exámenes médicos especializados en la central nuclear Enrico Fermi, para analizar posibles daños a largo plazo. Sin embargo, David se negó, probablemente porque temía que los resultados revelaran un panorama preocupante para su salud futura.
Al no tener datos definitivos, no existe un consenso claro sobre la dosis total que recibió, aunque es muy probable que su esperanza de vida se viera reducida por esa exposición. Aun así, él insistía ante amigos y periodistas en que se encontraba bien.
Curiosamente, en el momento del incidente inicial, la repercusión mediática fue bastante limitada. No fue hasta 1998, cuando el periodista Ken Silverstein publicó un extenso reportaje en Harper’s Magazine —titulado «The Radioactive Boy Scout»—, que la historia ganó notoriedad nacional e internacional.
Años más tarde, Silverstein ampliaría ese artículo en un libro completo, también llamado «The Radioactive Boy Scout», donde detallaba con más profundidad los experimentos, las investigaciones oficiales y el impacto humano y social del caso.
La vida de David Hahn tras el escándalo
La destrucción de su laboratorio fue un golpe personal durísimo. David confesó que sus experimentos eran «lo que le daba una razón para seguir». Al quedarse sin ellos, se sintió desorientado, sin un objetivo claro. Aunque consiguió alcanzar el rango de Eagle Scout, su fama quedó marcada para siempre por el episodio del reactor casero.
Intentó reconducir su vida alistándose en la Marina de los Estados Unidos. Fue destinado al portaaviones de propulsión nuclear USS Enterprise, lo que, en teoría, podía haber sido su gran oportunidad para canalizar su interés por la energía nuclear de forma regulada y profesional.
Sin embargo, las cosas no salieron como esperaba. Su paso por la Marina y posteriormente por el Cuerpo de Marines terminó con expulsiones relacionadas con problemas de conducta y dificultades de adaptación. También intentó cursar estudios universitarios, pero nunca llegó a asentarse en ese entorno.
A las complicaciones profesionales se sumaron golpes personales importantes: la muerte de su madre en 1996 y una relación sentimental que terminó mal contribuyeron a su deterioro emocional. En entrevistas posteriores, contaba que a veces soñaba con volver a poner en marcha el reactor del jardín, sintiendo de nuevo esa mezcla de miedo y fascinación cuando la radiación iluminaba su rostro.
En 2007 volvió a los titulares cuando fue detenido por robar detectores de humo en un bloque de pisos, aparentemente para conseguir de nuevo americio-241. Aunque no se pudo demostrar que planeara otro reactor, el paralelismo con su adolescencia reavivó el nerviosismo en la comunidad y entre las autoridades.
El final de la historia y el legado cultural
El 27 de septiembre de 2016, David Hahn fue encontrado muerto a los 39 años en Shelby Charter Township, Michigan. La autopsia determinó que la causa fue accidental, fruto de la combinación de alcohol, fentanilo y difenhidramina. No se atribuyó de forma directa su muerte a la radiación, aunque su historial de exposición sigue siendo un factor imposible de ignorar.
Con el tiempo, su historia ha alimentado libros, documentales y referencias en la cultura popular. Además del libro de Silverstein, se produjo un documental titulado «The Nuclear Boyscout» emitido en el Channel 4 británico en 2003, donde el propio David recreaba algunos de sus métodos ante la cámara.
El caso también ha servido de inspiración indirecta para películas y relatos de ficción. Se ha mencionado que el antagonista de la película «Source Code» (2011) está parcialmente inspirado en Hahn. Incluso una famosa caza del tesoro universitaria —la Scavenger Hunt de la Universidad de Chicago en 1999— incluyó entre sus pruebas la construcción de un reactor reproductor en un cobertizo, referencia evidente a su historia.
Curiosamente, la figura de David también ha motivado a jóvenes científicos posteriores. Uno de los casos más conocidos es el de Taylor Wilson, que logró realizar una reacción de fusión nuclear controlada con apenas 14 años, eso sí, en un entorno mucho más regulado y seguro que el cobertizo de Michigan.
Riesgos reales de un reactor nuclear casero
La historia de David Hahn puede sonar a anécdota extrema, pero pone sobre la mesa cuestiones muy serias sobre seguridad, regulación y cultura científica. Intentar montar un «reactor» con materiales de consumo cotidiano es una temeridad, y su caso sirve como recordatorio de por qué existen leyes estrictas sobre sustancias radiactivas.
Entre los riesgos principales de experimentar con materiales nucleares sin control se encuentran:
- Exposición prolongada a radiación ionizante, con aumento de riesgo de cáncer, daños en el ADN y otros problemas de salud a largo plazo.
- Contaminación del entorno cercano: suelos, aguas subterráneas y superficies domésticas pueden quedar impregnados de isótopos radiactivos.
- Riesgo de incendios o explosiones por manejo incorrecto de sustancias químicas asociadas a los procesos de extracción y purificación.
- Impacto psicológico y social en el vecindario, ante la sensación de haber estado expuestos a un peligro invisible y difícil de medir.
Aunque el reactor de David nunca alcanzó masa crítica ni estuvo cerca de provocar una explosión nuclear como tal, sí generó campos de radiación lo bastante intensos como para justificar una limpieza federal costosa y una respuesta de emergencia coordinada entre varias agencias.
Conviene recordar además que la energía nuclear legítima y segura —incluidos los experimentos de fusión que buscan recrear el funcionamiento de una estrella en la Tierra— se desarrolla en instalaciones altamente reguladas, con equipos de protección avanzados, personal especializado y controles exhaustivos de residuos.
En contraste, un cobertizo de jardín con botes reciclados, bloques de plomo y aparatos desguazados no puede ofrecer garantía alguna de seguridad. La historia de Hahn demuestra que la línea entre la genialidad y la imprudencia puede ser muy fina cuando falta supervisión adulta, apoyo institucional y formación específica en riesgos.
Al final, la vida de David Hahn mezcla brillantez, obsesión y falta de freno. Su proyecto nunca llegó a ser el reactor reproductor funcional que imaginaba, pero sí bastó para movilizar a la EPA, al FBI y a la NRC, contaminar un vecindario entero y dejar una advertencia clara para cualquiera que piense que jugar con energía nuclear en casa es una idea seductora: la curiosidad científica es valiosa, pero sin control ni límites puede terminar arrasando la vida de quien la persigue y poniendo en jaque a quienes le rodean.
