Coliseo Cuadrado: el misterio de la joya romana

  • El Coliseo Cuadrado nació como emblema fascista dentro del proyecto del EUR para la Exposición Universal de 1942.
  • Su arquitectura racionalista reinterpreta el Coliseo romano mediante una planta cuadrada y 6 filas de 9 arcos por fachada.
  • Tras la guerra fue resignificado como espacio cultural y hoy es sede de Fendi y escenario de exposiciones de arte contemporáneo.
  • Las muestras, como la retrospectiva de Arnaldo Pomodoro, exploran el diálogo entre civilizaciones dentro de un icono de la Roma moderna.

Coliseo Cuadrado en el barrio EUR de Roma

El llamado Coliseo Cuadrado, oficialmente Palazzo della Civiltà Italiana, se ha convertido en uno de esos lugares que, sin estar en el circuito turístico más típico de Roma, despierta cada vez más curiosidad. Esta mole blanca de arcos perfectamente alineados domina el barrio del EUR y, aunque nació bajo la sombra del fascismo, hoy es una mezcla bastante peculiar de arquitectura monumental, arte contemporáneo y moda de lujo. No es el típico edificio que uno asocia con la Roma clásica, pero precisamente por eso engancha tanto.

Este palacio, que muchos ven como una reinterpretación moderna del Anfiteatro Flavio (el Coliseo original), tiene detrás una historia cargada de propaganda, proyectos megalómanos que nunca se completaron y una sorprendente segunda vida tras la Segunda Guerra Mundial. Actualmente, además de ser la sede de la casa de moda Fendi, alberga exposiciones temporales y se ha convertido en uno de los símbolos más reconocibles del skyline del EUR, ese barrio racionalista que parece otra ciudad dentro de Roma.

Origen del Coliseo Cuadrado y el proyecto del EUR

El Palazzo della Civiltà Italiana surge en el contexto del gran proyecto urbano del barrio EUR (Esposizione Universale di Roma), concebido por la dictadura de Benito Mussolini para celebrar una Exposición Universal en 1942. La idea era mostrar al mundo una Roma renovada, heredera directa del Imperio, y al mismo tiempo exhibir el poder y la modernidad del régimen fascista. Toda la zona del EUR se diseñó como escaparate de esa nueva Roma, con grandes avenidas, edificios geométricos y una estética fría pero imponente.

La Exposición Universal de 1942 nunca llegó a celebrarse porque el estallido de la Segunda Guerra Mundial lo truncó todo, dejando el proyecto a medias. Sin embargo, muchas de las construcciones previstas sí se levantaron, y entre ellas destacó desde el principio el Palazzo della Civiltà Italiana, pensado como una especie de templo laico a la grandeza del pueblo italiano. Aunque su origen está claramente ligado al fascismo, tras la guerra Roma optó por no derribarlo y darle una nueva función, integrándolo en la ciudad democrática que estaba naciendo.

Durante el periodo de posguerra, el barrio del EUR se fue transformando paso a paso en zona residencial y administrativa. Lejos de ser un espacio congelado en el tiempo, el área se llenó de oficinas, viviendas modernas y servicios, hasta convertirse en uno de los núcleos económicos más importantes de la capital italiana. En lugar de ocultar su origen, Roma aprovechó estas edificaciones como ejemplo de cómo se puede resignificar un legado incómodo mediante nuevos usos y nuevas lecturas.

En ese contexto, el Palazzo della Civiltà Italiana dejó de ser un simple monumento propagandístico para convertirse en espacio de exposiciones y centro cultural. Ya en el periodo republicano, se decidió conservarlo terminado y utilizarlo como sede de distintas muestras artísticas y eventos. Esa dimensión cultural se ha mantenido, aunque hoy convive con su faceta corporativa ligada a Fendi, que ha marcado un antes y un después en la imagen pública del edificio.

Arquitectura: una reinterpretación del Coliseo romano

El apodo de Coliseo Cuadrado no es casual ni una ocurrencia moderna: el edificio fue concebido como un homenaje directo al antiguo Coliseo, pero adaptado a los códigos de la arquitectura racionalista del siglo XX. Mientras el Anfiteatro Flavio es un gran óvalo de piedra lleno de vanos y arcadas superpuestas, el Palazzo della Civiltà Italiana adopta una planta estrictamente cuadrada y una geometría casi obsesiva, creando un volumen compacto que impresiona por su simetría.

