
Cuando llega el frío y los recursos escasean, en el reino animal se activa una batería de estrategias que, dicho pronto y mal, no es moco de pavo. La más famosa es la hibernación, un estado de ahorro extremo de energía que permite sobrevivir a inviernos largos y duros. Aunque solemos pensar en osos, la realidad es mucho más amplia y fascinante.
En esta guía vamos a desentrañar qué es la hibernación, cómo se diferencia del letargo (torpor), la brumación, la estivación o la diapausa, y qué especies la practican. Verás ejemplos asombrosos (de marmotas a ranas que soportan hielo en la sangre), el control fisiológico que hay detrás, y cómo el cambio climático y la acción humana están alterando estos ciclos.
¿Qué es la hibernación?
La hibernación es un estado fisiológico de actividad metabólica muy reducida que aparece, sobre todo, en mamíferos de zonas templadas con inviernos marcados. Durante este periodo, la temperatura corporal cae de forma notable, el corazón late mucho más despacio y la respiración se hace superficial. El animal permanece inmóvil en una guarida, apenas consciente y sin desplazarse.
Este estado puede durar semanas o meses, dependiendo de la latitud y el clima del año: en regiones árticas puede prolongarse hasta siete meses, mientras que en zonas templadas suele quedar en dos o tres. El combustible para atravesar el invierno son las reservas de grasa acumuladas en los meses previos, que se movilizan para mantener lo básico.
No se trata de “dormir mucho”, sino de una depresión metabólica profunda con descensos radicales de frecuencia cardiaca y respiratoria, y temperaturas internas cercanas al ambiente en las especies hibernantes verdaderas. Aun así, muchos animales realizan microdespertares periódicos para reajustar funciones críticas.
Hibernación y otros estados de dormancia
Bajo el paraguas de la dormancia se engloban varias respuestas adaptativas que suspenden temporalmente crecimiento, desarrollo y actividad. La hibernación es una de ellas, pero no la única. Conviene distinguir bien los términos para no mezclar conceptos.
Hibernación (mamíferos homeotermos)
Propia de animales de sangre caliente (homeotermos). Permite mantener con vida al organismo a una temperatura interna baja pero controlada, con gasto energético mínimo y dependencia de reservas grasas (incluida la grasa parda, clave para el “recalentamiento” posterior). Es típica en pequeños mamíferos (marmotas, lirones, ciertos murciélagos), aunque hay casos particulares como los osos.
Letargo o torpor
El letargo es un torpor menos profundo y de menor duración que puede ser diario o estacional. Algunos carnívoros como el oso o el tejón entran en un “sueño invernal” con reducción marcada de pulsaciones y respiración, pero sin la caída drástica de temperatura de una hibernación estricta; pueden despertarse rápida y deliberadamente si hay molestias o amenazas.
Brumación (reptiles y anfibios)
En los animales de sangre fría (poiquilotermos), como reptiles y anfibios, el análogo invernal es la brumación. Su temperatura corporal sigue la ambiental, su actividad baja muchísimo y pueden pasar largos periodos sin comer, aunque a veces se hidratan o toman el sol si llega un repunte térmico. No es una hibernación al uso: la fisiología implicada es distinta.
Estivación
Es la respuesta al extremo contrario: calor y sequía. Algunos animales reducen su metabolismo y se refugian en galerías o cámaras húmedas durante la estación más calurosa, ahorrando agua y energía hasta que vuelven condiciones favorables.
Diapausa
Típica de muchos artrópodos (insectos, arañas, algunos crustáceos) y ciertos caracoles. Es una pausa del desarrollo y del metabolismo que puede darse en distintas fases (huevo, larva, pupa o adulto). En abejas silvestres, por ejemplo, las crías permanecen bajo tierra o en cavidades con el metabolismo casi parado hasta la primavera.

¿Por qué hibernan los animales?
La razón principal es la escasez estacional de alimento unida al frío intenso. En invierno, buscar comida puede costar más energía de la que aporta. La hibernación permite “apagar casi todo” y tirar de reservas hasta que el entorno repunte.
Además de evitar riesgos del clima adverso, la hibernación protege frente a depredadores (al permanecer escondidos en guaridas estables) y, en algunas especies, sincroniza la reproducción: hembras de oso parir durante el sueño invernal, asegurando que las crías nazcan en un entorno relativamente seguro y templado.
