Los desastres naturales y los animales están mucho más conectados de lo que solemos pensar. Terremotos, huracanes, inundaciones, incendios o erupciones volcánicas no solo golpean a las personas: también afectan de manera brutal a animales de compañía, de granja, salvajes, de laboratorio o de zoológico, y condicionan la forma en que las comunidades pueden recuperarse después.
A la vez, muchos animales muestran comportamientos sorprendentes antes de un desastre y, en no pocas ocasiones, su bienestar se convierte en un factor clave para que la población humana acepte evacuar y seguir las indicaciones de los servicios de emergencia. Entender cómo sienten los animales estos eventos y cómo se organiza su protección es esencial si queremos hablar de una gestión moderna y ética de las catástrofes.
Animales como “sensores vivos” de terremotos y otros fenómenos
Desde la Antigüedad se habla de que algunos animales detectan desastres antes que nosotros. Autores griegos ya recogían que, en el año 373 a. C., ratones, serpientes, comadrejas, ciempiés y escarabajos abandonaron la ciudad de Hélice días antes de un gran terremoto que la arrasó.
Hoy la ciencia no habla de poderes mágicos, sino de sentidos mucho más finos que los humanos. Muchos animales pueden captar vibraciones ínfimas en el suelo, cambios en la presión atmosférica, en la humedad del aire o en los campos electromagnéticos, señales que anticipan terremotos, tormentas severas o erupciones.
Los ratones y los perros detectan sonidos de alta frecuencia que nosotros ni oímos; los elefantes son especialistas en frecuencias muy bajas que viajan por el suelo; insectos y otros invertebrados perciben vibraciones con las patas o el cuerpo. Todo ello explica que, en algunos casos, reaccionen con horas o días de antelación, huyendo o cambiando de comportamiento.
Sin embargo, la investigación no ha encontrado aún pruebas sólidas y universales que permitan usar a los animales como un sistema fiable de alerta temprana para todos los desastres. Lo que sí parece claro es que determinados cambios de conducta pueden darnos pistas valiosas si se observan de forma sistemática.
Especies que han mostrado comportamientos previos a desastres
En distintos lugares del mundo se han documentado casos en los que ciertas especies se comportan de forma anómala antes de terremotos, tsunamis o fuertes tormentas. No siempre hay consenso científico sobre el mecanismo, pero los patrones son llamativos.
Los gatos pueden volverse inquietos, esconderse o intentar huir de casa unas horas antes de un terremoto o una erupción volcánica. Se cree que son capaces de notar cambios en la presión del aire, vibraciones muy suaves en el suelo y sonidos que escapan a nuestro oído. Tras el gran sismo y tsunami de Japón de 2011, muchos testimonios señalaron comportamientos extraños en felinos domésticos previos al evento.
En el caso de las vacas, algunos estudios han detectado que, hasta seis días antes de un terremoto, reducen su producción de leche de manera notable. Este patrón se observó también en explotaciones situadas a gran distancia del epicentro durante la catástrofe de 2011 en Japón. El estrés anticipado por cambios físicos en el entorno podría explicar esta caída productiva.
Las aves, especialmente las marinas, reaccionan de forma muy sensible a los cambios atmosféricos. Pueden desviarse de sus rutas, volar de manera distinta o buscar refugio cuando perciben una caída brusca de la presión del aire asociada a un huracán o una tormenta intensa. En el caso de los albatros, se ha visto que modifican su forma de vuelo cuando detectan estas variaciones.
Los elefantes son un ejemplo muy citado. Antes del devastador tsunami del océano Índico en 2004, numerosos elefantes se desplazaron a zonas más elevadas, lejos de la costa, horas antes de que llegaran las olas. Su capacidad para percibir vibraciones de baja frecuencia y sonidos lejanos parece jugar un papel clave.
Con los tiburones, los científicos han observado que, previo a tormentas y huracanes, algunos grupos se mueven hacia zonas donde se producen cambios bruscos de temperatura del agua, precisamente donde golpeará la tormenta, y después descienden a zonas más profundas para refugiarse.
El pez remo, conocido en Japón como el “pez del temblor”, se asoció popularmente a terremotos y tsunamis, sobre todo tras el desastre de 2011, donde se registraron numerosos avistamientos previos. No obstante, un estudio de 2019 no encontró relación estadística robusta entre actividad sísmica y presencia de esta especie, por lo que la conexión es más mito que realidad.
