Causas de la pérdida de audición: tipos, síntomas y tratamiento

  • La pérdida de audición puede ser conductiva, neurosensorial o mixta y aparece por múltiples causas a lo largo de la vida.
  • Ruidos intensos, envejecimiento, infecciones, fármacos ototóxicos y factores genéticos son los principales desencadenantes.
  • El diagnóstico precoz y las ayudas auditivas (audífonos, implantes, rehabilitación) mejoran de forma notable la calidad de vida.
  • Protegerse del ruido, vacunar, vigilar fármacos y revisar la audición son claves para prevenir o frenar la hipoacusia.

Causas de la pérdida de audición

La pérdida de audición es mucho más que oír más bajo: afecta a cómo nos relacionamos, a la seguridad en el día a día y al bienestar emocional. Muchas personas la van notando poco a poco, otras la sufren de forma brusca, pero en todos los casos es clave entender qué la provoca, qué síntomas da y qué opciones de tratamiento existen.

Aunque suele asociarse solo a personas mayores, la hipoacusia puede aparecer a cualquier edad, desde el periodo prenatal hasta la vejez. La buena noticia es que una parte importante de los casos se puede prevenir o frenar, y que hoy disponemos de audífonos, implantes y programas de rehabilitación que mejoran muchísimo la calidad de vida cuando se actúa a tiempo.

Qué es la pérdida de audición y cómo funciona el oído

Cuando hablamos de pérdida auditiva nos referimos a una disminución de la capacidad para escuchar sonidos respecto a lo que se considera audición normal (umbral mejor de 20 dB). Esa merma puede ser leve, moderada, grave o profunda, y afectar a uno o a ambos oídos, con diferencias muy notables entre personas.

Para entender por qué se pierde oído ayuda repasar, aunque sea por encima, cómo funciona. El oído se divide en oído externo, medio e interno. El sonido entra por el pabellón auricular, recorre el conducto auditivo y hace vibrar el tímpano. Esas vibraciones se transmiten por tres pequeños huesos del oído medio hasta la cóclea, en el oído interno.

La cóclea es una estructura con forma de caracol llena de líquido, tapizada por miles de células ciliadas muy delicadas. Estas células transforman las vibraciones mecánicas en impulsos eléctricos que viajan por el nervio auditivo hasta el cerebro, donde se interpretan como sonidos comprensibles para nosotros.

Si en cualquiera de estos pasos se altera la transmisión (por bloqueo, lesión, inflamación o muerte de células nerviosas), se produce pérdida de audición de diferente tipo y grado. A veces la causa se puede corregir (por ejemplo, un tapón de cera) y otras veces el daño es permanente.

tipos de pérdida de audición

Tipos de pérdida de audición

Según la zona del oído afectada, se distinguen tres grandes tipos de hipoacusia o pérdida de audición, que condicionan tanto los síntomas como el tratamiento más adecuado.

La pérdida auditiva neurosensorial aparece cuando se dañan las células ciliadas de la cóclea o el propio nervio auditivo. Es el tipo más frecuente, especialmente en personas mayores, y suele ser irreversible. El envejecimiento, la exposición continuada a ruidos fuertes, ciertos medicamentos o enfermedades como la meningitis están entre sus causas principales.

En la pérdida auditiva conductiva, el problema está en el oído externo o medio: el sonido no llega correctamente al oído interno por culpa de obstrucciones (cerumen, cuerpos extraños), infecciones, líquido en el oído medio, perforaciones de tímpano o alteraciones de los pequeños huesos que transmiten las vibraciones.

Hablamos de pérdida auditiva mixta cuando se combinan ambos mecanismos: hay un componente neurosensorial (oído interno/nervio) y otro conductivo (oído externo o medio). Es relativamente frecuente que una persona mayor con daño coclear acumule además tapones de cera o haya tenido infecciones repetidas.

Más allá de estos tipos, se puede clasificar la hipoacusia en unilateral o bilateral (si afecta a uno o dos oídos), brusca o progresiva, y en grados de leve a profunda. Cada combinación da lugar a necesidades diferentes en cuanto a ayudas y rehabilitación.

Síntomas de la pérdida de audición

Los síntomas de la hipoacusia pueden ser muy claros o pasar bastante desapercibidos al principio, sobre todo cuando la pérdida es lenta. Un signo típico es notar una sensación de que las voces y ruidos suenan amortiguados o lejanos, como si se escuchara detrás de una pared.