Ojo con la alteración del hábitat: la deforestación y la agricultura intensiva abren claros y fragmentan bosques, destruyendo lugares de hibernación. También el cautiverio puede trastocar el ciclo natural; hay osos rescatados que, tras años encerrados, pierden el patrón de hibernación y necesitan tiempo para recuperarlo en santuarios adecuados.
El control fisiológico: cerebro, hormonas y grasa parda
El “interruptor” central de la hibernación reside en el hipotálamo, estructura del cerebro que orquesta funciones automáticas del organismo y mantiene conexiones con la hipófisis. Lesiones en esta zona impiden hibernar y alteran las variaciones fisiológicas propias del estado.
Durante la hibernación cambian los patrones de neurosecreción hipotalámica y las señales hormonales que regulan metabolismo, temperatura y uso de sustratos energéticos. Para el despertar progresivo, la grasa parda (tejido termogénico) “enciende” al animal produciendo calor y elevando la temperatura hasta recuperar la actividad normal.
Despertar a destiempo puede ser letal: el gasto energético del arousal se multiplica, quemando reservas con rapidez. Algunos pequeños mamíferos, tras hibernaciones largas y frías, necesitan días para recuperar la funcionalidad digestiva antes de volver a alimentarse con normalidad.
Especies y casos emblemáticos
Osos: el “sueño invernal” más famoso
Los osos son el icono del invierno, pero lo suyo es un torpor prolongado más que una hibernación estricta. Su temperatura corporal desciende solo unos grados (se mantienen por encima del ambiente), aunque el pulso puede caer de 40 a 8–10 latidos por minuto y llegan a estar hasta seis meses sin comer, beber, orinar ni defecar. En particular los osos preparan el periodo con un consumo excesivo en otoño para acumular reservas.
Este ahorro extremo les permite a las hembras parir en la guarida y criar cachorros con seguridad. Su preparación incluye comer en exceso en otoño para acumular grasa y acondicionar la oquedad con vegetación como aislante.
Marmotas: maestras de la hibernación
Si pensamos en hibernación auténtica, las marmotas están en primera línea. Pueden pasar ocho meses bajo tierra, con frecuencias cardiacas de apenas 3–4 latidos por minuto y temperaturas muy bajas, alternando episodios de sopor profundo con microdespertares.
Murciélagos: especialistas del ahorro
Muchos murciélagos (sobre todo de la familia Vespertilionidae) hibernan en cuevas o huecos de árboles con humedad elevada y temperatura estable. En invierno reducen al mínimo pulso y respiración, llegando a hibernar en torno a seis meses en latitudes frías.
El torpor está bajo su control: pueden despertarse ante un peligro o cambio térmico, pero eso dispara su metabolismo y compromete las reservas. Las perturbaciones humanas (como entrar en colonias invernales) pueden desencadenar arousals y causar mortalidad por inanición posterior.
En Chile la hibernación de especies nativas se estudia poco, aunque hay evidencias de sopor diario en Myotis chiloensis e Histiotus magellanicus en épocas frías, lo que sugiere capacidad para estados profundos en invierno. Un hallazgo llamativo: la hibernación puede ralentizar el envejecimiento biológico en murciélagos, según trabajos recientes.
Erizos: arquitectos del nido
Antes del frío, los erizos comen a conciencia para acumular grasa y construyen nidos con hojas y paja donde pasar semanas o meses aletargados. El aislamiento del refugio es tan importante como el colchón energético para mantener funciones vitales al mínimo.
Ranas: tolerancia al hielo
Serpientes de liga: brumación comunitaria
Las serpientes de liga realizan brumación y, a diferencia de otros, la hacen en grandes agregaciones. Cientos o miles se reúnen en guaridas para pasar el invierno, reduciendo al máximo su metabolismo y movimiento, con salidas puntuales si sube la temperatura.
Tortugas: respirar sin respirar
En varias tortugas (como las de caja) la brumación puede durar de tres a cinco meses. Bajan el pulso a 5–10 latidos por minuto y pueden suspender la respiración pulmonar durante largos periodos, aprovechando el intercambio de oxígeno a través de superficies corporales (como la piel) en aguas frías y bien oxigenadas.
Caracoles: epipragma al rescate
Muchos caracoles se adhieren y sellan la concha con una capa de moco endurecido, el epipragma, que retiene la humedad y limita pérdidas energéticas. Es un salvavidas tanto en frío como en periodos secos, con reactivación cuando retornan mejores condiciones.