En Italia, se documentó cómo los sapos abandonaron sus estanques días antes de un seísmo en 2009. Se sospecha que pudieron reaccionar a la ionización de las moléculas del aire producida por la tensión en la corteza terrestre. En otro estudio italiano, se observó que las abejas regresaban a sus colmenas en número inusualmente alto antes de un terremoto, quizá por su sensibilidad a cambios de presión y humedad.
Los perros también llaman la atención: ladridos continuos, aullidos, conductas erráticas o intentos de escape poco antes de un sismo se han descrito en varios trabajos. Es probable que perciban vibraciones muy débiles del suelo o modificaciones en la composición del aire.
Las serpientes, sensibles a variaciones electromagnéticas, han sido vistas saliendo de madrigueras y hasta rompiendo su hibernación horas antes de terremotos. Un caso famoso es el sismo de Haicheng (China) en 1975, de magnitud 7,3, donde investigadores ya habían observado patrones extraños en serpientes locales.
50 años de protección de animales en desastres
Además de lo que puedan anticipar, los animales sufren de lleno el impacto de los eventos extremos. Desde hace más de medio siglo, organizaciones internacionales trabajan junto a gobiernos y comunidades para integrar a los animales en la preparación y respuesta ante desastres.
Millones de personas dependen de sus animales de granja y de trabajo para alimentarse, obtener ingresos o cultivar sus tierras. Otros tantos encuentran en sus animales de compañía un apoyo emocional clave y parte de su núcleo familiar. Por eso, cuando ocurre un desastre, el daño a los animales repercute directamente en la subsistencia, la salud mental y la recuperación económica de las comunidades.
En estos 50 años de trabajo de respuesta, diversas entidades han asistido ya a más de 4 millones de animales, desplegando equipos de emergencia capaces de llegar a la zona afectada en cuestión de días. Una vez allí, actúan con socios locales para evaluar necesidades y poner en marcha programas de ayuda rápida y eficaz.
La asistencia puede incluir tratamiento veterinario de urgencia, suministro de alimento y agua, vacunación y sanidad animal, evacuación de animales en riesgo, reunificación con sus dueños y construcción o refuerzo de refugios seguros. Cuanto antes se estabiliza la situación de los animales, antes pueden las personas centrarse en reconstruir sus vidas.
Pero el trabajo no se limita a actuar cuando el desastre ya ha ocurrido. Una parte esencial es la preparación previa: crear planes de emergencia que incluyan a los animales, establecer sistemas de alerta temprana, capacitar a la población y mejorar infraestructuras para reducir daños.
Cómo se prepara a comunidades y gobiernos para incluir animales
La experiencia demuestra que es mucho más eficaz invertir en prevención y preparación que en reconstruir después. De ahí que numerosos programas se centren en fortalecer a las comunidades que viven en zonas de alto riesgo, integrando siempre a los animales.
Entre las acciones habituales está la formación de la población para cuidar de sus animales durante y después de la emergencia: qué hacer ante un aviso de evacuación, cómo manejar perros y gatos asustados, cómo proteger al ganado en inundaciones o tormentas, etc.
También se diseñan planes comunitarios de emergencia que no solo contemplen la evacuación de personas, sino la de mascotas y animales de granja, la ubicación de refugios que admitan animales, y protocolos claros sobre quién hace qué en cada fase del desastre.
Otra pata fundamental es la instalación de sistemas de alerta temprana para inundaciones, incendios o huracanes, vinculados a mensajes específicos sobre qué hacer con los animales. Se trabaja igualmente en cómo almacenar y proteger comida y agua para ellos, reforzar corrales y establos, y asegurar refugios para que puedan resistir vientos, sismos o crecidas.
Las campañas de vacunación y sanidad animal reducen el riesgo de brotes de enfermedades después de un desastre, cuando las condiciones higiénicas empeoran y muchos animales quedan hacinados o mezclados con otros rebaños. Y la difusión de mensajes públicos sobre el cuidado de los animales en emergencias ayuda a que la población tenga el tema presente.