Mucha gente nota que le cuesta especialmente entender el habla cuando hay ruido de fondo: en restaurantes, reuniones familiares, eventos sociales o lugares concurridos. No es que no llegue el sonido, sino que el cerebro tiene más dificultades para separar la voz principal del resto de sonidos.

Las personas con pérdida auditiva suelen tener problemas para percibir sonidos agudos y ciertas consonantes, como la “s”, “f”, “sh” o “th”. Esto hace que entiendan peor las palabras, sobre todo las de mujeres y niños, y que las frases les lleguen incompletas o distorsionadas.

Otro indicador muy frecuente es la necesidad de subir el volumen de la tele, la radio o el móvil hasta niveles que resultan molestos para el resto. A la vez, se pide a menudo que los demás repitan lo que han dicho, que hablen más despacio o que vocalicen mejor.

Causas de la pérdida de audición

En muchos casos aparecen también zumbidos, pitidos o ruidos en los oídos sin fuente externa, lo que se conoce como tinnitus o acúfenos. Puede ser continuo o intermitente, más o menos intenso, y suele ser uno de los primeros avisos de que algo no va bien en la audición.

Otros síntomas posibles son la sensación de oído lleno o taponado, la dificultad para localizar de dónde viene un sonido, la fatiga auditiva (agotamiento por hacer esfuerzo constante para entender) y, en algunos casos, mareos o vértigos si también se ve implicado el sistema del equilibrio.

Cuándo acudir al médico por pérdida de audición

Hay situaciones en las que no conviene esperar. Si se nota una pérdida brusca de audición en uno o ambos oídos que aparece en cuestión de horas o pocos días, es una urgencia médica y hay que consultar de inmediato, idealmente con un otorrino.

También se recomienda pedir cita si la pérdida auditiva, aunque sea gradual, empieza a dificultar la vida diaria: problemas para seguir conversaciones, sensación de aislamiento, necesidad de subir mucho el volumen o aumento de los tinnitus. Cuanto antes se evalúe, más opciones hay de tratar causas reversibles y de adaptarse a ayudas auditivas.

Causas de la pérdida de audición a lo largo de la vida

Las razones por las que se pierde audición son muy variadas y cambian según la etapa vital. Algunas están presentes desde antes de nacer y otras se acumulan con los años. Un porcentaje importante se puede evitar con medidas de prevención bien aplicadas en el momento oportuno.

Causas en el periodo prenatal

Antes del nacimiento, ciertas alteraciones genéticas pueden provocar hipoacusia hereditaria o debida a mutaciones nuevas, con cuadros que van desde pérdidas leves hasta sordera profunda. También influyen infecciones sufridas por la madre durante el embarazo, como la rubéola o el citomegalovirus, que afectan al desarrollo del oído interno del bebé.

Causas en el periodo perinatal

Alrededor del parto, algunos problemas graves pueden dañar estructuras auditivas. Entre ellos destacan la falta de oxígeno en el nacimiento (asfixia perinatal), la ictericia intensa con mucha bilirrubina (hiperbilirrubinemia) o el bajo peso extremo al nacer. Otras complicaciones neonatales y los tratamientos asociados también pueden influir.

Causas en infancia y adolescencia

Durante los primeros años de vida son frecuentes las infecciones de oído medio, algunas de las cuales se hacen crónicas y dejan líquido o supuración permanente (otitis media crónica). Si no se tratan bien, pueden generar pérdidas de audición importantes y dificultades de lenguaje en los niños, y en ocasiones generan vértigos en niños.

En la etapa infantil también pueden presentarse meningitis u otras infecciones graves que dañan la cóclea o el nervio auditivo. Por eso la vacunación sistemática frente a determinados gérmenes reduce tanto la mortalidad como las secuelas auditivas a largo plazo.

Causas en la edad adulta y vejez

En adultos, las enfermedades crónicas como la diabetes, los trastornos cardiovasculares o las enfermedades autoinmunes pueden contribuir al deterioro progresivo del oído interno. El tabaquismo también se ha relacionado con mayor riesgo de infecciones y de daño coclear.

Patologías específicas como la otosclerosis (crecimiento óseo anómalo en el oído medio), la enfermedad de Ménière o algunas formas de sordera súbita neurosensorial causan pérdidas significativas que, en parte, se pueden manejar con cirugía, medicación o ayudas auditivas.

