Tomarse cada día un par de tazas de café o un par de tés puede ser mucho más que un simple ritual para empezar la jornada: según una nueva investigación de gran tamaño, este hábito se relaciona con un menor riesgo de demencia y un deterioro cognitivo más lento a largo plazo. Lejos de presentar estas bebidas como una solución mágica, los datos apuntan a que, en el contexto de un estilo de vida saludable, su consumo moderado podría aportar un pequeño extra de protección para el cerebro.
El trabajo, publicado en la revista médica JAMA y realizado en Estados Unidos, ha analizado a más de 130.000 profesionales sanitarios durante varias décadas. Los resultados indican que quienes consumían dos o tres tazas diarias de café con cafeína o entre una y dos tazas de té presentaron menos casos de demencia y mejor rendimiento en diversas pruebas cognitivas que quienes apenas tomaban estas bebidas o no las tomaban.
Café y té con cafeína: qué dice el nuevo gran estudio

El estudio ha sido llevado a cabo por equipos del Hospital General de Massachusetts, la Escuela de Salud Pública T. H. Chan de Harvard y el Instituto Broad del MIT y Harvard, instituciones de referencia en investigación médica. En total, se incluyeron datos de 131.821 participantes procedentes de dos grandes cohortes: el Nurses’ Health Study (enfermeras y personal de enfermería, iniciado en 1976) y el Health Professionals Follow-up Study (profesionales de la salud varones, desde 1986).
A lo largo del seguimiento, que en algunos casos alcanzó hasta los 43 años de observación continua, los participantes completaron cuestionarios periódicos sobre su dieta, incluyendo el consumo de café (con y sin cafeína) y de té, además de evaluaciones sobre posibles síntomas de deterioro cognitivo y pruebas objetivas de memoria, atención y otras funciones mentales.
En ese periodo, se registraron 11.033 diagnósticos de demencia. Al comparar los patrones de consumo, los investigadores observaron que las personas que tomaban más café con cafeína presentaban un 18% menos de riesgo de desarrollar demencia que aquellas que bebían poco o nada. De manera similar, se detectó una menor frecuencia de quejas subjetivas de memoria (7,8% frente al 9,5%) y, en algunos análisis, un desempeño algo mejor en determinadas pruebas cognitivas.
En el caso del té, el patrón fue parecido: un mayor consumo de 1 a 2 tazas diarias también se asoció con menor probabilidad de demencia y mejor conservación de la función cognitiva. En cambio, el café descafeinado no mostró una relación clara con la reducción del riesgo, lo que refuerza la hipótesis de que el papel principal podría recaer en la cafeína.
Los investigadores analizaron además si la predisposición genética a la demencia modificaba la asociación entre estas bebidas y el riesgo de enfermedad. Según los resultados, el posible efecto protector del café y el té con cafeína se observó tanto en personas con alto como con bajo riesgo genético, lo que sugiere que este hábito podría ser relevante con independencia de la herencia familiar.
¿Cuánta cantidad es beneficiosa y dónde está el límite?

Una de las cuestiones que más interesan a la población es cuánta cantidad sería razonable tomar. El trabajo publicado en JAMA apunta a que los mejores resultados se observaron con 2-3 tazas de café con cafeína o 1-2 tazas de té diarias. A partir de ahí, no se detectó un beneficio claramente superior, lo que sugiere la existencia de un cierto efecto “techo”.
Esta idea encaja con lo que vienen defendiendo especialistas en neurología y nutrición. Neurólogos como David Pérez, del Hospital 12 de Octubre de Madrid, recuerdan que, por encima de ese consumo moderado, el aumento de la cafeína puede provocar problemas como nerviosismo, ansiedad, temblor esencial o dificultades para dormir, especialmente si se ingiere café a última hora de la tarde o por la noche.
La comunidad científica insiste en que el café no debe verse como un potenciador inmediato de la inteligencia, sino más bien como una posible pieza de un enfoque preventivo para reducir el riesgo de enfermedades neurodegenerativas. Las mejoras en las pruebas cognitivas que se han observado son discretas y no convierten al café en un “suplemento milagroso” para la memoria.
En paralelo, otros trabajos publicados en revistas como Nutrients han relacionado el consumo moderado de café con menor mortalidad global y menor riesgo de patologías cardiovasculares, diabetes tipo 2, ictus o algunas enfermedades respiratorias. Sin embargo, se advierte de que añadir azúcar, siropes o nata en grandes cantidades puede neutralizar parte de esos posibles beneficios, al aumentar el aporte calórico y el impacto metabólico de la bebida.
