Banda sonora para una guerra | Canciones de la guerra de Vietnam | Music from Dispatches, by Michael Herr

¿Qué música escuchaban los soldados en Vietnam? Hoy te traemos una selección de las mejores canciones de la guerra de Vietnam que hemos recopilado gracias a un libro impagable que todo el mundo debería leer: Despachos de guerra. Aquí puedes leer su reseña.

Canciones de la guerra de Vietnam: la mejor música

Francis Ford Coppola es el culpable de que el imaginario popular establezca un enlace inmediato entre el The end de los Doors y la guerra de Vietnam. Y viceversa. Stanley Kubrick también hizo lo suyo para que Nancy Sinatra y su This boots are made for walking quedasen para siempre incrustadas en el recuerdo de esa escena en la que un vietnamita le roba la cámara a un soldado estadounidense que negocia con una prostituta en Saigón. Y así otras tantas imágenes y canciones inolvidables.

“En la calle no era capaz de distinguir a los veteranos de Vietnam de los veteranos del rock. Los años sesenta habían hecho tantas víctimas, su guerra y su música habían extraído tanta energía del mismo circuito tanto tiempo que ni siquiera tenían que fundirse. La guerra te preparaba para años de insatisfacción mientras que el rock-and-roll se volvía más espeluznante y peligroso que el toreo. Los astros del rock empezaban a un ritmo de subtenientes. Éxtasis y muerte y (por supuesto y desde luego) vida, pero no parecía así entonces. Lo que yo había considerado dos obsesiones, eran en realidad sólo una. No sé como explicaros lo complicada que hacía mi vida eso. Helarse y arder y bajar de nuevo por el barro absorbente de la cultura, sostente firme y muévete despacio.”

Pero Apocalypse Now y La chaqueta metálica no habrían sido lo que son sin la ayuda de otro artefacto cultural que, cosas de la vida, ha gozado de mucha menos publicidad. Una obra que consigue que sus estampas y sus melodías permanezcan resonantes en el recuerdo tanto como las películas. La crónica Despachos de Guerra (Anagrama) es la base sobre la que se cimentaron las dos películas que más nos han acercado al infierno bélico indochino de finales de los sesenta debido a que su autor, el periodista Michael Herr, colaboró estrechamente en el guión de las dos cintas.

¿Qué música escuchaban los soldados en Vietnam?

Lo que sigue no es más que una banda sonora, una relación de las canciones y artistas que se citan en la obra. Las mejores canciones de la guerra de Vietnam. Un anecdótico detalle del universo al que uno se asoma en cuanto abre el que probablemente sea el mejor testimonio habido y por haber de lo que fue el horror en la Selva. O, en palabras de John Le carré: «El mejor libro que he leído sobre los hombres y la guerra en nuestro tiempo.» 

Debido a que en varias referencias se cita a más de un artista, he optado por seguir la siguiente estructura:

CITA
+
INTÉRPRETE Y TÍTULO DE LA CANCIÓN
+
VÍDEO DE LA CANCIÓN

Y ya, sin más dilaciones, les dejo con las mejores canciones de la guerra de Vietnam:

«Sean Flynn era capaz de parecer más increíblemente guapo aún que su padre, Errol, treinta años atrás, como capitán Blood, pero a veces parecía más bien Artaud saliendo de algún espeso viaje corazón-de-las-tinieblas, sobrecargado de información, el inmput. ¡El input! Y sudaba sin parar, y se pasaba horas sentado, peinándose el bigote con la hoja de filo de sierra de su cuchillo del ejército suizo. Llevávamos yerba y cintas: Have You Seen Your Mother Baby Standing in the Shadows, Best of Animals, Strange Days, Purple Haze, Archie Bell and the Drells, C’mon now everybody, do the Tighten Up…» (Pág 12)

