
Después de más de medio siglo sin vuelos tripulados a la órbita lunar, cuatro astronautas de la misión Artemis II ultiman los preparativos para un viaje llamado a marcar una época. Su objetivo no es posar aún una nave sobre la superficie, sino trazar un sobrevuelo de alta precisión alrededor de la Luna —incluida su cara oculta—, batir el récord de distancia respecto a la Tierra y abrir la puerta a futuros alunizajes y bases permanentes.
Mientras la cápsula Orión avanza silenciosa por el espacio, la NASA ajusta hasta el último detalle de un plan que combina maniobras orbitales complejas, observaciones científicas intensivas y una cuidada gestión del día a día a bordo. El viaje, de unos diez días, servirá como gran ensayo general del programa Artemis, la apuesta con la que Estados Unidos quiere volver a pisar la Luna y consolidar su presencia a largo plazo en el satélite, en plena nueva carrera espacial en la que Europa también aspira a tener un papel relevante.
Una tripulación diversa para un viaje histórico
La misión está liderada por Reid Wiseman, comandante de Artemis II, acompañado por el piloto Victor Glover y los especialistas de misión Christina Koch y Jeremy Hansen. Los cuatro se preparan para convertirse en los primeros humanos en viajar hacia la Luna desde la era Apolo, y en varios casos, en protagonistas de hitos simbólicos que marcan un cambio generacional en la exploración espacial.
En las comunicaciones con el centro de control de Houston, la tripulación ha insistido en que este vuelo no es solo un despliegue tecnológico, sino también un gesto de continuidad. Hansen ha subrayado que quieren rendir homenaje a las generaciones anteriores de exploradores y, al mismo tiempo, lanzar un mensaje claro a las nuevas: el récord de distancia que está a punto de batirse “no debería mantenerse demasiado tiempo”.
El equipo ha querido además dejar su propia huella simbólica en la superficie lunar. Durante el sobrevuelo, los astronautas han propuesto nombres para dos cráteres: uno llamado Integrity, en referencia al apodo que han dado a su nave, y otro bautizado Carroll, en memoria de la esposa del comandante Wiseman, fallecida en 2020. El anuncio, realizado por Hansen, se vivió con una intensa carga emocional a bordo.
Del despegue a la órbita translunar: la cuenta atrás perfecta
La aventura comenzó en el Centro Espacial Kennedy, en Florida, con el cohete SLS (Space Launch System) impulsando la cápsula Orión hacia la órbita terrestre. Tras un despegue controlado segundo a segundo, la nave alcanzó una órbita segura alrededor del planeta, donde la tripulación dedicó las primeras horas a comprobar sistemas y evaluar el comportamiento de los equipos a bordo.
Ya en el segundo día, llegó una de las maniobras más delicadas de la expedición: el encendido del motor de Orión para realizar la inyección translunar. Este impulso prolongado, de varios minutos, ajustó la trayectoria de la nave y la colocó en la llamada órbita translunar, una ruta directa hacia el satélite. La NASA canceló incluso una primera corrección de rumbo prevista al comprobar que la cápsula seguía su trayectoria con precisión milimétrica.
Durante este tramo inicial, los astronautas pudieron contemplar una imagen que no por conocida deja de impresionar: la Tierra entera flotando en la oscuridad, con África, Europa y la tenue luz de la aurora boreal visibles desde la ventanilla. Según ha relatado Wiseman, ver el planeta reducido a un globo frágil, mientras la Luna se hacía gradualmente más grande, dejó a los cuatro ocupantes momentáneamente sin palabras.
Con el paso de los días, la nave superó la mitad de la distancia a la Luna y alcanzó la «esfera de influencia» gravitatoria del satélite. A partir de ese momento, explicó Koch, “dejamos de subir cuesta arriba con la gravedad de la Tierra y empezamos a caer hacia la Luna”. Esa transición marca el preludio del gran momento de la misión: el sobrevuelo de la cara oculta.
Récord de distancia y soledad en la cara oculta
El clímax del viaje se concentrará en unas pocas horas de máxima tensión orbital. Según las estimaciones de la NASA, Orión se acercará a unos 6.500 kilómetros de la superficie lunar en su paso por detrás del satélite, un punto en el que la nave observará alrededor de una quinta parte del disco completo, gracias a la posición relativa del Sol.
