
En el corazón de Capadocia, bajo un paisaje de chimeneas de hadas, valles rosados y cañones rojizos, se esconde una de las obras de ingeniería más asombrosas creadas por el ser humano: la ciudad subterránea de Derinkuyu. A simple vista, el pueblo actual parece tranquilo, pero bajo sus casas se despliega un laberinto de túneles, estancias y pozos que descienden decenas de metros bajo tierra.
Durante siglos, este entramado subterráneo permaneció prácticamente olvidado hasta que, en pleno siglo XX, unas gallinas “desaparecidas” llevaron por casualidad al redescubrimiento de una metrópolis enterrada. Desde entonces, Derinkuyu se ha convertido en una de las grandes atracciones de Turquía y en un icono de las ciudades subterráneas de Capadocia, declaradas Patrimonio Mundial por la UNESCO.
Derinkuyu hoy: la ciudad y su ubicación
Derinkuyu es actualmente una localidad y distrito de la provincia de Nevşehir, en la región de Anatolia Central, Turquía. Se sitúa en plena Capadocia, a unos 29 kilómetros al sur de la ciudad de Nevşehir, en una altiplanicie que se eleva en torno a los 1.300 metros sobre el nivel del mar.
La región ocupa una superficie de aproximadamente 445 km², con el monte Ertaş como cota más alta, que alcanza cerca de 1.988 metros. El clima es seco, con veranos calurosos, inviernos fríos y un paisaje dominado por la roca volcánica tallada por la erosión, que define el aspecto tan peculiar de Capadocia.
En cuanto a la población, el distrito de Derinkuyu superaba a comienzos de siglo las 24.000 personas, de las que unas 11.000 residían en la ciudad principal. Aunque las cifras han variado con el tiempo, sigue siendo un núcleo relativamente pequeño, muy volcado en la agricultura, el turismo y los servicios vinculados a las visitas a la ciudad subterránea.
El propio nombre de la localidad resume bien su esencia: Derinkuyu significa literalmente “pozo profundo” en turco, un guiño directo a los impresionantes pozos de ventilación y de agua que articulan el subsuelo. En épocas pasadas fue conocida también como Melengübü, y en griego se la identificaba como Malakopi.
El descubrimiento moderno: cuando unas gallinas abren un mundo bajo tierra
La historia del redescubrimiento de Derinkuyu parece sacada de una novela de aventuras, pero la anécdota la repiten una y otra vez los guías locales porque resume muy bien el carácter casi accidental del hallazgo. Corría el año 1963 cuando un vecino que vivía en una casa excavada en la roca comenzó a notar que sus gallinas desaparecían sin dejar rastro.
Cada vez que las aves se colaban por una pequeña grieta abierta durante unas obras, no volvían a aparecer por ningún lado. Intrigado, el dueño decidió ampliar el agujero y explorar qué había al otro lado. Lo que encontró fue un pasadizo oscuro que se internaba en la roca blanda. Aquel corredor conectaba con otro túnel, y este, a su vez, con nuevas estancias subterráneas.
Siguieron las exploraciones y pronto se constató que no se trataba de un simple sótano antiguo, sino de un complejo entramado de galerías repartidas en varios niveles. Con el tiempo se identificarían más de 600 accesos similares dentro de casas particulares del pueblo, todos ellos comunicando de un modo u otro con la gran ciudad subterránea.
A raíz de este hallazgo fortuito, en 1963 comenzaron las excavaciones arqueológicas sistemáticas. Se fue despejando la red de túneles y cámaras, retirando escombros y habilitando recorridos para estudiar el conjunto. En 1969, una parte del complejo se abrió al público como atracción turística, y desde entonces Derinkuyu no ha dejado de fascinar a viajeros y especialistas.
