La actual ciudad de Tarragona se asienta sobre una de las ciudades romanas más influyentes del Mediterráneo occidental: Tarraco. Pasear hoy por sus calles es ir alternando entre capas de historia donde se mezclan murallas romanas, campanarios medievales, arquitectura modernista y el azul del Mediterráneo al fondo.
Más allá del típico viaje de sol y playa, Tarragona es una lección de historia al aire libre. Su conjunto arqueológico fue reconocido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad porque conserva, a pesar de estar parcialmente oculto bajo la ciudad moderna, un modelo casi de libro de cómo era una gran capital provincial del Imperio romano y un ejemplo de arquitectura romana que se transformó con el paso de los siglos.
De la Tarraco ibérica a la gran capital de Hispania
Mucho antes de las legiones, el territorio donde hoy está Tarragona ya estaba ocupado por poblaciones ibéricas de los ilergetes y cisetanos, en contacto comercial con fenicios y griegos que recorrían la costa. Los hallazgos arqueológicos indican presencia humana organizada al menos desde el siglo V a. C., especialmente en el área del valle del Ebro.
Las fuentes antiguas, como Tito Livio y Polibio, mencionan un pequeño oppidum llamado Cissis o Kissa. Los estudios numismáticos relacionan estos nombres con Kesse, aparecido en monedas ibéricas de los siglos II y I a. C., lo que sugiere un asentamiento indígena importante en la zona, anterior a la llegada de Roma pero ya muy vinculado a los intercambios mediterráneos.
En el año 218 a. C., en plena segunda guerra púnica, las tropas romanas desembarcaron en Emporiae (Ampurias) y poco después se menciona por primera vez Tarraco en los textos. Cerca de Cissis los romanos capturaron un campamento cartaginés y, según Livio, se enfrentaron de nuevo al enemigo “no lejos de Tarraco”, señal de que el enclave ya empezaba a tener importancia estratégica.
Entre los años 210 y 209 a. C., las fuerzas dirigidas por Escipión el Africano utilizaron Tarraco como gran base de invierno y centro logístico. Desde aquí organizó reuniones con las tribus hispanas (los famosos conventus) y consolidó la alianza con muchos pueblos indígenas. La fidelidad de la ciudad fue tal que Livio la califica como aliada y amiga del pueblo romano, y menciona incluso a los pescadores de Tarraco colaborando con sus barcas en el asedio de Cartago Nova.
La vinculación con la familia de los Escipiones fue tan estrecha que Plinio el Viejo llegó a decir que Tarraco era “obra de los Escipiones”, de la misma forma que Cartago lo fue de los cartagineses. Desde esos primeros tiempos republicanos, la ciudad se convirtió en un pilar militar y logístico para el avance romano en Hispania.
Organización política y salto a colonia romana

Durante la República, Tarraco fue consolidando su papel dentro del sistema provincial romano. A partir del 197 a. C., cuando se crean las provincias de Hispania Citerior e Hispania Ulterior, la ciudad actúa como base de aprovisionamiento y lugar de residencia de los gobernadores durante campañas contra celtíberos y otros pueblos del interior.
No conocemos con exactitud el primer estatus jurídico de la ciudad, pero es probable que funcionara como un conventus civium Romanorum, es decir, una comunidad organizada de ciudadanos romanos, con dos magistri al frente de la administración local. Un detalle muy revelador es el destierro del cónsul Cayo Porcio Catón, que eligió Tarraco para cumplir su exilio en el 108 a. C., lo que indica que por entonces ya era una ciudad libre o aliada, suficientemente relevante y segura.
Durante el siglo I a. C., Tarraco apoyó a Julio César en la guerra civil contra Pompeyo. Desde la cercana Ilerda (Lérida) César recibió suministros de la ciudad, un gesto de lealtad que muy probablemente pesó en la concesión posterior del estatuto de colonia. La mayor parte de expertos considera hoy que fue el propio César, tras su victoria en Munda, quien elevó a Tarraco a colonia de derecho romano.
Bajo Augusto, el nombre oficial se enriqueció con toda la pompa imperial: Colonia Iulia Urbs Triumphalis Tarraco. El término Iulia hacía referencia a César y Triumphalis honraba las victorias augustas. Esta denominación refleja el orgullo y la función representativa de la ciudad dentro de la administración imperial.
