Portada de Americana, por Don DeLillo
Portada de Americana, por Don DeLillo

Americana es un libro de Don DeLillo, el de Chimamanda Ngozi Adichie es terminado en h, Americanah, y, sinceramente, no le llega ni a las suelas a √©ste. Don DeLillo, ¬Ņprincipal? influencia de David Foster Wallace. Don DeLillo, escritor cronista de las entretelas de la sociedad estadounidense que, junto con Philip Roth, Thomas Pynchon¬†y¬†Cormac McCarthy, completa la escuadra de¬†los cuatro Grandes Novelistas vivos en opini√≥n de¬†Harold Bloom, el Gran Cr√≠tico Literario de nuestro tiempo (fallecido en 2019) o √öltimo Cr√≠tico Literario.

Rese√Īa de Americana, de Don DeLillo

Si sonaron cantos de ¬ęLa gran novela americana¬Ľ con el¬†Libertad¬†de Jonathan Franzen,¬†Americana¬†es otra justa contendiente en esta carrera de final inexistente.

-¬ŅCu√°nto tiempo llevas viviendo aqu√≠, Jennifer?
-En octubre har√° dos a√Īos.
-¬ŅEs un edificio de renta limitada?
-David, antes de hacerme el amor prométeme que volverás a llamarme.

Don DeLillo, otro de los imprescindibles, de los llamados a resistir en el recuerdo cuando de él ya sólo queden los libros. Y son tantos los escritores que uno debe leer, tan poco el tiempo que nos queda y tanto y tan rápido el que ya se fue, que he de confesar y resaltar, megáfono en mano, que con Americana he sentido, cual monja sexagenaria iniciática en los placeres de la carne que no se come, y cual vegano arrepentido que retoma la senda de la cordura, el gozo inesperado y casi olvidado de descubrir algo nuevo, un estilo, una orgía de calidad con la que esperaba encontrarme más adelante con los Submundo, Mao II y Libra, y no ya en su primera novela, reeditada en 2013 por Seix Barral.

Portada de Americana, por Don DeLillo
Portada de Americana, por Don DeLillo

Americana arranca como un capítulo cualquiera de Mad Men (oficinas regadas de alcohol, parranda y tiempo libre) y termina a lo En la carretera de Kerouac, con su poquito de Easy Rider en medio, no muy hecho y libre de cocaína y LSD, pero rebosante de whisky, autopistas rumbo a la América del interior, encuentros exóticos con pueblerinos y su buena capa de desesperación silenciosa existencialista aplicada al mundo de confort y dinero hacia el que todo estadounidense (y habitante del mundo libre) esprinta en línea recta y con anteojeras; una clase de existencia de la que, ahora que la ha alcanzado, David Bell reniega.

Americana y American Psycho

¬ŅEs un edificio de renta limitada? A David Bell en verdad se la repampinfla toda esa amalgama de etiquetas, tipolog√≠as y clasificaciones con las que se ha catalogado el mundo moderno (y con la que el mundo moderno tan bien les/nos acosa desde la cuna) para la pr√°ctica de esa constante auditor√≠a de estatus y calidad de posesiones materiales con la que nosotros, oh humanos infectos, hacemos tiempo hasta que la tumba est√° lista.

American Psycho apesta a Americana. En esta memoria de lo que fueron sus d√≠as de juventud antes y despu√©s del dr√°stico giro que dar√≠a a los 28 a√Īos su vida profesional, a David Bell de verdad que se la repampinfla la universidad en la que estudi√≥ fulanito, y tambi√©n lo que opine venganito sobre las ancas de ranas que sirven en aquel restaurante que con tanto √©nfasis le recomend√≥ y, con todo, sigue haciendo preguntas, sigue queriendo saber cu√°nto gana cetanito y pelenito, la edad de felenito o perenito (est√° obsesionado con los n√ļmeros y, en particular, con ser el m√°s joven de sus compa√Īeros de trabajo). Americana se public√≥ en 1971, 20 a√Īos antes que American Psycho.

Bell es un personaje curioso y clásico de los de Don DeLillo. Realiza partes exhaustivos sobre la clase, color y marca de ropa que llevaba en cada momento, y almacena detalles como que, durante su etapa de noviazgo a distancia, le escribía a su hoy exmujer con un lápiz de dibujo Venus 4B. Como si de verdad importase algo.