Una metrópolis bajo tierra: dimensiones y estructura
Los estudios realizados hasta ahora han permitido documentar que Derinkuyu se hunde más de 80 metros por debajo de la superficie, algo así como un edificio de 18 plantas excavado verticalmente en la toba volcánica. No todo ese volumen está abierto al público: los visitantes solo pueden recorrer los niveles superiores, mientras que los estratos más profundos permanecen todavía en investigación o parcialmente colapsados.
Se calcula que la ciudad llegó a contar con entre 18 y 20 niveles subterráneos, aunque el trazado completo aún no se conoce al detalle. Las excavaciones han alcanzado unos cuarenta metros con plena seguridad y siguen encontrando indicios de galerías que continúan más abajo, lo que deja la puerta abierta a nuevos descubrimientos en el futuro.
Los especialistas estiman que, en su apogeo, Derinkuyu podría haber albergado de forma simultánea entre 10.000 y 20.000 personas, junto con su ganado y reservas de alimentos. No se trataba de simples refugios ocasionales, sino de una auténtica ciudad autosuficiente donde familias enteras podían pasar temporadas prolongadas sin necesidad de salir al exterior.
El entramado se organiza mediante una compleja red de pasillos, escaleras y corredores estrechos que conectan las distintas áreas: zonas residenciales, establos, cocinas, bodegas, salas de reunión, espacios de culto e incluso una especie de escuela misionera de época bizantina con salas anexas para el estudio.
Distribución interna: viviendas, bodegas, establos y lugares de culto
Uno de los aspectos que más sorprende a quien baja a Derinkuyu es comprobar hasta qué punto la ciudad estaba pensada al detalle para la vida diaria, algo que se aprecia en la cuidadosa distribución de sus espacios. Cada nivel cumplía una función concreta, optimizando la ventilación, la seguridad y el almacenaje.
En las zonas superiores se situaban tradicionalmente los establos y espacios para el ganado. No era una decisión aleatoria: dejar a los animales cerca de la superficie reducía la acumulación de gases tóxicos y, al mismo tiempo, lo que es bastante práctico, creaba una “capa” de calor adicional que aislaba mejor los niveles inferiores durante los meses más fríos.
En las capas intermedias se concentraban las áreas de vivienda, cocinas, comedores y salas de reunión. Las paredes ennegrecidas por el hollín de antiguas antorchas y fuegos todavía delatan el uso continuado de estos espacios. Se han identificado también bodegas para el vino, zonas de prensado de uvas, ánforas para el almacenamiento de líquidos y espacios destinados a guardar grano y alimentos secos.
En otro sector destaca una gran sala abovedada descrita como escuela misionera o espacio de enseñanza de época bizantina, con habitaciones anexas que se habrían utilizado para el estudio o la formación religiosa. Del mismo periodo proceden las pequeñas capillas y espacios de culto excavados en la roca, que demuestran la fuerte impronta cristiana de la ciudad en la Alta Edad Media.
No faltaban tampoco cisternas y depósitos de agua, silos, espacios para almacenar herramientas e incluso zonas designadas para gestionar los residuos y los cuerpos de los fallecidos, un recordatorio bastante crudo de las duras condiciones de vida en un entorno completamente cerrado.
Ventilación, pozos y seguridad: la ingeniería oculta
El gran reto de una ciudad subterránea de estas dimensiones era garantizar, por un lado, una ventilación eficaz y un suministro de agua seguro, y por otro, un sistema defensivo capaz de resistir asedios. Derinkuyu se diseñó precisamente para responder a esas necesidades.
En lo que respecta al aire, se han identificado al menos 52 pozos de ventilación repartidos por todo el complejo, aunque es probable que el número real sea aún mayor. Estos ejes verticales conectan los distintos niveles y permiten un flujo de aire natural, evitando así que se acumule dióxido de carbono en las estancias más profundas.