A finales de la República y primeros años del Principado, la población de Tarraco pudo rondar los 30.000-40.000 habitantes, una cifra muy elevada para la época. En ese momento se empieza a perfilar el trazado monumental que todavía hoy es visible en buena parte de la ciudad histórica.
Augusto en Tarraco y la creación de la capital provincial
Entre los años 27 y 25 a. C., el emperador Augusto se desplazó a Hispania para supervisar las campañas contra cántabros y astures. Debido a sus problemas de salud, decidió establecerse en Tarraco durante largas temporadas, convirtiendo la ciudad en el auténtico centro político de la península.
Las fuentes cuentan que Augusto mandó erigir un altar en la ciudad y que, cuando los tarraconenses le mostraron una palmera que había brotado en él, el emperador bromeó diciendo que aquello demostraba que el altar se usaba poco. Más allá de la anécdota, lo importante es que su presencia impulsó una profunda reforma administrativa de Hispania, con la creación de las provincias de Bética y Lusitania, y la reorganización de la Hispania Citerior.
A partir de entonces, Tarraco pasó a ser capital de la nueva provincia denominada Hispania Tarraconensis, que abarcaba la parte más extensa de la península. Esta condición capitalina explica el impresionante programa constructivo que se desarrolla entre los siglos I a. C. y II d. C., con edificios destinados tanto al culto imperial como a la administración y al entretenimiento.

En este mismo periodo se transformó la antigua Vía Hercúlea en la Vía Augusta, la gran carretera que unía Roma con el sur de Hispania siguiendo la costa mediterránea. Un miliario hallado en la actual Plaza de Toros registra esta vía entre los años 12 y 6 a. C. y nos recuerda que Tarraco era una parada fundamental entre Barcino (Barcelona), Dertosa (Tortosa), Saguntum y Valentia.
La prosperidad augustea fue tal que autores como Pomponio Mela describieron Tarraco como el puerto más rico de esa costa. La ciudad llegó a acuñar moneda propia con abreviaturas como CVT o CVTTAR, con imágenes ligadas al culto imperial, símbolo del peso político que había alcanzado.
Esplendor imperial, crisis y transformaciones tardoantiguas
Tras Augusto, Tarraco siguió disfrutando de una posición privilegiada en el Imperio. En el año 15 d. C. se levantó un templo dedicado al emperador divinizado, probablemente en el entorno del foro colonial o en la zona oriental de la ciudad. Tácito lo cita al mencionar las discusiones del Senado en torno al culto imperial.
Durante los reinados de Vespasiano y sus sucesores, una reforma fiscal concedió la ciudadanía latina a buena parte de los habitantes de Hispania. Esto facilitó una nueva oleada de construcciones públicas en Tarraco: se amplió el foro provincial, se levantó el gran recinto de culto imperial en la parte alta y se remodelaron espacios como el anfiteatro. Entre los años 70 y 180 d. C. se instalaron en estos lugares la mayoría de estatuas honoríficas que hoy conocemos.
La ciudad también estuvo vinculada a figuras de primer orden como Lucio Licinio Sura, poderoso senador y amigo personal del emperador Trajano, que fue patrón de Tarraco; o el emperador Adriano, que probablemente visitó la ciudad hacia el 122-123 d. C. y presidió allí un conventus provincial.
A finales del siglo II d. C. aparecen señales claras de declive económico y social. Disminuyen los recursos para erigir estatuas y monumentos, y en las inscripciones se percibe el creciente protagonismo de grandes terratenientes y altos funcionarios frente a los comerciantes urbanos. Al mismo tiempo, se intensifica la presencia militar, una muestra de los cambios en la estructura del poder imperial.
En el siglo III, Tarraco sufre los efectos de las incursiones germánicas y las tensiones internas del Imperio. Sin embargo, la ciudad se mantiene en pie y se adapta lentamente a la nueva realidad tardoantigua. Durante las reformas de Diocleciano, el territorio peninsular quedó organizado en seis provincias integradas en una diócesis hispana, y Tarraco siguió siendo capital, aunque de una circunscripción más reducida.
Entre finales del siglo III y comienzos del IV, varios edificios destruidos fueron reconstruidos o sustituidos, y se levantó un llamado pórtico de Júpiter que algunos investigadores interpretan como parte de una basílica, muestra de la continuidad monumental a pesar de la crisis general.