Por qué los desastres con animales son un problema ético y de seguridad
Lejos de ser hechos inevitables, muchos desastres son el resultado de decisiones humanas: dónde construimos, cómo explotamos la tierra, qué sistemas de producción intensiva aceptamos, o qué infraestructuras reforzamos. Las catástrofes se producen cuando esos peligros se combinan con una alta vulnerabilidad.
Se estima que cada año más de 40 millones de animales se ven afectados por catástrofes, cifra que va en aumento con el cambio climático, la urbanización y la intensificación ganadera. Aun así, las definiciones oficiales de “desastre” suelen centrarse en daños a personas y bienes materiales, ignorando que los animales son seres sintientes.
El huracán Katrina en 2005 fue un antes y un después. Además de provocar 1.836 muertes humanas y daños valorados en unos 110.000 millones de dólares, puso en evidencia que la gestión de emergencias había dejado fuera a las mascotas. Se calcula que unos 50.000 animales de compañía fueron abandonados y entre el 80 y el 90 % murió. La operación de rescate posterior fue la mayor de la historia de EE. UU. en este ámbito.
Antes de Katrina, la agencia federal de emergencias estadounidense (FEMA) asumía que las mascotas debían quedarse atrás en las evacuaciones. El resultado fue dramático: aproximadamente el 44 % de las personas que se negaron a evacuar lo hicieron, al menos en parte, por no abandonar a sus animales. La lección fue clara: ignorar a los animales compromete la propia seguridad humana.
Desde entonces, el enfoque “salvar animales para salvar personas” ha cobrado fuerza. El vínculo humano-animal puede usarse como palanca para mejorar el cumplimiento de las órdenes de evacuación, reducir conductas de riesgo (volver a la zona de peligro a rescatar animales) y minimizar el impacto psicológico tras perder a un compañero animal.
Desigualdad entre tipos de animales en los desastres
La sociedad suele ordenar a los animales en una especie de escala sociozoológica: en lo alto están los animales de compañía, más protegidos y valorados; después los de trabajo o producción; y en los peldaños más bajos, animales salvajes, de laboratorio o destinados al consumo, con menor protección legal y social.
Este sistema hace que, en la práctica, algunos animales sean mucho más vulnerables a los desastres. El ganado en macrogranjas, las aves de corral en grandes naves, o los animales confinados en laboratorios dependen totalmente de infraestructuras humanas: agua, ventilación, alimentación automatizada… Si algo falla por un incendio, un sismo o un corte de energía, las consecuencias pueden ser masivas.
Ejemplos no faltan. En 1999, el huracán Floyd en Carolina del Norte causó la muerte por ahogamiento de unos 2,8 millones de aves de corral, 30.500 cerdos, 2.000 vacas y 250 caballos. En el terremoto de Canterbury (Nueva Zelanda) de 2010-2011, más de 20.000 pollos murieron o tuvieron que ser sacrificados por el colapso de los sistemas de jaulas.
En 2006, un fallo de generador en la Universidad de Ohio hizo que, al restablecerse la energía, el sistema de calefacción quedara descontrolado, alcanzando unos 40,5 °C. Casi 700 animales de laboratorio murieron. Y en 2002, el zoológico de Praga sufrió graves inundaciones que acabaron con la vida de más de 150 animales.
Los zoológicos y acuarios suelen planificar sobre todo para evitar fugas de animales peligrosos y proteger al público, pero no siempre contemplan a fondo el bienestar de todos los individuos ante inundaciones, terremotos o conflictos armados. Un ejemplo positivo fue el zoológico de Kabul tras la retirada de tropas en Afganistán en 2021, cuando se informó de que los animales seguían recibiendo cuidado pese al cambio de poder.
Otro caso dramático fue el del transportador de ganado Queen Hind, que volcó en 2019 con más de 14.000 ovejas a bordo. Más de 13.800 murieron ahogadas o aplastadas. Después se descubrió que la nave contaba con pisos secretos que contribuían a la sobrecarga y a su inestabilidad. Aquí la causa del “desastre” era puramente humana: un sistema de exportación de animales vivos altamente arriesgado.
Fases de la gestión de desastres animales: prevención y reducción del riesgo
La gestión de emergencias trabaja con un ciclo de cuatro fases: reducción o mitigación del riesgo, preparación, respuesta y recuperación. Aplicado a los animales, este enfoque permite pensar en todo su “ciclo de vida” dentro del desastre, no solo en el momento del rescate.