El agua se obtenía de un gran pozo central que se hunde más de 55 metros, al que se podía acceder desde el interior de la ciudad. La idea era que, en caso de ataque, los habitantes no dependieran de fuentes externas, reduciendo el riesgo de envenenamiento o de corte del suministro por parte del enemigo. Muchos de los accesos al pozo estaban ubicados lejos de la superficie, de modo que no pudieran manipularse desde fuera.
En cuanto a la defensa, Derinkuyu contaba con un ingenioso sistema de seguridad basado en la propia arquitectura de sus pasadizos: corredores estrechos, techos bajos y giros bruscos que obligaban a avanzar en fila india, dificultando enormemente el movimiento de un grupo de atacantes armados.
En puntos estratégicos se colocaban enormes piedras circulares de varias centenas de kilos de peso, similares a ruedas de molino, que se deslizaban lateralmente para bloquear por completo los accesos entre niveles. Estas “puertas” solo podían moverse desde el interior y disponían de pequeños orificios en el centro que servían tanto para observar como para atacar a posibles intrusos con armas largas, manteniendo un perímetro relativamente seguro.
Un entorno ideal: la geología de Capadocia
La existencia de ciudades como Derinkuyu no se entiende sin tener en cuenta la geología particular de Capadocia. Toda la región está formada por depósitos de ceniza y materiales volcánicos compactados, conocidos como toba, fruto de antiguas erupciones que recubrieron la meseta de una gruesa capa de roca blanda.
Con el tiempo, la erosión del viento y el agua fue esculpiendo el paisaje hasta dar lugar a las famosas chimeneas de hadas y agujas rocosas que se elevan como grandes columnas naturales. Estas mismas cualidades físicas, sin embargo, facilitaron a los antiguos habitantes excavar hacia el interior del suelo con relativa facilidad usando herramientas sencillas de hierro: picos, palas y utensilios similares.
La toba volcánica presenta además una ventaja clave para el uso humano: regula bien la temperatura y la humedad. En el interior de las cuevas y túneles, las oscilaciones térmicas son muy suaves, lo que protege tanto a las personas como a los alimentos almacenados. Por eso, desde épocas muy tempranas se utilizó este tipo de espacios para bodegas, silos y refugios.
La ausencia de agua freática cerca de la superficie en buena parte de la meseta favoreció también la excavación profunda sin inundaciones constantes, lo que explica la proliferación de sistemas subterráneos en toda Capadocia. Derinkuyu es el mayor exponente, pero no el único: hay decenas de ciudades más pequeños repartidas por la zona, muchas conectadas entre sí.
Orígenes antiguos: hititas, frigios y los primeros excavadores
Precisar quién empezó a excavar Derinkuyu y en qué fecha exacta es complicado, pero la mayoría de expertos sitúa los orígenes de la red subterránea en la Edad del Bronce y del Hierro. Algunas teorías apuntan ya a los hititas, un pueblo fundamental en la historia de Anatolia que dominó la región entre el segundo y el primer milenio a. C.
Se ha planteado que los hititas pudieron abrir los primeros niveles de cuevas en torno al siglo XIV a. C., cuando sufrían presiones de otros pueblos como los frigios. Al interior de Derinkuyu se han encontrado objetos atribuidos a la cultura hitita, lo que refuerza la hipótesis de que fueran ellos quienes iniciaron el sistema de excavaciones subterráneas, quizás con fines de almacenamiento y refugio puntual.
Con el tiempo, la zona pasó a estar bajo dominio frigio, y son precisamente los frigios los que se consideran hoy los principales artífices de la expansión de la ciudad subterránea. Conocidos por su habilidad para monumentalizar formaciones rocosas y crear fachadas excavadas, tenían la capacidad técnica y los recursos para desarrollar un complejo tan vasto.
Estos primeros niveles pudieron nacer vinculados al mundo agrario y al vino: los pueblos de Anatolia utilizaban ya cuevas y sótanos para elaborar vino y conservarlo en condiciones estables. La roca volcánica absorbía la humedad y mantenía las temperaturas constantes, características ideales para usar las cavidades como bodegas y depósitos de alimentos.
