Cometa interestelar 3I/ATLAS: qué sabemos de su paso por el Sistema Solar

  • 3I/ATLAS es el tercer cometa interestelar detectado y seguirá una trayectoria hiperbólica que lo expulsará del Sistema Solar
  • Mostró una actividad gaseosa inusualmente intensa tras el perihelio, con emisiones dominadas por CO₂ y compuestos orgánicos
  • Ha sido seguido de forma coordinada por TESS, Hubble, SPHEREx, radiotelescopios y observatorios europeos, incluido el Citic de A Coruña y el Montseny
  • Su paso cerca del radio de Hill de Júpiter en marzo de 2026 permitirá estudiar cómo interactúa un objeto interestelar con un planeta gigante

Cometa interestelar 3I/ATLAS

El cometa interestelar 3I/ATLAS se ha convertido en uno de los grandes protagonistas recientes de la astronomía. Su paso fugaz por el vecindario solar ha permitido coordinar una batería de telescopios espaciales y terrestres en una campaña sin precedentes, con especial participación de equipos europeos y españoles.

Lejos de ser un cometa más, 3I/ATLAS ha permitido asomarse a la química y la física de otros sistemas estelares. Su extraña composición, su actividad retardada tras el perihelio, la presencia de una marcada anticola y las especulaciones sobre su posible origen artificial han alimentado meses de observaciones, análisis y también de debate científico.

Un visitante interestelar que solo pasa una vez

Desde sus primeras mediciones precisas, los astrónomos comprobaron que 3I/ATLAS sigue una órbita hiperbólica, es decir, no está ligado gravitatoriamente al Sol y cruzará el Sistema Solar una única vez antes de regresar definitivamente al espacio interestelar. Por ello se le catalogó como el tercer objeto interestelar conocido, tras 1I/‘Oumuamua y 2I/Borisov.

La designación 3I/ATLAS resume su historia: es el tercer cometa interestelar identificado, descubierto por el sistema de telescopios ATLAS en Chile. El hallazgo se confirmó en julio de 2025, cuando ya se encontraba entre las órbitas de Júpiter y Marte y los cálculos orbitales descartaban cualquier amenaza de impacto para la Tierra o para el Sol.

La precisión de la órbita calculada permitió clasificarlo casi de inmediato como visitante de otro sistema estelar. A la vez, su coma —la tenue atmósfera que rodea al núcleo helado— empezó a llamar la atención porque no encajaba del todo con lo que se ve habitualmente en los cometas de nuestra vecindad. Un trabajo liderado por el equipo de Xabier Pérez Couto en el Citic (Universidad de A Coruña), usando datos de la misión Gaia de la ESA, reconstruyó a la inversa la trayectoria de 3I/ATLAS durante los últimos 10 millones de años.

Mientras avanzaba hacia el interior del Sistema Solar, se midió que el cometa viajaba a unos 210.000 kilómetros por hora, con un núcleo helado de entre unos cientos de metros y varios kilómetros de diámetro y una antigüedad estimada de más de 7.000 millones de años, comparable a la del propio Sistema Solar.

Seguimiento del cometa 3I/ATLAS

Una química distinta: coma dominada por CO₂ y actividad “tardía”

Una de las primeras sorpresas fue que la coma de 3I/ATLAS está dominada por dióxido de carbono. Las observaciones mostraban que la emisión de CO₂ era varias veces superior a la de agua, justo al revés de lo que se ve en la mayoría de cometas del Sistema Solar, donde el vapor de agua suele ser el componente principal cuando se acercan al Sol.

Cuando el objeto se hallaba entre las órbitas de Júpiter y Marte, las mediciones detectaban sobre todo CO₂ con señales muy débiles de agua, monóxido de carbono y moléculas orgánicas. Parecía, a simple vista, un cometa relativamente apagado para estar entrando en el entorno solar interior.

Todo cambió tras el perihelio del 29 de octubre de 2025, su momento de máxima aproximación al Sol. Un estudio dirigido por el astrónomo Michael Werner, a partir de datos del observatorio espacial SPHEREx de la NASA, mostró que semanas después del perihelio el cometa se volvió mucho más activo.