The Rolling Stones: Have you seen your mother baby standing in the shadows

The Animals: House of the rising sun

The Doors: Strange days

The Jimi Hendrix Experience: Purple Haze

Archie Bell & The Drells: Tighten up

«Decían que en la base de una columna de humo de napalm el impacto te vaciaba de aire los pulmones. Una vez volábamos sobre una aldea que acababa de ser atacada desde el aire y estallaron en mi cabeza las palabras de una canción de Wingy Manone que había oído de pequeño, Parad la guerra, estos tipos están matándose.» (Pág 14)

Wingy Manone: Stop that war, them cats is killing themselves

«En una ocasión, un helicóptero me dejó en un remoto puesto destacado del Delta donde el sargento comía barritas de caramelo en cadena y ponía cintas country-and-western las veinticuatro horas del día, hasta que las oía ya en sueños, cuando dormía, Up on the Wolverton Mountain y Lonesome as the bats and the bears in Miller’s cave y I fell into a burning ring of fire, rodeado de palurdos pasados que no dormían tampoco gran cosa porque no podían confiar en uno siquiera de sus cuatrocientos soldados mercenarios…» (Pág 17)

Claude King: Wolverton Mountain 

Don williams: Miller’s cave 

Johnny Cash: Ring of fire 

«Era una visión doble que me asaltó allí más de una vez. Y en mi cabeza, resonando una y otra vez, las palabras increíblemente siniestras de la canción que todos habíamos oído por primera vez unos días antes: «El Servicio del Misterio Mágico está esperando para llevarte», prometía » viene a llevarte, se muere por llevarte…» Esa era la canción de Je Sanj; todos lo sabíamos entonces, y sigue pareciéndolo.» (Pág 115)

The Beatles: Magic Mistery Tour

«A Viajero de Día no le gustaba la ruta, Miró los cadáveres y luego me miró a mí. La expresión me decía: «¿Ves? ¿Ves lo que pasa?» Había visto aquella expresión tantas veces los últimos meses, que debía tenerla también yo; ninguno dijo nada. Era como si caminase solo ya, cantaba, con voz queda y extraña. «Cuando llegues a San Francisco», cantaba, «no olvides ponerte flores en el pelo.» (Pág 129)

Scott McKenzie: San Francisco

[Escuchan la radio en unos barracones. Habla el locutor]:»—De acuerdo, pues, vamos allá, allá vamos cono nuestro fabuloso sonido de los años sesenta, AFVN, Red de Emisoras de las Fuerzas Armadas, Vietnam, y para todos vosotros, muchachos, del Primero y del Cuarenta y Cuatro, y sobre todo para Soul Brother, de la sala de ordenanzas, aquí llega Otis Redding… el inmortal Otis Redding cantando Dock of the Bay». (Pág 142)

Otis Redding: Sitting on the dock of the bay

«Mayhew subió la radio. No estaba aún demasiado alta, pero llenaba la casamata. Era una canción que habían puesto mucho por la radio aquel invierno:» (Pág 143)

Aquí pasa algo,
no está del todo claro qué,
hay un hombre con un arma allí arriba,
que me dice que tengo que andar alerta,
creo que es hora de que paremos, niños,
¿qué fue lo que sonó?
Todos miran algo que está cayendo…

The Jimi Hendrix Experience: All along the watchtower

«Y pensé en los soldados que una noche se habían sentado en círculo con una guitarra cantando «Adónde se han ido todas las flores». Jack Laurence de CBS News les había preguntado si sabían lo que significaba para mucha gente la canción y ellos dijeron, que sí, que lo sabían.» (Pág 153)

Peter, Paul and Mary: Where have all the flowers gone

«Suena en los altavoces instalados sobre las columnas del rincón de la terraza Ode to Billy Joe, pero el aire parece demasiado pesado para transmitir correctamente el sonido, que se queda colgado allí por los rincones.» (Pág 176)

