Arte con una sonrisa: historia, misterio y emociones

  • La sonrisa ha sido una rareza en la historia del retrato, desde las primeras “sonrisas arcaicas” hasta su casi desaparición en el arte clásico, romano y cristiano.
  • Obras como la Mona Lisa muestran cómo una sonrisa pintada puede convertirse en un enigma psicológico y visual que cambia según la mirada del espectador.
  • Factores sociales, filosóficos y técnicos (estatus, higiene dental, solemnidad del retrato, dificultad de posar) explican la escasez de sonrisas amplias en el arte tradicional.
  • Con fotografía, publicidad y redes sociales, la sonrisa pasa de gesto excepcional en el arte a símbolo omnipresente, aunque sigue siendo difícil de representar de forma auténtica.

arte con una sonrisa

La sonrisa, ese gesto tan cotidiano que hacemos sin pensar, ha sido durante siglos un auténtico quebradero de cabeza para el arte. Si hoy asociamos sonreír con cercanía, felicidad o incluso simpatía, los museos nos cuentan otra historia muy distinta: basta dar una vuelta por cualquier galería para comprobar que la norma han sido los rostros serios, solemnes y hasta un poco distantes.

Sin embargo, cuando la sonrisa aparece en una pintura, una escultura o una fotografía, se vuelve un enigma visual que atrapa la mirada y despierta preguntas. ¿Por qué casi nadie sonríe en los retratos antiguos? ¿Por qué la sonrisa de la Mona Lisa sigue fascinando siglos después? ¿Qué ha cambiado para que hoy no paremos de posar mostrando dientes en cada foto que subimos a redes sociales?

Un encuentro con el arte y la sonrisa: de Kutxa Kultur a la historia del retrato

exposición sobre arte y sonrisa

En espacios culturales como Kutxa Kultur, en la Sala Ruiz Balerdi, se plantean precisamente estas cuestiones: por qué una simple sonrisa en un rostro pintado puede sacudir todo nuestro imaginario y abrir un misterio que nos acompaña desde los orígenes de la civilización. La reflexión es clara: durante siglos la sonrisa fue casi una rareza en el retrato occidental, algo que llamaba más la atención por su ausencia que por su presencia.

Las representaciones más antiguas de caras sonrientes aparecen en contextos tan remotos como Mesopotamia, el antiguo Egipto, la cultura etrusca o las imágenes de Buda en Asia. En esas primeras civilizaciones, una leve curvatura de los labios bastaba para sugerir vida, serenidad o cierta energía interior. Pero, al llegar al arte cristiano en Occidente, el tono cambia de forma radical: los rostros se vuelven severos, hieráticos, y la sonrisa prácticamente desaparece del repertorio durante siglos.

No será hasta el arte gótico, ya bien avanzado el siglo XII, cuando los personajes de esculturas y pinturas comiencen a recuperar una expresión más cálida. Ese tímido retorno de la sonrisa gótica contrasta con la enorme rigidez del románico y con la solemnidad del legado clásico, y abre la puerta a un arte más cercano a la experiencia humana, más atento a los matices emocionales.

En paralelo, en la vida cotidiana, la sonrisa sigue siendo uno de los recursos emocionales más poderosos que tenemos: es una forma instantánea de comunicar alegría, complicidad y buena disposición hacia los demás. Sonreír genera conexión, rompe barreras y, de alguna manera, nos humaniza unos ante otros.

Por eso no es exagerado afirmar que sonreír es una especie de arte íntimo y universal: un arte gratuito, siempre disponible, que nos identifica y deja huella en quien la recibe. Igual que una obra maestra colgada en un museo, una sonrisa memorable puede quedarse grabada en la memoria durante años.

Sonreír como arte cotidiano y como “joya” personal

sonreír como expresión artística

Si lo pensamos un momento, cada persona lleva consigo una pequeña “obra de arte” exclusiva: su propia sonrisa. No necesita marcos dorados, museos ni vitrinas. Aparece en un segundo, se transforma según el contexto y acompaña a su dueño allí donde vaya. Y, a diferencia de las joyas materiales, no cuesta nada y luce igual o más.