La llamada presbiacusia, es decir, la pérdida de audición asociada al envejecimiento, es una de las más frecuentes. Con los años se van deteriorando de forma natural las células ciliadas de la cóclea y las vías nerviosas, de manera que cuesta más oír y, sobre todo, entender el habla en entornos con ruido.

Factores presentes durante toda la vida

A cualquier edad puede aparecer un tapón de cerumen que bloquee el conducto auditivo y provoque sensación de oído taponado y pérdida de audición conductiva. Su extracción por un profesional suele recuperar el nivel auditivo previo sin mayores consecuencias.

Causas de la pérdida de audición

Los golpes en la cabeza o traumatismos directos sobre el oído pueden lesionar el tímpano, los huesecillos del oído medio o el oído interno, generando desde pérdidas moderadas hasta sorderas profundas, a veces acompañadas de vértigos intensos.

La exposición a ruidos o sonidos fuertes es uno de los grandes culpables prevenibles. Trabajar muchos años en ambientes muy ruidosos (construcción, industria, agricultura, talleres…), usar maquinaria potente o escuchar música muy alta con auriculares o en conciertos daña poco a poco las células ciliadas.

Algunos fármacos se consideran ototóxicos, es decir, pueden lesionar el oído interno. Entre ellos se encuentran ciertos antibióticos (como la gentamicina), algunos quimioterápicos, diuréticos potentes o dosis muy altas y prolongadas de salicilatos. Determinados productos químicos en el ámbito laboral también pueden afectar.

Las deficiencias nutricionales severas, infecciones víricas concretas y formas de pérdida auditiva genética de aparición tardía completan el listado de factores que actúan a lo largo de la vida, a menudo sumándose unos a otros.

Relación entre pérdida de audición, vértigo y líquidos del oído interno

El oído interno no solo se ocupa de oír, también alberga el sistema vestibular, encargado del equilibrio. Por eso, muchas enfermedades que afectan a la audición pueden dar, además, sensación de giro, mareos o inestabilidad, lo que complica mucho la vida diaria.

En patologías como la enfermedad de Ménière o la laberintitis, se altera el laberinto membranoso y los líquidos que lo llenan: la endolinfa y la perilinfa. Estos fluidos deben mantenerse en un equilibrio muy fino de volumen y composición química para que las células sensoriales funcionen correctamente.

Cuando aumenta demasiado la presión de endolinfa o se rompe alguna membrana interna y ambos líquidos se mezclan, se produce una pérdida brusca de función auditiva y vestibular. El resultado son crisis con vértigo rotatorio intenso, náuseas, inestabilidad y, muchas veces, descenso repentino de la audición.

Con el tiempo, el organismo puede sellar la zona de rotura y reajustar la presión y la composición de la endolinfa y la perilinfa, lo que permite que parte de las células sensoriales recuperen su función. Aun así, suele quedar cierto grado de hipoacusia y una tendencia a nuevas crisis si no se controla la enfermedad de base.

También hay que tener en cuenta que la ansiedad y el estrés pueden agravar la percepción de mareos y zumbidos, y que la propia pérdida auditiva favorece que aparezcan sensaciones de inestabilidad. Todo ello hace que muchos pacientes consulten por vértigos y sordera como un problema conjunto.

Factores de riesgo y niveles de ruido peligrosos

No todo el mundo expuesto a las mismas situaciones pierde oído de igual forma, pero hay factores que claramente aumentan el riesgo. El envejecimiento es uno de ellos: cuanto más mayores somos, más vulnerable se vuelve el oído interno a otros daños.

La exposición a ruidos fuertes de manera repetida o prolongada es otro pilar fundamental. Se ha comprobado que a partir de unos 70 dB el ruido empieza a ser potencialmente dañino si se mantiene en el tiempo; cuanto más alto sea el nivel, menos minutos u horas hacen falta para provocar daños irreversibles.

De forma orientativa, un susurro ronda los 30 dB, un refrigerador en marcha unos 40 dB y una conversación normal unos 60 dB, niveles que se consideran seguros. En cambio, el tráfico intenso o un comedor escolar lleno pueden acercarse a 75-85 dB, y ahí ya conviene vigilar la duración de la exposición.

Una motocicleta se sitúa alrededor de 95 dB, una moto de nieve cerca de 100 dB y una motosierra o un concierto de rock pueden alcanzar 110 dB o más. Petardos y disparos de armas de fuego superan fácilmente los 140 dB, con capacidad de producir daño inmediato y permanente en cuestión de segundos.