El palacio se eleva hasta una altura cercana a los 70 metros, cifra que se percibe todavía mayor porque el edificio se asienta sobre una plataforma elevada. Antes de llegar a su base, el visitante debe subir una amplia escalinata que conduce a una especie de meseta de travertino y hormigón. Este pedestal monumental hace que el conjunto parezca aún más dominante dentro del paisaje del EUR y crea una puesta en escena muy teatral, casi como si uno se acercara a un escenario urbano.

La estructura presenta cuatro fachadas idénticas repletas de arcos, lo que refuerza esa idea de coliseo reinterpretado en clave moderna. En cada lado se repiten seis filas de nueve arcos, perfectamente alineados desde la base hasta la parte superior. En total, si se cuentan los arcos de las cuatro caras, se obtiene la cifra de 216 aperturas, aunque popularmente se suele mencionar el número de 218 arcos, símbolo de la obsesión numérica y simétrica que impregnaba muchos proyectos del régimen.

Uno de los detalles más curiosos es la posible lectura simbólica de esta composición: se dice que las seis filas y las nueve columnas de arcos harían referencia al número de letras de los nombres “Benito” (6) y “Mussolini” (9). Aunque esta interpretación no siempre se documenta de manera oficial, encaja bastante con la mentalidad de la época y con la voluntad del dictador de dejar su huella en la ciudad recurriendo tanto a la monumentalidad como a guiños numéricos y simbólicos.

En cuanto a los materiales, el edificio se construyó en hormigón revestido de mármol travertino, siguiendo los cánones de una arquitectura que quería parecer robusta, pura y eterna. El uso de grandes superficies lisas, la ausencia de ornamentos innecesarios y la repetición casi hipnótica de los arcos encajan con los principios del racionalismo italiano, que apostaba por líneas claras, volúmenes rotundos y una estética de poder. Todo ello hace que el Coliseo Cuadrado resulte al mismo tiempo austero y escénico, generando un fuerte impacto visual incluso a distancia.

Coliseo Cuadrado: el misterio de la joya romana

Autores del proyecto y significado ideológico

El diseño del Palazzo della Civiltà Italiana corrió a cargo de tres arquitectos italianos: Giovanni Guerrini, Ernesto La Padula y Mario Romano. El encargo, como buena parte de la arquitectura del EUR, respondía a una estrategia global del régimen para crear un nuevo rostro monumental para Roma. Estos profesionales tuvieron que conjugar los deseos propagandísticos del poder político con las tendencias estéticas del momento, muy influidas por el racionalismo y por una reinterpretación severa de la antigüedad clásica.

La intención de Mussolini era presentar su gobierno como continuador del legado del Imperio Romano. Por eso, siempre que tenía ocasión, trataba de vincular la nueva arquitectura fascista con los grandes símbolos de la Roma imperial. El Coliseo Cuadrado debía ser, en esa lógica, la versión moderna del Coliseo antiguo: donde antes había gladiadores y espectáculos de masas, ahora se celebraría la grandeza de la «civilización italiana» entendida como una suma de talento, trabajo y disciplina.

En la parte superior de la fachada principal, todavía puede leerse una inscripción que resume a la perfección el mensaje ideológico que se quería transmitir. La frase, asociada directamente al dictador, proclama que el pueblo italiano es un «pueblo de poetas, de artistas, de héroes, de santos, de pensadores, de científicos, de navegantes y de migrantes». Con esta enumeración se pretendía abarcar todas las facetas del genio nacional, desde la espiritualidad hasta la ciencia, pasando por la exploración del mundo y la creación artística.

Esta declaración tallada en la piedra funciona como una especie de manifiesto condensado del proyecto político de la época: convertir el edificio en un altar laico dedicado a un pueblo elevado casi a la categoría de mito. Con el paso del tiempo, la lectura de esta inscripción ha ido cambiando; hoy se suele interpretar de un modo más crítico o, al menos, contextualizado, pero no deja de ser uno de los rasgos más característicos del palacio y un recordatorio de su origen.

Aunque la carga ideológica original era muy fuerte, la Roma de la posguerra tomó una decisión clara: en lugar de borrar este pasado, lo integró en una nueva narrativa urbana. El edificio se mantuvo en pie, se terminó su construcción y se le asignaron usos culturales. Así, el Coliseo Cuadrado pasó de ser un símbolo de un régimen concreto a convertirse en un icono arquitectónico de la ciudad, abierto a otras interpretaciones y funciones a medida que Roma se transformaba.