Esta idea de la sonrisa como lujo accesible explica por qué muchas veces nos “enamoramos” de la expresión de alguien antes incluso de conocerle bien. Hay sonrisas que encandilan porque parecen abrazarte, porque cuentan cosas buenas de quien las ofrece y porque, como las grandes obras de arte, parecen tener vida propia.

En el fondo, disfrutar de nuestra sonrisa y compartirla es casi como ir regalando arte por el mundo. Cada gesto amable, cada risa compartida, se convierte en un pequeño acto creativo que mejora el entorno. Y lo curioso es que, pese a esa fuerza cotidiana, cuando miramos la historia del arte encontramos bastante menos sonrisas de las que cabría esperar.

De hecho, si pensamos en sonrisas famosas en pintura, nos vienen muy pocas a la cabeza. La más célebre, sin duda, es la de la Mona Lisa de Leonardo da Vinci, que se ha convertido en el gran icono de la sonrisa enigmática. A partir de ahí, cuesta recordar muchos ejemplos igual de poderosos.

Incluso en ilustraciones contemporáneas, como ciertos cuadros de Jason Brooks, la sonrisa se utiliza como elemento de estilo, de moda, pero rara vez alcanza ese peso simbólico y casi filosófico que encontramos en obras como La Gioconda. La brecha entre la abundancia de sonrisas en la vida real y su escasez en los museos es, cuanto menos, llamativa.

La Gioconda y el enigma de una sonrisa que aparece y desaparece

misterio de la sonrisa en el arte

La sonrisa de la Mona Lisa es probablemente el caso más analizado y discutido de la historia del arte. Leonardo da Vinci trabajó con un sutilísimo juego de sombras y veladuras para construir una expresión que no es fija, sino cambiante ante nuestros ojos. Hay quien asegura que, si miramos directamente a la boca, la sonrisa parece desvanecerse; si desplazamos la vista hacia los ojos o el fondo del paisaje, reaparece de forma delicada.

Estudios neurológicos, como los llevados a cabo por un grupo de especialistas austríacos, sugieren precisamente eso: la percepción de la sonrisa de la Gioconda varía según el punto del cuadro donde fijemos la mirada. Nuestra mente interpreta de manera distinta los matices de luz y sombra, y eso hace que lo que vemos cambie constantemente.

Para reforzar esa ambigüedad, Leonardo juega con una iluminación muy suave alrededor de la boca y las mejillas. La falta de contornos duros y la transición gradual entre luces y sombras generan una expresión extremadamente inestable: no estamos seguros de si Lisa Gherardini sonríe de verdad, si reprime una risa o si simplemente mantiene un gesto neutro.

A lo largo del tiempo han surgido teorías de todo tipo para explicar ese gesto. Algunas apuntan a cuestiones médicas, como posibles problemas de tiroides que afectarían a los músculos de la cara; otras hablan de estados de ánimo, maternidad, duelo o incluso mensajes simbólicos velados. Ninguna hipótesis ha logrado cerrar definitivamente el misterio, y quizá ahí radique parte de su encanto.

En cualquier caso, la Mona Lisa condensa muy bien una idea clave: una sonrisa pintada no es solo un gesto agradable, sino un disparador de preguntas sobre la identidad, el tiempo, la mirada y la propia naturaleza del retrato. Por eso su fama ha ido creciendo desde el siglo XIX hasta convertirla en la sonrisa más célebre del arte occidental.

Los primeros rostros sonrientes: de las figurillas antiguas a la “sonrisa arcaica”

Si nos vamos mucho más atrás en el tiempo, descubrimos algo sorprendente: los primeros rostros claramente definidos que aparecen en la historia del arte suelen mostrar una sonrisa. En el Paleolítico, muchas figuras femeninas —las conocidas Venus— apenas tienen rasgos faciales; en las pinturas rupestres o en las esculturas cicládicas, lo más habitual es una nariz esquemática y poco más.