En ese tramo, la Luna actuará como un gigantesco escudo de roca y bloqueará completamente las comunicaciones con la Tierra. Los astronautas afrontarán alrededor de 40 minutos de silencio de radio absoluto, una experiencia poco habitual en la era moderna, acostumbrada a la conexión continua con los centros de control. No obstante, esta desconexión está prevista y se ha ensayado a fondo a partir de la experiencia de las misiones Apolo.
Justo antes y después de esa «zona de sombra», la nave batirá uno de los hitos más sonados de la misión: alcanzar unos 406.770 kilómetros de distancia de la Tierra, superando en más de 6.000 kilómetros el récord establecido de forma accidental por la misión Apolo 13 en 1970. Desde la perspectiva de los astronautas, la Tierra aparecerá como una esfera azul minúscula colgando en la lejanía del espacio profundo.
Durante ese sobrevuelo, la tripulación tendrá alrededor de seis horas de ventana científica intensiva. La NASA ha fijado una lista de unos 35 puntos de interés lunar para observar y fotografiar: cráteres, cuencas de impacto, zonas polares y regiones de transición entre la cara visible y la oculta. Mientras uno de los astronautas dispara la cámara, otro describirá en voz alta lo que ve por la ventanilla, aprovechando la capacidad del ojo humano para distinguir matices de color y relieve que a veces se escapan a los sensores.
Entre los objetivos más destacados figuran Mare Orientale y la cuenca Aitken del polo sur, dos grandes estructuras de impacto apenas visibles desde la Tierra. La primera es una enorme cuenca de más de 900 kilómetros de diámetro, con anillos concéntricos y picos que se encuentran entre las montañas más altas de la Luna. La segunda, situada en la región polar sur, es clave para escoger posibles zonas de aterrizaje de futuras misiones Artemis, en especial la prevista para posar una tripulación cerca de 2028.
Ciencia lunar: colores, impactos y eclipses desde el espacio
Para exprimir al máximo ese breve pero intenso sobrevuelo, la NASA ha desplegado un amplio equipo científico especializado en geología lunar, cráteres de impacto, vulcanismo y hielo en los polos. Estos expertos seguirán en tiempo real los comentarios de la tripulación desde la Sala de Evaluación Científica en el Centro Espacial Johnson, interpretando sus observaciones y dándoles indicaciones sobre qué detalles priorizar.
Kelsey Young, responsable de ciencia y exploración para Artemis II, ha subrayado que las descripciones directas de los astronautas ayudarán a comprender mejor los procesos de impacto que modelan no solo la Luna, sino todo el sistema solar. La combinación de imágenes de alta resolución, vídeo y relatos en primera persona permitirá afinar la interpretación de la composición y antigüedad de distintas regiones lunares.
Uno de los aspectos que más intriga a los científicos es la variedad de tonos marrones, azulados y mates que la tripulación ya ha comenzado a reportar al mirar la superficie de la cara oculta. Hasta ahora, las imágenes tomadas por sondas mostraban un paisaje dominado por grises, pero el ojo humano parece detectar matices adicionales que podrían revelar diferencias en minerales y texturas del terreno.
Durante el vuelo, los astronautas también estarán atentos a breves destellos producidos por impactos de meteoroides contra la superficie lunar y a fenómenos de polvo que se eleva sobre los bordes de los cráteres por efectos eléctricos. Son procesos todavía poco entendidos, cuya observación directa podría aportar datos nuevos sobre la interacción entre el regolito, el viento solar y el entorno espacial.
El programa de la misión incluye además un momento visualmente espectacular: un eclipse solar total visto desde la órbita lunar. En ese escenario, la Luna se alineará entre el Sol y la nave, bloqueando por completo el disco solar y dejando visible únicamente la corona, la tenue atmósfera externa de nuestra estrella. Este fenómeno servirá para estudiar condiciones de iluminación extremas y calibrar sensores, pero también para ofrecer imágenes destinadas a convertirse en iconos de esta nueva etapa de la exploración.
Vida a bordo: dormir como murciélagos y arreglar inodoros
Más allá de las maniobras críticas y los récords, el día a día en Orión está lleno de pequeños detalles que, vistos desde la Tierra, recuerdan que detrás de los trajes y las siglas hay cuatro personas intentando apañarse en un volumen de apenas cinco metros de diámetro. El descanso, la higiene y la rutina se convierten en experimentos en sí mismos cuando no hay gravedad.