En la fase de prevención o reducción se busca eliminar el peligro o rebajarlo a niveles aceptables. Esto pasa, por ejemplo, por no construir establos o granjas intensivas en llanuras de inundación, por reforzar sísmicamente las jaulas en zonas con riesgo de terremoto, o por instalar sistemas automáticos de extinción de incendios y reservas de agua extras.
En el otro extremo, la escasez de normas que regulen la ubicación de macrogranjas hace que muchas se construyan en terrenos baratos y peligrosos, como llanuras inundables, lo que multiplica la vulnerabilidad de millones de animales. Ordenanzas municipales podrían impedir esas localizaciones y evitar episodios como los ya citados en huracanes o terremotos.
En el ámbito económico, organismos de Naciones Unidas señalan que cada dólar invertido en prevención puede ahorrar hasta quince en recuperación posdesastre. Para productores y administraciones, reforzar infraestructuras o mejorar los diseños no solo es ético, también es rentable.
Preparación: planes, formación y estándares internacionales
La fase de preparación consiste en tener claro qué se va a hacer cuando, pese a la mitigación, el desastre llegue. Es la oportunidad de acordar roles, coordinar organizaciones y diseñar respuestas realistas basadas en cómo se comporta realmente la gente.
Un principio clásico en gestión de emergencias es que los planes deben apoyarse en conductas probables, no “correctas”. Sabemos que muchas personas se negarán a abandonar su casa si no pueden llevarse a sus animales, como se vio en Katrina o en el desastre nuclear de Fukushima. Ignorar este hecho en la planificación no lo hace desaparecer, solo vuelve más peligrosa la situación.
Por eso es esencial que los planes de emergencia incluyan a los animales de forma explícita: cómo se van a evacuar, quién se responsabiliza, dónde se alojarán con seguridad, qué recursos veterinarios habrá disponibles o cómo se manejarán los animales sin propietario conocido.
Existen estándares como el del Emergency Management Accreditation Program (EMAP), que marcan criterios para la gestión de emergencias a nivel nacional, regional o local. Aplicados a los animales, abarcan desde la gestión de recursos y logística hasta comunicaciones, formación, ejercicios prácticos y evaluación posterior.
A estos requisitos generales se les añaden componentes específicos: eutanasia humanitaria y despoblación cuando no queda otra salida, eliminación de cadáveres, protocolos de captura segura en zonas evacuadas, alimentación in situ, manejo de enfermedades zoonóticas, adopción y reubicación de animales no reclamados, entre otros.
El valor de toda esta fase no está solo en el documento final, sino en el proceso de sentar a todas las partes en la misma mesa: autoridades, veterinarios, organizaciones de protección animal, ganaderos, servicios de emergencia, etc. Cuando los planes se elaboran de espaldas unos a otros, se convierten en simples papeles para “cumplir el expediente”.
En países como Australia se han desarrollado principios nacionales de planificación para animales en desastres, y organismos como la FAO han publicado manuales de buenas prácticas para la gestión de emergencias ganaderas. Poco a poco se va consolidando una disciplina propia de gestión de desastres animales, con sus cursos, conferencias y redes profesionales.
Respuesta: rescate, refugios y errores frecuentes
Cuando el desastre estalla, se entra en la fase de respuesta, que suele ser la más corta pero la más visible mediáticamente. El margen para rescatar animales antes de que mueran por lesiones, hambre, sed o estrés es muy pequeño y requiere coordinación fina.
En el sector ganadero, asegurar los animales mediante seguros mal diseñados puede tener efectos perversos: si la indemnización se activa solo cuando mueren, algunos productores pueden no tener incentivos para invertir en su rescate. Experiencias en países como Myanmar, tras el ciclón Nargis de 2008, muestran que repoblar rebaños sin controlar la sanidad animal introdujo nuevas enfermedades y agravó los problemas.
En paralelo, es habitual que grupos de voluntarios se organicen por su cuenta para rescatar animales, sin coordinación con los servicios de emergencia. A veces trabajan sin equipos de protección, sin permisos y sin formación en seguridad, lo que pone en riesgo sus vidas y puede entorpecer las operaciones oficiales.