Bobby Gentry: Ode to Billy Joe

«Esa es la historia de la primera vez que oí cantar a Jimi Hendrix [en referencia a All along the Watchtower, que escucha durante una emboscada de los vietcong gracias a «un soldado negro agachado sobre un portacasettes» mientras se suceden los disparos], pero en una guerra en la que un montón de gente hablaba de Satisfaction de Aretha igual que otros hablan de la Cuarta de Brahms, era más que una historia, era las cartas de credenciales. «Bueno, para mí Jimi Hendrix es el hombre», decía uno. «¡Ese si que sabe bien de qué va el rollo». Hendrix había estado en tiempos de la 101 Aerotransportada, y en las secciones aerotransportadas en Vietnam había muchos negros inteligentes y vitales como él, duros de veras y buenos de veras, tipos que cuidaban siempre de ti cuando las cosas iban mal. Esa música significaba para ellos muchísimo. No la oí nunca en la Red de Emisoras de las Fuerzas Armadas. (Pág 187) [Contradictorio, si tenemos en cuenta la referencia de la página 143].

Aretha Franklin: I can’t get no satisfaction (Compuesta por los Rolling Stones)

Michael Herr comienza el 2º capítulo de bloque Colegas citando Visions of Johanna, de Bob Dylan (Pág 216):

Dime alguien que no sea un parásito
y saldré a decir una oración por él

Bob Dylan: Visions of Johanna

«Hubo una canción de los Mothers of Invention titulada Trouble Comin’ Everyday que se convirtió en una especie de himno entre un grupo de unos veinte corresponsales jóvenes. Solíamos poner aquel disco en aquellas largas veladas nocturnas de Saigón, veladas de ceniceros rebosantes, de cubos de hielo llenos de agua tibia, de botellas vacías, sin yerba ya, agotada, hablando al galope, «Sabes, miré aquella caja podrida hasta que empezó a dolerme la cabeza, Dicen que observando es como los informadores se consigue su mierda» (miradas irónicas y amargas recorren la estancia), «Y si otra conductora cae ametrallada de su asiento, Mandarán a un tío con una Brownie y lo verás todo completo» (mordida de labios, recule, risa nerviosa), «Y si aquello estalla, seremos los primeros en contarlo, Porque los chicos que tenemos allí están trabajando duro y haciendo las cosas como es debido…«. Aquello no se refería a nosotros, no, nosotros éramos tan listos, reíamos, guiñábamos un ojo cada vez que lo oíamos, todos, fotógrafos de los servicios cablegráficos y grandes corresponsales de las cadenas de noticias y de misiones especiales, como yo, reiamos todos entre dientes por lo que todos sabíamos, que detrás de cada columna de letra impresa sobre Vietnam que leías, había un cara-muerte riente y goteante; se ocultaba allí, en periódicos y revistas y se aferraba a las pantallas de tu televisión y allí seguía horas después de que apagaras el aparato por la noche, un recuerdo que quería decirte simplemente, por fin, lo que se algún modo no se había dicho.» (Pág 225)

Mothers of Invention: Trouble Comin Everyday

http://www.youtube.com/watch?v=VBJnnzxhGbw

«Las habitaciones del Continental se llenaban, por la noche, de corresponsales que entraban y salían a echar un trago o fumar un porro o fumar un porro antes de irse a la cama, un poco de charla y un poco de música, los Rolling Stones cantando «Esto es tan solitario, estás a dos mil años luz de casa», o «Ven a verme por favor en tu Ciudadela», y esa palabra levantaba un escalofrío en la habitación.» (Pág 240)

Rolling Stones: 2000 light years from home

Rolling Stones: Citadel

«Siempre que volvíamos alguno de un periodo de descanso traíamos discos, la música era tan valiosa como el agua: Hendrix, Airplane, Frank Zappa y los Mothers, todas las cosas que no habían empezado siquiera cuando salimos de Norteamérica. Wilson Pickett, Junior Walker, John Wesley Harding, un disco que se quedó gastado y volvió a conseguirse en el plazo de un mes, los Grateful Dead (el nombre bastaba), los Doors, con su música gélida y distante. Aquella música invernal parecía la justa; podías apoyar la frente en la ventana donde el acondicionador de aire había refrescado el cristal, cerrar los ojos y sentir cómo el calor presionaba contra ti desde fuera.» (Pág 240)

Jefferson Airplane: Volunteers

Clásico inmortal. Una de las mejores canciones de la guerra de Vietnam.