Las observaciones infrarrojas revelaron que las emisiones de agua, monóxido y dióxido de carbono, nitrilo (CN) y compuestos orgánicos como metano y metanol se dispararon hasta unas 20 veces respecto a las mediciones previas. La coma de gas de CO₂ se extendía hasta un radio de unos 3 minutos de arco, mostrando una envoltura de gas y polvo claramente desarrollada cuando ya se alejaba del Sol.

La explicación más probable, según el estudio, es que el calentamiento solar fue penetrando poco a poco en capas profundas del núcleo, liberando hielos que llevaban intactos miles de millones de años en otro sistema estelar. Ese “despertar tardío” es frecuente en cometas de nuestro entorno, pero verlo en un cuerpo interestelar refuerza la idea de que los procesos físicos que modelan los cometas podrían ser universales.

“Volcanes de hielo”, jets y una llamativa anticola

A medida que se intensificaba la actividad, distintos equipos empezaron a fijarse en los chorros de material que salían del núcleo de 3I/ATLAS. Observaciones coordinadas —entre ellas las del telescopio Joan Oró del Observatorio del Montseny, vinculado al Institut d’Estudis Espacials de Catalunya— permitieron interpretar esos jets como una especie de “volcanes de hielo”.

Esos chorros se activan cuando partes del núcleo se calientan, expulsando hielo y polvo en forma de surtidores que no solo alimentan la coma, sino que también pueden modificar ligeramente la trayectoria y la rotación del cometa. Lejos de emitir lava como un volcán terrestre, 3I/ATLAS lanza al espacio material helado y gases, un comportamiento que lo emparenta con cuerpos transneptunianos formados más allá de Neptuno, pese a haberse originado en otro sistema planetario.

Otro rasgo distintivo fue la aparición de una anticola muy marcada, observada tanto por telescopios terrestres —incluyendo un observatorio en Tenerife— como por misiones espaciales como STEREO-A y SOHO. Esta anticola se ve, desde nuestra perspectiva, como un flujo de polvo que parece extenderse hacia el Sol, en lugar de alejarse de él como haría una cola cometaria convencional.

En realidad, se trata de un efecto de perspectiva y de distribución del polvo en el plano orbital, pero su prominencia en 3I/ATLAS ha sido clave para estudiar cómo interaccionan el viento solar, la radiación y el material expulsado por el cometa. La estructura de esa anticola se ha seguido en detalle con imágenes del telescopio espacial Hubble y, más recientemente, con datos fotográficos de TESS.

La combinación de jets activos, volatilidad dominada por CO₂ y la presencia de anticola han proporcionado un laboratorio natural para analizar cómo se comporta un cometa formado alrededor de otra estrella al enfrentarse por primera vez al entorno solar.

Observaciones del cometa 3I/ATLAS

TESS y Hubble: una “película” de 28 horas y 36 instantáneas de alta resolución

Uno de los grandes saltos respecto a visitas interestelares anteriores es que, esta vez, la infraestructura observacional estaba preparada. El satélite TESS (Transiting Exoplanet Survey Satellite), diseñado para buscar exoplanetas mediante tránsitos, se ha revelado como una herramienta inesperadamente útil para seguir el rastro de 3I/ATLAS.

TESS observa grandes franjas del cielo durante cerca de un mes por sector, generando imágenes de campo completo de forma continua. Gracias a ese barrido sistemático, los astrónomos localizaron al cometa en datos de mayo y junio de 2025, es decir, dos meses antes de su descubrimiento oficial. Apilando y alineando más de 9.000 imágenes archivadas, 3I/ATLAS emergió como una fuente tenue, sin halo perceptible y con un comportamiento similar al de un pequeño asteroide inactivo.

La situación cambió radicalmente entre el 15 y el 22 de enero de 2026, cuando la NASA activó un periodo especial de seguimiento. Durante esas jornadas, TESS captó de forma repetida al cometa alejándose del Sol, registrando su desplazamiento frente a un campo abarrotado de estrellas y una anticola claramente dirigida hacia el astro. Las mediciones calibradas del 15 de enero y un vídeo resumido se hicieron públicos pocos días después en el Archivo Mikulski para Telescopios Espaciales.

El resultado es una especie de “película” de 28 horas de duración en la que 3I/ATLAS aparece como un punto brillante con su rastro de polvo. Aunque el poder angular de TESS es limitado —el cometa ocupa tan solo unos píxeles—, para el astrofísico Avi Loeb y el observador Toni Scarmato estos datos abren la puerta a buscar variaciones periódicas de brillo y pequeños “bamboleos” en la anticola asociados al movimiento de rotación del núcleo.