El historiador del arte Ernst Gombrich, citando la llamada ley de Toepffer, recordaba que cualquier combinación mínima de trazos que se parezca a una cara adquiere de inmediato expresividad. Si dibujamos dos puntos y una línea curva en un papel, es inevitable sentir que nos “mira” una especie de rostro, por muy tosco que sea. Y, de hecho, a muchas personas les da reparo tachar o romper esa cara improvisada, como si ya tuviera un atisbo de vida.

Durante buena parte de la prehistoria, los artistas evitaron ese riesgo: pasaron miles de años representando cuerpos, escenas de caza o símbolos sin tomarse la libertad de definir ojos y bocas. Se calcula que el ser humano existe desde hace unos dos millones de años, que las primeras manifestaciones artísticas tienen unos 25.000, pero que los rostros propiamente dichos —con facciones completas— no aparecen hasta hace unos 5.000 años.

Y cuando esos rostros llegan, en lugares como Sumer, Acad, Egipto, Creta, Micenas, la Grecia arcaica, el mundo íbero o el etrusco, abundan las figuras con una leve sonrisa dibujada. No se trata necesariamente de alegría en sentido moderno, sino de un recurso visual para animar el rostro y evitar que parezca enfadado o amenazante.

A ese gesto se le conoce en historia del arte como “sonrisa arcaica”. No es una mueca naturalista, sino un convencionalismo que aporta vida y humanidad a la escultura o la pintura. Gombrich señalaba que esa sonrisa fija y congelada es un signo ambiguo, polivalente, pero tremendamente eficaz para sugerir que la figura está “viva”.

Curiosamente, los niños pequeños, cuando empiezan a dibujar, suelen repetir la misma fórmula: todas sus figuras aparecen sonriendo, como si el gesto feliz fuera la opción por defecto. Quizá por eso esas sonrisas antiguas, por muy esquemáticas que sean, nos resultan hoy tan emocionantes: son como un saludo desde los inicios de la humanidad, cuando todavía se estaba estrenando el mundo.

De la sonrisa a la solemnidad: Grecia clásica, Roma y el mundo cristiano

Con el paso del tiempo, ese primer entusiasmo visual va dando paso a un arte más serio y conceptual. En la Grecia clásica, la sonrisa arcaica prácticamente desaparece a favor de rostros serenos, contenidos y, sobre todo, idealizados. Las esculturas ya no intentan representar a una persona concreta, sino un canon, una idea de perfección.

El Doríforo de Policleto es un buen ejemplo: no vemos a un individuo, sino un modelo matemático del cuerpo humano, una especie de demostración plástica de proporciones y medidas. Esa vocación de perfección aleja a la figura de las emociones cotidianas; la alegría, por ejemplo, se considera demasiado trivial para héroes y atletas elevados a la categoría de semidioses.

Lo mismo ocurre con obras como el Auriga de Delfos o el Discóbolo de Mirón: sus rostros son graves, concentrados, casi distantes. La escultura celebra la victoria, la fortaleza y la dignidad, no el gozo espontáneo. La sonrisa, en este contexto, se percibe como un gesto poco apropiado para expresar grandeza.

Cuando la confianza en el ser humano como medida de todas las cosas se resquebraja —por guerras civiles, crisis políticas, fracasos filosóficos—, el arte griego empezará a incorporar de nuevo una humanidad más frágil; pero la tendencia general hacia la seriedad ya está bien asentada.

Los romanos heredan esa preferencia por lo solemne, añadiendo su gusto por la pompa y la magnificencia. En los retratos imperiales o aristocráticos lo que prima es la autoridad, el poder, la majestad. Aunque en relieves, mosaicos y escenas de género se cuelen elementos cotidianos y cómicos, los rostros de representación oficial se mantienen adustos.

Con la expansión del cristianismo, esa herencia clásica no desaparece, se transforma. Durante siglos, el modelo visual de referencia sigue siendo el romano. Ni los pueblos bárbaros ni el Islam, en sus primeros momentos, aportan un sistema de representación escultórico o pictórico que sustituya por completo esos esquemas; por tanto, la seriedad en los rostros continúa.

Ni siquiera el románico, con toda su fuerza expresiva, rompe del todo esta dinámica. Los Cristos en majestad, las vírgenes y los santos románicos mantienen una gestualidad solemne, frontal, hierática. A nivel filosófico, la influencia del platonismo también empuja en esa dirección: lo importante es el mundo ideal, perfecto, situado más allá de nuestra realidad sensible, que queda reducida a una especie de sombra.