Abejas y abejorros: diapausa y racimo
En abejorros, todos los machos y obreras mueren con el frío, mientras la reina hiberna (diapausa) bajo tierra hasta la primavera, cuando funda una nueva colonia. Entre las abejas de la miel (Apis mellifera), la colonia no “se apaga”: forma un racimo térmico que envuelve a la reina dentro de la colmena, con obreras rotando posiciones y consumiendo reservas.
Las abejas silvestres y solitarias siguen otro libreto: los adultos mueren al final de la temporada y dejan descendencia en cavidades o suelo. Las crías hibernan en diapausa, a veces como pupas y otras como adultos no emergentes, con el metabolismo casi detenido hasta que el tiempo acompaña.
Lémur enano de cola plana: el primate que hiberna
Madagascar alberga un caso único: el lémur enano de cola plana, el único primate conocido que hiberna. Aprovecha esta estrategia para encarar la estación seca, bajando su temperatura y pulsaciones durante largos periodos cuando el alimento escasea.
Ardillas: del almacenamiento al sobreenfriamiento
Las ardillas de tierra ártica desafían los límites fisiológicos con un sobreenfriamiento controlado en galerías bajo la nieve. Otras ardillas, en cambio, optan por almacenar comida y alternar sueño prolongado con salidas puntuales para alimentarse.
Aves: de torpor a una excepción notable
En general, las aves no hibernan: muchas solucionan el invierno con migración o episodios de torpor breve. La excepción famosa es el chotacabras pachuca (Phalaenoptilus nuttallii), capaz de un letargo estacional prolongado que recuerda a la hibernación.
Tejones y conejos: torpor que no es hibernación
Algunos mamíferos medianos, como el tejón o los conejos, reducen mucho su actividad en invierno y se refugian en madrigueras profundas. No presentan una hibernación estricta, sino torpor, que les permite reaccionar con rapidez ante señales de peligro o mejoría del tiempo.
Monito del monte: un fósil viviente con súper poderes
El monito del monte (Dromiciops gliroides), marsupial chileno y relicto evolutivo, alterna sopor estacional y diario, incluso en verano. Puede hibernar cerca de 0 ºC y extender el periodo hasta siete u ocho meses si la reserva de grasa lo permite.
Es social: forma grupos de 4–9 individuos en nidos de quila y musgos, turnándose para aportar calor al conjunto (el conocido “efecto guatero”). Si se le despierta a deshora, su gasto energético se dispara y puede tardar días en recuperar la función digestiva plena, un riesgo serio si no hay alimento disponible.
Factores geográficos, ambientales y cambio climático
La duración y profundidad de la hibernación varía con la latitud, la altitud y la dureza del invierno. A medida que los inviernos se suavizan por el cambio climático, algunas especies acortan su periodo de dormancia o desajustan su despertar respecto a la disponibilidad de recursos, con efectos en reproducción y supervivencia.
Comparada con la migración, la hibernación evita grandes gastos de desplazamiento, pero obliga a vivir de reservas y a encontrar refugios muy estables. Hay especies que combinan ambas: ciertos murciélagos migran a zonas templadas y allí hibernan, maximizando sus opciones.
Plantas y dormancia: el otro invierno
Las plantas no hibernan, pero sí entran en dormancia: detienen temporalmente crecimiento y actividad para capear heladas o sequías. Esta dormición puede ser “predictiva” (se activa antes de que lleguen las malas condiciones, siguiendo fotoperiodo y temperatura) o “consecuente” (en respuesta directa a la adversidad). En invernaderos, la luz artificial puede alterar este reloj y “engañar” a la planta.
Hábitat, conservación y nuestro papel
La hibernación exige refugios adecuados: grietas, oquedades, cuevas, madrigueras y bosques continuos. La fragmentación por deforestación y agricultura intensiva elimina muchos de estos sitios críticos. Apoyar la protección de hábitats, la restauración de corredores ecológicos y santuarios reales de bienestar animal ayuda a que estos ciclos no se rompan.
La hibernación, el torpor, la brumación, la estivación y la diapausa constituyen un abanico de estrategias y curiosidades finamente ajustadas a climas y recursos. Desde osos que no comen durante medio año hasta ranas que sobreviven con hielo en los tejidos, pasando por abejas que forman racimos térmicos y pequeños marsupiales que cooperan para calentarse, el sueño invernal resume una inteligencia evolutiva extraordinaria que hoy más que nunca necesitamos comprender y proteger.