Esta “respuesta espontánea” puede acabar deslegitimando el rescate de animales ante las autoridades, que lo perciben como algo caótico y peligroso. Además, algunas organizaciones confunden tareas de bienestar (alimentación, acogida, adopción) con rescate técnico, usando el término “rescate” como reclamo aunque no cuenten con capacidades reales para operar en escenarios de alto riesgo.
Otra fuente de tensión es cuando se presentan problemas previos de bienestar como si fueran fruto directo del desastre: perros encadenados que ya vivían así antes de una inundación, animales callejeros fotografiados en ciudades dañadas, etc. Aunque el desastre visibilice su situación, no siempre es la causa, y mezclar ambos planos distorsiona el análisis y la planificación futura.
Una pieza clave de la respuesta es el refugio de animales desplazados. Tradicionalmente se han usado refugios solo para animales, donde el personal asume todo el cuidado. Son costosos, difíciles de escalar en grandes emergencias y generan estrés en los animales al separarlos de sus tutores.
Modelos más recientes apuestan por refugios co-ubicados, donde las personas se alojan en un edificio cercano al de sus animales, o por refugios en cohabitación, donde ambos comparten espacio como unidad familiar. Estos sistemas reducen el estrés, facilitan el cuidado y resultan mucho más baratos de operar que los refugios exclusivos para animales.
La simple falta de transportines y jaulas puede provocar fracasos en la evacuación, sobre todo en hogares con varios animales pequeños. Por eso algunas organizaciones se adelantan a situaciones de peligro, reparten transportadores entre la población y dan orientaciones sobre su uso, mejorando tanto la seguridad humana como la animal.
Ignorar la necesidad de refugios que admitan mascotas tiene consecuencias serias. Tras el triple desastre de Japón de 2011 (terremoto, tsunami y accidente nuclear), personas mayores durmieron durante semanas en coches aparcados cerca de centros de evacuación que no aceptaban animales, soportando frío, aislamiento y hasta problemas como trombosis venosa profunda debido a la falta de espacio para moverse.
Recuperación: reconstruir con los animales en mente
Mientras aún se está respondiendo, debería comenzar la planificación de la fase de recuperación. No se trata solo de volver a la normalidad anterior, sino de “reconstruir mejor”, incorporando medidas que reduzcan el riesgo futuro para personas y animales.
En esta fase son cruciales cuestiones como facilitar alojamiento de alquiler que admita mascotas, ayudar a reunir animales perdidos con sus familias, recuperar servicios veterinarios, apoyar refugios locales y reforzar infraestructuras relacionadas con los animales para que resistan mejor el próximo evento.
La falta de viviendas pet friendly tras un desastre ha obligado en muchos lugares a abandonar animales. Ocurrió en Haití tras el terremoto de 2010, donde en los campamentos de desplazados no se admitían animales, y en Christchurch tras el terremoto de Canterbury, donde la escasez de pisos que aceptaran mascotas llevó a numerosas renuncias forzadas.
También hay que cuidar a quienes han trabajado con animales durante el desastre. Veterinarios, técnicos y voluntarios están expuestos a escenas muy duras y a una carga emocional intensa. Un estudio global mostró que más de la mitad del personal veterinario de respuesta presentaba problemas de salud conductual durante y hasta seis meses después de su intervención.
La gestión de las lecciones aprendidas es otro pilar. Tras cada evento deberían elaborarse informes posteriores a la acción (After Action Reports) que recojan aciertos, errores y recomendaciones. Sin embargo, estos documentos rara vez se comparten abiertamente, por miedo a daños reputacionales, y muchas veces las lecciones identificadas no llegan a aplicarse.
En un análisis de dos desastres en Nueva Zelanda (inundación de Edgecumbe en 2017 e incendios de Nelson en 2019), solo un 7 % de las lecciones relacionadas con animales se había implementado realmente. Problemas repetidos en capacitación, legislación, planificación y gestión de la información evidenciaban que, en la práctica, se seguía tropezando con las mismas piedras.