Las estatuas y el homenaje al talento italiano

Uno de los elementos más llamativos cuando uno se acerca al Palazzo della Civiltà Italiana es la primera hilera de arcos a nivel de acceso. Bajo cada uno de esos arcos de la planta baja se sitúa una escultura, formando una especie de guardia de honor que recibe al visitante. No son figuras colocadas al azar, sino que responden a un programa iconográfico muy concreto heredado de la mentalidad del proyecto original.

Cada escultura representa una habilidad, arte o disciplina considerada esencial dentro de lo que se entendía como la grandeza del ser humano, y en particular del ser humano italiano. Hay referencias al deporte, a las artes, a la ciencia, a la técnica, a la exploración, componiendo un catálogo de capacidades que supuestamente dominaba el pueblo al que estaba dedicado el edificio. Se trata, en definitiva, de un homenaje al talento italiano y a la idea de que Italia ha aportado figuras destacadas en casi todos los campos a lo largo de la historia.

Esta dimensión alegórica encaja con la inscripción superior y con el propio nombre del palacio, que alude a la «civilización» como concepto global. La arquitectura, las palabras y las esculturas trabajan juntas para construir un relato de grandeza nacional. Hoy, sin embargo, quienes pasean por allí suelen apreciar sobre todo el juego de volúmenes y la fuerza plástica de esas figuras colocadas enmarcadas por los arcos, que añaden dinamismo y un punto de teatralidad a la fachada.

Más allá de su lectura histórica, las estatuas contribuyen a convertir la entrada en un espacio escenográfico muy fotogénico. Las largas escaleras, el plano elevado, los arcos enmarcando las figuras y el fondo de mármol claro componen una escena que invita tanto a la contemplación como a la fotografía. No resulta extraño que el lugar se haya transformado en un escenario habitual para sesiones fotográficas, rodajes y campañas de moda, especialmente desde la llegada de Fendi.

Completando el conjunto exterior, en los extremos de la gran escalinata de acceso se levantan cuatro esculturas adicionales que marcan y “protegen” los límites del recinto. Estas piezas, instaladas en ese altillo particular donde reposa el edificio, refuerzan la idea de que el palacio es una especie de acrópolis moderna, separada del entorno inmediato mediante ese juego de alturas, rampas y figuras monumentales.

Del símbolo fascista a icono moderno de Roma

Tras la caída de Mussolini y el fin de la Segunda Guerra Mundial, el barrio del EUR arrastraba un claro estigma: era visto como el gran escaparate del fascismo. La ciudad tuvo que decidir qué hacer con esa herencia arquitectónica tan contundente, y la solución fue darle nuevos significados mediante el uso cotidiano. Así, el área comenzó a llenarse de oficinas públicas y privadas, viviendas y servicios, hasta convertirse en una de las zonas más codiciadas para vivir y trabajar en Roma.

El EUR de hoy se percibe como un barrio residencial y de negocios de alto nivel, bien comunicado con el resto de la ciudad gracias a la línea de metro y a las principales arterias viarias. Su trazado ordenado, los grandes espacios abiertos y la presencia de edificios singulares lo han convertido en una especie de ciudad dentro de la ciudad, con personalidad propia. El Palazzo della Civiltà Italiana, en este contexto, funciona como referencia visual y como uno de los símbolos más potentes del barrio.

En cuanto al palacio en sí, se decidió conservarlo y terminar su construcción, destinándolo a muestras y exposiciones culturales. Durante décadas, el edificio acogió diferentes eventos artísticos, convirtiéndose en un referente para la vida cultural del EUR. Aunque su pasado seguía presente, poco a poco fue prevaleciendo la percepción de su valor arquitectónico y estético, y empezó a ser considerado por muchos como uno de los edificios más bellos de toda la zona.

Hoy en día, el Coliseo Cuadrado se ha consolidado como uno de los grandes iconos contemporáneos de Roma, en paralelo a los monumentos clásicos del centro histórico. Su silueta aparece a menudo en reportajes, películas y publicaciones dedicadas a la ciudad, y para muchos visitantes se ha vuelto casi obligatorio acercarse hasta allí, especialmente si les interesa la arquitectura del siglo XX o quieren ver una cara de Roma muy distinta a la de los foros, las plazas barrocas o las ruinas imperiales.

