Artemis II de la NASA: la misión que devuelve a la humanidad a la órbita de la Luna y coloca a España en primera línea espacial

  • Artemis II será el primer vuelo tripulado alrededor de la Luna desde 1972, con lanzamiento previsto desde Florida y seguimiento global en directo.
  • La misión, de unos diez días, probará los sistemas de soporte vital y navegación de la nave Orion en el espacio profundo, sin alunizaje.
  • España y Europa juegan un papel clave: desde la unidad de control térmico del módulo de servicio europeo hasta el apoyo científico y de seguimiento desde universidades y empresas españolas.
  • Artemis II es el gran ensayo general para futuras misiones Artemis que buscan una presencia humana sostenida en la Luna y preparar el salto a Marte.

Ilustración misión lunar Artemis II

La cuenta atrás para que el ser humano vuelva a acercarse a la órbita de la Luna ya está en marcha. Tras años de preparativos y varios aplazamientos, la NASA se prepara para lanzar Artemis II, la primera misión tripulada de su nuevo programa lunar, que enviará a cuatro astronautas en un viaje de unos diez días alrededor del satélite antes de regresar a la Tierra.

Este vuelo no implicará todavía un alunizaje, pero supondrá un paso decisivo: por primera vez desde la era Apolo se pondrán a prueba en el espacio profundo los sistemas de soporte vital, navegación y comunicaciones de la nave Orion con personas a bordo. Y, además, consolidará la implicación de Europa y España en una misión histórica en la que la cooperación internacional y la tecnología desarrollada fuera de Estados Unidos tienen un peso sin precedentes.

Cuándo despega Artemis II y cómo seguir la misión en directo

Cohete SLS de la misión Artemis II

Si no hay contratiempos técnicos ni meteorológicos, el gigantesco Sistema de Lanzamiento Espacial (SLS) despegará desde la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy, en Florida, en una ventana de dos horas que se abre a las 18:24 hora local. Esto se traduce en las 00:24 de la madrugada del 2 de abril en la España peninsular, un horario poco amable pero que, para los más aficionados, será una cita casi obligada frente a la pantalla.

La NASA ha reservado varias oportunidades adicionales en los días siguientes para el caso de que haya problemas de última hora. El calendario contempla intentonas sucesivas durante los días 2, 3, 4, 5 y 6 de abril, así como una nueva oportunidad el día 30 del mismo mes, de modo que el margen de maniobra es relativamente amplio si algo no sale a la primera.

La cobertura será, literalmente, continua. Desde horas antes del llenado de combustible del cohete hasta el amerizaje final en el océano Pacífico, la agencia retransmitirá en tiempo real las principales fases de la misión a través de NASA+, su canal de YouTube y otras plataformas. La señal contará con comentarios en inglés y, en momentos clave como el lanzamiento, también con una transmisión específica en español a través del canal hispanohablante de la NASA.

La programación oficial incluye una batería de ruedas de prensa y eventos informativos en los días previos: la llegada de la tripulación al Centro Kennedy, comparecencias sobre el estado del lanzamiento, una conferencia técnica justo antes de iniciar la cuenta atrás y cobertura en directo del proceso de carga de propelente del SLS. Durante el vuelo, la NASA emitirá imágenes desde la propia nave Orion siempre que el ancho de banda lo permita, y publicará actualizaciones diarias del estado de la misión desde el Centro Espacial Johnson, en Houston.

Quienes quieran sentirse algo más implicados podrán inscribirse como “invitados virtuales” de la NASA, accediendo a contenido seleccionado, avisos de hitos importantes y un sello conmemorativo digital tras el vuelo. Además, los medios dispondrán de líneas de audio dedicadas para seguir únicamente el sonido de las comunicaciones de la misión, así como frecuencias específicas para la Costa Espacial de Florida.

Una misión tripulada histórica, pero sin alunizaje

Nave Orion de la misión Artemis II

Artemis II será la primera misión tripulada del programa, concebida como un gran ensayo general antes de que futuras expediciones vuelvan a posar botas sobre la superficie lunar. La nave Orion, acoplada en la parte superior del SLS, llevará a bordo a cuatro astronautas: Reid Wiseman (comandante), Victor Glover (piloto), Christina Koch y Jeremy Hansen, este último procedente de la Agencia Espacial Canadiense.