Casos de América Latina: sismos, huracanes y erupciones
En América Latina, los desastres recientes han puesto de manifiesto que la inclusión de animales en los planes oficiales sigue siendo limitada. El terremoto del 19 de septiembre en México dejó unos 150 animales de compañía extraviados solo en los primeros días, en un país donde se calcula que hay 22 millones de perros y 5,5 millones de gatos repartidos en más de la mitad de los hogares.
Aun así, los protocolos oficiales apenas contemplan a los animales. Son las organizaciones civiles y la sociedad quienes suelen organizar centros de acopio de alimento, medicinas y accesorios para animales damnificados, abrir canales en redes sociales para difundir extravíos y hallazgos, y coordinar rescates puntuales en edificios dañados.
En la erupción del volcán Chaitén (Chile, 2008), la evacuación inicial prohibió sacar animales. Solo después de una fuerte presión social se permitió rescatarlos, pero el retraso provocó miles de muertes que podrían haberse evitado. A raíz de experiencias como esta, Chile ha empezado a incluir a perros y gatos en la ley de tenencia responsable durante emergencias, aunque otros animales domésticos siguen sin estar amparados.
El huracán Katrina, con más de 600.000 animales muertos o abandonados, llevó a la aprobación en varios estados de EE. UU. de la Pet Evacuation and Transportation Standards Act, que obliga a incorporar a los animales a los planes de evacuación. En Perú, en cambio, el terremoto de Lima en 2007 causó también miles de muertes de animales que no fueron considerados en los planes de contingencia.
El desastre nuclear de Fukushima en 2011 dejó numerosos animales encerrados en la zona de exclusión, muriendo de hambre y sed porque no se planificó su evacuación. Casos como el de Naoto Matsumura, que decidió quedarse ilegalmente en el área para alimentar y cuidar a los animales abandonados, se convirtieron en símbolos de una deuda ética pendiente.
Las sequías en Madagascar a inicios de los noventa provocaron la muerte de muchos animales domésticos y salvajes, mostrando cómo los eventos climáticos prolongados también son desastres para la fauna y el ganado, aunque no generen imágenes tan impactantes como un terremoto o un tsunami.
Animales rescatistas y vínculo emocional en emergencias
Los animales no son solo víctimas, también pueden convertirse en aliados esenciales en las tareas de rescate. En México, tras los sismos recientes, los perros del Equipo de Búsqueda y Rescate (BREC) de la Armada —como Frida, Evil, Eco o Logan— se hicieron conocidos por su capacidad para localizar personas atrapadas entre escombros.
La perra labrador Frida, por ejemplo, acumulaba ya decenas de rescates a lo largo de su carrera, tanto de supervivientes como de víctimas fallecidas, gracias a un entrenamiento cuidadoso en búsqueda de personas, detección de narcóticos y explosivos. Estas historias han contribuido a que buena parte de la sociedad vea a los animales como compañeros de vida, no solo como “mascotas”.
También han surgido debates sobre el uso de perros mestizos en unidades de rescate, a partir de ejemplos como Manolo, un perro sin raza de la Fiscalía de Jalisco, demostrando que con formación adecuada el potencial de estos animales es enorme.
Al mismo tiempo, la población suele reaccionar con una gran ola de solidaridad hacia los animales en contextos de catástrofe: donaciones, voluntariado, acogida temporal, campañas en redes sociales… Todo ello contrasta con la indiferencia o el maltrato cotidiano que muchos de esos mismos animales sufren en tiempos “normales”, donde siguen deambulando por las calles, siendo objeto de abusos o tratados como simple mobiliario urbano.
El impacto emocional de perder a un animal en un desastre es muy real. Estudios tras Katrina muestran que la pérdida de un animal de compañía puede generar niveles de estrés postraumático similares a los de perder la vivienda, lo que confirma la profundidad del vínculo afectivo y la necesidad de integrarlo en las políticas públicas.
Integrar plenamente a los animales en la gestión de desastres implica asumir que su bienestar está íntimamente ligado a la seguridad, la salud mental y la capacidad de recuperación de las comunidades humanas. Desde la prevención y la legislación hasta la evacuación, el refugio y la reconstrucción, cada decisión que los incluya reduce el sufrimiento y mejora los resultados para todos; ignorarlos, en cambio, no solo multiplica las víctimas animales, sino que también hace más frágiles nuestras sociedades frente a los desastres que, en buena medida, nosotros mismos contribuimos a crear.