En este sentido, podría decirse que, en arte, el platonismo suele ir de la mano de la seriedad, mientras que las corrientes más realistas y vitalistas se acercan más al espíritu de Aristóteles. Cuando la atención se vuelve hacia la experiencia concreta, hacia la naturaleza y las emociones humanas, las sonrisas encuentran más espacio para volver.

El gótico y el breve regreso de la sonrisa

En plena Edad Media, la recuperación de Aristóteles coincide con un cambio profundo en la sociedad europea. Las ciudades reviven, los caminos se llenan de viajeros, la economía se reactiva y surgen nuevas formas de espiritualidad más cercanas al mundo cotidiano. Franciscanos como Francisco de Asís hablan del sol, la luna, los animales y la naturaleza como hermanos que reflejan el rostro de Dios.

En ese clima de renovado interés por la vida terrenal, el arte gótico introduce un giro notable en la representación de los rostros. Las figuras empiezan a esbozar sonrisas suaves, llenas de humanidad, que se alejan de la rigidez románica. Vírgenes con el Niño, ángeles y personajes de portadas y capiteles muestran expresiones más cercanas, tiernas e incluso juguetonas.

La arquitectura gótica, con su verticalidad orgánica y su juego de tensiones y equilibrios, también sugiere un mundo más dinámico y vital. Es como si la propia estructura de las catedrales acompañara este despertar de la alegría visual. Las sonrisas del gótico no son estruendosas, pero sí marcan una diferencia clara respecto a periodos anteriores.

Este momento luminoso, sin embargo, no durará demasiado. Las profundas crisis del siglo XIV —guerras, epidemias, hambrunas— oscurecen el horizonte y dejan huella en el arte, que retoma tonos más graves y preocupados. La sonrisa vuelve a hacerse escasa.

Renacimiento: dulzura, enigma y el retorno a la gravedad

El Renacimiento viene cargado de ambición: el ser humano quiere reconquistar su papel central como medida de todas las cosas, inspirándose de nuevo en la Antigüedad clásica. En los primeros momentos del Quattrocento encontramos todavía muchas sonrisas delicadas, sobre todo en la línea más dulce de artistas como Filippo Lippi o Sandro Botticelli.

En estas obras, vírgenes, ángeles y jóvenes aristócratas lucen gestos suaves, a medio camino entre la serenidad y una felicidad discreta. Es una alegría contenida, elegante, que huye de la risa estridente pero no renuncia a cierta calidez. Esta tendencia, sin embargo, va apagándose poco a poco.

Leonardo da Vinci es un caso aparte: cuando se aleja del racionalismo geométrico de sus estudios de anatomía y proporción, regala algunas de las sonrisas más famosas de la historia. Además de la Mona Lisa, están la expresión de Cecilia Gallerani en el Dama del armiño o la encantadora sonrisa de la Madonna Benois.

Rafael, por su parte, también mantiene vivas esas sonrisas luminosas en muchos de sus retratos y madonnas, pese a las críticas posteriores de los prerrafaelitas. Sus figuras respiran gracia, cercanía y una alegría tranquila que conecta con la mejor tradición renacentista.

Con Miguel Ángel el tono cambia drásticamente. Su idealismo de raíz neoplatónica conduce a personajes monumentales, tensos, absorbidos por grandes ideas más que por emociones inmediatas. Sus vírgenes, profetas y héroes rara vez sonríen; están atrapados en una especie de drama interior que no deja espacio para el gesto distendido.

Los manieristas que siguen su estela llevan esa solemnidad a un territorio aún más enigmático. En obras como la Madonna del cuello largo de Parmigianino, las sonrisas que aparecen pueden resultar inquietantes, casi desajustadas, en medio de composiciones alargadas y artificiales donde conviven rostros encantadores y expresiones de miedo o rabia.