En el entorno laboral, las normativas marcan tiempos máximos de exposición diaria sin protección: por ejemplo, 8 horas a 90 dB, 4 horas a 95 dB, 2 horas a 100 dB o apenas 15 minutos a 115 dB. Superar esos límites sin medidas de protección multiplica el riesgo de hipoacusia inducida por ruido.

La herencia genética también cuenta: hay personas con mayor susceptibilidad a que el envejecimiento o el ruido dañen antes las células de la cóclea. El tabaquismo, algunas enfermedades sistémicas y ciertos medicamentos completan el conjunto de factores de riesgo modificables o no modificables.

Consecuencias de la pérdida de audición no tratada

Causas de la pérdida de audición

Dejar pasar el tiempo sin abordar una hipoacusia tiene impacto en muchas áreas. En primer lugar, aparecen dificultades de comunicación: cuesta participar en conversaciones, seguir reuniones o hablar por teléfono, lo que puede generar malentendidos y conflictos frecuentes.

A nivel cognitivo se ha visto que la pérdida auditiva no tratada se asocia a mayor deterioro de memoria, atención y otras funciones mentales en personas mayores. El cerebro dedica tantos recursos a descifrar sonidos incompletos que se agota más rápido (fatiga auditiva) y deja menos margen para otros procesos.

En el plano social y emocional, la hipoacusia facilita el aislamiento, la soledad, la ansiedad y la depresión. Muchas personas empiezan a evitar situaciones en las que les cuesta seguir las conversaciones, lo que debilita su red de apoyo y empeora su estado de ánimo de manera progresiva.

También hay un claro aumento del riesgo de caídas y accidentes. No oír un coche, una alarma, un timbre o a alguien que avisa de un peligro reduce la capacidad de reacción. En entornos laborales y en la vía pública, esto tiene una traducción directa en seguridad.

Desde el punto de vista social y económico, la pérdida de audición sin tratamiento se relaciona con más años vividos con discapacidad, menor acceso a la educación y al empleo y un coste enorme para los sistemas sanitarios y las familias, con miles de millones de dólares al año a escala mundial en gastos directos e indirectos.

Cómo se diagnostica la pérdida de audición

El diagnóstico empieza siempre por una buena historia clínica y exploración física. El profesional pregunta desde cuándo se nota la pérdida, si es en uno o dos oídos, si han existido infecciones, ruidos intensos, golpes, enfermedades previas o antecedentes familiares, y qué medicamentos se toman.

Después se realiza una observación del conducto auditivo y el tímpano con un otoscopio, que es una especie de linterna con lupa. Así se pueden ver tapones de cerumen, inflamaciones, perforaciones, líquido o malformaciones. A veces se usan diapasones para pruebas sencillas que orientan hacia pérdida conductiva o neurosensorial.

El siguiente paso suele ser una batería de pruebas audiométricas en una cabina silenciosa, realizadas por un audiólogo. La audiometría tonal pura evalúa en qué frecuencias y a partir de qué intensidad se empieza a oír, lo que dibuja el “audiograma” particular de cada paciente.

La audiometría verbal valora la capacidad para entender palabras a distintos volúmenes. Permite ver si hay mucha diferencia entre oír un sonido y comprenderlo, algo típico en presbiacusia y otras pérdidas neurosensoriales.

Otras pruebas útiles son la conducción ósea (que ayuda a diferenciar componentes conductivos y neurosensoriales), la timpanometría y el estudio de reflejos acústicos para analizar el funcionamiento del oído medio, y las emisiones otoacústicas, que miden la respuesta de las células ciliadas sanas.

En casos seleccionados se solicitan pruebas de imagen como resonancia magnética o tomografía computarizada para estudiar con detalle el oído interno, el nervio auditivo y las estructuras vecinas, descartando tumores, otosclerosis, malformaciones congénitas u otras causas estructurales.

Tratamiento de la pérdida de audición

La estrategia de tratamiento depende de si la causa es reversible o no, del tipo de hipoacusia y de su impacto funcional. En muchos casos se combinan soluciones médicas, quirúrgicas y tecnológicas para obtener el mejor resultado posible.

Cuando la pérdida es conductiva y se debe, por ejemplo, a un tapón de cerumen o a una infección de oído medio, basta con retirar el obstáculo o tratar la infección para recuperar gran parte de la audición. En algunos problemas del oído medio, como determinadas otosclerosis o perforaciones timpánicas, puede indicar cirugía.