El perfil de vuelo está diseñado como una trayectoria de retorno libre alrededor de la Luna. Tras el despegue, el cohete impulsará a Orion hasta una órbita terrestre inicial en cuestión de minutos. Allí se comprobará el rendimiento de la nave y se realizará una maniobra de separación y aproximación con la etapa superior, un ensayo de acoplamiento que será vital en el futuro cuando haya que conectar con módulos de aterrizaje suministrados por empresas como SpaceX o Blue Origin.

Una vez completadas estas verificaciones, una ignición clave pondrá rumbo hacia el satélite. Durante varios días, la tripulación viajará por el espacio profundo, un entorno mucho más hostil que la órbita baja donde se encuentra la Estación Espacial Internacional. El objetivo es validar el comportamiento de los sistemas de soporte vital, telemetría, comunicaciones y navegación autónoma en condiciones reales, con la radiación y el aislamiento propios de la región cislunar.

El momento más espectacular llegará cuando Orion ejecute un sobrevuelo por la cara oculta de la Luna, alejándose más de 400.000 kilómetros de la Tierra. Esto convertirá a sus cuatro ocupantes en los seres humanos que más lejos se han aventurado nunca, superando marcas emblemáticas como las de Apolo 13. Además, la misión incluye hitos simbólicos: será la primera vez que una mujer y una persona afroamericana se acerquen tanto al entorno lunar.

Tras completar el lazo alrededor del satélite, la gravedad del sistema Tierra-Luna guiará el regreso de la nave hacia casa. El tramo final pondrá a prueba el escudo térmico más grande construido para una cápsula, diseñado para soportar temperaturas cercanas a los 2.800 °C cuando Orion vuelva a entrar en la atmósfera a unos 40.000 kilómetros por hora. Después, el despliegue de los paracaídas debe frenar la cápsula hasta un amerizaje controlado en el Pacífico, donde equipos de la NASA y del Departamento de Defensa aguardan para recuperar tanto la nave como a su tripulación.

Defensa por capas frente a la radiación y otros grandes desafíos

Salir de la órbita baja terrestre y adentrarse en el espacio profundo significa asumir un entorno mucho más exigente. Los astronautas de Artemis II cruzarán los cinturones de radiación de Van Allen y pasarán varios días expuestos a partículas energéticas procedentes del Sol y del espacio interestelar, un riesgo que la NASA lleva estudiando décadas y que, en esta ocasión, se afronta con una estrategia de “defensa por capas”.

Bajo el paraguas del llamado “Experimento Matroshka”, la agencia combina sensores avanzados y configuraciones físicas de blindaje para monitorizar y mitigar la dosis de radiación que recibe el interior de la nave. La idea es superponer diferentes materiales y distribuir los equipos de forma que determinadas zonas ofrezcan una protección extra en caso de tormenta solar especialmente intensa.

El reto no se queda ahí. Durante el vuelo no existirá la posibilidad de un retorno de emergencia rápido, algo relativamente factible en la Estación Espacial Internacional. Las comunicaciones también serán más complejas, con momentos en los que la nave se encontrará completamente oculta tras la Luna y dependerá por completo de su capacidad de navegación autónoma. Por eso Artemis II se concibe como un vuelo de validación integral: cada sistema, desde la propulsión hasta la gestión de recursos, se examinará con lupa antes de pasar a misiones más ambiciosas.

En paralelo, la NASA ha ajustado la hoja de ruta del programa. La misión Artemis III ha pasado a centrarse en pruebas en la órbita terrestre y en operaciones con vehículos de alunizaje comerciales, mientras que el primer descenso a la superficie lunar se reserva ahora para Artemis IV, previsto hacia 2028. La idea es ir elevando el nivel de complejidad de forma progresiva, evitando riesgos innecesarios antes de tener plena confianza en el conjunto SLS-Orion y en los sistemas asociados.

España y Europa, piezas clave de la arquitectura de Artemis II

Más allá del protagonismo de la NASA, Artemis II pone de relieve el peso creciente de Europa y España en las grandes misiones tripuladas. La nave Orion no viaja sola: va acoplada a un módulo de servicio europeo proporcionado por la Agencia Espacial Europea (ESA), responsable de suministrar energía, propulsión, agua y aire a la cápsula tripulada.

En el corazón de ese módulo destaca un componente diseñado y fabricado en Madrid: la unidad de control térmico (TCU), desarrollada por Airbus Crisa en su planta de Tres Cantos. Este sistema regula la temperatura, el flujo de aire y el agua, y vela por que tanto la tripulación como la electrónica crítica operen en un rango seguro durante todo el viaje, desde el despegue hasta el amerizaje.