Tarraco cristiana, visigoda y conquista musulmana
La difusión del cristianismo marcó un nuevo capítulo en la historia de la ciudad. En el año 259, en plena persecución imperial, el obispo Fructuoso y sus diáconos Augurio y Eulogio fueron ejecutados en el anfiteatro, quemados vivos ante la multitud. En su memoria se levantó posteriormente una basílica sobre la arena, lo que explica la mezcla de restos romanos y paleocristianos en este espacio.
Con el paso al periodo visigodo, Tarraco fue perdiendo lentamente peso económico y demográfico. Hacia el 474, el rey Eurico tomó la ciudad aparentemente sin grandes destrucciones, aprovechando las estructuras administrativas existentes. El hallazgo de tumbas cristianas de esta época sugiere cierta continuidad de la vida urbana, aunque ya muy empobrecida respecto al esplendor anterior.
En el año 585, la ciudad fue escenario de un episodio decisivo: el asesinato de Hermenegildo, hijo del rey Leovigildo, figura clave en las luchas religiosas y políticas de la monarquía visigoda. Es una muestra de que, aun en decadencia, Tarraco seguía siendo un lugar relevante en los equilibrios de poder peninsulares.
La conquista árabe-musulmana llegó hacia el 713-714. Las fuentes son poco claras: algunos autores hablan de un asedio de un mes y de una posible destrucción casi total, pero se sabe que el obispo Próspero huyó a Italia poco antes y que no hay noticias fiables del duque que debía organizar la defensa. Lo que sí parece seguro es que, tras la toma musulmana, la ciudad perdió casi por completo la poca importancia administrativa y religiosa que conservaba.
Aun así, Tarraco nunca dejó de estar habitada. Con el paso de los siglos, la población reutilizó sistemáticamente los materiales de los antiguos edificios romanos, de manera que gradas, sillares e inscripciones acabaron incrustados en casas, iglesias y murallas medievales. Esta “cantera urbana” explica por qué muchos restos romanos han llegado hasta nosotros muy fragmentados o parcialmente ocultos.
Conjunto arqueológico de Tarraco: un Patrimonio Mundial único
El conjunto arqueológico de Tarraco está considerado uno de los más extensos y significativos de toda la Hispania romana. En el año 2000, la UNESCO lo incluyó en la Lista del Patrimonio Mundial con el código 875rev, destacando tanto su extensión cronológica (del siglo III a. C. al VI d. C.) como su papel modélico en el urbanismo romano.
La declaración se basó en dos criterios principales. El criterio ii subraya que los restos de Tarraco tienen una importancia excepcional en el desarrollo del urbanismo romano y sirvieron de modelo para otras capitales provinciales. El criterio iii recalca que proporcionan un testimonio elocuente e incomparable de una etapa crucial en la historia de las tierras mediterráneas en la Antigüedad.
Entre los elementos incluidos en el bien protegido figuran las murallas romanas, el gran recinto de culto imperial, el foro provincial, el circo, el foro colonial, el teatro, el anfiteatro con la basílica paleocristiana, el cementerio paleocristiano, el acueducto de les Ferreres, la Torre de los Escipiones, la cantera del Mèdol, las villas de Centcelles y dels Munts, y el arco de Bará.
Aunque buena parte de los restos visibles sean fragmentarios o estén integrados en construcciones posteriores, el conjunto ofrece una imagen muy potente de la grandeza de la antigua capital. En algunos casos, como el circo o las murallas, el estado de conservación es lo bastante bueno como para comprender con claridad dimensiones y funciones originales.
La UNESCO insiste también en que Tarraco fue el primer y más antiguo asentamiento romano estable en la península ibérica y que su peculiar sistema de terrazas artificiales, adaptadas a los desniveles naturales del terreno, constituye un ejemplo especialmente interesante de planificación urbana romana en una ciudad costera.
Murallas y Torres: la piel defensiva de Tarraco
Las murallas de Tarragona son la primera gran obra de ingeniería romana conservada en la ciudad y uno de los tramos defensivos más antiguos de todo el Occidente romano fuera de Italia. Su construcción inicial se remonta a finales del siglo III y comienzos del II a. C., en paralelo a los primeros años de presencia militar romana en la zona.