Además, hay un detalle curioso: quienes llegan a la ciudad desde el aeropuerto de Ciampino por carretera, muchas veces pueden avistar el Palazzo della Civiltà Italiana desde el coche, recortado sobre el horizonte del EUR. Para muchos viajeros, ese primer vistazo funciona como anticipo de la mezcla de tiempos y estilos que define a Roma, donde un edificio de origen fascista puede convivir hoy con sedes corporativas, museos de vanguardia y barrios residenciales de alto nivel.

Fendi y la transformación en sede de lujo

Un momento clave en la historia reciente del Coliseo Cuadrado llegó en 2015, cuando la firma de moda Fendi decidió instalar en él su sede principal. La marca, nacida en Roma casi noventa años antes, alcanzó un acuerdo con el Ayuntamiento para alquilar buena parte del edificio durante 15 años, pagando por ello una cifra anual cercana a los 2,8 millones de euros. De golpe, el palacio pasaba de ser un monumento ligado al pasado a convertirse en escaparate de una de las firmas más internacionales del lujo italiano.

Desde entonces, el interior del edificio se ha reorganizado para albergar las oficinas y departamentos de la casa: diseñadores, creativos, equipos de marketing y otros perfiles trabajan a diario entre sus muros. Fendi, que desde 2001 forma parte del conglomerado francés LVMH, ha convertido el palacio en su carta de presentación en Roma, reforzando el vínculo entre la marca y la ciudad. El contraste entre la estética racionalista del exterior y el universo de la moda en su interior forma parte del encanto actual del lugar.

El acuerdo con el Ayuntamiento no supuso, sin embargo, el cierre total del edificio al público. La planta baja se reservó para exposiciones abiertas a los visitantes, manteniendo así la vocación cultural que el palacio había desarrollado en la posguerra. De este modo, el Coliseo Cuadrado se ha convertido en un híbrido bastante singular: al mismo tiempo es sede corporativa de una firma de lujo, espacio de arte contemporáneo y punto de interés turístico dentro del barrio del EUR.

La presencia de Fendi ha contribuido además a darle una pátina de modernidad y exclusividad al edificio. Campañas publicitarias, eventos especiales y colaboraciones artísticas han explotado la imagen impactante del palacio, reforzando su condición de icono. Para Roma, ha sido también una forma de revitalizar el edificio, garantizando su mantenimiento y poniéndolo en el mapa de un público internacional que quizá no lo habría conocido de otra forma.

Al margen de la moda, esta nueva etapa ha consolidado al Coliseo Cuadrado como símbolo de la Roma contemporánea, una ciudad capaz de reciclar su pasado más controvertido y reinventarse a través de la cultura y la creatividad. El edificio, que en su día quiso representar una visión uniforme y cerrada de la nación, alberga hoy proyectos artísticos, exposiciones temporales y la actividad diaria de una compañía global, lo que le otorga una lectura completamente distinta.

Coliseo Cuadrado: el misterio de la joya romana

El museo y las exposiciones en la planta baja

Aunque buena parte del edificio está dedicada a las oficinas de Fendi, la planta baja funciona como un espacio expositivo abierto al público en diferentes periodos del año. Allí se organizan muestras temporales que suelen girar en torno al arte contemporáneo, el diseño y la reflexión sobre la civilización y las culturas, en sintonía con el propio nombre del palacio y con su historia.

Uno de los proyectos más interesantes organizados en este espacio ha sido la exposición dedicada al escultor Arnaldo Pomodoro, titulada «El gran teatro de las civilizaciones». Se trataba de una amplia retrospectiva que abarcaba unos setenta años de trayectoria de uno de los artistas italianos más conocidos del siglo XX en el ámbito de la escultura moderna. La muestra ocupó las salas de la planta inferior, aprovechando la luz natural que entra por los grandes ventanales que se abren tras las arcadas de la fachada.

Las obras de Pomodoro se caracterizan por ser volúmenes de metal, a menudo esferas o paneles de gran tamaño, que dejan ver en su interior un entramado de engranajes, grietas y formas geométricas. No son piezas lisas ni pulidas; al contrario, parecen abrirse y mostrar lo que esconden dentro, como si revelaran las entrañas de la materia. En el contexto del Coliseo Cuadrado, estos cuerpos metálicos se convierten en una especie de contrapeso al rigor geométrico del edificio, introduciendo una sensación de movimiento y tensión.