Del Barroco al siglo XIX: solemnidad, excepciones y cambios de mentalidad

El paso al Barroco no soluciona el “problema” de las sonrisas en retratos formales. La religiosidad barroca es intensa y emotiva, pero suele enfatizar el sufrimiento, el éxtasis místico o la grandeza divina, más que la alegría llana y directa. Las sonrisas aparecen, y Murillo es un buen ejemplo, pero de forma mucho más clara en escenas costumbristas y de niños callejeros que en representaciones de santos y vírgenes.

En el siglo XVII, entre las élites europeas, una sonrisa amplia que mostrara los dientes se asociaba a menudo con las clases bajas, los bufones, los actores o los borrachos. Esta idea se refleja en obras como el Triunfo de Baco de Velázquez, donde las risas se relacionan con personajes populares y situaciones de fiesta poco refinada.

En el barroco holandés, el interés por la vida cotidiana abre más espacio para las risas. Pintores como Gerrit van Honthorst en obras como El hijo pródigo, o incluso Rembrandt en algunos de sus autorretratos “burlones”, se atreven a plasmar verdaderas carcajadas. Estos cuadros se han llegado a comparar con nuestros selfis actuales por su espontaneidad gestual.

Otro factor curioso es el de la higiene bucodental. Hasta el siglo XVIII, las dentaduras estropeadas eran la norma, sobre todo entre quienes podían pagar un retrato, así que mostrar los dientes se consideraba bastante poco decoroso. El historiador Colin Jones subraya que, con la mejora progresiva en el cuidado dental, enseñar los dientes empieza a verse como una nueva forma de expresar sensibilidad y refinamiento.

En este contexto, cuadros como el Autorretrato con su hija de Marie Louise Élisabeth Vigée-Lebrun, pintado en 1786, resultan casi revolucionarios. La pintora se muestra con una sonrisa suave, con los dientes apenas visibles, en una imagen tierna y maternal que rompe con siglos de contención gestual en el retrato aristocrático.

Aun así, si miramos en conjunto el Neoclasicismo, el Romanticismo y gran parte del Realismo del siglo XIX, seguimos encontrando una abrumadora mayoría de rostros serios. El peso de la representación digna, heroica o introspectiva continúa dominando la escena, mientras que la risa franca sigue reservada para escenas costumbristas, caricaturas o ilustraciones satíricas.

Rococó, Impresionismo y los primeros guiños de ligereza

Hay dos momentos clave en los que la sonrisa vuelve a tener cierto protagonismo: el Rococó y el Impresionismo. En el Rococó, la aristocracia se retrata en ambientes íntimos, galantes y algo frívolos, y las sonrisas ligeras se convierten en parte del juego de seducción visual. No son risas profundas, pero sí expresiones chispeantes, casi burbujeantes.

El Impresionismo, por su parte, mira hacia la vida moderna, los cafés, los paseos, los bailes y los ratos de ocio. En algunas escenas aparecen risas y sonrisas espontáneas, captadas con pincelada rápida. La alegría, sin embargo, suele ser momentánea, efímera, acorde con una sociedad que empieza a experimentar la fugacidad de la vida urbana.

En el arte contemporáneo del siglo XX, la sonrisa se vuelve más problemática. Picasso, por ejemplo, apenas recurre a la sonrisa abierta ni siquiera en sus cuadros más vitalistas; las emociones se fragmentan, se distorsionan, se analizan desde múltiples puntos de vista, pero rara vez se traducen en un gesto claro y luminoso como la sonrisa frontal.

En el Arte Pop, las sonrisas proliferan, pero lo hacen como parte del lenguaje publicitario. Rostros femeninos con sonrisas perfectas parecen casi plastificados, repetidos como si fueran envases de supermercado. La alegría se transforma en producto, en algo sospechosamente uniforme.

Otros artistas, como Willem de Kooning con su Mujer I, utilizan la sonrisa para todo lo contrario: convertirla en una mueca feroz, casi demoníaca, que subvierte el ideal clásico de la Venus amable. En sus cuadros, la sonrisa no es un signo de dulzura, sino una expresión inquietante de fuerza desatada.