El hecho de que la NASA haya confiado en una empresa no estadounidense para un elemento tan sensible marca un cambio importante en el reparto de responsabilidades dentro de los programas tripulados. Airbus Crisa ya había demostrado su solvencia en proyectos como el telescopio espacial James Webb, los róveres marcianos Curiosity y Perseverance o los lanzadores Ariane y Vega, y su tecnología voló con éxito en Artemis I. Ahora, con tripulación a bordo, el listón es todavía más alto.

La colaboración europea no se limita al hardware. El programa incluye aportaciones de múltiples agencias: la ESA, la agencia japonesa JAXA, la canadiense CSA o socios de países como Emiratos Árabes y Australia, que suman capacidades de robótica, comunicaciones, ciencia y logística espacial. El enfoque es abiertamente multilateral y colaborativo, lejos de la lógica de la Guerra Fría que marcó el programa Apolo.

La aportación científica española: del Sol a la seguridad de la tripulación

El papel de España en Artemis II no se reduce a la industria. También hay una contribución científica de primer nivel. La Universidad de Alcalá (UAH), a través del grupo responsable del instrumento Energetic Particle Detector (EPD) de la misión Solar Orbiter de la ESA, se ha convertido en uno de los apoyos clave para evaluar los riesgos de radiación solar a los que se enfrentará la tripulación.

Desde 2020, este equipo recibe y analiza los datos de partículas energéticas que registra Solar Orbiter en las proximidades del Sol. A petición de la NASA, los investigadores de la UAH proporcionarán datos de baja latencia del instrumento EPD, es decir, mediciones que llegan casi en tiempo real y que permiten estimar tanto el momento como la intensidad con la que una erupción solar podría afectar a la región del espacio por la que viajará Artemis II.

Con esta información, es posible anticipar episodios de radiación particularmente intensa y valorar su impacto potencial sobre la nave y sus ocupantes, analizando escenarios de exposición y recomendaciones operativas. El trabajo incluye también el asesoramiento científico para interpretar correctamente esos datos, una tarea que lidera el catedrático Javier Rodríguez-Pacheco, investigador principal del instrumento EPD.

No es la primera vez que la UAH colabora con la agencia estadounidense en este terreno. La universidad ya asesoró a la NASA durante el primer vuelo del dron Ingenuity en Marte, ayudando a evaluar las consecuencias de una tormenta solar que había enviado partículas cargadas al entorno del planeta rojo. Además, la conexión española con la estrategia lunar va más allá: la actual responsable de la oficina Moon to Mars (M2M) de la NASA es la exalumna de la UAH Teresa Nieves-Chinchilla, muy vinculada al grupo SRG-UAH.

Una antena de la NASA en la azotea de Sevilla

La presencia española en Artemis II se nota también en tierra. La Escuela Técnica Superior de Ingeniería (ETSi) de la Universidad de Sevilla albergará una de las 34 estaciones distribuidas por todo el mundo que seguirán las señales de radio de la nave Orion durante el vuelo. La NASA lanzó una convocatoria internacional para probar capacidades de seguimiento en una misión tripulada real, y la ETSi fue el único centro español seleccionado.

En la cubierta del edificio se ha instalado la plataforma Orbisat, un sistema desarrollado por la empresa española Integrasys desde su filial en Luxemburgo. Esta antena, de unos 2,5 metros de altura, está diseñada para rastrear vehículos espaciales tanto en la fase de lanzamiento como durante las operaciones en órbita, midiendo, entre otros parámetros, el efecto Doppler de la señal, clave para determinar con precisión la velocidad y la trayectoria de la nave.

Conviene subrayar que este seguimiento es complementario al que realiza la red Deep Space Network (DSN) de la NASA, la auténtica columna vertebral de las comunicaciones de espacio profundo. El objetivo de la agencia es evaluar hasta qué punto puede apoyarse en un ecosistema público-privado de estaciones externas que refuercen su resiliencia y capacidad en futuras misiones, reduciendo la dependencia exclusiva de sus propias infraestructuras.

Para la ETSi y para Integrasys, la participación en Artemis II supone una oportunidad significativa. La antena quedará instalada de forma permanente, convirtiendo a la escuela en una infraestructura de seguimiento real más allá de esta misión concreta, y estrechando la relación de la empresa con la NASA, con la que ya colabora en otros proyectos junto a organismos como la Space Force y el Space Command de Estados Unidos.

La dimensión formativa tampoco es menor. Los estudiantes del Máster en Operación de Sistemas Espaciales de la Universidad de Sevilla tendrán acceso directo a los datos generados por Orbisat, pudiendo trabajar con telemetría real de una nave tripulada en pleno viaje a la Luna. Es una forma muy tangible de llevar el aula a la primera línea de la exploración espacial.