En la exposición destacó, por ejemplo, la obra «Movimento in piena aria e nel profondo» (1996/1997), un gran panel blanco que evoca el baile de los cuerpos celestes en el espacio. Esta pieza, como muchas otras del artista, juega con la idea de un orden que parece caótico a primera vista pero que obedece a una lógica interna muy precisa. El visitante se ve invitado a acercarse, a explorar las grietas, las hendiduras y los volúmenes, como si estuviera leyendo un texto tallado en tres dimensiones.

Pomodoro, nacido en Morciano di Romagna en 1926, construyó a lo largo de su carrera un lenguaje propio marcado por relieves en gran escala que remiten a escrituras antiguas, símbolos primitivos y referencias culturales muy diversas. En sus obras pueden rastrearse evocaciones a pictogramas de Asia, a la rudeza de las huellas prehistóricas, a motivos tribales de África profunda o a formas que recuerdan al arte mesopotámico, asirio, babilónico o incluso azteca y grecorromano.

Arnaldo Pomodoro y el diálogo de civilizaciones

Uno de los detonantes creativos de Arnaldo Pomodoro fue su encuentro en 1961 con un calendario azteca en México. A partir de entonces, el artista empezó a trabajar de manera aún más intensa la idea del movimiento a través de la rueda, entendida como origen de la energía y como medida del tiempo. Muchas de sus esculturas esféricas, abiertas y aparentemente agrietadas, funcionan como metáforas de ese movimiento continuo que une pasado, presente y futuro.

En la exposición del Coliseo Cuadrado, esta concepción se traducía en un recorrido que invitaba a explorar la relación entre distintas civilizaciones. El comisario del proyecto, Andrea Viliani, planteó la muestra como una especie de viaje que cruzaba fronteras espaciales y temporales, desde los orígenes remotos de la humanidad hasta un futuro imaginario. La «civilización» singular del nombre del palacio se transformaba, así, en «civilizaciones» en plural, subrayando la diversidad de culturas que han marcado la historia.

El objetivo principal era hacer que las obras de Pomodoro dialogaran entre sí y con el propio espacio arquitectónico. Sus esferas abiertas, sus monolitos y sus relieves parecían conversar con los arcos repetidos del edificio, generando un juego de contrastes entre la regularidad del contenedor y la complejidad orgánica del contenido. El resultado era una especie de «gran teatro» donde el visitante se veía inmerso en una reflexión sobre el tiempo, la memoria y la materia.

Parte de la exposición incluía también un acceso al archivo creativo del artista. Los visitantes podían curiosear en cajones y vitrinas donde se mostraban bocetos, maquetas y documentación de algunas de sus piezas más emblemáticas repartidas por el mundo. Entre ellas se encontraban su monolito en Copenhague (1999) o las famosas esferas huecas que Pomodoro ha instalado en plazas, museos y espacios públicos de medio planeta.

El vínculo entre arte, arquitectura y artes escénicas se completaba con una sección dedicada a los trabajos de Pomodoro para el teatro y la ópera. En el Palacio de la Civilización Italiana se pudieron ver decorados y vestuarios diseñados por él para producciones como «Oedipus Rex» (1988) o «Dido, reina de Cartago» (1986). Este apartado encajaba especialmente bien con la presencia de Fendi, dado que mezclaba moda, escenografía y arte visual en un mismo espacio.

La exposición de Pomodoro es solo un ejemplo de cómo la planta baja del Coliseo Cuadrado se ha convertido en plataforma para el arte contemporáneo. A través de estas muestras, el edificio renueva continuamente su significado y ofrece nuevas formas de acercarse al concepto de civilización, diálogo entre culturas y reinterpretación del pasado. Todo ello contribuye a que el palacio siga vivo, más allá de su función corporativa y de su condición de icono fotogénico.

Con todo este trasfondo, el llamado Coliseo Cuadrado se entiende hoy como una joya arquitectónica cargada de capas: nació como símbolo propagandístico del fascismo, se salvó de la destrucción gracias a su valor urbano, se reconvirtió en espacio cultural en la posguerra, y, ya en pleno siglo XXI, se ha transformado en sede de una gran firma de moda y en un foco de exposiciones de vanguardia. Quien se acerque al barrio del EUR no solo se encontrará con un edificio espectacular, sino con una auténtica lección de cómo una ciudad puede reciclar su pasado, mezclar arte, poder y diseño, y seguir sumando historias en un mismo lugar.

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