Frank Zappa: How could I be such a fool

Wilson Pickett: In the midnight hour

Junior Walker and The All Stars: Shotgun

Bob Dylan: All along the watchtower

Greateful Dead: Golden Road

The Doors: Light my fire

«La decoración del casco de Page consistía entonces en las palabras HELP, I AM A ROCK! (tomadas de otra canción de Zappa) (Pág 246)

Frank Zappa: Help I am a rock

«Levantó un altar con todos sus Budas, colocando las velas de oración en una cinta de cartuchos vacíos, calibre cincuenta. Instaló un estéreo, jugó infinitamente a organizar sus diapositivas en cajones, hablaba de instalar Claymores de noche para mantener alejados a los «indeseables», de construir modelos de aviones («Muy buena terapia, eso»), colgaba helicópteros de juguete en el techo, carteles de Frank Zappa y Cream y unos de pintura fosforescente que había hecho Linda con monjes y tanques macizos hermanos de espíritu fumando porros en los campos de Vietnam.» (Pág 253).

Cream: Sunshine of your love

«Magnífica música en Me Fuc Tay, al comendante le gustaban los Stones. En An Joa oímos «Hambre de aquellas cosas buenas chaval, hambre y hambre y hambre» por la radio, mientras intentábamos hablar con un héroe de carne y hueso, un marine que acababa de sacar de serior apuros a todo su escuadrón, pero que lloraba tanto que no pudimos sacarle nada a él.» (Pág 264)

Paul Revere and the Raiders: Hungry 

«Una sola canción de Hue: «Tenemos que salir de aquí aunque sea lo último que hagamos en la vida». «Black is black I want my baby back» en Playa China con IGOR DEL NORTE, cada carta de su baraja un as de espadas. Llevaba sombrero y sarape y le cambiaba tanto la cara como una roca cuando le pasa una nube por encima.» (Pág 264)

The Animals: We’ve gotta get out of this place

Los Bravos: Black is black

Esperamos que disfrutéis de esta recopilación de las mejores canciones de la guerra de Vietnam tanto como nosotros lo hemos hecho elaborándolo. Ahora, un par de líneas sobre el libro.

Reseña de Despachos de guerra

«Algunos periodistas hablaban de operaciones sin historia posible, sin posibilidad de reportaje. No conocí ninguna […] Los que decían eso eran los mismos periodistas que nos preguntaban para qué diablos hablábamos siempre con los soldados…»

Despachos de guerra exige el uso de la primera persona y de todos los yo, yo, yo que a Herr le dé la gana porque, lejos de ser un compendio de partes de guerra y operaciones, el libro es el testimonio sólido de uno de los pocos seres humanos que fue a parar a ese infierno sin estar obligado a hacerlo. Y, encima, un ser humano que escribía fabuloso (falleció en 2016).

La visión humana e inocente de un reportero al que no le «alcanza la piel a los huesos» del acojone. Alguien que se queda atrapado susurrando «no estoy preparado para esto, no estoy preparado para esto» cuando cree ver en la noche una luz moviéndose en la selva. Alguien para el que todo lo que ve es nuevo. Y lo cuenta.

La estructura es caótica y entremezcla muy rápidamente distintas situaciones geográficas y temporales. El ritmo en cierto modo parece asemejarse a la propia experiencia de Herr, que asegura que tardó «un mes en perder aquella sensación de ser un espectador de algo que era en parte caza y en parte espectáculo».