En pérdidas permanentes, la base del tratamiento la constituyen los audífonos o prótesis auditivas. Estos dispositivos captan el sonido con un micrófono, lo procesan electrónicamente y lo amplifican según el perfil auditivo del usuario. Existen múltiples formatos (intraauriculares, retroauriculares, recargables, conectados a móviles…) adaptables a diferentes estilos de vida.

Para personas con hipoacusia neurosensorial severa o profunda que no se benefician suficientemente de los audífonos, los implantes cocleares son una opción clave. Se trata de un sistema implantado quirúrgicamente en el oído interno que estimula directamente el nervio auditivo mediante impulsos eléctricos, saltándose las células ciliadas dañadas.

Causas de la pérdida de audición

Además de estos dispositivos, hay ayudas técnicas complementarias como sistemas FM, bucles magnéticos, dispositivos de alerta luminosos o vibratorios para timbres y alarmas, y subtitulado o intérpretes de lengua de signos, que facilitan el acceso al sonido y a la comunicación.

La rehabilitación auditiva es otro pilar fundamental. Incluye entrenamiento para aprovechar al máximo la audición disponible, técnicas de lectura labial, estrategias de comunicación en entornos ruidosos y, cuando hace falta, logopedia para mejorar el habla y el lenguaje, sobre todo en niños con pérdida de audición temprana.

En algunos casos concretos se utilizan medicamentos (por ejemplo, corticoides en ciertas pérdidas súbitas, fármacos para la enfermedad de Ménière o para procesos autoinmunes) con el objetivo de frenar el daño o aliviar los síntomas asociados como el vértigo o los acúfenos.

Prevención y protección de la audición

Una parte muy importante de las hipoacusias se puede evitar o retrasar siguiendo unas medidas de prevención sensatas a lo largo de toda la vida. Es mucho más fácil proteger el oído que intentar recuperar lo perdido.

En la infancia, la clave está en la vacunación y en el buen cuidado materno-infantil: controlar infecciones durante el embarazo, atender de forma adecuada los problemas perinatales y tratar precozmente las otitis en niños para que no se hagan crónicas ni dejen secuelas.

A nivel poblacional, son muy útiles las campañas de escucha segura que alertan de los peligros de los volúmenes excesivos en auriculares, discotecas, conciertos o eventos deportivos. Respetar el límite de tiempo en ambientes ruidosos y dar descansos a los oídos es una inversión en salud futura.

En el trabajo, las empresas deben implantar programas de protección auditiva con entrega de tapones u orejeras, medición de niveles de ruido, rotación de tareas y revisiones auditivas periódicas en puestos de riesgo. También hay que vigilar la exposición a productos químicos ototóxicos.

En el ámbito sanitario es esencial el uso prudente de fármacos ototóxicos, ajustando dosis, monitorizando la audición durante tratamientos prolongados y eligiendo alternativas cuando sea posible, especialmente en personas ya vulnerables.

A título individual, conviene no introducir objetos en el conducto auditivo (hisopos, bolígrafos, horquillas…), mantener un estilo de vida saludable, evitar el tabaco, cuidar la tensión arterial y la glucosa y realizarse controles auditivos periódicos si se pertenece a grupos de riesgo o se nota cualquier cambio en la audición.

Tinnitus: el zumbido que avisa

El tinnitus o acúfeno es la percepción de zumbidos, pitidos, silbidos, rugidos o siseos en el oído sin que haya una fuente de sonido externa. Afecta a entre un 15 y un 20 % de la población y con frecuencia es uno de los primeros signos de daño auditivo.

La causa más habitual es la exposición a ruidos excesivos que lesionan las células ciliadas del oído interno. Cuando estas células se pierden o funcionan mal, las señales que llegan al cerebro se alteran y este “rellena los huecos” generando la sensación de ruido constante.

Aunque no siempre se puede eliminar por completo, hay estrategias para reducir su impacto, como terapias de habituación, generadores de sonido, técnicas de relajación y un buen ajuste de audífonos en quienes además tienen hipoacusia asociada. Consultar a tiempo ayuda a descartar causas tratables y a aprender a convivir con el síntoma con menos malestar.

Comprender que la pérdida de audición es una condición compleja, con múltiples causas y consecuencias, pero también con muchas posibilidades de prevención, diagnóstico y tratamiento, permite tomar decisiones informadas, pedir ayuda pronto y cuidar un sentido tan básico como el oído a lo largo de toda la vida.

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