En origen, el perímetro llegó a alcanzar unos 3.500 metros, abrazando la parte alta de la ciudad, justo donde hoy se concentran muchos de los restos más conocidos. Con el tiempo, especialmente hacia el 150-125 a. C., la muralla fue elevada y reforzada, adaptándose al crecimiento urbano y a las nuevas necesidades estratégicas.
De este sistema defensivo se conservan varias torres destacadas: la del Arzobispo, la del Cabiscol y, sobre todo, la Torre de Minerva, considerada la más emblemática. En su interior se ha identificado la inscripción en latín más antigua conocida de la península ibérica, y en uno de sus muros laterales aparece un relieve de la diosa Minerva, protectora de Roma y de sus ciudades.
Ese relieve, que muestra a la diosa con casco, escudo y lanza, permaneció oculto durante siglos porque fue cubierto por un tramo posterior de muralla. No reapareció hasta 1932, cuando un colapso provocado por humedades procedentes de un convento adosado derrumbó parte del lienzo superior dejando al descubierto la cara lateral de la torre. Desde entonces, se ha convertido en uno de los iconos más sugerentes de la Tarragona romana.
Un detalle curioso es la postura de la pierna izquierda de Minerva, ligeramente cruzada de forma forzada. En el contexto romano, este gesto se interpretaba como un símbolo de buena suerte y protección, similar a nuestro gesto de “cruzar los dedos”, lo que encaja perfectamente con la función apotropaica del relieve junto a una de las antiguas puertas de acceso a la ciudad.
Foros, templo y trazado urbano de la capital provincial

La organización de Tarraco como capital de la Hispania Citerior primero y de la Tarraconensis después se plasmó en un carefully diseñado sistema de terrazas que escalonaba la ciudad desde la parte alta hasta el puerto. En la cota superior se levantaba el gran recinto de culto imperial y el templo, mientras que en terrazas inferiores se disponían el foro provincial, el circo y el foro colonial.
El foro provincial era el auténtico corazón administrativo de la provincia. Ocupaba más de siete hectáreas y se estructuraba en dos niveles: una parte superior reservada para el culto imperial, con un enorme patio porticado y el templo; y una parte inferior centrada en la gestión política y jurídica, con edificios para la curia, dependencias oficiales y amplios espacios abiertos.
Del templo principal se conservan sobre todo cimientos y huellas arqueológicas. Aunque no se puede afirmar con total seguridad, la mayoría de interpretaciones lo identifican con un templo dedicado al emperador Augusto divinizado. Una de las maneras más gráficas de visualizar su ubicación es entrar en la Catedral y fijarse en ciertas zonas del pavimento donde se retiraron losas para las excavaciones: ahí se intuyen los restos del antiguo podio.
En una cota algo más baja se sitúa el foro colonial o foro local, centro de la vida administrativa y social de los ciudadanos de Tarraco. En la actual calle Lleida se pueden ver los restos de una basílica, un pórtico con tabernae (tiendas), la curia, parte de un templo capitolino y algunas viviendas. Este foro articulaba el día a día de la colonia, desde el comercio hasta la política municipal.
Si hoy se quiere tener una idea global de cómo era la ciudad en su máximo esplendor, resulta muy útil visitar la gran maqueta de Tarraco situada en la Plaza del Pallol. Con sus 21 metros cuadrados y su nivel de detalle, permite entender la relación entre terrazas, murallas, foros, circo y puerto, y ver cómo el trazado romano condiciona aún el urbanismo contemporáneo.
Teatro, circo y anfiteatro: el gran triángulo del espectáculo
Como toda ciudad romana importante, Tarraco desplegó un potentísimo programa monumental dedicado al ocio y a la propaganda. Tres grandes edificios de espectáculos estructuraban esta faceta: el teatro, el circo y el anfiteatro.
El teatro romano, datado en la época de Augusto, a finales del siglo I a. C., se levantaba cerca del puerto y de la zona comercial. Hoy se conservan las primeras filas de gradas, dos escaleras radiales que delimitan la cavea y parte de la orchestra semicircular, así como restos del escenario (pulpitum) y del muro escénico (scaenae frons). Dejó de funcionar hacia finales del siglo II, quizá a causa de cambios en los gustos o en la dinámica urbana.