Portada de Americana, por Don DeLillo
Portada de Americana, por Don DeLillo

Lo que le diferencia del resto de replicantes hombres m√°quina y le hace apto para protagonizar un libro como Americana es que David Bell sabe perfectamente que las paredes de su maquinaria interna est√°n manchadas de porquer√≠a y veneno. Es un ser autoconsciente y cr√≠tico del fango de oquedad existencial en el que ha estado metido todos estos a√Īos y del que decidir√° limpiarse en la segunda parte del libro, la parte road trip

‚ÄúLos impulsos de los medios de comunicaci√≥n iban alimentando los circuitos de mis sue√Īos. Uno piensa en ecos. Uno piensa en una imagen construida a imagen y semejanza de las im√°genes. As√≠ de complicado resultaba.‚ÄĚ

No es casualidad que DeLillo le asigne a su protagonista un empleo como creativo en una cadena de televisi√≥n. Con fango de oquedad existencial me vengo a referir a pan + circo; a esa maquinaria, que a la altura de los a√Īos 70 en EE UU se encuentra ya en un √≥ptimo estado de pulido funcionamiento, formada por el binomio sue√Īos + televisi√≥n.

El determinismo tecnológico de Marshall McLuhan

La novela ahonda en el impacto e influencia del celuloide y los rayos cat√≥dicos en las aspiraciones y modo de actuar de las personas a la manera de Marshall McLuhan. S√≠ hombre, el simp√°tico anciano de la escena de la cola del cine de¬†Annie Hall¬†(‚Äú¬°Amigos, si la vida fuese as√≠!‚ÄĚ). Tres a√Īos antes de la publicaci√≥n de Americana, Marshall McLuhan teoriz√≥ en su¬†Understanding Media acerca de la importancia de las tecnolog√≠as a la hora de modificar los patrones de conducta de las personas.

Determinismo tecnol√≥gico a.k.a determinismo tecnol√≥gico a.k.a ‚Äúel medio es el mensaje‚ÄĚ a.k.a. tienes que darte cuenta de que ese telefonito por el que deslizas el √≠ndice de ese modo tan simiesco, adem√°s de permitirte retuitear las mierdas de aquellos que retuitean las tuyas, aumenta de forma considerable el silencio durante las comidas familiares, tu cara de babuino con apoplej√≠a mientras caminas y las posibilidades de que vayas a estamparte contra ese otro pat√°n encorvado que se aproxima a ti tambi√©n con la angustia y la mirada pendientes y dependientes de su lista de seguidores y menciones. El medio es el mensaje.

Portada de Americana, por Don DeLillo
Portada de Americana, por Don DeLillo

Determinismo tecnológico: cómo los, así llamados, avances condicionan nuestra interacción con el entorno. Ejemplo delicioso (y llevado al extremo) en la página 56 acerca de su ex mujer:

‚ÄúMeredith se mostraba poderosamente influenciada por las pel√≠culas brit√°nicas de la √©poca. Cultivaba una especie de imprevisibilidad propia. A veces, caminaba conmigo por la calle y se soltaba s√ļbitamente de mi mano para sumergirse en una secuencia fant√°stica. Cuando √≠bamos de compras, robaba cosas, uno o dos art√≠culos in√ļtiles, ocult√°ndolos bajo el jersey y bromeando acerca de su aspecto de embarazada¬Ľ.

Hay mucho de Nabokov en Don DeLillo ahora que lo pienso, en esta detallista crueldad psicológica.

En cierta ocasi√≥n, vimos a una anciana que vend√≠a flores en Central Park. Merry me pidi√≥ que comprara dos docenas de crisantemos y a continuaci√≥n me condujo hasta el puentecillo que hay en el extremo sudeste del recinto. Nos situamos sobre el puente y arrojamos las flores al agua una por una mientras los patos describ√≠an c√≠rculos en torno a aquella bruma de color violeta. Todo estaba all√≠ presente, con excepci√≥n de la banda sonora, y me resultaba posible imaginar la serie de cortes y lentos fundidos que deb√≠an sucederse en la mente de Merry.‚ÄĚ

Y en la 58, ya para rematar: ‚ÄúA veces llegaba tarde a casa y la encontraba sentada en el suelo, tocada con un sombrero e intentando escribir un¬†haiku. Me doli√≥ enterarme de que hac√≠a aquellas cosas incluso cuando estaba sola.‚ÄĚ

Portada de Americana, por Don DeLillo
Portada de Americana, por Don DeLillo

Don DeLillo, retratista de la psicología de un país

Ya sea en altos despachos neoyorkinos o en polvorientas avenidas silenciosas, la atm√≥sfera dominante es la de un circo de los horrores ag√≥nico poblado por personajes miserables, desvirtuados y desnortados, que sue√Īan con un modelo de existencia que orbite lo m√°s cerca posible del d√≥lar y el reconocimiento, sin darse cuenta de que lo m√°s aut√©ntico de sus vidas es el estruendo de los balidos que profieren.

Abundan las mentiras a la cara (tipo ‚Äúel aliento no te huele mal‚ÄĚ) y a la espalda (este es gay, estoy escribiendo una novela, ayer me lo hice con esta), las hipocres√≠as de sala de reuniones y las relaciones sentimentales desestructuradas y resultantes de otra ecuaci√≥n, la m√°s dram√°tica de todas: sue√Īos + tiempo = realidad. Curiosidad: cuanto m√°s viejo es el personaje, m√°s loco est√°. Americana est√° repleta de relecturas.