A medida que aumentaba la población y las amenazas externas, lo que empezó siendo una red de espacios de almacenamiento y refugio puntual fue creciendo hasta transformarse en auténticas ciudades subterráneas, con funciones defensivas cada vez más importantes.
Del mundo clásico al Bizancio cristiano
La historia de Derinkuyu se entrelaza con la sucesión de imperios que dominaron Anatolia: frigios, persas, romanos, bizantinos, selyúcidas y otomanos, entre otros. Cada uno de estos periodos dejó su huella en la ciudad subterránea, ampliando galerías o adaptando espacios a nuevas necesidades.
Una de las referencias escritas más antiguas que parecen aludir a este tipo de asentamientos subterráneos aparece en la obra Anábasis, del historiador y militar griego Jenofonte, escrita hacia el 370 a. C. En ella describe cómo, en su marcha por las tierras de Anatolia, se topó con poblaciones que vivían en casas excavadas bajo tierra, lo bastante amplias como para albergar a la familia, el ganado y las provisiones.
Durante la época romana y posteriormente en la transición hacia el mundo bizantino, las comunidades locales fueron adaptando las cuevas a las nuevas necesidades religiosas y culturales. Con la expansión del cristianismo, muchas de estas ciudades subterráneas pasaron a convertirse en refugios de las primeras comunidades cristianas perseguidas, que añadieron capillas, cruces e inscripciones en griego.
En el periodo bizantino, especialmente a partir del siglo VII, la presión de las incursiones árabes e islámicas convirtió a Derinkuyu en un refugio de uso intensivo. Las familias se replegaban bajo tierra durante los ataques, aprovechando el sistema de defensas, ventilación y almacenamiento para resistir semanas o meses.
La población subterránea se disparó entonces, y se calcula que, en esta etapa, la ciudad pudo alcanzar su máxima densidad, con cerca de 20.000 personas habitando sus túneles, ya fuera de manera permanente o estacional, según la intensidad de los conflictos bélicos del momento.
Edad Media y época otomana: refugio recurrente
Tras los periodos de mayor tensión en la era bizantina, las ciudades subterráneas de Capadocia siguieron cumpliendo un papel de refugio periódico frente a nuevas oleadas de invasiones. Durante los asaltos mongoles y las campañas de Timur en el siglo XIV, por ejemplo, los cristianos locales volvieron a utilizar Derinkuyu y otras ciudades similares para protegerse.
Con la consolidación del poder otomano y el avance del islam como religión predominante en Anatolia, las comunidades cristianas anatolias continuaron usando las cuevas más accesibles como bodegas, graneros y refugios “de emergencia”. Las capas profundas, en cambio, se fueron utilizando cada vez menos a medida que disminuían las necesidades defensivas.
Aun en el siglo XX, antes del intercambio de población entre Grecia y Turquía, los habitantes de origen griego de Capadocia se apoquinaron por estos complejos subterráneos para escapar de episodios de persecución. Derinkuyu seguía siendo un lugar al que se recurría en momentos de máxima tensión, aunque ya no se ampliaba de manera significativa.
La ciudad subterránea quedó finalmente abandonada hacia la década de 1920, coincidiendo con la guerra greco-turca y el posterior intercambio de poblaciones que vació la región de muchas comunidades griegas ancestrales. Con la marcha de sus habitantes, se perdió también buena parte de la memoria viva sobre los niveles más profundos del complejo.
A partir de entonces, muchas de las entradas quedaron olvidadas, taponadas por derrumbes o reconvertidas en simples sótanos domésticos, hasta que la famosa historia de las gallinas volvió a sacar a la luz, de forma casi literal, toda una ciudad bajo tierra.