El circo romano, construido a finales del siglo I d. C., es una de las piezas mejor conservadas de todo el Occidente romano. Tenía planta muy alargada, de unos 325 metros de largo por 115 de ancho, y seguía la tipología clásica de los edificios para carreras de carros. En su interior tenían lugar las famosas carreras de cuadrigas guiadas por aurigas, auténticos ídolos de masas; no es difícil imaginar a los espectadores vitoreando a figuras legendarias como Scorpus, al que la tradición atribuye nada menos que 2.048 victorias.
La estructura del circo se apoyaba en un complejo entramado de bóvedas y pasadizos, que servían tanto para sostener las gradas como para canalizar el flujo del público. Estos corredores subterráneos, muchos de los cuales son visitables hoy, permiten intuir la impresionante capacidad del edificio. Aunque dejó de utilizarse como espacio circense en torno al siglo V, su huella sigue marcando la trama de la parte alta de la ciudad.
El anfiteatro de Tarraco, levantado a finales del siglo II d. C., se ubica fuera del casco urbano romano, muy cerca de la Vía Augusta y junto al mar. Su situación es espectacular: las gradas, parcialmente excavadas en la roca y parcialmente construidas, miran hacia el Mediterráneo. En la arena, de 62,5 por 38,5 metros, tenían lugar las luchas de gladiadores (munera), las cacerías de fieras (venationes) y las ejecuciones públicas de condenados.
Bajo la arena se conservan las fossae o pasadizos subterráneos donde aguardaban gladiadores y animales antes de saltar al escenario. En uno de los muros del podio permanece una inscripción del año 221. Tras el martirio de Fructuoso y sus diáconos en el 259, el anfiteatro acogió primero una basílica paleocristiana y más tarde una iglesia románica, cuyas huellas se superponen a la estructura de ocio pagana, creando un potente contraste simbólico.
Agua, muerte y memoria: acueducto y necrópolis paleocristiana
Una ciudad de la entidad de Tarraco necesitaba un sistema de abastecimiento de agua a la altura. El elemento más impresionante de esa red es el acueducto de les Ferreres, conocido popularmente como Puente del Diablo. Situado a unos 4 km al norte de la ciudad, cruza un valle con una estructura de 217 metros de longitud y una altura máxima de 27 metros.
Está construido con sillares de piedra colocados en seco y consta de dos pisos de arcos superpuestos: once en el nivel inferior y veinticinco en el superior. Datado en el siglo I d. C., formaba parte de una compleja red de canalizaciones que captaban agua de los ríos Francolí y Gaià y la conducían hasta las cisternas y fuentes urbanas.
En el ámbito funerario, la gran protagonista es la necrópolis paleocristiana, situada entre las actuales avenidas Ramón y Cajal, de la Independencia, el antiguo recinto de la Fábrica de Tabacos y la avenida del Cardenal Vidal i Barraquer. Se trata de uno de los cementerios paleocristianos más grandes e importantes de todo el Occidente romano, con más de 2.000 inhumaciones documentadas.
El cementerio se desarrolló en torno a una basílica dedicada a los mártires Fructuoso, Augurio y Eulogio, y en él se constata la coexistencia de entierros paganos y cristianos, además de diversas tipologías de tumba: sarcófagos, tumbas de ánfora, sepulturas de tégula, etc. Todo ello permite seguir de cerca la transición religiosa y social entre los siglos III y VI.
Otros monumentos funerarios destacados son la Torre de los Escipiones, un sepulcro turriforme del siglo I d. C. situado a unos 5 km al este de Tarragona, con interesantes relieves del dios funerario Atis en el cuerpo central; y la villa-mausoleo de Centcelles, a unos 4,6 km al noroeste, célebre por conservar uno de los mosaicos de cúpula de temática cristiana más antiguos del mundo romano.
La cantera del Mèdol, a unos 9 km al norte de la ciudad, completa este paisaje de muerte y memoria desde otra perspectiva: fue de allí de donde se extrajo buena parte de la piedra con la que se levantaron los principales edificios públicos, y aún hoy se puede contemplar el impresionante “agujero” que dejó la extracción continuada durante siglos.
Villas, arco de Bará y territorio de Tarraco
El poder de Tarraco no se limitaba al recinto amurallado. El entorno inmediato estaba salpicado de villas rurales y residencias de alto nivel que explotaban el territorio y, al mismo tiempo, servían de retiro a las élites urbanas. Destacan especialmente la villa dels Munts y la ya mencionada Centcelles.