De Apolo 17 a Artemis II: cómo ha cambiado ir a la Luna

Casi medio siglo separa el último alunizaje del Apolo 17 y el lanzamiento de Artemis II. En ese tiempo, la manera de ir al espacio ha cambiado de arriba abajo. Entonces, el módulo de mando ofrecía un espacio muy limitado para apenas tres astronautas; ahora, la nave Orion y su módulo de servicio europeo proporcionan un entorno más amplio y habitable para cuatro tripulantes.

En los años setenta, la generación de energía se basaba casi por completo en pilas de combustible. Artemis II se apoyará principalmente en grandes paneles solares, que suministran electricidad de forma continua y con menos complejidad logística para una misión de estas características.

La informática es otro salto abismal. El ordenador de a bordo del programa Apolo contaba con apenas unos pocos kilobytes de memoria, muy por debajo incluso de lo que hoy ofrece un reloj inteligente. Orion, en cambio, dispone de múltiples computadoras redundantes con capacidades de procesamiento millones de veces superiores, capaces de gestionar sistemas de navegación, control ambiental, comunicaciones y soporte vital en paralelo con amplias márgenes de seguridad.

También las telecomunicaciones han evolucionado de forma radical. De una señal de radio analógica en banda S de unos 2 GHz se ha pasado a una infraestructura digital mucho más robusta, con mayor ancho de banda, canales independientes para telemetría, voz, vídeo y datos científicos, y una gestión de la red que permite integrar estaciones de seguimiento repartidas por todo el planeta.

Hay, además, un cambio de fondo que va más allá de la tecnología. Mientras que Apolo 17 representó el último capítulo de una carrera espacial esencialmente nacional, motivada por la rivalidad geopolítica de la Guerra Fría, Artemis II es la punta de lanza de un esfuerzo internacional compartido. Estados Unidos sigue liderando el programa, pero lo hace apoyado en socios de Europa, Japón, Canadá, Australia, Emiratos Árabes y otros países, con la vista puesta en una presencia humana estable, no en una simple bandera sobre la superficie.

Ensayo general hacia una presencia lunar sostenida

Aunque Artemis II no se posará en la Luna, es difícil exagerar su importancia dentro de la estrategia de la NASA. La misión se define como un vuelo de prueba tripulado, pero también como una pieza clave en una arquitectura más amplia que aspira a construir una base lunar permanente, ensayar el uso de recursos locales y, a medio plazo, preparar el salto a Marte.

La agencia ha dividido su plan en varias fases. Primero, aumentar progresivamente la actividad robótica y tripulada en el entorno y superficie lunar, probando tecnologías como módulos de hábitat, reactores de potencia y vehículos exploradores. Después, levantar una infraestructura capaz de sostener estancias humanas de duración limitada pero con cierta regularidad, apoyada en logística reutilizable y aterrizajes cada seis meses.

En esa hoja de ruta encajan tanto Artemis III como Artemis IV y misiones posteriores, así como programas complementarios como el Commercial Lunar Payload Services, que busca que empresas privadas suministren aterrizadores y cargas científicas con una cadencia casi mensual. El objetivo final no es sólo “volver a la Luna”, sino quedarse y operar allí de forma sostenida, en un contexto donde la competencia con potencias como China añade presión geopolítica al calendario.

La misión que ahora nos ocupa servirá para afinar procedimientos operativos, entrenar a la tripulación en maniobras críticas y pulir protocolos de contingencia en caso de anomalías. Todo ello con una mirada que va más allá del propio programa Artemis: muchas de las lecciones aprendidas se aplicarán a la integración de robots e inteligencia artificial como compañeros de trabajo en entornos extremos, tanto en la Luna como en otros destinos del sistema solar.

Con Artemis II, el regreso de seres humanos a las inmediaciones de la Luna deja de ser un proyecto a muy largo plazo y pasa a convertirse en una realidad tangible, en la que España y Europa aportan componentes, ciencia y capacidades de seguimiento que resultan esenciales para el éxito del viaje. Si todo sale según lo previsto, el vuelo servirá para demostrar que el sistema SLS-Orion funciona en el escenario más exigente y que la cooperación internacional puede sostener una nueva etapa de exploración más amplia, duradera y, con el tiempo, encaminada también hacia Marte.

La NASA anuncia que la misión Artemis II volará hacia la Luna con cuatro astronautas el 1 de abril
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