Derinkuyu en el contexto de las ciudades subterráneas de Capadocia
Derinkuyu no es un caso aislado: forma parte de una red de al menos unas 200 ciudades y asentamientos subterráneos repartidos por la región de Capadocia. De ellas, más de 40 alcanzan profundidades de tres o más niveles, lo que da una idea del grado de desarrollo de esta arquitectura hipogea.
Entre las más conocidas están Kaymaklı, Özkonak, Tatlarin, Mazı y Özlüce, cada una con su propio entramado de túneles, funciones y particularidades. Derinkuyu y Kaymaklı son las más grandes y espectaculares, y por ello fueron inscritas conjuntamente en la Lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1985, como parte del paisaje cultural de Capadocia.
Los estudios sugieren que muchas de estas ciudades no eran independientes, sino que se comunicaban entre sí a través de largos túneles. En el caso de Derinkuyu, se ha documentado un corredor subterráneo de casi 8 o 9 kilómetros que la habría unido con Kaymaklı, creando así una especie de red urbana subterránea a escala regional.
En años recientes, la dinámica de descubrimientos no se ha detenido. En 2014, durante unos trabajos de limpieza en una ladera de Nevşehir, salió a la luz otra gran ciudad subterránea de dimensiones potencialmente aún mayores que Derinkuyu, con una superficie estimada de cientos de miles de metros cuadrados. Buena parte de este nuevo complejo sigue en estudio, lo que demuestra que Capadocia aún guarda sorpresas bajo su superficie.
Más allá de su valor turístico actual, todas estas ciudades subterráneas son una fuente de información incalculable para entender la adaptación de las comunidades humanas a contextos de conflicto prolongado, y su capacidad para transformar el medio geológico en auténticas fortalezas vivas.
Vida cotidiana bajo tierra: condiciones y organización social
Intentar imaginar cómo era la vida diaria en Derinkuyu ayuda a poner en contexto el sacrificio y el ingenio que exigía sobrevivir bajo tierra. La experiencia actual de los visitantes, que recorren los túneles encorvados y sienten la claustrofobia en apenas una hora, da una ligera idea de lo que implicaba pasar semanas o meses en aquellas condiciones.
La iluminación se hacía con antorchas y lámparas de aceite, lo que ennegrecía las paredes y consumía oxígeno. Los habitantes debían organizar turnos, racionar la luz y ventilar cuidadosamente para evitar la acumulación de humo. La gestión del agua se centralizaba en torno al gran pozo y a varias cisternas, con normas estrictas para prevenir la contaminación.
Las necesidades fisiológicas se resolvían con recipientes de barro sellados y áreas destinadas expresamente a residuos, fuera de las zonas de vivienda. La convivencia de miles de personas en un espacio tan limitado exigía una cierta disciplina colectiva, además de una jerarquía clara a la hora de ocupar los diferentes niveles y estancias.
Los espacios específicos dedicados a escuelas, bodegas, cocinas amplias y capillas sugieren una organización social relativamente compleja, con roles diferenciados y tareas repartidas entre los distintos grupos familiares o comunitarios. La ciudad no era un mero escondite improvisado, sino un entorno pensado para mantener una vida lo más normal posible en medio de una situación de emergencia continua.
Al recorrer hoy sus pasillos angostos, muchos visitantes coinciden con los guías en que vivir permanentemente en Derinkuyu debió de ser durísimo. Y, sin embargo, fue precisamente esa dureza y esa capacidad de resistencia lo que permitió a varias generaciones de habitantes de Capadocia salvarse de guerras, saqueos y persecuciones.
La historia de Derinkuyu, desde sus orígenes ligados al vino y al almacenamiento hasta su uso intensivo como bastión defensivo y refugio cristiano, pasando por siglos de silencioso olvido hasta su redescubrimiento en el siglo XX, muestra hasta qué punto la necesidad, la geología y el ingenio humano pueden converger para crear una auténtica ciudad oculta bajo los pies de quienes caminan por la superficie sin sospecharlo.