En paralelo, el aportó las imágenes de alta resolución. Entre el 30 de noviembre de 2025 y el 22 de enero de 2026 tomó 36 instantáneas del cometa, aprovechando una alineación muy favorable: 3I/ATLAS llegó a situarse a tan solo 0,69 grados del eje Tierra-Sol, minimizando la contaminación del fondo.

Con esa serie de observaciones, los investigadores han podido estimar un periodo de rotación en torno a 7,1 horas, seguir la evolución de la coma y analizar cambios sutiles en la emisión de polvo y gas. La combinación de la película de gran campo de TESS y el “zoom” de Hubble permite, por primera vez, reconstruir el comportamiento tridimensional y temporal de un visitante interestelar conforme entra, se activa, rota y se aleja del Sistema Solar.

Radiotelescopios, Breakthrough Listen y la búsqueda de tecnofirmas

El carácter interestelar de 3I/ATLAS disparó inevitablemente las especulaciones sobre un posible origen artificial o tecnológico. El astrofísico de Harvard Avi Loeb ha sido una de las voces más insistentes en pedir que no se descarten escenarios poco habituales, apoyándose en anomalías orbitales y episodios de aceleración no gravitacional que, según él, no se explican del todo con la simple sublimación del hielo.

Estas hipótesis llevaron a que proyectos dedicados a la búsqueda de vida inteligente, como Breakthrough Listen, apuntaran una batería de radiotelescopios hacia el cometa. El Allen Telescope Array informó tras su campaña que “no se encontró ninguna señal que merezca un análisis adicional”, y resultados similares llegaron desde el radiotelescopio MeerKAT en Sudáfrica, cuyo equipo destacó que no detectaron emisiones de origen tecnológico.

El Green Bank Telescope también se sumó al esfuerzo, sin hallar radiación artificial localizada en 3I/ATLAS. Para Fernando Camilo, jefe científico del Observatorio Sudafricano de Radioastronomía, el caso ilustra cómo la colaboración global permite caracterizar de forma rigurosa un fenómeno natural tan extraordinario como un cometa formado en otro sistema estelar que pasa fugazmente por el nuestro.

Pese a ese consenso, Loeb sostiene que el tiempo disponible de observación podría no ser suficiente para descartar completamente hipótesis alternativas y que conviene mantener una cierta prudencia, especialmente de cara a su encuentro con Júpiter. En cualquier caso, por ahora no se ha detectado ninguna tecnofirma asociada al objeto y los datos apuntan a procesos astrofísicos convencionales.

3I/ATLAS y la ciencia hecha desde Europa y España

Más allá del protagonismo de los grandes observatorios de la NASA, el seguimiento de 3I/ATLAS ha tenido un marcado acento europeo, con aportaciones importantes desde España. El ya mencionado grupo de Xabier Pérez Couto en el Citic de la Universidad de A Coruña utilizó la misión Gaia para reconstruir la trayectoria a largo plazo del cometa y confirmar su origen interestelar.

En Cataluña, las observaciones con el telescopio Joan Oró, en el Observatorio del Montseny, jugaron un papel clave en la identificación de los “volcanes de hielo” y los chorros que impulsan al cometa. Ese trabajo, con participación del investigador Josep M. Trigo-Rodríguez, puso de relieve las similitudes de 3I/ATLAS con objetos transneptunianos que orbitan más allá de Neptuno, a pesar de haberse formado en un entorno estelar distinto.

Telescopios europeos como el Very Large Telescope (VLT) en Chile, operado por el Observatorio Europeo Austral (ESO), y la participación de la Agencia Espacial Europea (ESA) en campañas coordinadas con Hubble, James Webb y otros instrumentos, han permitido cubrir un rango amplio de longitudes de onda, desde el óptico hasta el infrarrojo y la radio.

En conjunto, este despliegue demuestra que Europa y España están bien situadas para liderar el estudio de futuros visitantes interestelares, tanto desde el punto de vista de la instrumentación como de la capacidad de procesar grandes volúmenes de datos astronómicos en tiempo casi real.

Una cita delicada con Júpiter y el papel de la Esfera de Hill

El próximo gran hito en la trayectoria de 3I/ATLAS está fijado para el 16 de marzo de 2026, cuando el cometa se acercará a la región dominada por la Esfera de Hill de Júpiter. Esta esfera marca el área en la que la gravedad del planeta gigante domina sobre la influencia del Sol y puede capturar, desviar o perturbar de forma significativa a otros cuerpos.