La villa dels Munts, situada en Altafulla a unos 10 km al este, es uno de los complejos residenciales romanos más importantes de la península. Perteneció probablemente a un alto cargo de la administración de Tarraco y ofrece una imagen bastante completa de lo que era vivir en una gran residencia costera con termas, jardines y ricas decoraciones musivas.

En el ámbito de las infraestructuras viarias, el gran emblema es el arco de triunfo de Bará, a unos 20 km al este de Tarragona. Se trata de un arco sencillo, de una sola abertura, levantado con sillares de piedra y datado probablemente en época de Augusto. Estaba situado directamente sobre la Vía Augusta y se ha convertido en uno de los monumentos más fotografiados del antiguo territorio tarraconense.
Todo este entramado de villas, mausoleos, canteras y arcos, unido a infraestructuras como el acueducto y la propia Vía Augusta, muestra hasta qué punto Tarraco articulaba un paisaje económico y simbólico muy amplio, más allá del núcleo urbano estricto.
Hoy, recorrer estos puntos —desde el Puente del Diablo hasta la Torre de los Escipiones o la villa dels Munts— permite entender que la antigua capital provincial funcionaba como el auténtico centro de gravedad de la costa tarraconense, tanto en términos políticos como comerciales y religiosos.
La Tarragona actual: entre ruinas, mar y vida cotidiana
La gracia de Tarragona no está solo en la calidad de sus ruinas, sino en la forma en que el pasado sigue incrustado en la vida diaria. Las murallas delimitaron durante siglos el crecimiento del casco histórico; el circo condicionó la trama de calles de la parte alta; y desde el Balcó del Mediterrani se domina de un vistazo el puerto moderno, el anfiteatro romano y la playa del Miracle.
La Catedral de Santa María y Santa Tecla, con su mezcla de elementos románicos y góticos, se alza en el punto más alto de la antigua acrópolis. Más allá de su valor artístico —claustro, retablo renacentista, fachada con esculturas de profetas y apóstoles—, la catedral irradia una fuerte dimensión simbólica y festiva, sobre todo durante las celebraciones de Santa Tecla, cuando la ciudad se llena de castells, correfocs y procesiones.
Los castells, precisamente, son otro de los grandes símbolos de la identidad tarraconense. Declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2010, estas torres humanas reúnen a cientos de personas de todas las edades bajo una idea sencilla pero poderosa: todo el mundo es necesario, pero nadie es imprescindible. Entre junio y octubre, y muy especialmente en Santa Tecla, las exhibiciones de las cuatro collas de la ciudad convierten las plazas en un espectáculo irrepetible.
El barrio marinero del Serrallo añade otro capítulo imprescindible. Entre barcas de pesca y restaurantes tradicionales, es fácil caer rendido ante un buen arroz negro, una gamba roja o un plato de pescado azul. El Observatori Blau, un espacio multisensorial dedicado al Mediterráneo y a las artes de pesca, ayuda a entender la relación histórica de la ciudad con el mar y su entorno natural.
A todo ello se suma una nutrida red de museos y equipamientos: el Museo Nacional Arqueológico (actualmente con parte de sus fondos en sedes provisionales durante su remodelación), el Museo de Arte Moderno, el Mercado Central, rutas guiadas por la Tarraco romana, jornadas históricas como Tarraco Viva, Semana Santa con una procesión del Santo Entierro documentada desde 1550, fiestas de Sant Magí, encuentros gastronómicos dedicados al arroz marinero o al romesco, y la fiesta vitivinícola de L’Embutada.
Ciutat de Tarragona es hoy un lugar donde el pasado romano no es solo un decorado, sino una parte viva del paisaje y de la identidad colectiva. Desde las inscripciones reutilizadas en las fachadas medievales hasta la silueta del circo dibujada bajo las casas actuales, pasando por los castells levantándose frente a murallas de más de dos mil años, todo invita a leer la ciudad como una superposición de tiempos: ibérico, romano, visigodo, medieval, moderno y contemporáneo. Quien se acerca con algo de curiosidad descubre que, entre piedra y piedra, Tarragona sigue siendo aquella Tarraco brillante que fue capital de una de las provincias más extensas del Imperio romano, pero también una ciudad mediterránea muy humana, cercana y llena de vida.