Ejemplo: en la p√°gina 98, David Bell charla con un compa√Īero de trabajo que de repente le invita a comer porque le dice que ha o√≠do buenas cosas sobre √©l (sobre Bell). Y entonces, digresi√≥n:

  • ‚ÄúEn la cadena, la gente se pasaba la vida dici√©ndole a otros que hab√≠an o√≠do hablar bien de ellos.
  • Formaba parte del programa oficioso de cordialidad incesante que imperaba en la compa√Ī√≠a. Y dado que nuestra actividad, por naturaleza, depend√≠a de la muy flexible l√≥gica de las modas, siempre terminaba por llegar el d√≠a en el que el portador de buenas noticias se convert√≠a en receptor.
  • M√°s pronto o m√°s tarde, cada uno de nosotros se convert√≠a en una moda en s√≠ mismo; no hab√≠a quien no disfrutara de su ciclo semanal de gloria. La observaci√≥n de Ritcher Janes suger√≠a que pod√≠amos hallarnos ante el comienzo de la moda David Bell.
  • El propio Ritcher hab√≠a estado de moda apenas unos meses antes; durante su ciclo, que dur√≥ aproximadamente una semana, la gente irrump√≠a en mi despacho o se acercaba a m√≠ por los pasillos con cierta frecuencia para comentar el buen trabajo que estaba haciendo Ritcher Jones, las cosas tan maravillosas que hab√≠an o√≠do de √©l y c√≥mo aquella misma ma√Īana, le hab√≠an transmitido algunas de ellas.‚ÄĚ

Di√°logos √°giles, humor inteligente e iron√≠a pata negra. El estilo metralleta de frases cortas de DeLillo y la personalidad sumamente astuta, irreverente y descarada de Bell (rubio, alto y con el rostro ‚Äúgriego‚ÄĚ, mitad Don Draper mitad Peter Campbell (el joven ambicioso y engre√≠do de Mad Men)) hace que no haya ni un momento de descanso en la primera parte del libro, antes de que se transforme en road trip y adquiera un tono m√°s pausado y reflexivo.

Portada de Americana, por Don DeLillo

David Bell se interna en Estados Unidos

En su periplo por el interior del pa√≠s, esta fascinaci√≥n popular por las pantallas se refleja a la manera de los ‚Äúguardaespaldas del Padrino‚ÄĚ que acosan a Alvy Singer (‚Äú¬°Este t√≠o sale en televisi√≥n!‚ÄĚ) mediante un desfile de personas que se muestran asombrada no ya porque David Bell les diga que est√° rodando una pel√≠cula, sino por el simple hecho de que transporte una peque√Īa c√°mara dom√©stica, hecho incluso que hace que en la p√°gina 291 una pareja de pueblerinos detenga el coche ‚Äúcon un chirrido de frenazos‚ÄĚ para preguntarle por el cacharro.

Con la excusa de viajar en coche al oeste para un documental sobre una reserva de indios navajos, Bell se adentra en una fase introspectiva en la que le brota la urgente necesidad de rodar un algo por el camino, un experimento audiovisual del que sólo sabe que debe versar sobre su pasado, y para el que usará como actores a los cualquiera fácilmente impresionables que se va encontrando.

A medida que avanza el libro, la narraci√≥n se aleja de forma progresiva del presente, aumenta la digresi√≥n y disminuye esa seguridad de granito con la que Bell deslumbraba al comienzo: ‚ÄúTodo en lo que yo andaba involucrado era simplemente una aventura literaria, un intento por hallar temas y modelos, por lograr convertir algo salvaje en una t√≠mida tesis sobre la esencia del alma de la naci√≥n‚ÄĚ.

Y, de paso, de la esencia de su propia alma.

Americana comienza como un delirante chiste repleto de escenas cocinadas al punto en las que una l√≠nea m√°s de surrealismo habr√≠a terminado por chamuscarlas en la inverosimilitud. La broma dura 24 horas los 365 d√≠as del a√Īo, se extiende por toda la isla de Manhattan, y es contemplada e interpretada por un p√ļblico agradecido y poco exigente entre el que se encuentra un David Bell serio y reflexivo que nota que empieza a hastiarse del programa.

Entonces, la novela pasa a otra cosa. El Bell del final poco tiene que ver con el del arranque. Cuanto más se aleja de Nueva York,menos le reconocemos, más le conocemos y más se conoce. Despojado de su zona de confort y lugares comunes, y sometido a la tormenta de melancolía que le suscita la grabación de su película autobiográfica, Bell se descubre indefenso. Por primera vez en su vida, Bell se descubre.

Rebajas

Don DeLillo, Americana
Traducción de Gian Castelli
Seix Barral, Barcelona 2013 (Publicado en 1971)
502 p√°ginas | 23 Euros