La NASA ha diseñado un horario específico para que la tripulación acumule tantas horas de sueño reparador como sea posible, con un despertar programado bien entrado el día según la hora peninsular española. Christina Koch ha contado que duerme literalmente “colgada”, con la cabeza hacia abajo flotando en el centro de la cápsula, una postura que ella compara con un murciélago suspendido del túnel de acoplamiento.
Victor Glover ha encontrado su rincón particular en una zona del interior de la nave comparable, según la NASA, al espacio de dos furgonetas pequeñas; Jeremy Hansen se estira sobre uno de los asientos, y Wiseman descansa bajo las pantallas principales, preparado por si hay que reaccionar rápido a cualquier incidencia. A pesar del poco espacio, la tripulación asegura que el sueño en microgravedad es profundo y reparador, aunque al despertar no siempre recuerdan de inmediato en qué lugar del universo están.
Entre los retos más comentados se encuentra el inodoro de a bordo. El retrete, un equipo específico para esta misión valorado en decenas de millones de dólares, ha sufrido varias averías en su sistema de recogida de orina, probablemente por bloqueos de hielo en las líneas de ventilación. Los astronautas han tenido que recurrir en ocasiones a soluciones más rudimentarias, similares a grandes pañales de adulto, hasta devolver el sistema a un estado operativo aceptable.
El director de vuelo de Artemis II ha reconocido que el manejo de residuos en microgravedad sigue siendo uno de los aspectos técnicos más complicados de la vida en el espacio. Aun así, la tripulación ha afrontado estos contratiempos con cierta naturalidad, alternando la resolución de problemas tan prosaicos como un atasco en el baño con sesiones de observación científica y entrevistas con la prensa y sus familias, que consideran fundamentales para mantener el ánimo durante el viaje.
El papel de Europa y el retorno a casa
Mientras Orión surca el espacio profundo, la misión se sigue en tiempo real desde estaciones de seguimiento repartidas por todo el mundo. Europa, y particularmente España, aportan instalaciones clave a esta red. Las antenas de espacio profundo situadas en Robledo de Chavela (Madrid) forman parte del sistema que enlaza con la nave cuando se encuentra a cientos de miles de kilómetros de la Tierra, recibiendo datos de telemetría y enviando instrucciones.
Estas infraestructuras, administradas en coordinación con la Agencia Espacial Europea (ESA), son esenciales para mantener el contacto con la nave salvo en los breves intervalos en que la Luna se interpone. Desde Europa se seguirá también el tramo final del viaje, cuando Orión abandone la esfera de influencia lunar y emplee la gravedad del satélite como “tirachinas” para iniciar su regreso.
El camino de vuelta, de unos cuatro días, no será un mero trámite. La cápsula deberá ejecutar varias maniobras de corrección de trayectoria y preparar la reentrada en la atmósfera terrestre, una fase en la que la nave se enfrentará a temperaturas superiores a los 2.500 grados en el escudo térmico. Los controladores de vuelo supervisarán con lupa cada parámetro, conscientes de que el comportamiento de Orión en este punto determinará la confianza en futuras misiones tripuladas más ambiciosas.
Si todo transcurre como está previsto, la nave amerizará en el océano tras completar un bucle que habrá llevado a sus cuatro ocupantes más lejos de la Tierra que a ningún otro ser humano en la historia. A partir de ahí, se abrirá una nueva fase: el análisis detallado de los datos científicos, la evaluación de cada sistema de a bordo y, sobre todo, la planificación de las próximas etapas del programa Artemis, que incluyen alunizajes tripulados y el desarrollo de infraestructuras en la órbita y la superficie lunar.
Lo que ahora se está viviendo desde la cabina de Orión —desde la visión de la Tierra saliendo por encima del horizonte lunar hasta la experiencia de cruzar, en completo silencio de radio, la cara que nuestro planeta nunca ve— marcará la memoria colectiva durante décadas. Artemis II se perfila como el puente entre las imágenes legendarias del programa Apolo y una nueva era en la que la Luna dejará de ser solo un destino puntual para convertirse en un lugar de trabajo, investigación y presencia humana sostenida.