En el caso de grupos concretos, como las mujeres embarazadas, se recomienda ser todavía más prudentes: las guías internacionales suelen situar el límite de cafeína diaria en torno a los 200 mg, lo que equivale aproximadamente a dos cafés pequeños, aunque la cifra exacta puede variar según la variedad de café y el método de preparación.
La cafeína y otros compuestos, bajo la lupa
Más allá de las estadísticas, la gran pregunta es por qué el café y el té con cafeína podrían tener ese efecto sobre el riesgo de demencia. El nuevo estudio, y otros anteriores, señalan a la cafeína como principal candidata, dado que el café descafeinado no mostró los mismos resultados protectores.
Desde el punto de vista biológico, la cafeína actúa bloqueando los receptores de adenosina en el cerebro, un mecanismo que se ha relacionado con menor neuroinflamación y una mayor plasticidad de las conexiones neuronales. Diversos trabajos experimentales han sugerido que este efecto podría influir en procesos ligados al alzhéimer y otras formas de demencia.
Además de la cafeína, el café y el té son ricos en compuestos bioactivos como polifenoles, ácidos clorogénicos y catequinas, sustancias con propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. Estos componentes ayudan a combatir el estrés oxidativo y a mejorar la función vascular, factores que también se han vinculado con la salud cerebral y el deterioro cognitivo asociado al envejecimiento.
Otra hipótesis que manejan los autores es que el consumo de café con cafeína podría contribuir a una mejor sensibilidad a la insulina y a un menor riesgo de desarrollar diabetes tipo 2, una enfermedad que se considera un factor importante en la aparición de demencia. Al reducir el impacto de la diabetes sobre los vasos sanguíneos y el cerebro, el café podría ayudar indirectamente a conservar la función cognitiva.
Con todo, neurólogos y endocrinólogos coinciden en que todavía no se conoce con exactitud el mecanismo que explique estos resultados. Expertos en nutrición como Carmen Aragón, de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición, subrayan que hacen falta ensayos clínicos controlados para confirmar las hipótesis y descartar la influencia de otros factores que puedan estar confundiendo las asociaciones observadas.
Un efecto modesto dentro de un estilo de vida saludable
Los autores del estudio en JAMA insisten en que se trata de una investigación observacional. Esto significa que muestra asociaciones, pero no permite concluir de forma definitiva que el café o el té con cafeína sean la causa directa del menor riesgo de demencia. Es posible que quienes consumen estas bebidas de manera habitual también sigan otros hábitos beneficiosos, como hacer más ejercicio o cuidar más la alimentación.
Para minimizar esta posibilidad, el equipo ajustó los análisis estadísticos en función de múltiples variables de estilo de vida, factores sociodemográficos y antecedentes médicos. Aun así, los propios investigadores admiten que no se puede descartar del todo la influencia de factores no medidos o difíciles de cuantificar, como la calidad real de la dieta, la intensidad de la actividad mental cotidiana o el nivel de interacción social.
Neurología y salud pública coinciden en que, ante la ausencia de tratamientos curativos para la demencia y el alzhéimer, la clave está en la prevención temprana de la demencia. En Europa, donde la población envejece con rapidez y la demencia supone un reto sanitario creciente, se insiste en la importancia de un enfoque integral: dieta mediterránea y alimentos para la memoria, ejercicio físico regular, evitar el tabaco, controlar la presión arterial y el colesterol, mantener la vida social activa y, entre otras medidas, moderar el consumo de alcohol.
En ese marco más amplio, el café y el té con cafeína podrían considerarse un hábito potencialmente beneficioso, siempre que se tomen con moderación, sin excesos de azúcar y sin desplazar otros pilares básicos de una alimentación equilibrada. De hecho, algunos expertos sintetizan el mensaje en que el café podría ser un aliado, pero no el protagonista, de una estrategia de protección de la salud cerebral.
De cara a la población española y europea, donde el café y el té forman parte de la rutina diaria de millones de personas, estos resultados ofrecen un argumento adicional para mantener un consumo prudente, sin miedo injustificado, pero también sin caer en la idea de que por sí solos van a evitar el desarrollo de demencia.
En conjunto, la investigación refuerza la impresión de que un consumo regular y moderado de café y té con cafeína puede asociarse con un pequeño descenso del riesgo de demencia y un deterioro cognitivo más lento, siempre dentro de un contexto de vida saludable; una pieza más del puzle de la prevención, que se suma a otras muchas decisiones cotidianas capaces de marcar la diferencia a largo plazo.