La fotografía: de la gravedad inicial a la sonrisa omnipresente

La llegada de la fotografía supuso una revolución en la forma de representar rostros, pero no cambió de inmediato la relación con la sonrisa. Las primeras fotografías del siglo XIX muestran casi siempre caras serias, ensayando la misma solemnidad que los retratos pictóricos.

Se suele decir que la culpa era de los largos tiempos de exposición, que hacían difícil mantener una sonrisa estable sin que se deformara. Aunque ese factor técnico influyó, lo cierto es que, incluso cuando mejoraron las cámaras, la gente siguió posando con semblante grave. El referente seguía siendo el retrato al óleo: una imagen pensada para la posteridad, no para inmortalizar un instante de diversión.

En ese contexto, figuras sonrientes como el protagonista de la fotografía Eating rice, China, tomada en 1904 durante una expedición de Berthold Laufer, son auténticas rarezas. Allí vemos a un hombre chino sonriendo sin ningún complejo, quizá porque el objetivo del fotógrafo era captar la vida cotidiana y no construir una imagen solemne de sí mismo.

Con el tiempo, la fotografía se abarata, se democratiza y se mezcla con la publicidad. Las empresas descubren el poder de una sonrisa para vender felicidad, confianza y bienestar, y las imágenes de personas sonriendo se convierten en un estándar de la comunicación de masas.

En las últimas décadas, las redes sociales han llevado este fenómeno todavía más lejos. Compartimos fotos uno tras otro, casi siempre sonriendo, como si la sonrisa se hubiera convertido en un código obligatorio para demostrar que “todo va bien”. La sonrisa ya no solo es un gesto espontáneo: es también una herramienta de autopresentación y marketing personal.

Sonrisas forzadas, muecas y la dificultad de sonreír “de verdad”

Curiosamente, esta abundancia de sonrisas digitales convive con una gran dificultad para mostrar una sonrisa auténtica frente a una cámara. Cuando alguien nos dice “sonríe” para hacer una foto, no siempre resulta fácil. Aparecen trucos como el clásico “di patata” o el famoso “mira al pajarito” de la fotografía analógica, destinados a arrancar un gesto menos rígido.

Hoy, muchas personas optan por poner caras divertidas, sacar la lengua o hacer el gesto de los dos dedos junto a los ojos. Son máscaras para esquivar el vértigo de ofrecer una sonrisa sincera, que nos expone de una forma más profunda de lo que parece.

Históricamente, algo similar ha ocurrido con el arte. Retratar una sonrisa convincente exige una enorme habilidad técnica y una gran empatía psicológica. Un pequeño fallo en las comisuras, en los músculos alrededor de los ojos o en la tensión del cuello puede convertir una expresión cálida en una mueca extraña.

Por eso muchos artistas han preferido jugar sobre seguro y apostar por la seriedad. Un rostro serio puede interpretarse como sereno, digno, concentrado; una sonrisa mal resuelta, en cambio, puede parecer ridícula, burlona o directamente inquietante. Y, desde luego, no es la imagen que alguien adinerado quiera legar a la posteridad en un lienzo.

En el arte contemporáneo, algunos creadores se han apropiado de esta incomodidad y la han llevado al extremo. El artista chino Yue Minjun, por ejemplo, se autorretrata constantemente con sonrisas exageradas, casi histéricas. Sus figuras, que parecen reír a carcajadas, en realidad ocultan una crítica feroz a la situación política y social de su país.

Visto a lo largo de los siglos, la sonrisa en el arte ha sido muchas veces un territorio incómodo, un recurso arriesgado que pocos se han atrevido a explorar a fondo. Desde las sonrisas arcaicas hasta la Mona Lisa, pasando por las expresiones ligeras del Rococó o las muecas del Arte Pop y el Realismo Cínico chino, este gesto aparentemente sencillo ha servido para expresar vida, enigma, poder, ironía o crítica.

Todo apunta a que la sonrisa, tanto en el arte como en la vida cotidiana, sigue siendo una de las formas más complejas de mostrar quiénes somos. Tal vez por eso las pocas sonrisas realmente memorables que encontramos en los museos nos siguen fascinando tanto: porque condensan, en un leve movimiento de labios, toda la dificultad de estar en el mundo con alegría, sencillez y humanidad.

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