Según los cálculos de la NASA, el radio de Hill de Júpiter ese día será de unos 53,502 millones de kilómetros, mientras que 3I/ATLAS pasará a unos 53,445 millones de kilómetros. La diferencia —del orden de 60.000 kilómetros— es pequeña en términos astronómicos, lo que abre la posibilidad de que el cometa sea ligeramente desviado, quede temporalmente ligado o, en el escenario más extremo, sea capturado como satélite o fragmento en órbita alrededor del planeta.

Para la misión Juno, que orbita Júpiter, este encuentro representa una oportunidad especial: desde unas decenas de millones de kilómetros, la sonda podrá observar el paso de un objeto interestelar por el dominio gravitatorio de un gigante gaseoso, utilizando su instrumental óptico, infrarrojo y de partículas. Cualquier cambio en la cola, la emisión de gas o la estructura de la coma proporcionará pistas valiosas sobre cómo reacciona un cometa de otro sistema estelar al atravesar un entorno tan extremo.

Desde la perspectiva teórica, esta aproximación también permite poner a prueba modelos sobre capturas temporales, resonancias orbitales y transferencia de energía gravitatoria entre planetas gigantes y pequeños cuerpos interestelares. Sea cual sea el desenlace —simple sobrevuelo o interacción más intensa—, los datos ayudarán a entender mejor la dinámica de estos visitantes.

Algunos científicos, como Avi Loeb, han subrayado que una coincidencia tan ajustada entre la trayectoria de 3I/ATLAS y la Esfera de Hill de Júpiter es, como mínimo, curiosa, y la han utilizado como argumento para insistir en que no se descarten todavía todos los escenarios posibles. La mayoría de la comunidad, sin embargo, considera que lo más razonable es seguir acumulando datos y dejar que los modelos físicos hagan su trabajo.

Un “paciente VIP” para la próxima generación de observatorios

El caso de 3I/ATLAS está sirviendo, en la práctica, como banco de pruebas para la próxima hornada de telescopios, tanto espaciales como terrestres. La experiencia adquirida con TESS, Hubble, SPHEREx, radiotelescopios y misiones como Juno alimentará directamente la forma en que se diseñen y coordinen futuras campañas de seguimiento.

Instalaciones como el Vera C. Rubin Observatory en Chile, con su amplio campo de visión y su capacidad para monitorizar repetidamente el cielo, se beneficiarán de algoritmos de detección temprana refinados a partir del caso 3I/ATLAS: técnicas de apilado de miles de imágenes, métodos para rastrear objetos muy débiles y estrategias para decidir cuándo activar recursos de alto coste ante nuevos visitantes interestelares.

Al mismo tiempo, la astronomía de datos se enfrenta al reto de almacenar, procesar y poner a disposición del público científico millones de imágenes y curvas de luz. Equipos dispersos —como la colaboración entre Avi Loeb y Toni Scarmato— han demostrado que es posible exprimir archivos públicos de forma rápida, siempre que la infraestructura digital responda.

Cada cuerpo interestelar que cruce nuestro entorno deja, además, un legado científico que va más allá de la anécdota. En el caso de 3I/ATLAS, sus moléculas actúan como muestras directas de la materia que circula en otros sistemas planetarios, mientras que su trayectoria sirve para perfeccionar modelos sobre cómo se expulsan cometas y asteroides de discos protoplanetarios lejanos.

Si finalmente este cometa no oculta nada extraordinario y se comporta como un objeto natural más, habrá fijado un nuevo estándar de observación para los visitantes interestelares. Y si en su aproximación a Júpiter se detecta algún comportamiento inesperado, la comunidad dispondrá ya de una red de telescopios y protocolos lista para reaccionar.

Al final, el paso de 3I/ATLAS por el Sistema Solar deja una sensación compartida entre los investigadores: aunque su visita sea breve y no vuelva jamás, ha ofrecido una oportunidad única para estudiar, con herramientas del siglo XXI, un fragmento de otro mundo que cruza el nuestro casi de puntillas, recordándonos que el espacio que nos rodea es mucho más dinámico y diverso de lo que sugieren los mapas escolares del Sistema Solar.

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