A medida que avanzan las páginas, las confesiones sobre su estado de ánimo, sus miedos, y sus depresiones van dejando paso de forma sutil al relato del día a día de los soldados, auténticos protagonistas («Acababa de perderme la mayor batalla de la guerra hasta entonces, estaba diciéndome que lo lamentaba, pero aquella batalla estaba allí mismo, a mi alrededor y yo ni siquiera lo sabía»).

Herr sólo se permite adjetivos cuando éstos hacen referencia a él y sólo a él. Lo soldados sólo participan en forma de descripciones de lo que hacen y diálogos:

—Esta noche habrá lío, seguro, no te separes de mí. Será una suerte que Mayhew no te tome por un Zip y te vuele los sesos. Hay veces que se pone muy loco.
—¿Crees que atacarán?
Se encogió de hombros
—Quizás hagan un tanteo. Nos montaron ese número hace tres noches y mataron a un chico. Un Hermano.
—Pero esta casamata es muy buena. Puede aguantar bastante. Por mucho que nos echen encima, no habrá problema.
—¿La gente duerme con los chalecos antibalas?
—Algunos sí, yo no. Mayhew, ese jodido loco, duerme con el culo al aire. Es tremendo, hombre, el halcón ahí fuera y él aquí dentro con el culo al aire.

Dan ganas de decir que Despachos de Guerra suena a La chaqueta metálica o Apocalypse Now, pero es al revés. Como hemos dicho, Michael Herr  fue pieza fundamental del guión de estas dos obras maestras del cine. Ya en Despachos de Guerra encontramos al ametrallador del helicóptero «con ciento cincuenta amarillos muertos, todos con certificado»; el soldado al que le roban la cámara en una terracita de Saigón o el del Born to kill en el casco. De propina, este libro nos regala el mejor recopilatorio que jamás hayamos visto de canciones de la guerra de Vietnam.

Un marine remata con un lanzagranadas a un vietcong moribundo, otro se tumba sobre los sacos terreros de una trinchera y se pone a tiro, indiferente a los gritos de sus compañeros para que se ponga a cubierto, a otro le da por desobedecer las órdenes de su superior para inspeccionar una colina y ve como segundos después el propio teniente vuela por los aires. A un soldado le dan un permiso de descanso y durante días llega tarde, a propósito, al helicóptero que le llevará de vuelta al hogar porque siente que su lugar está ahí, en la selva. La emisora de radio habla sobre lo divertidos que son los proyectiles trazadores cuando iluminan el cielo y de lo importante que es limpiar los residuos que dejan en el cañón. Un soldado que se masturba 30 veces al día muere el día antes de su regreso a casa.

Desgarradora, infernal, cruel. Puta. Hace demasiado tiempo que dejó de tener sentido buscar adjetivos aún sin manosear por el cine y la literatura para describir a la guerra, sinsentido inherente a la raza humana desde su nacimiento hasta su extinción. En Despachos de guerra (reeditada por Anagrama en 2013) no hay adjetivos, y ahí radica el éxito de esta obra que, lejos de buscar epítetos aún por desempolvar, se limita a simple y llanamente mostrar.

Sabor a marihuana y napalm. Rugidos de ametralladora, Jimi Hendrix y Ottis Redding. Armado con el espíritu de los Capote, Talese y Wolfe, y coincidente en el tiempo con el Matadero Cinco de Kurt Vonnegut, Despachos de guerra deja una sensación incómoda, como de espectáculo circense, al explorar una de las realidades más crueles y en demasiadas ocasiones más ignoradas de este sinsentido: que la guerra, y quizás la de Vietnam más que ninguna otra de las contemporáneas, fue un circo dirigido por locos y protagonizado por inocentes, en su mayoría niños:

«Había allí una concentración tan densa de energía norteamericana, norteamericana y básicamente adolescente, si aquella energía pudiese haberse canalizado en algo más que ruido, destrucción y dolor, habría iluminado Indochina un millar de años».


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